ALTERECOS 4.D / Una Sombra Élfica Sobre la Barca de Caronte

Lord Dunsany

Caronte

Lord Dunsany hizo de todas las cosas las partes independientes del todo que constituía el cansancio de Caronte. Éste, puso en marcha su barca en respuesta a una extraña llamada, pero el símbolo eterno de una fantástica mitología, ya no se asombraba ante el decorado que la imaginación ostentaba. Y es que se sentía cansado, muy cansado. Dunsany nos dice que:

«Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se había convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.»

Los dioses en vez de mandarle un viento contrario; que hubiese dividido el tiempo de su memoria en dos fragmentos iguales, como en verdad deseaba Lord Dunsany, pues la magnánima sensibilidad poética de su imaginación se fundió, durante un destello de eternidad, con la pena de Caronte. Estos dioses, que no suelen drogarse con emociones humanas, le enviaban los vientos pestíferos de las almas condenadas. Y éstos, en vez de dividir uniformemente su memoria, la comprimían en un peligroso punto de densidad atómica… Uno que por poco detona el explosivo dolor de Caronte, gracias a la empatía de Lord Dunsany. Y esto es algo que debemos agradecer.

Pero Caronte en cierta forma se extrañaba de esta llamada, o más bien le parecía que estaba viviendo una experiencia atesorada en los anales de su lobreguez. Esta llamada, sin duda de una nueva alma llegada a su reino no debía ser, pues en el poema de Lord Dunsany, él había sido redimido al mismo tiempo, de su cansancio, que hacia jadear la eternidad, y de su significación mitológica… Había sido liberado en el paraíso de la nada. Aún recuerda estremeciéndose las palabras de la sombra que había sido un hombre:

«Soy el último»

En ese momento, lloró por primera vez; y también en ese momento, rió por primera vez. Algo en lo que no había pensado hasta ahora, sumergido como estaba en el olvido de sí mismo, vagando como un viento famélico a través de la memoria en blanco de un mundo carente de almas que se puedan transportar sobre su barca.

Al igual que en ese remoto momento, perdido en la fantasía de Lord Dunsany, el sonido del río era «Como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte». Nuevamente, todo a su alrededor vestía el gris somnoliento que antaño desnudó el rostro de Cleopatra del último residuo de luz que osó acompañarla en el poema de Dunsany hasta el reino del Hades.

Con las fauces heladas de esa confusión apretando fuerte sobre su memoria, tanto él como su barca devinieron en una realidad fantasmal, en el lado opuesto de la costa de Dis. Ciertamente algo estaba materializado allí; alguna entidad, un Ser; una energía extraña que se erguía como una llama blanca-azulada, como si alguno de los rayos de Zeus hubiese quedado prendido sobre la silente mecha de un cirio negro; una llama ataviada con un gracioso y juvenil orgullo, pero que ante el asombro que le provocaba la atmósfera del reino donde se encontraba, instintivamente se adaptaba a su espectral armonía… Lo que Caronte encontró no fue la típica sombra de la mitología griega sino un fuego petrificado, encendido en otra dimensión espiritual.

Era una Criatura Salvaje, pariente del pueblo de los Elfos. Pero esto obviamente Caronte no lo sabía. Cuando observó más detenidamente, se dio cuenta que la llama que al principio había tomado por la totalidad del Ser, sólo se posaba sobre su cabeza, o lo que el espectro de ésta mostraba. Era la luz del pantano, que no abandonó a esta criatura salvaje ni siquiera en la muerte. Caronte no podía saber que esta aparente confusión en el espacio-tiempo de dos mitologías que se mezclaban; estas dos expresiones de la fantasía, eran movidas por el armonioso engranaje de la imaginación de Lord Dunsany, de la cual, ambas creaciones son fruto. Este no era un momento que estaba en las manos de los dioses del Olimpo.

Ante el ojo interno de Caronte desfilaron miríadas de imágenes emanadas de un símbolo diferente al suyo. Extrañas criaturas de un pantano lejano en el tiempo y el espacio, que justo entre el crepúsculo y la noche aparecían saltando, para dar lugar al ritual de la danza sobre el reflejo de las estrellas en las aguas soñolientas. También lo asombró la manifestación de un esquema espiritual aún más terrible por su belleza; uno que unió lo sagrado al arte. Caronte no podía penetrar en el misterio de su nombre, pero cuando las campanas de la catedral del pantano repicaron —desde el punto infinito de la imaginación de Lord Dunsany en la cual fue construida— llamando a la oración vespertina, un extraño estremecimiento se apoderó de él.

Soy una Criatura Salvajedijo el espectro llameante, interrumpiendo el escalofrío de Caronte—. Creo que esto debe ser el pantano donde mora aquello que llaman la Muerte. Yo no estaba supuesta a estar aquí, pues como una Criatura Salvaje que carece de alma no estaba destinada a conocer la muerte, pero yo anhelé un alma y sin quererlo también anhelé la muerte, pues sólo las criaturas que poseen alma mueren, como los humanos. Pero qué extraño… creí haberme desasido del alma entregándosela a un humano, y de esa manera evité la muerte, pero… creo que alguna estrella sombría iluminó un nuevo final para mi historia… y es que… Yo no debería estar aquí.

La pequeña Criatura Salvaje le habló a Caronte de cómo una noche: «Se había arrastrado por el yermo, hasta llegar a los mismos muros de la catedral y danzó sobre las imágenes de los coloridos santos que yacían en el agua junto al reflejo de las estrellas. Mientras brincaba en su fantástico baile, vio a través de las ventanas pintadas hacia el lugar donde la gente oraba, y escuchó el órgano vagabundeando sobre la ciénaga. El sonido del órgano erraba por los pantanos, pero las canciones y plegarias de la gente fluía desde la torre más alta de la catedral como finas cadenas de oro, y llegaban hasta el Paraíso, y los ángeles del paraíso subían y bajaban hasta la gente, y desde la gente hacia el Paraíso nuevamente.»

—Esa visión ―continuó la pequeña Criatura Salvaje—, me hizo querer tener un alma para adorar a Dios, y conocer el significado de la música, y querer imaginar el paraíso, pero los sabios me advirtieron que poseer un alma es poseer la muerte; y conocer el significado de la música es conocer la esencia del dolor. Pero yo insistí, así que tuvieron que resignarse a concederme un alma, para que pudiera convertirme en un humano.

Caronte escuchó absorto todo lo relatado por la pequeña Criatura Salvaje, pariente del pueblo de los Elfos. Todo le parecía tan extraño que se preguntó ¿qué nuevo destino habían decidido los dioses para él? Pues, la noción de que pudieran existir criaturas exenta de la muerte; seres para los que el reino del Hades, su barca y él no existieran, era ciertamente algo fruto de unos poderes más oscuros que los que alimentaban su Ser. No, era imposible… La muerte es todopoderosa, y si no hallaba un alma que devorar, seguro devoraría el vacío que la sustituía. También, el extraño reino llamado Paraíso, ¿qué era eso?, ¿de cuáles abismos había surgido esta criatura, con experiencias que nada tenían que ver con los símbolos míticos a los cuales tanto él como el resto de su universo mitológico pertenecían? Sí, definitivamente esto era el presagio de una oscuridad más poderosa que la que habitaba en su Ser. Lo que no sabía Caronte era que esa oscuridad era la inspiración poética de Lord Dunsany; que había sustraído ambos mitos del folklore colectivo de antiguos pueblos, y los había reubicado en su fantástica imaginación.

Caronte, que en la imaginación de Dunsany nunca nadie lo había visto reír o llorar, y en un supremo momento cósmico una temblorosa sombra fue testigo de ambas cosas, estaba a punto de elevar ese momento a otro nivel. Pues ahora el espectro de la pequeña Criatura Salvaje lo iba a ver haciendo algo que sólo los dioses, en sus sueños más salvajes habían contemplado… Caronte iba por  primera vez, a hablar:

Y dime, extraño Ser, ¿el alma de la que hablas… es ese fuego blanco-azulado que se alza inmóvil sobre el oscuro espectro que te da forma?…—dijo Caronte, con una voz tan profunda, que mas bien parecía la furia de un trueno manifestándose lenta desde el interior de una campana—. Porque si es así, no percibo ningún peso espiritual en ella; ni siento su frialdad estremecer mis tinieblas, y en ese caso no eres digna de abordar mi barca… Regresa y trata de convencer a uno de esos extraños seres que llamas ángeles, y que habitan en ese tétrico reino que has llamado Paraíso, al parecer hogar de almas que no ostentan la verdad de una verdadera vida, pues aquí, en el reino del Hades, la muerte no se alimenta de almas que han sido falsificadas.

Sí, el momento era sagrado en verdad. Y lo era aún más por la extraña confusión de la que eran víctimas tanto Caronte como la pequeña Criatura Salvaje, que desconocían la realidad imaginada de su verdadera realidad mitológica. Atrapados en el laberinto de la creatividad de Lord Dunsany, sólo éste, podía solucionar el problema, pero ya estaba muerto, y su alma pertenece a una realidad dimensional que está más allá de la realidad de Caronte, que sólo era consciente de esta expresión particular de su Ser mitológico, es decir, la creada por la imaginación de Lord Dunsany en su poema. La pequeña Criatura Salvaje, pariente del pueblo de los Elfos, habló nuevamente:

Es imposible que me eleve al Paraíso, pues mi alma fue fabricada con los dones del pantano: de una tela de araña cubierta de rocío; de la bruma gris que se posa en las noches sobre las marismas; de la melodía del yermo; del lamento de los setos, azotados por el Viento del Norte; de las memorias donadas por cada una de mis compañeras… en fin, es un alma del pantano, esa es la razón por la cual si moría poseyéndola no podía acceder al Paraíso. Pero no morí poseyéndola, un humano la recibió, y yo, que lo sé porque soy eterna, regresé al pantano junto a los míos… a danzar nuevamente bajo las estrellas. Pero ahora estoy en este espantoso lugar, no incluido siquiera en las imágenes del infierno, que siendo un pariente del pueblo de los Elfos podía ver mientras se desprendían de las oraciones de los adoradores cristianos. Esto… que llamas el reino del Hades, ¿acaso será algún sueño, que sueño… en el fondo del pantano que constituye mi lecho?

Si Caronte hubiese estado en el esquema dimensional normal de Los Mitos Griegos, hubiese reconocido las últimas palabras de la pequeña Criatura Salvaje como un atributo del dios Hipnos, del cual tiene consciencia algún arquetipo de su Ser, pero que en ese espacio-tiempo, atrapado como estaba en la dimensión poética de Lord Dunsany, simplemente este estado era desconocido para él, pues él mismo no sabía si había soñado alguna vez. Pero su oscuridad vibró con el lúgubre significado expresado en el espanto contenido en la pregunta de la pequeña pariente de los Elfos. De alguna manera, comprendió la verdadera condición en la que ambos estaban, la trampa, la condena… la maldición. Si bien sabía que esto no era un castigo de los dioses. No, porque los dioses del Olimpo nada tienen que ver con esta pequeña criatura proveniente de una distante mitología, y que, al igual que él, está condenada entre las manos de quien sabe que poderoso dios. Y con esta neblinosa revelación huyendo espectral ante su ojo interno, Caronte habló por segunda y última vez:

Creo extraño Ser, que ambos estamos sometidos a la voluntad de un dios desconocido, que ¡ay, por Hades, Zeus y Poseidón!, me atrevería a identificar con el destino que fluye junto a las aguas del Estigia… o quizás, con las fuerzas creadoras emanadas de un reino que se alza al otro lado de la oscuridad conocida por dioses y hombres. Pero por el poder que se me ha conferido en este mundo de los muertos, y que es válido tanto si éste es gobernado por Hades o por el poderoso y desconocido dios que nos tiene a ambos compartiendo el mismo sueño, te ordeno que subas a mi barca; pues tu sueño no elimina la realidad de lo que ahora eres… Una sombra más en el reino del Hades. Antes, despójate de ese fuego blanco-azulado del pantano, y viste sólo el espectro sombrío de tu antiguo cuerpo.

Así, silenciosa y resignada, la pequeña Criatura Salvaje, pariente del pueblo de los Elfos, abordó la barca de Caronte para ser transportada al otro lado del río, hasta las solitarias costas de Dis. Estaba segura de que soñaba. Un sueño parecido al que vivió mientras fue humana, allá lejos, en la porción de imaginación que Lord Dunsany le consagró. Pero ¿por qué este sueño?, se preguntaba. ¿Por qué si tenía que morir no ascendió al Paraíso, como estaba estipulado en el orden de su historia? ¿Y ese humano a quién le ofreció su alma del pantano? ¿Es que acaso… ya estaba condenado, y, al entregarle su alma se apropió de su condena?… Esa es quizás la razón por la cual el sueño de su muerte no se elevó al Paraíso de la cristiandad, sino que descendió a los abismos del Hades. Y es que por desgracia para la pequeña Criatura Salvaje, en la imaginación de Lord Dunsany, la línea que divide los paraísos y los infiernos de todas las mitologías y religiones, es invisible. Y allí va silenciosa… Una Sombra Élfica Sobre la Barca de Caronte.

Odilius Vlak.


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