ALTERECOS 4.D / Ecce Golem

«Supón que el hombre que llegó a ti, y al que tú llamas el Golem, significa el despertar de la muerte a través de la más interna vida espiritual. ¡Todas y cada una de las cosas de la tierra no son más que un símbolo eterno, cubierto de polvo!»

 

El Golem, Gustav Meyrink

Nos prestamos a pisar un suelo extraño. Cubierto por el polvo, que alguna vez fue el barro, que alguna vez recibió la fuerza de la vida, y que alguna vez caminó bajo el nombre del Golem. Allá lejos, en el centro de la desolación se encuentra la forma carcomida por el tiempo del rabino Judah Loew ben Bezabel (1512-1609… ¿quién sabe?), de quien dice la leyenda fue el creador del Golem. A su lado pulula el espectro del Ser que alguna vez imaginó; demostrando que la fuerza existencial de la manifestación de su energía mental y espiritual, es más poderosa que el barro que dicha energía animó, ¿quién le borró a quién, el signo de la vida? Ahora, esa proyección imaginaria se alza victoriosa sobre su creador, haciéndose cada vez más imperecedera gracias a la eternidad que habita en toda leyenda. Ésta, se fragmenta en innumerables formas de inspiración, cada una ostentando una personalidad arquetípica. Se expanden a través del tiempo y el espacio, y se filtran de vez en cuando dentro del huevo cósmico que encierra una imaginación aún no nacida; fundiéndose con su naturaleza opuesta, creando de esta manera el andrógino que ha de dar a luz, por medio de una creatividad en estado de trance, un nuevo Golem… Más imaginado, más complejo, más soñado, más maldito y más evolucionado.

Pero de qué manera más extraña se manifestó la leyenda, desde la imaginación de Gustav Meyrink (1868-1932): Un ciclo onírico cada 33 años (surgido al mismo tiempo desde el abismo de un inconsciente colectivo determinado y de uno personal); un principio espiritual, pletórico de símbolos que han de ser vividos por… ¿el elegido?; y sobre todo el mito, la leyenda que vive en la tradición oral de quienes a su vez no pueden vivir sin ella, ofreciéndole en sacrificio su miedo, y obteniendo a cambio un poco de eternidad. El Golem de Meyrink, es una pieza literaria alucinante y sin lugar a dudas sobrenatural, sólo explicada en su génesis por ese extraño gusto alemán por una fantasía mística y sugerente. ¿Cómo penetrar en su simbolismo sin quedar cautivado dentro de él, impidiendo de esa manera toda aproximación lógica? Bueno, digamos que existe un personaje. Uno que:

«¿Dónde he leído este nombre? ¡Athanasius Pernath!

Yo creo, creo que hace mucho, mucho tiempo, en alguna parte, tomé otro sombrero, por confusión, comprobando asombrado que me sentaba tan bien, teniendo, como tengo, una cabeza de forma tan especial. Y miré en el sombrero y entonces… Sí, sí, allí estaba en letras doradas la etiqueta sobre el forro blanco:

ATHANASIUS PERNATH»

 

Pernath vive, sin saber por qué, en el ghetto judío de la ciudad de Praga, aquella capital mágica de Europa, en la cual el rabino Loew, le dio vida a su obra con la ayuda del prohibido aliento de la Cábala. La atmósfera del lugar, con su pátina milenaria de miseria y ocultos pensamientos de ambición luciferina, dibuja un lúgubre paisaje, a través del cual, los pensamientos y emociones dan tropezones con las piedras que construyen ese infierno: la vida invisible del ghetto y sus habitantes… aquello que los anima. El Golem se plantea, en una de sus interpretaciones, como una proyección del inconsciente colectivo de la comunidad judía, y a la vez del ghetto:

«Vuelve a despertarse calladamente en mí la leyenda del Golem espectral, de ese hombre artificial que hace tiempo construyera de materia, aquí en el ghetto, un rabino conocedor de la Cábala, quien lo convirtió en un ser autómata y sin pensamiento, al situar tras sus dientes una mágica cifra numérica. Y del mismo modo que aquel Golem se convertía en una estatua de barro en el mismo segundo en que se quitaba de su boca la sílaba misteriosa de la vida, me parece que todos estos hombres se derrumbarían sin alma en el mismo momento en que se borrara cualquier mínimo concepto, quizás un deseo secundario en alguno, tras quitar de su mente cualquier inútil costumbre, o en otro sólo la oscura espera de algo indeterminado e inconsistente.»

…..

«De golpe comprendí en lo más profundo de su ser a esas criaturas misteriosas que viven a mi alrededor: se mueven sin voluntad por su existencia, agitadas por una corriente magnética invisible igual que hace un momento flotaba el ramo de novia, arrastrado por el arroyo de mugre. Tuve la sensación de que todas las casas me miraban fijamente con sus engañosas caras cubiertas de innombrable maldad; los portalones: bocas negras abiertas, cuyas lenguas se habían podrido, gargantas de las que, en cualquier momento, podría surgir un grito ensordecedor, tan estridente y lleno de odio que necesariamente aterrorizaría hasta lo más hondo de nuestro ser.»

 

Athanasius Pernath interpreta constantemente los diferentes planos de expresión del ghetto de Praga, como los de aquellos que bien podrían pertenecer a un monstruo, siendo el Golem la encarnación mítica de ello. Todo en el ghetto exuda maldad y oscuridad espiritual; exuda energía demoniaca: su arquitectura, la atmósfera psicológica que emana como una peste de la psiquis de sus habitantes… Su silencio. Es la manifestación monstruosa del estado infernal en el que se encuentra el Ser de toda una comunidad: La Judía. Esto no ayuda en nada su propio estado interior, o quizás, para cierto propósito desconocido aún para él, es el escenario perfecto. Desde su personalidad fragmentada, se mantiene en un continuo cuestionamiento acerca de la veracidad del mundo que lo rodea. Comenzando por el enigma que representan en sí mismos cada uno de los personajes del ghetto: Rosina, Aaron Wassertrum, Charousek, Schemajah Hillel, Miriam, etc.

Sin embargo, fuera de la impresión de Pernath, cuya vida en el ghetto es la ordalía de un enigma incomprensible, y que de una u otra forma tiene que descodificar, pues de lo contrario dicha vida no existe, El Golem y su ciclo de aparición ya ha sido asimilado con un carácter astrológico por la comunidad, junto con la influencia que tal astro proyecta, se diría desde lo interno de cada miembro de ésta. Zwakh, el viejo marionetista, ya ha vivido dos ciclos de aparición del Golem, por lo que tiene necesariamente sus propias opiniones:

«Por mucho tiempo he meditado sobre todo esto y me parece que cuando más cerca estoy de la verdad es cuando me digo: en el transcurso de cada generación aparece siempre, rápida como el rayo, una epidemia espiritual en la ciudad judía, que domina las almas de aquellos que viven por algún motivo, para nosotros desconocido, y que hace que surjan, como un espejismo, los rasgos de un ser característico que quizás hace siglos vive aquí y tiene ansias de poseer forma y figura. (…) El desconocido que anda por ahí debe ser la figura imaginaria que el rabino medieval había pensado antes de poder revestirla de materia, y que vuelve en regulares períodos de tiempo, en la misma configuración astral bajo la que fue creada, torturada por el deseo de tener una vida material. También la mujer de Hillel, que ya ha fallecido, vio al Golem cara a cara y se sintió, al igual que yo, en un estado de catalepsia total, mientras ese misterioso ser se encontraba cerca. Ella decía que estaba firmemente convencida de que no había podido ser más que su propia alma la que, habiendo salido del cuerpo, estaba frente a ella y había mirado fijamente su rostro con los rasgos de una criatura desconocida. A pesar del terrible miedo que se apoderó de ella, ni un solo momento la abandonó la seguridad de que ese otro no podía ser más que una parte de su propio ser.»

 

Gustav Meyrink nos sumerge dentro de una tipología muy especial de horror psicológico. Aquí las impresiones y las expectativas, e incluso, el intenso poder del simbolismo de la sangre (Meyrink, literalmente hace que el arquetipo espiritual de diferentes clanes judíos se pueda olfatear en su sangre; algunos tan malditos como las diez tribus perdidas [Wassertrum] y otros tan puros y benditos como las dos tribus reservadas [Hillel]), sustituyen las manifestaciones obvias de una realidad permeada de una oscura fantasía. Las impresiones que Pernath recibe a cada momento del semblante arquitectónico del ghetto, son más profundas, por su multiplicidad de asociaciones con elementos humanos y su historia, que las que recibiría un personaje ante cualquiera de los monstruos que laboran tiempo completo en los géneros de horror y fantasía:

«Me acerqué a la ventana: las filas de tejados barrocos se mostraban como un cementerio espectral fluctuante en el aire: losas sepulcrales con las fechas borradas, apiladas sobre estos sepulcros mohosos, estas “viviendas” en las que se ha horadado el hervidero de pasillos y cuevas de los vivientes.»

 

El simbolismo cíclico de la aparición del Golem es capital en la comprensión —si esto es posible— de su función. En verdad la historia es la narración de un sueño en el que un personaje anónimo vive los sucesos que pasaron hace 33 años en la vida de Athanasius Pernath. Esta vivencia, se nos muestra como algo fruto de una casualidad, cuando el personaje anónimo confunde su sombrero con el de Pernath. El sombrero sirve como catalizador de la experiencia; una experiencia que mientras la historia avanza resulta ser consecuencia de una red de afinidades entre Pernath, el Golem, el ghetto y el narrador anónimo. Bien mirado, la condición existencial de Pernath es similar a la del Golem. Ambos carecen de pasado, o más bien, de una historia personal interna y definida. Es como si Pernath fuera la manifestación del Golem en ese periodo determinado. Es cierto que como lo declaró la esposa de Hillel en su encuentro con la criatura, ésta en realidad era parte de su propio Ser, en Pernath, sin embargo, la conexión va más allá del símbolo del doble tal como está planteado para la comunidad en general. Él mismo está consciente de que: «Ya no había ninguna duda de que en mí germinaban desde hace mucho tiempo fuerzas ocultas: lo sentía con demasiada lucidez y demasiada potencia como para intentar negarlo.»

 

Meyrink nos sumerge en una retorta alquímica en cuyo interior bullen los símbolos de la Cábala, el Tarot, la teoría de los arquetipos de C. G. Jung, y toda una serie de sugerencias que en verdad debemos reconocer son aptas sólo para iniciados. Algo increíble, teniendo en cuenta que el libro fue todo un éxito de ventas. Es extraño que el Golem se presente con rasgos raciales propios de las razas asiáticas. Su imagen de rostro liso y ojos rasgados como la de un mongol, en ningún momento es un recurso literario gratuito de parte de Meyrink, sino la expresión de teorías que en su época especulaban acerca de que el mundo oriental encierra algo siniestro, y no sólo sus equilibradas filosofías abstractas, libres de los peligros propios de las religiones maniqueistas occidentales. El narrador anónimo es la viva imagen de Athanasius Pernath, como aquél lo comprueba al final de la historia cuando, luego de despertarse, decide averiguar acerca de la vida de éste. Encuentra su domicilio al final de la antigua calle de los alquimistas, en el mismo lugar en que en su reciente sueño tuvo la visión de un antiguo laboratorio dedicado a este arte. Allí pudo ver desde la distancia a Pernath y a Miriam dentro de un templo de mármol. Ambos le miraron. El narrador anónimo devuelve el sombrero de Pernath y recibe el suyo de parte del portero. En verdad toda la escena parece la ilustración de un arcano mayor inédito del Tarot. Toda la escena es simbólica. Pero el hecho de que el narrador anónimo haya experimentado en un sueño los sucesos que hace 33 años vivió Pernath, significa que él mismo —con su gran parecido a Pernath— es la continuación de ese despertar espiritual simbolizado en el ciclo de aparición del Golem.

Esta condición del Golem como una señal cierta de cierto despertar espiritual, es sugerida desde el principio. Pues fue la aparición del Golem, quien le entregó a Pernath para que lo restaure el libro «Ibbur, la saturación del alma». Él mismo dice que: «Había leído el libro hasta el final, y todavía lo sostenía entre las manos, cuando tuve la sensación de que había estado hojeando y buscando en mi mente y no en sus páginas». Todas las experiencias de Pernath, incluyendo la formación del Golem desde el arcano Fou del Tarot, lo empujan a la aceptación del Golem como su doble, y lo desafían a la comprensión de dicho simbolismo. El talmudista Hillel explica que: «Y del mismo modo que el Fou es la primera carta del juego, así también es el hombre la primera imagen de su primer libro de estampas, su propio doble: la letra hebrea Aleph, que, construida según la forma de un hombre, señala con una mano al cielo y con otra hacia abajo, quiere decir: «Igual que arriba es abajo; lo mismo ocurre abajo que arriba».

Y más adelante se empeña en no dejar dudas acerca del simbolismo verdadero del doble:

«Pero en esos casos sólo se trataba de un reflejo de la propia conciencia y no del verdadero doble: no era eso que se llama “el hálito de los huesos”, el “Habal Garmin” del que se ha dicho: “tal y como fue a la tumba incorrupto, así resucitará el día del juicio final”. (…) Nuestras abuelas dicen de ese estado: “Vive muy alto sobre la tierra en una habitación sin puertas, con una sola ventana, desde la que es imposible comunicarse con los hombres. ¡El que sepa dominarlo e instruirlo será un buen amigo de sí mismo!”.»

 

En cierta forma, para comprender el todo y cada una de sus partes de este corpus simbólico de la literatura fantástica, debemos ser también buenos amigos de nosotros mismos. Sentir nuestro «Habal Garmin» exhalar su hálito en nuestros huesos. Y es que esto es Fantasía Iniciática. Meyrink lo expresa a través de uno de los personajes, que si aceptamos su alucinante teoría, es necesario que nuestra cadena del «Yo» tenga todos sus eslabones puesto, en orden de asimilar la luz de esta novela sin quedar ciegos en el intento:

«—Usted debe tomar todo lo que ha vivido como un símbolo —me explicó Laponder—. El círculo de hombres con resplandores azulados que lo rodeaban eran la cadena del “Yo” heredado, que todo nacido de madre lleva siempre consigo. El mundo no es “aislado”, pero es preciso que se convierta en ello, ¡y a eso se le llama “inmortalidad”! Su alma está compuesta de muchos “Yos”, igual que un hormiguero. Usted lleva en sí los restos anímicos de miles de antepasados: los amos de su estirpe. En todos los seres es así. ¿Cómo podría encontrar su alimento un pollo recién salido de un huevo artificialmente empollado, si no llevara dentro de sí la experiencia de millones de años? La existencia del “instinto” indica la presencia de los antepasados en el cuerpo y en el alma.»


 

 

Odilius Vlak


 

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