ALTERECOS 4.D / El Enigma de un Horror Amarillo

Rompen las olas neblinosas a lo largo de la costa,

Los soles gemelos se hunden tras el lago,

Se prolongan las sombras

En Carcosa.

Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,

Y extrañas lunas giran por los cielos,

Pero más extraña todavía es la

Perdida Carcosa.

Los cantos que cantarán las Híades

Donde flamean los andrajos del Rey,

Deben morir inaudibles en la

Penumbrosa Carcosa.

Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,

Muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas

Se secan y mueren en la

Perdida Carcosa.

El canto de Cassilda en El Rey de Amarillo

Acto 1º, escena 2

Poema de apertura de «El Rey de Amarillo», Robert W. Chambers

—¿Cómo me gustaría tener una edición actualizada de El Rey de Amarillo?

—¿Yo…?

—¿Sí Yo? Y me refiero a mí mismo, lo cual me guste o no, soy Yo mismo.

—El Rey de Amarillo (1895), de Robert W. Chambers (1865-1933), no es una joya del tesoro del horror, bajo cuyo enceguecedor destello sea tan difícil andar a ciegas. En verdad se puede adquirir por un irrisorio precio espiritual en cualquier abismo.

—No, ¡por qué es tan difícil comprenderme!… No hablo de El Rey de Amarillo escrito por Chambers, sino de El Rey de Amarillo del cual habla El Rey de Amarillo de Chambers. De ese sí mismo dentro de sí mismo; del Yo espiritual del cual habla el Yo físico; de ese libro que sostiene la existencia de otro libro, y que sin embargo, nadie conoce excepto a través de su sí mismo físico, el cual desaparecería de hacerse más abstracto su expresión espiritual. En fin, me refiero al libro que pulula como un misterio imaginario dentro de una historia ficticia, dejando tras de sí muerte, locura y desesperación; que pueden ser tan reales como queramos que sean. Me refiero al… Enigma de un Horror Amarillo.

El Signo Amarillo, ese curioso «broche de ónix negro en el que estaba incrustado un curioso símbolo o letra de oro. No era arábigo ni chino, ni como pude comprobar después, no pertenecía a ninguna de las escrituras humanas», es una pista clave para descifrar, o al menos comprender la verdadera función del libro El Rey de Amarillo, dentro del mito que Chambers quiso establecer sobre un texto sagrado a través del cual se filtra un universo fantástico.

Quisiera, al igual que el pintor Jack Scott, contemplar sobre el rostro putrescente de aquel hombre con aspecto de gusano carroñero, la futura marca condenatoria que me distinga, incluso en mis sueños, como el elegido de una maldición que vista el amarillo de una primavera resurrecta. Quiero experimentar algo como esto:

«Por algún tiempo di vueltas en la cama intentando librarme de su voz, pero no me fue posible. Ese murmullo me llenaba la cabeza como el denso humo aceitoso de una cuba donde se cuece grasa o la nociva fetidez de la podredumbre. Y mientras me revolvía en mi lecho, la voz en mis oídos parecía más clara y distante, y empecé a entender las palabras que había murmurado. Me llegaban lentamente, como si las hubiera olvidado y por fin pudiera comprender su sentido. Había articulado:

-¿Has encontrado el Signo Amarillo?

-¿Has encontrado el Signo Amarillo?

-¿Has encontrado el Signo Amarillo?»

Robert W. Chambers nos legó a medias una fuente textual, de la cual pudo ramificarse todo un universo creativo con personalidad propia, de la misma manera que lo inspiró el Necronomicon de H. P. Lovecraft. Es bien sabido el reconocimiento que El Rey de Amarillo tuvo por toda la generación de escritores de fantasía posterior a su publicación. Pero lo extraño es que el libro que funge como una entidad viva dentro del libro de narraciones, es decir, el mito de El Rey de Amarillo, no haya inspirado de la misma manera las connotaciones mitológicas en la literatura de fantasía oscura, como el texto oficial lo hizo a manera de suceso afortunado en la evolución de un género, tanto por su temática como por su personalidad narrativa. En otras palabras, todo el mundo se inclinó ante la originalidad literaria de El Rey de Amarillo, pero nadie continuó la riqueza mitológica que, y hay que reconocerlo, sólo estuvo esbozada en el libro original.

Da la sensación de que Chambers no fue verdaderamente consciente en esa época de lo que realmente tenía entre manos. O tal vez no le interesó otorgarle una estructura más sólida y con una mayor diversidad de referencias al mundo fantástico que evocaba a través de su El Rey de Amarillo. Como si en un momento dado se dijera a sí mismo, «espera… ya has dicho demasiado», y se limitara a esparcir aquí y allí, sobre la geografía de cuatro historias, las semillas que hablan de la existencia de un libro titulado El Rey de Amarillo, que todos aquellos que lo lean, especialmente su segunda parte… bueno… digamos que no terminarán sus días como sus padres lo soñaron. Los relatos en los que Chambers hace de la presencia del libro el engranaje fundamental de la narrativa son estos:

  • El Signo Amarillo
  • El Reparador de Reputaciones
  • La Máscara
  • En la Corte del Dragón

La otra historia que se considera parte de la estructura central de El Rey de Amarillo: «La Demoiselle d’Ys», no hace ninguna mención del libro, siendo más bien un extraño relato acerca de alguien (Philip) perdido en tierra bretona, que experimenta la vivencia de una de sus vidas pasada en la Francia medieval.

El Signo Amarillo es una historia conectada con El Reparador de Reputaciones y La Máscara, si bien con la primera sólo es por la mención de parte de Jack Scott, de Castaigne, personaje central de El Reparador de Reputaciones; y con la segunda, de manera más directa por ser Scott un personaje fundamental en la historia junto al protagonista, el joven pintor americano residente en París, Boris Yvain. A su vez, Castaigne hace mención de Boris Yvain, por lo que la realidad de cada una de las tres historias —o al menos parte de ellas— se permea dentro de las demás ya sea por el conocimiento de un suceso específico o por la participación directa, y sobre todo por la presencia de El Rey de Amarillo. Esto permite trazar una línea cronológica de los tres relatos, siendo el orden de sucesión como sigue: 1) La Máscara, 2) El Reparador de Reputaciones y, 3) El Signo Amarillo.

En El Signo Amarillo tenemos las siguientes referencias acerca de El Rey de Amarillo, luego de que la modelo Tessie le obsequió el broche a Jack Scott. Ella no lo compró, lo había encontrado: «-Fue el invierno pasado, el mismo día en que tuve por primera vez ese horrible sueño de la carroza fúnebre». Ese sueño, heraldo de la llamada autoritaria de un mundo siniestro, que reclama uno de los suyos de vuelta a su seno, estaba lleno de un simbolismo que más adelante se revelaría como un patrimonio perteneciente a ambos personajes, junto al destino funesto que portaba. Por casualidad, en la biblioteca de Scott se encuentra El Rey de Amarillo. Él ya lo conocía, pues cuando Tessie le informa del título, su reacción fue esta: «Quedé estupefacto. ¿Quién lo había puesto allí? ¿Cómo había ido a parar a mis aposentos? Hacía ya mucho que había decidido no abrir jamás ese libro, y nada en la tierra podría haberme persuadido a comprarlo. Temiendo que la curiosidad me tentara a abrirlo, ni siquiera lo había mirado nunca en las librerías. Si alguna vez experimenté la curiosidad de leerlo, la espantosa tragedia del joven Castaigne, a quien yo había conocido, me disuadió de enfrentarme con sus malignas páginas. Siempre me negué a escuchar su descripción y, en verdad, nadie se aventuró nunca a comentar en alta voz la segunda parte, de modo que no tenía conocimiento en absoluto de lo que podrían revelar esas páginas. Me quedé mirando fijamente la ponzoñosa encuadernación amarilla como habría mirado a una serpiente.»

Claro que él conocía el texto maldito, pues en su juventud, siendo un estudiante de arte en París, tuvo contacto, en el relato de La Máscara con el mismo, si bien a través de terceras personas como Alec y Boris Yvain, que si lo habían leído. Aquí se ofrece la primera clave acerca de que el verdadero horror del texto descansa en su segunda parte, una verdad que luego sería confirmada en los demás relatos. Scott hace una mención pasajera de Castaigne (protagonista de El Reparador de Reputaciones), como alguien que conoció, si bien él mismo no aparece en la historia. Pero en cuanto a la naturaleza misma del libro, su origen o tradición espiritual a la que está emparentado, Chambers nos deja huérfanos. No así en sus efectos sobre los desafortunados que lo leen:

«Habíamos estado hablando cierto tiempo con opacada y monótona tensión cuando advertí que estábamos comentando El Rey de Amarillo. ¡Oh, qué pecado, haber escrito semejantes palabras… palabras que son claras como el cristal, límpidas y musicales como una fuente burbujeante, palabras que resplandecen y refulgen como los diamantes envenenados de los Medicis! ¡Oh, la malignidad, la condenación más allá de toda esperanza de un alma capaz de fascinar y paralizar a criaturas humanas con tales palabras! Palabras que comprenden el ignorante y el sabio por igual, palabras más preciosas que joyas, más apaciguadoras que la música celestial, más espantosas que la muerte misma.

Seguimos hablando sin prestar atención a las sombras que se espesaban, y ella me estaba rogando que me deshiciera del broche de ónix negro en que estaba curiosamente incrustado lo que, ahora lo sabíamos, era el Signo Amarillo. Nunca sabré por qué me negué a hacerlo, aunque en esta hora, aquí, en mi habitación, mientras escribo esta confesión, me gustaría saber qué me impidió arrancar el Signo Amarillo de mi pecho y arrojarlo al fuego. Estoy seguro de que deseaba hacerlo, pero Tessie me lo imploró en vano. Cayó la noche y transcurrieron las horas, pero aún seguíamos hablando quedo del Rey y la Máscara Pálida, y la medianoche sonó en los chapiteles brumosos de la ciudad hundida en la niebla. Hablamos de Hastur y Cassilda mientras afuera, la niebla rozaba los ciegos paneles de las ventanas, de cómo el oleaje de las nubes avanzaba y se rompía sobre las costas de Hali.»

En esta historia se mencionan ya ciertos nombres de personajes, entidades y lugares: El Rey de Amarillo por supuesto, ¿la Máscara Pálida?; Hastur, Cassilda y el lago de Hali. Al menos podemos distinguir la existencia de una tierra fabulosa que proyecta su horror sobre el mundo real a través del libro El Rey de Amarillo. En El Signo Amarillo lo hace con la muerte de los personajes, condenados a ser las herramientas por medio de las cuales ha de aparecer dicho signo en el mundo real, quizás sólo para ser devuelto al lugar donde pertenece. No queda claro si el hecho de que Scott sea una especie de elegido, tenga que ver con su contacto pasado con el libro. Al final, el sueño de Tessie y el suyo propio, no mintieron en cuanto a la realidad de su amenaza. Pero en El Reparador de Reputaciones, el evangelio de El Rey de Amarillo, deja tras de sí la salvación de la locura.

Castaigne leyó El Rey de Amarillo nada más y nada menos que en un sanatorio, al cual fue ingresado, según él, equivocadamente tras la caída de un caballo. Él es aún más elocuente en cuanto a la naturaleza del libro en sí, su efecto sobre él mismo y sobre el mundo, pues si nos atenemos a sus palabras, El Rey de Amarillo, fue un verdadero bestsellers:

«Durante mi convalecencia había comprado y leído por primera vez El Rey de Amarillo. Recuerdo que después de haber leído el primer acto pensé que era mejor no seguir adelante. Me puse en pie y arrojé el libro al hogar; el volumen dio contra la rejilla y cayó abierto a la luz del fuego. Si no hubiera tenido un atisbo de las palabras de apertura del segundo acto, jamás lo habría terminado, pero cuando me incliné, para recogerlo, fijé los ojos en la página y, con un grito de terror, o quizá de alegría, tan intenso era el sufrimiento de cada uno de mis miembros, lo arrebaté de los carbones y me arrastré tembloroso a mi dormitorio donde lo leí y lo releí, y lloré y reí y temblé presa de un horror que todavía me asalta a veces. Esto es lo que me perturba, porque no puedo olvidarme de Carcosa donde estrellas negras lucen en los cielos; donde las sombras de los pensamientos de los hombres se alargan en la tarde, cuando los soles gemelos se hunden en el lago de Hali; y mi memoria cargará para siempre con el recuerdo de la Máscara Pálida. Ruego a Dios que maldiga al escritor, como el escritor maldijo al mundo con esta su hermosa, estupenda creación, terrible en su simplicidad, irresistible en su verdad: un mundo que ahora tiembla ante el Rey de Amarillo. Cuando el gobierno francés incautó los ejemplares de la traducción recién llegada a París, Londres, por supuesto tuvo ansiedad por leerlo. Se sabe perfectamente cómo el libro se difundió como una enfermedad infecciosa de ciudad en ciudad, de continente a continente, prohibido aquí, confiscado allá, denunciado por la prensa y el púlpito, censurado aun por los más avanzados anarquistas literarios. Ningún principio definido había sido violado en esas malignas páginas, ninguna doctrina promulgada, ninguna convicción ultrajada. No era posible juzgarlo de acuerdo con ninguna de las normas conocidas; sin embargo, aunque se reconocía que la nota del arte supremo había resonado con El Rey de Amarillo, todos sentían que la naturaleza humana no podía soportar la tensión, ni medrar con palabras en las que acechaba la esencia del más puro veneno. La simple banalidad e inocencia del primer acto provocaba que el golpe se asestara después con un efecto más espantoso.»

Aquí, nuevamente se encuentra la evocación de una tierra mítica, las impresiones de sus paisajes, sus personajes, que en el caso de Castaigne fueron mucho más devastadoras que en el de Scott. Con razón éste último puso como ejemplo digno de tener en cuenta para no leer el libro las consecuencias terribles que tuvo la lectura de dicho libro sobre Castaigne. Pero también se revela una información clave acerca del libro mismo, y es su condición de libro famoso, conocido en todas partes del mundo y por lo mismo prohibido en cada una de ellas. El Rey de Amarillo, según la descripción dada por Castaigne, más que pertenecer al reino de los libros esotéricos, conocidos sólo por una élite de espíritus sofisticados y hambrientos de conocimiento oculto, se nos aparece como una especie de «Así Hablaba Zaratustra» de Nietzsche, o cualquiera de los libros del Marqués de Sade: una de esas explosiones espirituales, pletóricas de ideas alucinantes y sacrílegas, que de vez en cuando vienen del mundo secular, por así decirlo, si bien son portadoras de las semillas de un nuevo orden espiritual y por lo tanto material. Es un libro maldito, sí, pero que el lector promedio puede hallar, al igual que «Mi Lucha» de Hitler, en el kiosco de libros de la esquina. Su condena vino de parte del mundo académico y no de parte del universo de las Sociedades Secretas u Ordenes Iniciáticas. Eso quiere decir que su campo de batalla fue el mundo exotérico y no el esotérico.

Más adelante Castaigne sostiene una conversación con su primo Louis. En ella se refuerza el carácter ordinario del origen del libro y el hecho de que todo mundo sabía de él:

«Pero me controlé y le pregunté por qué consideraba peligroso El Rey de Amarillo.

-Oh, no lo sé -dijo de prisa-. Sólo recuerdo la excitación que produjo y las condenas del púlpito y la prensa. Creo que el autor se disparó un tiro después de dar a luz semejante monstruosidad, ¿no es así?

-Entiendo que todavía vive -le respondí.

-Eso es probablemente cierto -musitó-; las balas nada podrían contra un demonio de esa especie.

-Es un libro de grandes verdades -dije.»

Se sugiere incluso cierta información acerca del autor, según la cual pudo haberse suicidado. No obstante un pequeño dialogo entre Castaigne y un oscuro personaje llamado el señor Wilde, insinúa que al parecer la sabiduría demoniaca que ostenta el libro pertenece a una tradición ancestral, por lo que quizás el libro, El Rey de Amarillo, que vio la luz recientemente, puede que no sea más que una revalorización de ese antiguo conocimiento, descubierto por un personaje acuciado por esa clase de inquietudes de las que posteriormente el mundo paga las consecuencias. Aquí debemos tomar en cuenta, que es posible que ya el efecto nocivo del libro esté causando estragos en la mente de los personajes:

«-La ambición de César y Napoleón empalidece ante la que no le es posible descansar en tanto no se haya apoderado de las mentes de los hombres y controlado sus pensamientos aún no concebidos -dijo el señor Wilde.

-Está usted hablando del Rey de Amarillo -dije roncamente con un estremecimiento.

-Es un rey al que han servido emperadores.

-Me complace ser su servidor –contesté»

Esto es lo interesante del efecto que la lectura del libro tuvo sobre Castaigne: él se consideraba un servidor de El Rey Amarillo, y digno de ser investido con la corona de «LA DINASTÍA IMPERIAL DE AMÉRICA», una línea de reyes americanos creada por su locura, cuyos ancestros se remontan la mismísima Carcosa. Las últimas palabras de Castaigne a su primo Louis en verdad se ajustan más a él, que fue el coronado por los lúgubres dones de El Rey de Amarillo:

«-¡Ah, ahora lo veo! -chillé- Te has apoderado del trono y el imperio. ¡Ay! ¡Ay de ti!, que te has coronado con la corona del Rey de Amarillo!»

Al menos en este relato, Chambers ofrece ciertos detalles que aclaran un poco su origen, si bien éstos, no son lo que uno esperaría acerca de un libro cuyo efecto lo definen más como la crónica de un universo prohibido y olvidado. Sus datos personales no lo elevan a la categoría de un grimorio como el Necronomicon, y ni siquiera a la altura metafísica de otros textos claves dentro del canon de libros ficticios que surgieron en la generación posterior a Chambers, en especial dentro del «Círculo de Lovecraft»: El Libro de Eibon (salido del canon mitológico de Clark Ashton Smith en su ciclo de Hiperbórea) o los Unaussprechlichen Kulten, del legendario Friedrich Wilhein Von Junzt, (introducido en el relato «La Piedra Negra» por Robert E. Howard), por solo citar dos ejemplos. Es cierto que estos libros tienen la ventaja de sostenerse mutuamente por un pasado mítico emparentado, pero los que los convierte en una fuente más sólida es su ubicación dentro de una estructura mitológica más elaborada. Al contrario de El Rey de Amarillo -el cual Chambers se conformó con darle el estatus de una especie de dimensión al alcance de todos pero sólo tocada por algunos, del cual sólo vemos unos efectos extraños y misteriosos, espeluznantes, sí, pero que no son suficientes para identificarnos con él como una fuente de saber de la cual podría beber nuestro culto fanático (como lectores) o nuestra imaginación creativa (como escritores)- estos libros poseen una paternidad mitológica definida, y fueron concebidos como textos sagrados de sus respectivos cultos y universos.

En La Máscara se encuentra Boris Yvain, el escultor americano residente en París, mencionado por Castaigne en la historia El Reparador de Reputaciones. Éste de pasada dice que murió a los 30 años. La evocación de la figura de Boris es sugerida por el conjunto escultórico bautizado como «Los Hados» que en el tiempo de Castaigne adornan «La Cámara Letal», establecida por el gobierno americano como un espacio en donde se lleven a cabo suicidios legalizados. La obra es de Boris, y su etapa de creación fue durante el tiempo en que se desarrolló la historia de La Máscara.

Aquí, la única manifestación del libro, El Rey de Amarillo, viene dada nuevamente por las impresiones del lector. En este caso, el personaje Alec. A pesar de que Jack Scott es un personaje principal, al parecer su contacto con dicho texto no se realiza durante los sucesos de la historia:

«Cogiendo un libro al azar, me senté en el estudio a leer. Había cogido ¡ay! El Rey de Amarillo. Al cabo de unos instantes que parecieron siglos, lo dejé a un lado con un estremecimiento nervioso…

También pensaba en el Rey de Amarillo, envuelto en los fantásticos colores de su capa harapienta y el amargo grito de Cassilda: “¡No a nosotros, oh Rey, no a nosotros!”. Febrilmente luchaba por apartarlo de mí, pero veía el lago de Hali, incoloro e inmóvil sin onda ni ráfaga que lo agitara, y veía las torres de Carcosa tras la luna. Aldebarán, las Hiadas, Alar, Hastur se deslizaban por entre las nubes desgarradas que ondulaban y flameaban como los harapos bordados del Rey de Amarillo.»

En la Corte del Dragón, es el cuarto relato en el cual El Rey de Amarillo se manifiesta de una manera directa, pero al igual que en los demás, es sólo a través de las impresiones del lector, y no por medio de una construcción consciente de parte de Chambers de su universo. Esto así, a pesar de que el relato al igual que El Signo Amarillo incluye la presencia de personajes que se podrían calificar como representantes de El Rey de Amarillo. En El Signo Amarillo, el hombre con aspecto de gusano carroñero, que en los sueños de Tessie y Scott conduce la carroza fúnebre que transporta vivo a éste último, y a la postre reclama su vida. Y en En la Corte del Dragón, un siniestro organista, que a su manera ejerce la misma función. El relato no está relacionado con los demás, de la forma que éstos lo están entre sí por medio de la interacción o mención de personajes.  También, en cierta forma, es el más escalofriante de todos. Nuestro héroe trágico se encuentra dentro de la iglesia, pero: «Hasta entonces no había hallado el descanso que había buscado al entrar a St. Barnabé esa tarde. Estaba agotado por tres noches de sufrimiento físico y perturbación mental: la última había sido la peor, y era un cuerpo exhausto y una mente obnubilada aunque agudamente sensitiva lo que había llevado a mi iglesia favorita para su curación. Porque había estado leyendo El Rey de Amarillo.»

No hace falta decir más. Desde este momento el relato evoluciona con una intensidad de sentimiento de parte del personaje que lo eleva muy por encima de sus coetáneos. El contexto de una iglesia católica resulta más que idóneo para dotar la atmósfera de un misterio que se refuerza con el discurso del sermón. Pero lo que rompió con el ariete de un terror violento a través del Ser del protagonista, fue la música del órgano:

«Durante las vísperas había sido principalmente el órgano del presbiterio el que había apoyado el hermoso coro, pero de vez en cuando, de modo del todo caprichoso, parecía que, desde la galería del Oeste donde se encontraba el gran órgano, una mano pesada había irrumpido en la iglesia alterando la serena paz de esas diáfanas voces. Era algo más que aspereza y disonancia y delataba no poca habilidad. Mientras irrumpía una y otra vez, recordé lo que mis libros de arquitectura decían acerca de la antigua costumbre de consagrar el coro no bien se edificaba, y la nave, que se terminaba a veces medio siglo más tarde, a menudo quedaba sin bendición alguna: me pregunté fantasioso si no sería ese el caso de St. Barnabé, y si algo que no debía ser advertido se habría apoderado de la galería del Oeste.»

Y más adelante:

«Pertenezco a la especie de una generación más antigua y simple a la que no le gusta buscar en el arte sutilezas psicológicas; y me he negado siempre a encontrar en la música algo más que melodía y armonía, pero sentí que en el laberinto de sonidos que salían de ese instrumento se perseguía a alguien. Arriba y abajo los pedales iban tras él, mientras el teclado bramaba su aprobación. ¡Pobre diablo! Quienquiera que fuese no parecía tener esperanzas de escapatoria.»

El pobre diablo resultaría ser él mismo, que al parecer fue digno de ser reclamado por El Rey de Amarillo, de una manera casi personal, ¡qué privilegio… y qué espantoso! La persecución de su condena se desarrolló en el mundo de los sueños. Su cuerpo en la iglesia, y su alma huyendo del organista, pero esto él no lo sabría hasta su despertar:

«Había estado dormido durante todo el sermón. ¿Lo había estado en realidad? Levanté la cabeza y lo vi dirigirse por la galería a su sitio. Sólo lo vi de lado; su delgado brazo en su negra cobertura parecía uno de esos diabólicos instrumentos sin nombre esparcidos por las cámaras de tortura inutilizadas en los castillos medievales. (…) y ahora sabía que mientras mi cuerpo estaba sentado a salvo y animado en la pequeña iglesia, él había estado persiguiendo mi alma en el Patio del Dragón.»

El final es tan apoteósico que sólo nos queda conjeturar acerca del poder que ostenta El Rey de Amarillo, y lamentarnos de que a un soberano de su oscura magnitud no se le hayan conquistado otros reinos con las fuerzas de la imaginación:

«Me arrastré hacia la puerta; el órgano irrumpió en lo alto con estruendo. Una luz deslumbrante llenó la iglesia que borró el altar de mis ojos. La gente se desvaneció, los arcos, el techo abovedado desaparecieron. Dirigí mis ojos agostados al insondable resplandor y vi las estrellas negras en el cielo y los vientos húmedos del lago de Hali me helaron el rostro. Y ahora, a lo lejos, sobre leguas de nubosas olas agitadas, vi la luna con perlas de rocío; y más allá las torres de Carcosa se alzaban tras la luna.

La muerte y la espantosa morada de las almas perdidas donde mi debilidad hacía ya mucho que lo había enviado, lo habían cambiado para cualesquiera ojos que no los míos. Y ahora oí su voz que se alzaba, crecía, tronaba en la luz relumbrante, y al yo caer, la irradiación que aumentaba más y más vertía sobre mí olas de fuego. Entonces me hundí en las profundidades y oí al Rey de Amarillo que me susurraba al oído:

-¡Es terrible caer en las garras del Dios vivo!»

Odilius Vlak


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