ALTERECOS 4.D / ¡EUREKA! Dadme una Intuición y Comprenderé el Universo

Edgar Allan Poe

EUREKA - Portada de la primera edición (1848)

«Repito entonces: intentemos comprender que el último globo de globos desaparecerá instantáneamente y que sólo quedará Dios, único y total. ¿Pero vamos a detenernos aquí? De ninguna manera. Cabe concebir fácilmente que de la aglomeración y disolución universal puede resultar una serie nueva y quizá totalmente distinta de condiciones, otra creación e irradiación que vuelva sobre sí misma, otra acción y reacción de la Voluntad Divina. Guiando nuestra imaginación por la omnipredominante ley de leyes, la ley de periodicidad, ¿no estamos más que justificados cuando alimentamos la creencia, digamos más bien cuando nos complacemos en la esperanza de que los procesos que nos hemos atrevido a contemplar se renovarán una y otra vez eternamente? Que un nuevo universo irrumpe a la existencia y luego se hunde en la nada, a cada latido del Corazón Divino?

Pero este corazón divino, ¿qué es? Es nuestro propio corazón

Eureka, Edgar Allan Poe


A primera vista la ciencia debería ser todo exactitud y corroboración de pruebas, pero lo que sí es una ley tanto para las ciencias exactas como para la explicación metafísica más alucinante acerca de la realidad que nos contiene, junto a la cuota de ilusión que se arrastra dentro y fuera de nosotros, es que, la comprensión es el fin último… Es el portal de acceso al despertar. Y la poética visión cosmogónica que nos ha legado Edgar Allan Poe en su poema en prosa Eureka, es ante todo comprensión. Una comprensión del devenir de nuestro universo que no necesita necesariamente corroboración científica para ejercer la función evolutiva que todo pensamiento visionario debe cumplir: La de expandir los horizontes de nuestra imaginación. No importa si es a través de la embriaguez poética o la intuición enceguecedora por el potente destello de su verdad.

Dicha verdad o verdades, aparentemente ataviada con los harapos de especulaciones delirantes, se engalanará tarde o temprano con las vestimentas imperiales que el tiempo fabricará de su propia tela, utilizando para confeccionarlas, las agujas de otras imaginaciones embriagadas, destinadas a reivindicar la compañera ultrajada. Pero en el caso de Poe, estas vestimentas monárquicas no tardaron en ataviar su monumento visionario, pues si bien desde el principio enarboló la naturaleza poética e intuitiva de su trabajo, no estuvo menos seguro de que éste alumbrará en su momento el reino de la ciencia con la luz de su lógica. Aún me parece escuchar su grito triunfal: ¡Eureka!: Dadme una Intuición y Comprenderé el Universo… ¡Y lo hizo!

En la dedicatoria de su obra, Poe nos dice que ésta se debe juzgar sólo como un poema. Apelando a la sensibilidad de los soñadores, Poe depositaba sobre el altar de la imaginación su ofrenda, para que arda como fuego sagrado por toda la eternidad: «A los soñadores y a los que depositan su fe en los sueños como únicas realidades, ofrezco este Libro de Verdades, no como Anunciador de Verdad, sino por la Belleza que en su Verdad abunda, haciéndola verdadera. A ellos presento esta composición sólo como un Producto de Arte, como una Novela o, si no es una pretensión demasiado elevada, como un Poema». Adelantándose a las posibles críticas del mundo científico acerca de la total carencia del fundamento de éste en su trabajo, Poe echa mano de los registros históricos, aduciendo que muchas de las grandes verdades comprobadas en su día por la ciencia fueron el producto de una imaginación calenturienta. Y para muestra pone de ejemplo a Johannes Kepler, quien enunció las leyes de la gravedad, envueltas en un halo cuasi místico, pero que posteriormente ascenderían al trono de las realidades físicas gracias al genio de Isaac Newton: «Kepler conjeturó esas leyes, es decir, las imaginó. De haberle pedido que señalara si las había alcanzado por el camino deductivo o por el inductivo, su respuesta quizá hubiera sido: “Nada sé de caminos; pero conozco la maquinaria del universo. Esto es todo. La aprehendí con mi alma, la alcancé por la simple fuerza de la intuición”. Para Poe la intuición, no es sino: «La convicción que surge de esas inducciones o deducciones cuyos procesos son tan oscuros que escapan a nuestra ciencia, eluden nuestra razón o desafían nuestra capacidad de expresión.»

Escrito en el invierno de 1847, y publicado en marzo de 1848, con una edición de 500 ejemplares –muy lejos de los 50,000 que Poe, en su justo delirio, reclamaba como tirada mínima- Eureka chocó con la invisible pared del mutismo académico, al otro lado de la cual reinaban las luminarias de la ciencia del momento. Se dice que hasta Alexander Von Humbold, a cuyo genio Poe dedicó su «revelación», no se molestó en echarle el vistazo que Baudelaire le imploraba. Pero incluso 100 años después de su publicación, un encumbrado T. S. Eliot, sintetizaba en una sola opinión, todas las críticas que se le habían hecho a la Poe: «Eureka, no provoca ninguna impresión profunda… porque estamos conscientes del total desconocimiento de Poe sobre filosofía, teología y ciencia natural.»

Por supuesto, Eliot tenía un punto a su favor acerca del carácter amateur de las investigaciones de Poe en los campos de la física, matemáticas y astronomía, y que, en cierto modo, carecía de toda calificación autorizada para emitir un punto de vista personal sobre cosmología. Es cierto, él no sabía nada… pero tenía razón. Lo extraño es que toda la descalificación sobre el trabajo, fue inútil hasta cierto punto. No había ninguna necesidad de ella. Pues Poe en ningún momento presentó su obra como una construida bajo las rigurosas leyes del método científico. No se cansó de resaltar a lo largo de la obra, que ésta era el producto de una imaginación borracha de la poesía que en sí misma constituye la vastedad del cosmos, y agujereada de intuiciones.

Eliot subestimó no sólo a su colega poeta, sino a la misma poesía, en su capacidad de heraldo de lo que atesora el tiempo. Ya es por todos reconocido que Poe esbozó 80 años antes de que los cosmólogos del siglo XX hicieran sangrar las matemáticas y la física, una versión rudimentaria, pero en sí misma completa, de lo que es la mejor suposición contemporánea sobre el origen del Universo: El Big Bang. Partiendo de la idea convencional de su época de que el Universo era estático e infinito, Poe insistió que éste se había creado de la explosión de una sola «partícula primordial» en «un destello instantáneo»:

«Suponer la absoluta unidad de la partícula primordial implica suponer su infinita divisibilidad. Imaginemos, pues, que la partícula no se agota absolutamente en su difusión en el espacio. Supongamos que de la partícula como centro se irradian esféricamente —en todas direcciones—, hasta distancias inconmensurables pero definidas, en el espacio antes vacío, cierto número inmenso de átomos, si bien limitados, de una pequeñez inimaginable pero no infinita.»

El lenguaje puede parecer vago y complicado, es un poema, no lo olvidemos. Por otro lado algunos detalles están errados (Poe obviamente desconocía el concepto de la relatividad, que deja sin sentido la idea de un universo explotando «en un espacio antes vacío»). Pero aquí, inequívocamente, hay una descripción –primitiva ante las luces de hoy- del Big Bang, una teoría que no obtuvo el reconocimiento general hasta la década de 1960.

Ésta no fue, sin embargo, la única visión reveladora de Poe. Él también concibió la idea de que el universo se está expandiendo, y eventualmente colapsará, una noción que el matemático ruso, Alexander Friedmann, sacó a la luz de las ecuaciones de Einstein en 1922. Einstein, inicialmente descartó la idea, y ésta no fue generalmente aceptada hasta la década de 1930, cuando Edwin Hubble visualizó algunas evidencias de peso con relación a la velocidad de las galaxias más alejadas, desarrollando a partir de éstas su concepto del corrimiento al rojo, que a su vez ayudó a corroborar la teoría del Big Bang, al establecer que dichas galaxias, ubicadas en el borde conocido del universo, y que deslizaban su luz a la franja roja del espectro, eran las más antiguas. Este pasaje sin embargo puede dar una idea de cómo funcionaba la imaginación de Poe: «Por lo que sabemos de la propagación de la luz, tenemos la prueba directa de que las estrellas más remotas han existido, en la forma en que ahora las vemos, durante un inconcebible número de años. Mucho más atrás, por lo menos en el período en que estas estrellas sufrieron la condensación, debe situarse la época en la cual comenzaron los procesos constitutivos de las masas». No está planteado de manera muy sofisticada, pero en todo caso… ¡Eureka!

Pero la expansión de Poe es una especie de contracción, una especie de salto uniforme de todas las galaxias hacia el vacío de la unidad. Él lo expresa categóricamente: «Mi proposición general es la siguiente: en la unidad original de la primera cosa se halla la causa secundaria de todas las cosas, junto con el germen de su aniquilación inevitable». Es decir en el Big Bang («Unidad Divina» en Poe) está el germen del Big Crunch (colapso o aniquilación final). Y es que la expansión de Poe, posee ciertas características muy «Poetesquianas»:

«Ampliando ahora nuestras concepciones, consideremos cada uno de estos sistemas –(galaxias)- en sí mismos como un átomo, pues lo es en realidad cuando lo miramos como uno entre millones de sistemas que constituyen el universo. Tomándolos a todos, pues, como colosales átomos, cada uno con la misma indestructible tendencia a la unidad que caracteriza a los átomos reales que los componen, entramos de inmediato en un nuevo orden de agregaciones. Los sistemas más pequeños en la vecindad de uno más grande se acercarían inevitablemente cada vez más. Aquí se reunirían mil, allí un millón, allá un billón, dejando así inconmensurables vacíos en el espacio. Y ahora, si se me pregunta por qué en el caso de estos sistemas, de estos átomos titánicos, hablo de un grupo y no, como en el caso de los átomos reales, de una aglomeración más o menos consolidada; si se me pregunta, por ejemplo, por qué no llevo lo que sugiero a su legítima conclusión y describo de inmediato estos grupos de átomos-sistemas en proceso de condensarse para formar esferas, condensándose cada uno en un magnífico sol, mi respuesta es μέλλοντα ταΰτα; no hago sino detenerme por un instante en el pavoroso umbral del futuro. Por el momento, al llamar «grupos» a esos conjuntos los vemos en los estados incipientes de su consolidación. La consolidación absoluta está aún por venir

Esa consolidación absoluta es el equivalente al fin último del concepto de la expansión contemporánea, dondequiera que éste se encuentre. Y es que nadie puede decir hacia dónde conduce la expansión (dejando aparte otras teorías contemporáneas que al igual que Poe profetizan la detención de la carrera de las galaxias, y el dulce regreso a casa del Big Crunch), pero esto no significa que la expansión en sí misma no termine en un punto definido. Quizás sea en un punto de aglomeración situado más allá de lo que podamos concebir como universo. Un macro universo, un macrocosmos: la unidad original divina de Poe. Pues lo que es cierto es que la expansión no se da en nombre de la expansión misma. El universo es algo muy serio como para permitirse tales entretenimientos inútiles. La diferencia se encuentra en la forma que cada expansión adopta. La expansión contemporánea se plantea como una marcha en fila india de todas las galaxias ¿hacia dónde? Bueno seguro que no hacia Disneylandia. En la expansión de Poe, primero se plantea el proceso de la condensación de cúmulos formados por grupos de galaxias, y luego estos grupos se comprimirán en otros, y así sucesivamente, hasta que todos se fundan en una sola partícula primordial. La misma a las que arribaran todas las formaciones galácticas de manera independiente. Y si deciden regresar, a causa del canto de sirena de la gravedad (lo que contempló Poe, que obviamente no sabía nada de la «Materia Oscura» [sustancia no identificada y de la cual, creen los astrónomos, puede estar formado el 90% o más del universo conocido], y de la cual todavía está por verse si la gravedad será una digna contrincante), bueno… Hágase el colapso final.

Una vez alcanzada la Unidad, y poco antes de la recreación del nacimiento de un nuevo universo ¡un nuevo Big Bang!, tal como está expresado en el párrafo utilizado como epígrafe para este artículo, Poe nos plantea esta especie de descenso al infierno: «La mente conoce la materia sólo por sus dos propiedades: la atracción y la repulsión; en consecuencia, la materia es sólo atracción y repulsión; un globo de globos finalmente consolidado, siendo una sola partícula, carecería de atracción, esto es, de gravitación; la existencia de tal globo presupone la expulsión del éter separador que sabemos existe entre las partículas en su estado de difusión presente; por lo tanto, el globo final sería materia sin atracción y repulsión; pero estas últimas son la materia; luego el globo final sería materia sin materia, esto es, no sería materia: debe desaparecer. Por lo tanto, la Unidad es la Nada.»

Pero como «solo quedará Dios, único y total», que con otro latido de su corazón, iniciará todo nuevamente, tomemos esta estadía en la Nada, como Nada. Por otro lado, Poe fue la primera persona registrada en resolver la «Paradoja de Olbers», formulada por el astrónomo alemán Heinrich Wilhelm Olbers, y que había estado atormentando los astrónomos desde Kepler: el misterio de por qué el cielo es oscuro en la noche. Si el Universo era infinito y estático, como los astrónomos del siglo XIX creían, debe existir un número infinito de estrellas también, en otras palabras, para iluminar el cielo en todo momento. Poe comprendió, por qué éste no era el caso: «El Universo es finito en el tiempo y el espacio. Si la sucesión de estrellas fuera infinita, el fondo del cielo nos presentaría una luminosidad uniforme, como la desplegada por la Galaxia, pues no podría haber en todo ese fondo ningún punto en el cual no existiera una estrella. En tal estado de cosas, la única manera de comprender los vacíos que nuestros telescopios encuentran en innumerables direcciones sería suponiendo tan inmensa la distancia entre el fondo invisible y nosotros, que ningún rayo de éste haya podido alcanzarnos todavía». Ahora bien, Poe estableció una distinción muy clara entre las dos concepciones de universo que para él existían:

«Y quizá sea oportuno aclarar aquí que con el término “universo”, siempre que sea empleado sin calificación en este ensayo, pretendo designar la mayor extensión de espacio concebible, con todas las cosas espirituales y materiales que pueden imaginarse existentes dentro del ámbito de esta extensión. Al hablar de lo que está comúnmente implícito en la expresión “universo” usaré una frase limitativa: «el universo de los astros».»

Entonces, el Universo finito al que se refiere, y que es donde se desarrolla el debate de la Paradoja de Olbers, es «el universo de los astros». El otro, bueno, ya aquí entramos en el plano de la metafísica, y por lo tanto la nomenclatura para su posible definición debe incluir términos como: Macrocosmos, Tao, Nagual, etc. O, como el mismo Poe lo expresa más adelante: «Aludo simplemente a la mayor extensión concebida de espacio, dominio tenebroso y fluctuante que se encoge y se agranda según las vacilantes energías de la imaginación.»

Tom Siegfried, el editor científico del Dallas Morning News, trató de explicar en su libro «Strange Matters: Undiscovered Ideas at the Frontiers of Space and Time», no sólo el hecho de cómo Poe concibió su teoría cosmológica, sino que diserta acerca de que la historia de la Astrofísica está llena de semejantes «pre-descubrimientos» o «ejemplos de anticipación teórica». Según él: «Hay muchas cosas que los teóricos predicen basado en lo qué es conocido y aquello que aún está por descubrirse. La diferencia con el pre-descubrimiento, es que los teóricos descubren la existencia de algo que los observadores nunca han visto. Es una cosa concebir una explicación para lo observado. Y es otra cosa totalmente diferente, sugerir que algo existe de lo cual nadie había tenido la más mínima idea anteriormente. A diferencia de los esbozos de Leonardo de Vinci de «máquinas voladoras»; o las descripciones de Julio Verne de submarinos y televisiones, décadas antes de que tales artefactos fueran hechos, los pre-descubrimientos científicos, no son invenciones humanas esperando por la realización tecnológica, más bien son profundas comprensiones de la naturaleza de la realidad»

Eureka, es una obra que en sí misma es un modelo del caos primordial. Son tantas las revelaciones inherentes en su vertiginoso vuelo imaginativo, que quizás muchas de ellas están aún por descubrirse. La conciencia cósmica que despierta un pasaje como este, versión embriaga de la máxima hermética «tal como es arriba, así es abajo», es más valiosa para nuestra evolución hacia la noción de ciudadanos del universo, que cualquier ecuación matemática comprobada:

«Si me propongo medir la influencia de una partícula sobre otra partícula vecina en un rayo de sol, no puedo realizar mi propósito sin contar y pesar primero todos los átomos del universo y sin definir las posiciones precisas de todos en un momento particular. Si me aventuro a desplazar aunque sólo sea la billonésima parte de una pulgada el microscópico grano de polvo que se encuentra bajo la punta de mi dedo, ¿de qué naturaleza es la acción que me he atrevido a cometer? He realizado un acto que sacude a la luna en su camino, que hace que el sol no sea más el sol, y altera para siempre el destino de las innumerables miríadas de estrellas que giran y brillan ante la majestuosa presencia de su Creado.»

  • Hoyos Negros, bueno, Poe intuyó algo parecido:

«Cuando hablamos de la propensión vulgar a considerar todos los cuerpos de la Tierra como tendiendo simplemente al centro de ésta, observé que, «salvo ciertas excepciones que serán especificadas luego, todos los cuerpos de la tierra tienden no sólo hacia el centro de ésta, sino además hacia todas las direcciones concebibles». Las «excepciones» se refieren a esas frecuentes brechas en los cielos donde la investigación más aguda no puede descubrir no sólo cuerpos estelares, sino indicaciones de su existencia; donde abismos abiertos, más negros que el Erebo, parecen brindarnos atisbos, a través de las paredes limítrofes del universo estelar, del ilimitado universo del vacío situado más allá. Ahora bien, como todo cuerpo existente sobre la Tierra se expone a atravesar, ya sea por su propio movimiento o por el de la Tierra misma, uno de esos vacíos o abismos cósmicos, evidentemente entonces no será atraído en la dirección de ese vacío y, en consecuencia, será en ese momento «más pesado» que en cualquier otro período anterior o posterior.»

Es evidente que en su ensoñación reveladora Poe subestimó la capacidad devoradora del monstruo. Pues de las fauces babeantes de una gravedad con delirios de grandeza de un hoyo negro… ni la Luz tiene esperanza de escapar.

  • Universos Paralelos… ¿Ustedes que creen?

«Permítaseme declarar tan sólo que como individuo me siento impelido a imaginar —no me atrevo a decir más— que existe una ilimitada sucesión de universos más o menos similares al que conocemos, al único que conoceremos jamás, por lo menos hasta el retorno de nuestro universo particular a la unidad. Sin embargo, si tales grupos de grupos existen —y existen—, es de sobra claro que, no habiendo participado en nuestro origen, no participan de nuestras leyes. Ni ellos nos atraen ni nosotros los atraemos. Su materia, su espíritu, no son los nuestros; no son los que privan en parte alguna de nuestro universo. No podrían impresionar nuestros sentidos ni nuestra alma. Entre ellos y nosotros —considerando todo, por el momento, colectivamente— no hay influencias en común. Cada uno existe, aparte e independientemente, en el seno de su Dios propio y particular.»

  • Igualdad del Tiempo y el Espacio… ¿Adivinen qué?

«Sostengo que la astronomía no ha sabido evidentemente dar una causa racional del fenómeno; pero las consideraciones que en este ensayo hemos seguido paso a paso nos permiten percibir de un modo claro e inmediato que el espacio y la duración son una sola cosa. Para que el universo pudiera durar una era proporcionada al tamaño de sus partes materiales componentes y a la elevada majestad de sus propósitos espirituales, fue necesario que la difusión atómica original se hiciera en una extensión inconcebible, aunque no infinita. Se requería, en una palabra, que las estrellas se condensaran hasta adquirir visibilidad a partir de la nebulosidad invisible, que pasaran de la nebulosidad a la consolidación y envejecieran dando nacimiento y muerte a variaciones indeciblemente numerosas y complejas del desarrollo vital; se requería que las estrellas hicieran todo esto, tuvieran todo el tiempo necesario para cumplir estos propósitos divinos, durante el período en el cual todas las cosas realizaban el retorno a la unidad a una velocidad creciente en proporción inversa a los cuadrados de las distancias al cabo de las cuales se encuentra el fin inevitable.»

Este concepto de la relación del Espacio-Tiempo tuvo que esperar hasta el siglo XX, para arrojar toda la fuerza de su luz sobre la humanidad, y esto desde la lámpara encendida por otro de los grandes soñadores despiertos de toda la historia: Albert Einstein. Su comprensión de que con el conjuro mágico de una imaginación desbordada, no se necesita de ningún Ángel para abrir todos los sellos apocalípticos, trasladó el destino de la humanidad al modelo del universo en el cual habita hoy.

La física subatómica también fue pre-visualizada por Poe. Su tesis de que «La mente conoce la materia sólo por sus dos propiedades: la atracción y la repulsión; en consecuencia, la materia es sólo atracción y repulsión», pavimentó el sendero para que la física del siglo XX descubriera las fuerzas elementales que reinan en el interior de los átomos: las partículas con cargas positivas (protones) y negativas (electrones). Obviamente, esto sólo pudo lograrse tras el descubrimiento de que el átomo no era indivisible como se creía. Que Einstein haya o no leído a Poe –cosa por lo demás imposible que no lo haya leído, si entendemos al genio alemán como alguien que aparte de ser Einstein, fue también una persona interesante-, es cosa que importa poco… pues las verdades ya habían sido susurradas por Poe, aunque su genio las haya vociferado. En el caso de Alexander Friedmann, el hombre que dedujo la expansión del universo de la teoría de Einstein, amaba a Poe.

Poe plantea una visión interesante acerca de la creación de nuestro Sistema Solar, concebida como una explicación de la Teoría Nebular de Laplace. Según él, nuestro sistema se formó gracias a la reducción sistemática de la masa del sol, que por la excesiva velocidad de su rotación, causante de un desequilibrio entre sus fuerzas centrífuga y centrípeta, se vio obligado a desprenderse de un cúmulo de átomos con forma de anillo de su superficie ecuatorial. Cada vez que el sol, en su búsqueda de equilibrio, se desprendía de uno de esos anillos, éste con el tiempo se condensaba formando un planeta. El primer anillo se desprendió cuando la masa solar alcanzaba la distancia que ocupa la rotación de Neptuno, por lo tanto este planeta fue el resultado de tal desprendimiento y del anillo. El Sol continúo reduciéndose en busca de equilibrio, formando de esta manera los demás planetas de su sistema: Urano, Saturno, Júpiter, etc. La velocidad de rotación actual (en su época obviamente) de cada planeta alrededor del sol, indica la velocidad que tenía la superficie ecuatorial del sol al momento de desprenderse el anillo. Cada planeta a su vez, y por medio de un proceso parecido, gestó sus lunas.

Así, esta teoría de Poe también explica el nacimiento de nuestra luna, como emanada de nuestro planeta, y por lo tanto adelantó esta teoría del posible origen de nuestra luna, que se opone a otras, incluyendo la que postula que ésta fue un planetoide captado por la fuerza de gravedad de la tierra, luego de ser expulsado por una gran explosión de allende el sistema solar. La visión de Poe es más amplia por supuesto, ya que le adjudica este origen al sistema planetario en su totalidad. Y también más básica, pues en su visión este proceso se llevo a cabo a nivel atómico, y no como lo plantea la astronomía moderna desde un nivel geológico, siendo la luna expulsada de la tierra en una etapa en que sus elementos geológicos burbujeaban en un ardiente caldo mineral. Él consideró que Marte no produjo ningún anillo porque carecía de lunas. Pero las lunas de éste fueron descubiertas por el astrónomo americano Asaph Hall en 1877. Bueno, algo se le debía escapar al maestro. Sin embargo, estos satélites de Marte fueron visualizados por una imaginación que precedió a Poe: Jonathan Swift, en «Los Viajes de Gulliver» (1726). Swift, en el viaje de su héroe a Laputa, da las distancias y el período de rotación de los dos satélites de Marte. He aquí otro gran ejemplo de lo que puede brindarnos por adelantado la imaginación y la fuerza de la intuición, si bien en el caso de Swift fue enteramente desde un trabajo de factura fantástica, y sin pretensiones científicas.

Luego de establecer las dimensiones finales de la masa del sol, tras una reducción de tal naturaleza sideral y con la ayuda de la ley de la gravedad, Poe no puede evitar arrojar la semilla de una especulación, que en el fondo no es más que unas de las consecuencias imaginarias de su visión de la formación del sistema solar. Es una increíble visión de la posible transformación de la especie humana –o el surgimiento de otra nueva- hacia un nivel superior. «Helioevolución» en marcha, de cuya propuesta me hubiese gustado escuchar la opinión de Charles Darwin:

«Llegamos así a la proposición de que la importancia del desarrollo de la vitalidad terrestre avanza a la par de la condensación terrestre. Ahora bien, esto concuerda exactamente con lo que sabemos de la sucesión de los animales en la Tierra. A medida que avanzaba la condensación aparecían razas cada vez más perfeccionadas. ¿Es imposible que las sucesivas revoluciones geológicas que, por lo menos, acompañaron, si no fueron su causa inmediata, esas sucesivas elevaciones del carácter vital, es improbable, digo, que esas revoluciones hayan sido producidas por las sucesivas descargas planetarias del sol, en otras palabras, por las sucesivas variaciones de la influencia solar sobre la tierra? Si esta idea fuera defendible no sería injustificado imaginar que la descarga de otro nuevo planeta, más cercano al centro que Mercurio, puede dar origen a otra modificación de la superficie terrestre, modificación de la cual puede surgir una raza superior al hombre en lo material y en lo espiritual. Estos pensamientos me impresionan con toda la fuerza de la verdad, pero los arriesgo, desde luego, a título de simple sugestión.»

Increíble. Poe de su parte jamás dudó de que sus ideas eventualmente serían reconocidas como manifestaciones de la verdad de la realidad del universo, y la nuestra dentro de él, y la del creador por encima de ambos. En carta a un amigo, fechada en 29 de febrero de 1848, declara: «Lo que he propuesto revolucionará a su tiempo el mundo de la ciencia física y metafísica. Lo digo con calma, pero lo digo.»

¡UN EUREKA POR EL DÍA DE TU NACIMIENTO Y UNO POR EL DÍA DE TU MUERTE… OH MAESTRO! EL SEGUNDO FUE PROFERIDO POR EL UNIVERSO… CUANDO REGRESASTE A SU SENO… A SU UNIDAD.

Odilius Vlak


NOTAS: El número de pre-descubrimientos, incluye una impresionante lista de los conceptos más básicos de la física contemporánea: Antimateria, Ondas Electromagnéticas, Estrellas de Neutrones, Neutrinos, Partículas Cuánticas y Átomos.

  • En 1860, el físico escocés James Clerk Maxwell dedujo la existencia de una radiación invisible a partir de un análisis matemático de la electricidad y el magnetismo. Nueve años después de su muerte se comprobó que Maxwell estaba en lo correcto cuando las ondas de radio fueron descubiertas por el físico alemán Heinrich Hertz.
  • En 1931 el físico inglés, Paul Dirac, sacó a la luz una idea extravagante: Antimateria. De las ecuaciones matemáticas de otros físicos, Dirac concluyó que los electrones, uno de los bloques de construcción observados del átomo, debían tener un gemelo idéntico, pero de carga opuesta. Al año siguiente, Carl Anderson, físico americano, identificó un electrón de carga positiva, o Positrón, la primera antimateria.
  • Y por la misma época, el físico austriaco Wolfgang Pauli pre-descubrió el Neutrino: una partícula neutral, tan ligera e indetectable, que podría pasar a través de una pared de plomo de trillones de millas de espesor, sin dejar rastro.


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