ALTERECOS 4.D / Una Visión del Fin Desde el Fin

William Hope Hodgson

William Hope Hodgson - La Casa en el Confin de la Tierra - cover by Emsh -  c.1908 -  ACE Science Fiction Classic edition 1962

«Abre la puerta,

Y escucha! Sólo el rugido

apagado del viento,

Y el resplandor de

jirones en torno a la luna.

Y, en la imaginación, los pasos

de unos pies evanescentes

Allá, en la noche de los muertos.

»¡Chíst! Escucha

El llanto doliente Del

viento en las tinieblas.

Escucha, sin suspirar siquiera,

Los pies pisan los evos perdidos:

El ruido que trae tu muerte.

¡Calla y escucha! ¡Calla y escucha!»

Los pies de los muertos»

(PRELIMINAR, La Casa en el Confín de la Tierra)

Alguien nos ha invitado a penetrar en una misteriosa casa. Ciertamente no es misteriosa por su ubicación —al menos de entrada— pues se encuentra dentro de las coordenadas de una nomenclatura familiar: al sur del pueblo de Kraighten, en el oeste de Irlanda. Claro, son ubicaciones familiares dentro del mundo imaginado por nuestro anfitrión. Él mismo continua asombrándose de la personalidad energética y física de la casa aún después de que su memoria ha recorrido muchas kalpas de eternidad en la dimensión de su propio mito; poblado de criaturas fabulosas llamadas metáforas, visiones, trances imaginativos, etc. Nos repite las palabras que antaño puso en boca del solitario al cual su éxtasis creativo le dio cobijo en la inmemorial mansión:

«¡Qué antigua es esta casa!; aunque me sorprende menos su vetustez, quizá, que la rareza de su construcción, que es fantástica y extraña en grado extremo. En ella predominan pequeñas torres curvas y pináculos, cuyas siluetas sugieren llamas inquietas, mientras que el cuerpo del edificio tiene la forma de círculo.»

 

Nuestro anfitrión astral es William Hope Hodgson (1877-1918); uno de los grandes visionarios de la literatura fantástica de principios del Siglo XX, y por extensión, del final de los tiempos también, pues su imaginación se atrevió a pisarle los talones a los temores del cosmos; los temores por un fin que tras la imaginación de Hodgson, adquirió unos matices hermosos; presentándonos la peregrinación del tiempo más allá de las fronteras de la eternidad a través de una experiencia visionaria, que no era más que una lúgubre acuarela beksinskiana en movimiento. Un final de los tiempos sustentado en el misterio de los colores y sus matices fluorescentes. Sí, La Casa en el Confín de la Tierra (1908), es el prodigioso vástago de una imaginación enamorada de lo sombrío. Y ante sus puertas nos encontramos, precedido por aquel que sostiene el manuscrito que nos promete ser testigos de: Una Visión del Fin Desde el Fin.

En esencia, esta obra literaria es la crónica de la experiencia personal de un solitario en una casa de pasado oscuro y maligno, en la que fuera de los posibles nigromantes que la construyeron con ayuda de quien sabe que formas de existencias demoniacas y proscritas —allá, en un pasado que toca sin éxito las puertas de entrada de todas la memorias terrestres— sólo podía ser habitada por un amante del conocimiento revelador. El personaje nos dice que antes de que él decidiera comprar la casa, ésta tenía más de 80 años deshabitada, y esta última condición era absoluta en cuando al factor humano, pues los aldeanos del cercano pueblo de Kraighten, jamás han osado hollar pie en los escalofriantes páramos que delimitan el reino de mudo espanto de la casa.

A pesar de la cuota usual de manifestaciones paranormales que un espacio como ese tiene en reserva a sus moradores, no fue hasta unos diez años luego de haberse mudado en la casa cuando el personajes experimentó una real manifestación, de lo que luego sería una especie de iniciación-revelación. En dicha experiencia se le dio a beber un licor visionario extraído de las fuentes que espumean al fondo del abismo:

«Inesperadamente, las llamas de las dos velas disminuyeron, y luego adquirieron un resplandor verdoso, espectral. Alcé la vista rápidamente y en ese momento las vi menguar aún más y adquirir una coloración rojiza mortecina; de forma que la habitación quedó inundada de un extraño, pesado parpadeo carmesí que daba a las sombras, detrás de las sillas y las mesas, una negrura aún más profunda; y cada vez que las llamas se estremecían era como si un flujo de sangre luminosa salpicase la habitación.»

 

De esa fantástica manera inicia en la vida del personaje la presencia de lo invisible… Aquí, por primera vez se abre un alucinante portal dimensional, a través del cual el personaje penetrará en calidad —se diría— de elegido, pues de alguna manera su arquetipo espiritual ya vibraba con las leyes que gobernaban esos mundos oscuros. Por otro lado, en ese momento Hogdson pone en marcha la magia de una prosa poética soñolienta, cargada de caleidoscópicas imágenes cósmicas y de paisajes astrales, que sin duda lo convierten en el antecedente directo de lo que posteriormente culminaría en la mejor expresión de la imaginación de H. P. Lovecraft: el horror cósmico, adornado de paisajes de abrumadora belleza apocalíptica. Y este antecedente directo sobre el aspecto más filosófico de la obra de Lovecraft no se expresa a través de una identidad estética de la obra de este último con la de Hodgson. Más bien es una identidad en cuanto a la atracción que ejerce el tema del devenir del cosmos, el espacio y el tiempo, sobre la imaginación en estado de sonambulismo que ambos profetas poseyeron. Ya que en cuanto a la expresión última de aquello que cada uno vio en su vagar por los espacios insondables, sus obras plantean experiencias diferentes, matizada con el genio propio de cada autor.

Tras esa primera impresión sensorial, el personaje se desdobla y es arrastrado en pos del primer peldaño de su iniciación en la revelación particular del Gran Misterio:

«Me parecía que había transcurrido un largo intervalo. Ahora no veía ya nada en parte alguna. Había rebasado el último confín de las estrellas fijas, y me precipitaba en la inmensa negrura del otro lado. Durante todo este tiempo, había experimentado pocas cosas, aparte de una sensación de ligereza y fría incomodidad. Ahora, en cambio, la atroz oscuridad parecía penetrar en mi alma, y llenarme de miedo y desesperación. ¿Qué iba a ser de mí? ¿Adonde iría a parar? En el instante mismo en que me vinieron estos pensamientos, empezó a tomar forma, sobre la impalpable tiniebla que me envolvía, un débil matiz de sangre. Parecía extraordinariamente remoto y brumoso; sin embargo, se me alivió la sensación de opresión, y ya no me sentí desesperado.»

 

La historia desde el principio nos sumerge en una atmósfera de horror cósmico por medio de una especie de viaje astral, o de una proyección visionaria del propio Ser del personaje, que ha devenido del todo en esa proyección. Más adelante su viaje visionario lo introduce nuevamente en la tierra, hasta lo que él define como La Llanura del Silencio, que resultó tranquilizante para él en virtud de su familiaridad terrenal, en contraste con las visiones espectrales del cosmos.

El personaje en sí no se mueve dentro de su visión, más bien es impelido por una fuerza extraña y lúgubre, como si su experiencia fuera el don de alguna oscura deidad. Da la sensación de que toda la visión hiperdimensional es conducida por las garras de dicha deidad. De esa manera continua flotando sobre La Llanura del Silencio, hasta que:

«Un instante después, llegué a la salida de la hendidura, desembocando en un gigantesco anfiteatro de montañas. Sin embargo, me fijé poco en las montañas y la terrible magnificencia del lugar; pues me sentí confundido de asombro al descubrir, a unas millas de distancia, y ocupando el centro de la arena, un gran edificio construido, al parecer, en jade verde. Sin embargo, en sí, no era el descubrimiento de esta construcción lo que me dejó estupefacto, sino el hecho de que, a medida que lo veía con más claridad, comprobaba que no se diferenciaba en ningún detalle — salvo en el color y en las enormes proporciones— de la solitaria mole de esta casa en que vivo.»

 

Eso quiere decir que el viaje lo conduce a la contraparte astral de la propia casa en la que habita el personaje, el cuerpo etéreo de ésta y su enfermizo estado demoniaco. Anticipo que no tardará mucho tiempo en reflejarse en la estructura física de la casa, tal como los sanadores energéticos y chamanes descubren por adelantado las manifestaciones de las futuras enfermedades del cuerpo físico, ya gestadas como energías contaminadas en el cuerpo astral. Y este nivel de la estructura hiperdimensional de la casa está custodiado por una serie de seres que definitivamente dejan bien claro a qué tipo de fuerzas está consagrada la casa:

«Y entonces, mientras miraba, curioso, me asaltó un nuevo terror; allá, entre los confusos picos que tenía a mi derecha, divisé una forma inmensa, negra, gigantesca. Comenzó a aumentar ante mis ojos. Tenía una enorme cabeza como de asno, con unas orejas gigantescas, y parecía mirar fijamente hacia la arena. Había algo en su actitud que parecía delatar una eterna vigilancia: como si defendiese este terrible lugar desde hacía incontables eternidades. Lentamente, el monstruo se me hizo más distinto; luego, súbitamente, mi mirada saltó de él a algo más lejano, arriba entre los riscos. Durante un largo minuto, me quedé aterrado. Me sentía extrañamente consciente de algo no del todo desconocido, de algo que se había agitado en el trasfondo de mi mente. El ser era negro, y tenía cuatro brazos grotescos. No se veía bien su semblante. En torno a su cuello descubrí varios objetos de color muy claro. Los detalles se fueron haciendo poco a poco más claros, y descubrí con un estremecimiento que eran calaveras. Mucho más abajo, su cuerpo tenía otro cinturón envolvente, menos oscuro sobre su tronco negro. Y mientras me esforzaba por saber qué era aquello, un recuerdo se deslizó en mi mente, y al punto, comprendí que se trataba de una monstruosa representación de Kali, la diosa de la muerte.»

 

Hodgson da un paso más allá, y nos plantea que el estado espiritual conjunto de la casa, y el personaje que habita en ella, no es una mera casualidad fruto de algunos vientos pestíferos emanados de alguna blasfema dimensión. Este es un espacio apadrinado por las antiguas deidades que simbolizaban la oscuridad y el mal en poderosas y antiguas mitologías: Kali (del panteón hindú); Set (dios de cabeza de asno, del panteón egipcio). Esta casa astral devino en un gigantesco anfiteatro determinado para la ocasión específica de la iniciación de un elegido en particular, algo que también implicaba la condición de ser víctima de las fuerzas que la gobiernan. En lo alto se encontraban todo los siniestros dioses de antiguos cultos, incluyendo: «Más lejos, reclinada sobre una altísima cornisa, distinguí una masa lívida, grotesca y espantosa. Parecía carecer de forma, a excepción de un rostro inmundo y semibestial que miraba, repugnante, desde su centro más o menos». Esta deidad amorfa bien podría ser una representación intuitiva de Ubbo-Sathla, La primordial masa caótica en la mitología de Clark Ashton Smith, introducida en el ciclo de Hiperbórea.

Aquí, rondando la expresión astral de la casa, el personaje vio también, de antemano, la encarnación de los futuros demonios que le acosaran en el plano físico: La gigantesca bestia-cerdo, que tendría sus émulos en las criaturas- cerdos, que se encargarían de otorgarle a la historia su cuota de horror visceral, matizado con la repugnancia propia de esas criaturas. La descripción que nos da el personaje de una de ellas, cuando la vio por primera vez rondando la casa, es la siguiente: «Entonces vi al animal completamente. Pero no era un cerdo. Sólo Dios sabe qué era. Me recordaba vagamente a la horrenda Criatura que había visto rondar por la inmensa arena. Tenía una boca y una mandíbula grotescamente humanas; pero no podía hablarse de barbilla. Su nariz se prolongaba en hocico, de forma que junto con los ojos pequeños y las extrañas orejas, le daba un extraordinario aspecto de cerdo. En cuanto a la frente, tenía poca; y la cara era de un desagradable color blanquecino.»

 

Esta es una de las características más extraña en el funcionamiento de la imaginación de Hodgson en la construcción de esta historia. ¿Qué le motivo a elegir a los cerdos como los animales que se prestarán para representar los demonios físicos? Quizás almas de humanos degeneradas en los cuerpos físicos de los cerdos, y por lo mismo, fundiendo su naturaleza física con las de éstos. Por otro lado, esta manifestación repugnante de un horror físico bestial, se une en una simbiosis magnifica con el horror cósmico que permea toda la historia.

Esto inicia la temporada de ataques de parte de las bestias-cerdos, que al parecer siempre intentan penetrar en la casa justo como su modelo astral pugna por entrar en la expresión astral de la misma. La casa misma se halla sobre la punta de un espolón que se tiende sobre un pozo abismal. Es decir, sobre un lugar de poder en el sentido demoniaco. Era una especie de menhir que canalizaba la energía oscura de la tierra, y por esta razón funcionaba como transmisora de esa energía hacia el plano astral superior en el cual se ubicaba su contraparte espiritual de La Casa de la Arena, adyacente a La Llanura del Silencio, custodiada por las deidades mitológicas. Inversamente, no es descabellada la noción de que también canalizaba la misma tipología energética desde el plano astral hasta los abismos inferiores. Las bestias-cerdos, supuestamente, emergieron desde el fondo del pozo.

También aquí se presenta la ocasión para un cuestionamiento no del todo fuera de lugar. Y es la posibilidad de que todo el incidente de las bestias-cerdos se diera a nivel mental. Pues Mary, la hermana del personaje y única persona junto con él que habita la casa no manifestó en ningún momento tener conocimiento de la existencia de dichas criaturas. Los cuerpos de las bestias-cerdos asesinadas por el personaje nunca se encontraron, pero al mismo tiempo, las marcas de sus ataques sobre la casa se encontraban sobre ésta e incluso en su contraparte astral. Esto es ciertamente algo muy extraño, aun con las evidencias de ataques tan obvios como el padecido al principio por pepper, el perro del personaje, que fue agredido por una de las criaturas.

Luego se ese chapuzón en el fango babeante que precede la presencia y posterior intrusión de un horror abismal de carácter… ¿físico?, en la existencia del personaje, comienza propiamente dicho la Visión del Fin Desde el Fin. Desde una casa en el confín de la tierra un solitario es empujado a través de la vertiginosa espiral de una visión del fin último del sistema solar. Cabalgando un tiempo desbocado que espumea jadeante la agonía de planetas, soles y estrellas. Y la visión no se molestó en avisar:

«De repente, un perceptible temblor sacudió la casa, y se oyó un zumbido distante que aumentó rápidamente hasta convertirse en un alarido lejano, apagado. Me recordó el ruido del reloj cuando se le suelta el resorte y se le deja correr libremente, pero aumentado de manera extraña, gigantesca. Parecía provenir de una altura remota, de algún lugar de la noche.»

 

El reloj cósmico se aceleró en una marcha frenética hacia el fin de la estructura que lo sostenía. Desde la ventana de la casa en el confín de la tierra el personaje vio como los días y las noches se iban sucediendo cada vez más rápido, dando lugar a un envejecimiento terrenal que trajo consigo el invierno propio de los últimos días, es decir, una capa uniforme de nieve sobre la tierra que se podría interpretar como una forma benigna de una nueva edad de hielo. El Sol y la Luna literalmente se pisaban los talones hasta que esta última se convirtió en una pálida franja lechosa que terminó difuminándose como si los fotones de luz hubiesen sido dispersados por el soplido de un demonio. En cuanto al astro rey, terminó en la extensión abrumadora de un río de fuego que se arqueaba de Norte a Sur; un río cuya corriente no era más que la prodigiosa velocidad con la cual el Sol giraba. En un punto distante, de aquel flujo que ya el personaje no se atrevía a llamar tiempo, el le da voz a esta reflexión:

«Lleno de interés y emoción, miré atento, en medio de la oscuridad, aquella línea de blanco fuego que cortaba las tinieblas. Una cosa me revelaba inequívocamente: que el sol seguía girando a enorme velocidad. Comprendí que los años transcurrían aún a incalculable ritmo; aunque, por lo que a la Tierra se refería, la vida y la luz y el tiempo eran cosas que pertenecían a una etapa perdida en las largas edades pasadas.»

 

Y en medio del núcleo de la rueda de ese Sansara fuera del control, un viejo temor aparece. Las bestias-cerdos —o sus espíritus— aparecieron nuevamente en la agonía del universo que deliraba astros moribundos. Se me escapa la comprensión de este hecho. El porqué Hodgson insistió en darle validez a un terror físico, de carácter repugnante, en medio de los terrores bellos y terribles de un universo a las puertas de su último estertor. Pero no era el destino del personaje extinguirse en ese punto de su visión futurista. Y es que en el lejano fin del sistema solar, la casa en el confín de la tierra encuentra su fin, junto a las bestias-cerdos, hundiéndose dentro del pozo, del cual seguramente surgió en algún punto del principio de los tiempos. Pero el personaje fue eximido de compartir el destino de la casa o posteriormente el de la tierra, cuando a ésta le llega su hora al hundirse en las entrañas ardientes del sol.

El ciclo que completa esta visión es uno imposible de capturar en un solo golpe de pluma. Hay que estar ahí, hombro a hombro con el personaje, y compartir su visión desde el único plano idóneo para comprenderla: El de la intuición poética. La muerte del sol; la estrella verde; esa de la cual el personaje cree descubrir su significado: «Y entonces, de repente, me asaltó una pregunta extraordinaria: si este portentoso globo de fuego verde no sería el vasto Sol Central, el gran sol en torno al cual giran nuestro universo, e innumerables otros. Me sentí confundido. Pensé en el probable fin del sol muerto, y me vino a la mente otra posibilidad: ¿Sería el Sol Verde la tumba de todas las estrellas apagadas? La idea no me resultaba nada descabellada, sino más bien algo muy posible y probable.»

 

Y qué decir de la misteriosa alegoría de los glóbulos celestes de colores blancos y rojos; esferas flotantes en el vacío sideral. Los glóbulos blancos como alegorías de estados espirituales luminosos. De hecho en uno de ellos se recreó El Mar del Sueño, en el cual el personaje encontró por segunda vez a su amada. También, están los glóbulos rojos, emanados de La Nebulosa Oscura. El personaje al penetrar en uno de ellos ve recrearse nuevamente La Llanura del Silencio, donde habitan los dioses oscuros de antiguas mitologías, y en donde lo espera la expresión astral de La Casa de la Arena; dentro de la cual penetró el personaje, accediendo de esta manera al fin de su visión cósmica, mientras descendía al plano físico a través del portal del despertar. El hecho de que el espíritu penetrara nuevamente al reino de la carne por medio de uno de los glóbulos rojos, símbolos de los terrores que en sí ya son parte del alma del personaje, significaba que éstos no habían terminado aún.

No hay que decir mucho acerca del extraño final de esta obra maestra de la imaginación, o mejor aún, de esta revelación. Excepto, que la putrescencia fue el pináculo del horror físico presentado en la historia. Un ser que vio las visiones más espectaculares del cosmos superior, murió prácticamente podrido. Una putrefacción en conexión con el sucio en impío estado del Ser de los cerdos. ¿La Casa en el Confín de la Tierra?… Sin comentarios.

 

 

Odilius Vlak

 

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2 comentarios en “ALTERECOS 4.D / Una Visión del Fin Desde el Fin

  1. Un gran libro, diría incluso excepcional, e infravalorado aun por los “supuestos” conocedores de estas literaturas.

    Te transcribo una pequeña reseña que hice sobre este libro años atrás para uno de los sites de librosgratis:

    “Otro libro que voy a comentar hoy es: “La casa en el límite”, releído reciéntemente en papel. Lo había leído ya hace muchísimos años, y todo lo que recordaba de esa primera lectura era una especie de sensación de que se trataba de un libro importante, con fragmentos poderosos que habían impactado fuertemente en mi.

    En esta relectura he vuelto a tener esa impresión de estar ante un libro que, pese a ser muy breve, ha dejado una profunda marca en la historia de la literatura “fantástica”. De hecho me parece tan importante que no sé si está suficiéntemente valorado tanto por los críticos como por los fans.

    Constituye uno de los más claros antecedentes del Universo lovecraftiano, por lo que será muy grata su lectura para los fans de Lovecraft y de los mitos de Cthulhu. Asimismo presenta secuencias de viaje interestelar extracorpóreo que anticipan en muchos años las descriptas por Stapledon en “Hacedor de estrellas”, y que seguramente serán de interés para los fans de este autor.

    La obra relata las vivencias, narradas en una especie de diario, de la persona que adquiere y habita una singular mansión en una remota y casi inaccsesible zona de Irlanda. Esta mansión parece estar vinculada a un planeta de remotas coordenadas espaciotemporales habitado por unos seres demoníacos muy emparentados con las entidades lovecraftianas. El diario es encontrado en forma casual entre las ruinas de la mansión luego de haber sufrido una especie de cataclismo que la hunde en el interior de la Tierra.

    A lo largo del diario en el que no se discierne claramente qué es real y qué es una alucinación del narrador, se relatan además de los viajes extracorporeos a los confines del espacio y el tiempo, enfrentamientos con los seres demoníacos, reencuentros del narrador con su enigmático amor perdido y reencontrado brevemente en estas secuencias de delirio, un viaje al confín del tiempo en que se describe la evolución y final de la Tierra y del Sistema Solar, con una secuencia que recuerda las de los viajes en el tiempo de H. G. Wells en “La máquina del tiempo”, etc..

    Este libro está digitalizado y puede encontrarse en la web. En papel es difícil de conseguir en casas de usados la antigua edición de Andrómeda. Hay también una antigua edición de Bruguera Libro Amigo con el nombre de “La casa en el confín de la Tierra” (esta versión es la que está digitalizada).

    En conclusión, una pequeña gran obra, fértil en descendencia, inspiradora de obras de Lovecraft y de Stapledon, de muy recomendable lectura tanto para estudiosos como para fans de scifi y phantasy.”

    Cordiales saludos.

  2. Gracias Jorge Luís por compartir esta reseña concisa pero reveladora del significado de esa obra maestra de la literatura imaginativa y, ciertamente, la antecesora inmediata del Horror Cósmico de factura lovecraftiana. El dato de la inspiración sobre Staplendon no lo sabía pues he leído muy poco de ese autor. En el artículo, si bien abordado de una forma diferente, coincidimos con la definición de la casa como una especie de menhir que canaliza las energías oscuras de una dimensión superior que, por estar encarnada en un espacio en la que se encuentra una réplica de la casa, me pareció que constiruía su expresión tetradimensional; con un vínculo así mismo con fuerzas más telúricas y con dimensiones intraterrenas.

    Me decidí a leer en inglés su obra «The Night Land», pero confieso que si bien la concepción del universo y el worldbuilding es magistral, la historia que Hodgson plantea dentro de él, es, por decir lo menos, extremadamente aburrida. Creo, sin temor a equivocarme, que es un universo en el que se pueden escribir historias que superen a la original, por lo que a cien años -se publicó en 1912- de su lanzamiento al mundo real, puede considerarse ese futuro escenario de la tierra agonizante como aún virgen desde el punto de vista creativo.

    Gracias nuevamente y cordiales saludos.

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