ALTERECOS 4.D / Mundos Imaginarios Dentro del Mundo Real

«Yo estaba inmensamente feliz de conocer a Merritt en persona, porque yo he admirado su trabajo por 15 años… él tiene un poder peculiar de crear una atmósfera y de investir una región con un aura de impío pavor.»

H. P. Lovecraft, en carta a R. H. Barlow (13 de enero 1934).

Existió un Ser llamadoAbraham Merritt (1884-1943) que habitó unos mundos imaginarios ubicados en el más allá de su propia fantasía, que a su vez bordeaba el mundo de los sentidos físicos, si bien la línea divisoria era el horizonte de un abismo insalvable. Los libros de Merritt transportaban al lector a la jurisdicción de mundos tan perdidos que sus rastros sólo pueden encontrarse en los rincones más alucinantes de los mitos ancestrales; esos que hablan de razas olvidadas incluso por la misma memoria geológica de la tierra… pero sólo de la tierra soportada por la realidad de la materia, no por su expresión en la imaginación de Merritt, la cual se hizo eco de innumerables Mundos Imaginarios Dentro del Mundo Real. Sus lectores eran transportados a esos mundos sobre el vehículo de una prosa poética que desplegaba para ellos los pintorescos detalles de una descripción ante la cual tropezaban todos sus sentidos. El lenguaje de Merritt evocaba colores, sabores, olores, sonidos y texturas que son poco comunes hoy en día, en donde la prosa tiende a ser lacónica, concisa y seca, apta sólo para acarrear el desarrollo de la trama. Se dice que Hannes Bok amaba tanto «La Nave de Ishtar» (1924), que copió todo el libro a mano. De hecho la devoción de Merritt por la descripción a un nivel de minuciosidad casi atómica, inspiró el desarrollo del estilo puntillistico en la ilustración de Hannes Bok.

Profundamente influenciado por H. Rider Haggard y Gertrude Barrows BennettMerritt incluso emuló el estilo y la temática de los trabajos primerizos de este último—, la evolución de la fantasía de Merritt culminó en una obra que zigzaguea entre los reinos de la ciencia ficción y la fantasía, siendo este último el que más se ajusta a la personalidad de sus mundos imaginarios. Una fantasía que puede ostentar el epíteto de especulativa. Característica ésta que juega peligrosamente con las posibilidades de la tecnología en las antiguas civilizaciones. Con unas tramas siempre encajadas en unas inquietudes arqueológicas que en sí mismas son un ritual de invocación de antiguas fuerzas oscuras y demoniacas, hostiles al hombre; que siempre conducen a un descubrimiento que no hace más que descubrir a su vez nuestro horror, ante la belleza de una civilización, una raza, etc., cercana a nosotros, pero perteneciente a un más allá ancestral y mitológico.

Esta condición de la obra de Merritt la hace una antecesora imaginativa de las especulaciones que décadas después vertieron Louis Pauwels y Jacques Bergier en su monumental obra «El Retorno de los Brujos», que a su vez inspiró durante los años de la década de 1960 las aventuras de investigadores como Robert Charroux y Erich Von Dániken. El último obviamente ya había erigido un sólido pilar que sostenía sus especulaciones acerca de las antiguas civilizaciones y sus tecnologías propias: los extraterrestre como impulsores de la evolución de la humanidad pasada. Lo cierto es que el carácter revelador de muchas de las historias de Merritt, con pinceladas alternas de minuciosas descripciones de paisajes fantásticos y especulaciones científicas sobre la marcha, nos evocan todos los postulados —sobre todo en términos de ese despertar espacio-temporal, que empuja nuestra imaginación hacia un «futuro anterior»— del Realismo Fantástico.

Cavernas subterráneas que ilustran a la perfección las teorías de La Tierra Hueca; razas pedidas que habitan en ellas; antiguas máquinas de rayos desintegradores; vehículos voladores con forma de concha; y un sinfín de otras maravillas, forman parte de la parafernalia que despliegan cada uno de los libros de Merritt, haciéndolas una expresión íntegra del conocimiento y el nivel creativo de dichas civilizaciones. Le gustaba estar en pleno ojo del huracán, pues era miembro de la original Fortean Society (creada en honor a Charles Hoy Fort); y desde 1937 hasta su muerte, fue editor de The American Weekly, un suplemento dominical que a menudo publicaba historias científicas y extrañas (más allá de la ciencia por así decirlo). Como editor de este medio procuró contratar a artistas noveles, descubriendo de esta manera a genios como el mismo Hannes Bok y Virgil Finlay.

Merritt publicó en 1919, en Argosy All-Story Weekly, una historia que como un todo simbólico contendría todas las partes temáticas de su futura fantasía: «El Estanque de la Luna». Si bien relatos anteriores como «Los Habitantes del Pozo» (1918) y, «A Través del Espejo del Dragón» (1917), fueron discursos sin pelos en la lengua de lo que la imaginación de Merritt se traía entre manos. Lo hicieron de una forma más sintetizada, y por lo mismo mostraron sus recursos fantásticos de manera más directa. Y en el caso del primero incluso más mágica, por carecer de los obligados recursos argumentales requeridos en una trama más compleja como la de El Estanque de la Luna, pero que en ocasiones resultan innecesarios para la absorción de lo esencial: la magia del mundo imaginario revelado, ¿y por qué no?… También su horror.

Cuando El estanque de la Luna se publicó, los lectores inundaron con cartas la redacción de All-Story Weekly, expresando su deseo de saber si la historia era cierta. Si semejante lugar podía existir en una remota isla del sur del pacífico. La temática de una isla remota, antro de los residuos de fuerzas ancestrales y misteriosas que todavía pululan entre las ciclópeas ruinas de las antiguas civilizaciones que la construyeron, presentada por primera vez de manera convincente en esta historia, continuó fascinando las mentes creativas de la época, y fue reforzada por producciones cinematográficas como King Kong. Hasta tal extremo, que el concepto de «la isla fantástica» ha sido elevado a un nivel platónico en la cultura popular. Hoy en día, se suele identificar, tanto por fanáticos como por críticos especializados, las similitudes existentes entre la serie Lost de la cadena ABC y la trama de El Estanque de la Luna. Personalmente no he visto la serie, al menos no de manera continuada, pero si alguna similitud existe es en lo que se refiere al concepto de una isla determinada (en este caso ambas están ubicadas en el pacífico), tesorera de un misterio determinado. En el caso de la serie, sus enigmas nos dejan tan perdidos como su nombre, estando éstos referidos exclusivamente al plano de lo psicológico. En la historia de Merritt, el misterio tiene una paternidad bien definida: la mitológica. No existe nada del complejo entramado paranormal de flashbacks, entre el momento presente de los personajes y una situación pasada que tampoco sabemos si fue real o no; nada de la estructura conspiranóica en cuya cresta se encuentran los usuales grupos de poder; nada de extraños experimentos científicos… en fin nada que nos evoque Expedientes X. No, El Estanque de la Luna es la revelación de otro mundo ¡fantástico y mítico! Así de simple… Un mundo como este…

Cuando el Dr. Walter T. Goodwin, narrador del relato, nos informa de su encuentro con el también Dr. David Throckmartin, no vemos nada particular en dicho suceso. El último se había embarcado hacia cosa de un mes junto a su esposa Edith Throckmartin, un colega suyo, el Dr. Charles Stanton y una mujer suiza, Thora Halversen, enfermera de Edith durante su embarazo, en un viaje de investigación científica hacia Nan-Madol, el deslumbrante grupo de ruinas insulares, esparcidas a lo largo de la costa oriental de Ponape, en las islas Carolinas. Pero cuando Throckmartin le cuenta el motivo del extraño cambio que el Dr. Goodwin había notado en él, que este último sólo se explica como el de alguien: «que había sobre­llevado algún tipo de trauma punzante compuesto por horrores y éxtasis mezclados; algún tipo de cataclismo espiritual que en su clímax había remodelado, en lo más profundo, sus facciones, estampándole el sello del éxtasis y la desesperación unidos; como si ambos hubieran llegado a él jun­tos de la mano, tomando posesión del doctor y marchándose dejando tras de sí, irradicables, sus sombras vinculantes.

Sí, eso era lo que resultaba repulsivo. ¿Por qué cómo el éxtasis y el ho­rror, la mezcla del Cielo y el Infierno, se podían dar la mano, y besarse?»

Throckmartin le explica que en el islote de Nan-Tauach, dentro del complejo de Nan-Madol, se le reveló un misterio que sin duda era la punta del iceberg de otro mundo. Le dijo que dentro de las murallas rectangulares que enmarcan Nan-Tauach se encuentra el Estanque de la Luna, y las siete luces brillantes que erigen el Morador del Estanque, y el altar y el santuario del Morador. Y que esa Entidad de una divinidad no concebida por la espiritualidad de nuestra presente Era, había raptado a todos sus compañeros en el lapso del ciclo de los tres días de luna llena, llevándolos a su mundo. Y que él —Throckmartin— estaba dispuesto a traerlos de regreso. Lamentablemente, él mismo fue posteriormente secuestrado por el Morador del Estanque. Pero… ¿Qué Ser, o qué cosa es el Morador del estanque? Aquí la magia de la prosa de Merritt no escatima atmósferas misteriosas o metáforas alucinantes, para mostrarnos la primera aparición de la Entidad, de la cual Goodwin fue testigo:

«Y entonces, por primera vez, ¡Lo vi!

El claro de luna se extendió hasta el horizonte y lo rodearon las tinieblas. Pareció como si las nubes se hubieran separado para formar un callejón; abriéndose como cortinas o como las aguas del Mar Rojo cuando se aparta­ron para que las pudieran atravesar el pueblo de Israel. A cada lado de la corriente se recortaban las negras sombras de los pliegues del alto cielo. Y recta, como una carretera entre las opacas paredes destellaba, tremolaba y danzaba los brillantes y veloces rápidos de la luna.

Lejos, en apariencia inconmensurablemente lejos, a lo largo de esta co­rriente de fuego plateado sentí, más que vi, que algo se acercaba. Se presentó a la vista al principio como una luz difusa dentro de la propia luz. Incansa­blemente nadaba hacia nosotros; una neblina opalescente que se apresuraba sugiriendo una criatura alada durante un vuelo recto. (…) Más cerca estaba y en ese momento llegaron hasta mí unos dulces e insis­tentes tintineos (como el pizicatto de unos violines de cristal; cristal claro; ¡diamantes fundiéndose en sonidos!)

Ahora la Cosa estaba más cerca del borde del blanco sendero; pegada a la barrera de oscuridad que aún se extendía entre la nave y el chispeante co­mienzo de la corriente lunar. Ya golpeaba contra la barrera como un pájaro contra los barrotes de su jaula. Se arremolinaba en relucientes penachos, en torbellinos de encajes de luz, en espirales de vapor viviente. Contenía extra­ños, desconocidos destellos como si de madreperla en movimiento se trata­ra. Átomos chispeantes y resplandecientes se movían por su interior como si los extrajera de los rayos que la bañaban.»

Pero el éxtasis del horror apenas asomaba su embriaguez:

«Más y más se acercaba, transportada por las relucientes olas, y más del­gada se volvía la protectora pared de sombras que nos separaba. En el inte­rior de la bruma había un centro, un núcleo de luz más intensa; veteada, opalina, refulgente, intensamente viva. Y por encima de ella, enredada en los penachos y espirales que palpitaban y se arremolinaban había siete luces incandescentes.

A través de este incesante pero extrañamente ordenado movimiento de la cosa, estas luces se mantenían firmes y estables. Eran siete; como siete pequeñas lunas. Una era de color rosa perlado, una de un delicado azul nacarado, otra de suave azafrán, otras del color esmeralda que se puede ver en las aguas poco profundas de las islas del trópico; una de blanco mortal, otras de fantasmal amatista, y otra de un color plata que sólo puede verse cuando un pez volador salta fuera del agua a la luz de la luna.

La música tintineante era aún más fuerte. Penetraba en los oídos con una lluvia de diminutas lanzas; hacía que el corazón latiese con júbilo. Y se detu­viese dolorosamente. ¡Cerraba la garganta con una palpitación de éxtasis y la atenazaba con la mano de una pena infinita!»

En una descripción como esta, se podría jurar que Merritt exige como tributo a su genio fantástico nuestra cordura y la eterna adoración de nuestra demencia. La culminación de la escena es para descomponerse en átomos, con Throckmartin hechizado por la aparición, y decidido a saltar por la borda en pos de ella:

«Throckmartin dio unas largas zancadas hacia el frente de la cubierta, ha­cia la visión, ahora a no más de un centenar de metros de la popa. Su rostro había perdido cualquier semblante humano. Extrema agonía y extremo éxta­sis se encontraban juntos, sin oponerse el uno al otro; impíos compañeros inhumanos mezclándose en una apariencia que ninguna de las criaturas de Dios debería soportar. ¡Y profundas, profundas como su alma ¡ ¡Un diablo y un dios morando juntos en armonía! Así debería haberse mostrado Satán, recién caído, aún divino, buscando el cielo y contemplando el infierno.»

Ah sí, y he aquí las especulaciones de nuestro amado Realismo Fantástico en su acepción de la civilizaciones desaparecidas. El Dr. Throckmartin arriesgando todo —incluso él mismo— para demostrar su teoría de que al igual que las islas Azores supuestamente son los últimos vestigios del continente perdido de Atlantis en el océano Atlántico, las cimas de sus montañas; él cree que Ponape, Lele y sus islotes de basalto, son la evidencia de la existencia de un misterioso continente en el Pacífico. Bajo las ciclópeas ruinas esperaba encontrar ejemplos más vitales de aquella antigua civilización.

Antes de ser raptado, Throckmartin había penetrado al templo del Estanque de la Luna, en un intento de descubrir el secreto del Morador que ya había raptado a dos de sus compañeros. Nuevamente el ritual mágico ha de ser proferido por la prosa del mismo Merrit:

«El pasadizo se interrumpió. Ante mí se alzaba un alto arco abovedado. Parecía abrirse al espacio; un espacio lleno de una niebla lanosa, multicolor y chispeante cuyo brillo crecía a ojos vista. Atravesé el arco ¡y me detuve con un pavor sobrecogedor!

Frente a mí se encontraba un estanque. Era circular, de unos cuarenta metros de diámetro. A su alrededor se desplegaba un estrecho anillo de bri­llantes piedras plateadas. Sus aguas eran de un pálido color azul. El estanque, con su reborde plateado, parecía un gran ojo azul que mirara hacia arriba.

Sobre su superficie se precipitaban siete radios luminosos. Caían sobre el ojo azul como torrentes cilíndricos; eran como brillantes pilares de luz que se elevaran desde un suelo de zafiro.

Uno era de un suave color rosa perlado; otro era como el verde de la aurora, un tercero poseía la blancura de la muerte; el cuarto era de un azul madreperla; una reluciente columna de pálido ámbar, un haz de amatista, un eje de plata fundida. Tales eran los colores de las siete luces que brotaban del estanque de la luna. Me acerqué más, anonadado por el pavor. Los haces no iluminaban las profundidades; se movían por su superficie y parecían difuminarse allí, fundirse con ella. ¿Las devoraba el estanque?

Sobre las aguas comenzaron a precipitarse diminutos destellos de fosfo­rescencia, chispas y destellos de pálida incandescencia. Y muy, muy abajo sentí un movimiento, un color vivo como si un cuerpo luminoso se elevara lentamente.

Miré hacia arriba, siguiendo la dirección de los pilares brillantes hasta su comienzo. Muy en lo alto se encontraban siete globos brillantes, y era de sus interiores de donde salían los siete rayos. Mientras los observaba su lu­minosidad aumentó. Eran como siete lunas colgadas de un cielo abovedado. Lentamente aumentó su esplendor y con él aumentó el brillo de los siete haces que se desprendían de ellos.»

Con la creación de una atmósfera como esta no hace falta mucha imaginación sino mucha atención y concentración, para ser parte de una experiencia escalofriante, más que religiosa:

«Un remolino de niebla flotaba sobre su superficie. Evolucionó hacia el rayo de color rosa y se detuvo en su interior durante unos momentos. El haz de luz pareció abrazarlo, enviándole diminutos corpúsculos luminosos y pequeñas espirales rosáceas. La niebla absorbió los rayos y aumentó de tamaño ganando sustancia. Otro remolino se dirigió hacia el haz ambarino, se introdujo en su interior y se alimentó de él, luego se desplazó hacia el primero y se fundió con él. Posteriormente, se crearon otros remolinos aquí y allí, con demasiada velocidad como para contarlos; se introdujeron en el abrazo de los chorros de luz, parpadeando y pulsando unos en el interior de otros.

«Más y más grandes crecieron hasta que sobre la superficie del estanque se formó un opalescente y pulsante pilar de niebla creciendo cada vez más; drenando la vida de los siete haces de luz que caían sobre él; drenándola de los veloces e incandescentes átomos del estanque. Desde su centro se acercaba la luminiscencia elevándose de sus profundidades. Y el pilar pulsó, palpitó, comenzó a desplegar tentáculos y zarcillos que palpaban a su alrededor.

Formándose frente a mí se encontraba Aquello que había andado con la forma de Stanton, que se había llevado a Thora… ¡la cosa que había venido a buscar!»

Y finalmente la apoteosis del orgasmo que William Blake omitió en su visión del matrimonio del Cielo y el Infierno:

«Y saliendo del inexplicable remolino surgió una brillante espiral.

Me rodeó por completo, enroscándose a mi alrededor. En ese momento, me atravesó una mezcla de terror y éxtasis. Cada átomo de mi ser se conmo­vió de gozo y se estremeció por la desesperación. No había nada impuro en ello, pero era como si el helado corazón del mal y la vehemente alma de Dios se hubieran encontrado en mí. La pistola cayó de mi mano.

Así que me quedé paralizado mientras el Estanque destellaba y crepita­ba; las corrientes luminosas se hacían más intensas y la Cosa radiante que me tenía atrapado brillaba y se fortalecía. Su brillante núcleo tomó forma, pero una forma que ni mis ojos ni mi cerebro pudieron definir. Fue como si un ser perteneciente a otra esfera de existencia hubieran asumido una forma vagamente humana, pero que no fuera capaz de encubrir su parte no huma­na. No era hombre ni mujer; no era terrenal y andrógino. Incluso cuando fui capaz de adivinar su semblante humano, cambió. Y aún me mantenía atrapa­do la mezcla de terror y éxtasis. Sólo en un pequeño rincón de mi cerebro residía una zona inmaculada; que se mantenía aparte y observaba. ¿Era el alma? Nunca he creído en algo semejante… pero aun así…

Sobre la cabeza del cuerpo neblinoso aparecieron repentinamente siete pequeñas luces. Cada una de ellas era del color del rayo bajo el que se en­contraba. ¡Supe que el Morador estaba… completo!»

Hasta esta parte de la historia damos por sentado que todo se desarrollará dentro del marco de una especie de aventura arqueológica, entre las ruinas de Nan-Madol, con el Dr. Goodwin haciendo el papel de una especie de Indiana Jones. Éste, luego de presenciar el rapto de Throckmartin por el Morador del Estanque, decide desvelar el misterio. Y junto con una serie de personajes que va encontrando sobre la marcha, cada uno de ellos haciéndole votos de fidelidad por diferentes motivos: el marinero escandinavo, Olaf  Huldricksson, por el hecho comprensible de que su esposa e hija fueron raptada por el Morador; y un apuesto irlandés, Larry O’Keefe, porque dicha búsqueda prometía alimento para su adrenalina militar. Todos ellos, junto a toda una sofisticada tecnología de la época se dirigen en pos del santuario del Morador en las ruinas de Nan-Madol. Y una vez allí…

Encontraron algo más que el Estanque de la Luna. A través de un pasillo ceñido de columnas a ambos lados, y que se abría paso en lo profundo de la roca, los héroes fueron testigo, ante el muro final que se alzaba como una pantalla cinematográfica, de la visión que cortaría el argumento de la historia radicalmente. De la pared surgió la imagen de una doncella acompañada de una rana antropoide gigante. Es innecesario describir el impacto que les causó a los aventureros la belleza sobrenatural de la joven por un lado, y el aspecto monstruoso de la rana de tres metros por el otro. Lo cierto es que la joven presiona tres veces, con los cinco dedos de su mano derecha, los capullos finales de un ramillete de flores que coronaban el bajo relieve de una viña sobre la pared. Esta misma acción la realiza Larry, luego de que la visión se difumina, causando con ello la abertura de la pared, y la revelación de un pasillo que sería la primera etapa de los héroes de un viaje que lo conduciría a una fantástica civilización subterránea, ostentadora de una ciencia y cultura con milenios de sofisticación, y que evidenciando las intuiciones de Throckmartin, fueron los constructores, en un pasado remoto, de las antiguas ciudades de las que las ruinas de Nan-Madol, son los últimos vestigios. He aquí las primeras impresiones que lo fantástico descubierto provocó sobre el asombro expectante:

«Al principio, todo lo que pude observar fue espacio (un espacio lleno de el mismo brillo chispeante que pulsaba sobre mí). Miré hacia arriba, obedeciendo a ese impulso instintivo del pueblo de la Tierra que les mue­ve a mirar al cielo en busca de alguna fuente de luz). No había cielo (al menos no un cielo como el que conocemos) todo era una pura nebulosi­dad chispeante que se extendía hasta las distancias infinitas al igual que el celeste se extiende hasta el infinito en la Tierra durante los días claros. A través de esta nebulosidad corrían olas pulsantes y rayos rectos como jabalinas que parecían sombras brillantes de la aurora; ecos, una octava más bajos, de aquellos brillantes arpegios y acordes que atraviesan los polos. Mis ojos se llenaron de aquel esplendor mientras observaba todo esto asombrado.

Kilómetros más lejos, gigantescos acantilados luminosos se elevaban a al­turas inconcebibles a lo largo de un lago cuyas aguas eran de una opalescencia lechosa… La radiación luminosa provenía de aquellos acantilados, surgiendo de sus lustrosas superficies. Se extendían a derecha e izquierda, tan lejos como podía alcanzar la vista y se perdían entre la nebulosa aurora de los cielos.

………

En la superficie de una brillante pared, extendiéndose entre dos columnas colosales, colgaba un velo increí­ble; prismático, brillando con todos los colores del espectro. Era como una tela formada por arcos iris pulsados por los dedos de las hijas del Jinn. Fren­te al velo, y a cada lado, se alzaba un pilar, o mejor dicho, una pequeña columna de lo que parecía ser un reluciente ébano de color amarillo pálido. En cada extremo de su semicírculo se elevaban unas estructuras de paredes bajas y de tono rosado soportadas por unos soportes muy altos y estilizados.

……….

Más allá de esta ciudadela construida a base de jardines discurría un pa­seo, brillante como el cristal e interrumpido a intervalos regulares por gra­ciosos y arqueados puentes. La carretera se dirigía en derechura a una amplia plaza en cuyo centro se elevaba, a partir de una base fabricada por el mismo material plateado que formaba el reborde del Estanque de la Luna, una titánica estructura de siete terrazas a lo largo de la cual entraban y salían con ligereza unos objetos que se parecían caprichosamente a la concha de un nautilus. En su interior pude observar figuras humanas. ¡Y en los paseos festoneados de árboles pude ver a muchas otras paseando!

Muy lejos, a la derecha, pudimos apreciar otra carretera pavimentada de esmeraldas.

Y entre ambos caminos los dos jardines se extendían lánguidamente hasta más allá del líquido opalescente a través del cual se elevaban los acantilados radiantes y la cortina del misterio.

Así vimos por primera vez la ciudad del Morador; bendita y maldita como ninguna otra ciudad sobre la Tierra, o más allá de ella, lo ha estado jamás… ¡Dónde jamás ha posado su pie esa fuerza que algunos llaman Dios!»

En este punto nos encontramos inmersos en un desarrollo muy distante de una historia cuya evolución nos trasladó sin previo aviso desde el terreno misterioso pero familiar, de una isla cuyas ruinas atesoraban la morada de una extraña entidad, al mundo mismo en el cual esa entidad es adorada. Es inevitable el paralelismo del descubrimiento de este mundo subterráneo con la obra «La Raza Futura» (o que nos suplantará), del escritor y ocultista inglés Bulwer Lytton, la cual presenta una civilización con un poder psíquico muy avanzado, en la cual las mujeres gracias a la mayor acumulación de este poder, pueden manejar con mayor autoridad la energía primordial llamada Vril, de la cual se manifiestan todas las formas de energía posible en el universo conocido. Habitantes de la gigantesca matriz subterránea, estos seres al igual que aquellos con los cuales los héroes de la obra de Merritt se toparán, se prestarán en algún momento a conquistar el mundo exterior. Ambas obras apuntan de manera sutil a los famosos Superiores Desconocidos. Utilizando la imaginación creativa como una herramienta al servicio de los saberes ocultos. Es obvio que Merritt debió poseer esta obra iniciática entre su biblioteca de Hollis Park Gardens, en Long Island, en la que se presume acumuló más de 5000 volúmenes de joyas esotéricas.

A partir de este momento nos sumergimos en un mundo por el cual desfilarán toda una serie de maravillas, razas, personajes y misterios revelados u observados. Personajes como Yolara, La Sacerdotisa del Resplandeciente, que junto a Lugur, su Voz, están situados en un importante peldaño de una oligarquía que gobierna el reino de Muria, cuyos habitantes son una raza de enanos fornidos y dotados de una belleza clásica. También Lakla, La Sacerdotisa de Los Tres Silenciosos, pertenecientes a la antigua raza de los Taithu, nacidos de las profundidades en donde palpita el corazón de la tierra, y que resultaron ser los creadores del Resplandeciente o Morador del Estanque. La revelación de una compleja cosmogonía en la que Merritt, no obstante, manifiesta las teorías más alucinantes de la época en relación a la formación de la vida y el universo. La raza de batracios antropoides de los Akka, que al igual que los humanos no son originarios del centro de la tierra sino de su superficie. Qué decir de las maravillas que a cada paso salen al encuentro de los héroes, desde la arquitectura de las casas y palacios hasta la magia, más que tecnología, con la cual esa civilización gobierna sus necesidades diarias más irrisorias. El hechizo de la prosa poética de Merritt no encuentra límites en su misión de involucrarnos en el mágico universo de colores sobrenaturales, sonidos fantasmagóricos e impresiones de magnitudes cósmicas que golpean a los personajes y al lector desde todos los frentes. La alucinante historia épica del desarrollo de razas que a la postre conquistaron la superficie y tuvieron que regresar a las profundidades. La rebeldía luciferina del Resplandeciente, cuyo orgullo y poder lo empujaron a romper los votos de fidelidad con sus progenitores, Los tres Silenciosos. Y así, en su evangelio devastador, bello y deslumbrante, hace entre otras cosas esto… La Danza con el Resplandeciente:

«Las oleadas de color azul flotaron sobre las aguas, surcando la palpable oscuridad, como un arco iris de gloria. Y el velo relampagueó como si todos los arco iris que jamás han existido estuviesen ardiendo en su interior. Una vez más sonó aquel espantoso sonido.

Desde el centro del Velo la luz comenzó a centellear, creció hasta alcan­zar una intensidad intolerable… y acompañado por el sonido de campani­llas, por una tempestad de notas cristalinas, por un tumulto de diminutos címbalos ¡apareció el Resplandeciente!

……..

Sólo durante unos instante se detuvo aquello que nosotros llamábamos el Morador y ellos el Resplandeciente. Se deslizó por la rampa hasta el estrado, paró unos instantes, se giró lentamente, con las llamaradas y las espirales extendiéndose y encogiéndose, palpitando y pulsando. Su núcleo se volvió más claro y más fuerte… humano en ciertos aspectos, pero inhumano en su conjunto; ni mujer ni hombre, ni dios ni diablo; sutilmente formando un conjunto con todo. En ningún momento dudé de su naturaleza: en el interior de su núcleo luminoso reposaba algo sensitivo; algo que poseía voluntad y energía, y una inteligencia sobrenatural y terrorífica.

……..

En ese momento, la primera de las figuras se dirigió hacia el estrado y se detuvo. ¡Era la muchacha que habían llevado frente a Yolara cuando el gno­mo llamado Songar había sido enviado a la nada! Con una velocidad aterra­dora, una espiral del Resplandeciente se alargó y rodeó su cuerpo.

Pude ver que, a su toque, la muchacha se encogía de terror pero que al mismo tiempo parecía invadida por el deseo de fundirse en su luz. A medida que apretaba sus espirales contra el cuerpo de la muchacha y la penetraba, el coro de sonidos de cristal crecía hasta convertirse en un tumulto; más y más la luz pulsaba a través de su cuerpo. Y comenzó aquello, infinitamente terro­rífico pero infinitamente glorioso, que denominaban la danza con el Res­plandeciente. Y mientras la muchacha giraba confusamente en la chispeante neblina, más y más gente comenzó a acercarse a aquel abrazo, hasta que el estrado se convirtió en una visión increíble, en un Sabbath en el que las brujas adoraban a una estrella demente; un altar de pálidos rostros y de cuer­pos destellando a través de una llama vívida, transformados por un insopor­table éxtasis y un horror dantesco… y las llamas y las espirales extendiéndose, y el núcleo del Resplandeciente creciendo, cada vez más grande ¡Mientras consumía y devoraba la fuerza vital de aquellos desgraciados!

Y así comenzaron todos a girar entrelazados mientras comenzaba a drenarse de sus cuerpos la vida, la vitalidad, mientras que nosotros sentía­mos que la esencia de sus naturalezas nos colmaba. Confusamente me perca­té de que lo que estaba presenciando era una forma de vampirismo inconcebible. Los espectadores que ocupaban los estrados comenzaron a cantar y aquellos tremendos sonidos avanzaron como una ola.

¡Era la saturnal de los semidioses!»

Sí, sin dudas lo era. El Resplandeciente, el Morador del Estanque, encontró un fin, al menos en la historia, y este vino de parte de sus progenitores y de la energía llamada amor. Pero sus destellos, mensajeros del pálido éxtasis y el lívido horror propios de su naturaleza lunar, aún continúan deslumbrando la imaginación, flotando desde el astro hipersensorial del lenguaje poético de Abraham Merritt.

Odilius Vlak.


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