ALTERECOS 4.D / Hans Pfaall: El Primer Alunizaje

Un Pequeño Paso Para POE, Un Gran Salto Para la Imaginación

 

No sabemos si en el futuro a los lunáticos les sea negado el acceso a la Luna, lo que sí es seguro es que hace más de 150 años alguien llamado Hans Pfaall, alucinó con alunizar, si bien a expensa de la imaginación de Edgar Allan Poe. El maestro no estaba destinado a dejar este pequeño cabo suelto. Un viaje a la Luna… por favor, pero si eso no es nada, nada que no pueda imaginar el divino POE. Así que les rogamos que no molesten a nuestro maestro con semejantes pequeñeces. Es que acaso no se dan cuenta de que, bueno, eso es sólo… Un Pequeño Paso Para POE, si bien es a la vez, Un Gran Salto Para la Imaginación… Imaginar el primer alunizaje. Quizás Hans Pfaall no tuvo tanta audiencia como la tripulación del Apolo 11, pero al menos fue más elocuente que estos últimos en sus primeras impresiones enviadas a la tierra desde su satélite, pues era obvio que era un pequeño paso para el hombre, y un gran salto para la humanidad, pero Hans Pfaall, tenía otros caminos que andar:

«Así, con permiso de vuestras Excelencias, luego de una serie de grandes angustias, peligros jamás oídos y escapatorias sin paralela, llegué por fin sano y salvo, a los diecinueve días de mí partida de Rotterdam, al fin del más extraordinario de los viajes, y el más memorable jamás cumplido, comprendido o imaginado por ningún habitante de la tierra. Pero mis aventuras están aún por relatar. Y bien imaginarán vuestras Excelencias que, después de una residencia de cinco años en un planeta no sólo muy interesante por sus características propias, sino doblemente interesante por su íntima conexión, en calidad de satélite, con el mundo habitado por el hombre, me hallo en posesión de conocimientos destinados confidencialmente al Colegio de Astrónomos del Estado, y harto más importante que los detalles, por maravillosos que sean, del viaje tan felizmente concluido.»

 

La Incomparable Aventura de un Tal Hans Pfaall, se puede considerar como el primer intento de ilustrar —por medio de la ficción— un viaje real a la Luna, tomando como elementos los conocimientos y la tecnología de la época. No es simplemente el esfuerzo de crear una historia acerca de un viaje imaginario al satélite terrestre, sino el intento de plantear una tesis lo más objetiva posible, de la posibilidad de una aventura de tal naturaleza. Esto convierte al relato, no sólo en la primera historia de ciencia ficción de una verdadera envergadura —pues Frankenstein no alcanza el nivel de rigurosidad científica que manifiesta el relato de Poe—, sino que es a la vez un ejemplo extraordinario de ciencia ficción especulativa. Y tomando en cuenta el momento histórico en que fue concebida (un siglo XIX, padeciendo la fiebre alta de las especulaciones científicas), la historia puede definirse como un pedazo de ciencia especulativa en sí misma. Pues Poe utilizó los conocimientos astronómicos con relación a la luna, que hasta la época habían sido concebidos, y le agregó lo único que le faltaba a dicho corpus, para atreverse a plantear un viaje creíble a nuestro satélite: el elemento de una imaginación armada de su propias opiniones sobre el asunto.

Obviamente, historias acerca de viajes a la luna habían estado a la orden del día —al menos salidas de la pluma de escritores consagrados— desde «La Historia Verdadera» de Luciano de Samosata, quien ya desde la época romana, imaginaba a dicho satélite poblado por selenitas, término griego con el que se denominaba a nuestros vecinos galácticos más cercanos. El mismo Poe inicia su relato con un preámbulo en el que explica que una de sus motivaciones para concebir seriamente una aventura como esta, eran las innumerables historias acerca de viajes a la luna, sustentadas más en el desvarío de una potente fantasía que en la utilización rigurosa y seria de los conocimientos científicos y tecnológicos, que podrían hacer realidad dicha ambición. Las soluciones en algunas de esas historias iban desde el viaje sobre una bandada de aves migratorias de origen lunar, que viajaban a la tierra a reproducirse, hasta el descubrimiento fortuito de un mineral que guardaba una relación magnética especial con la atracción lunar. Siendo de esta manera utilizado por el personaje como una especie de cohete en forma de silla, que, una vez liberado de sus ataduras se disparó hacia la luna. Definitivamente, eran historias de viajes a la luna, pero no del tipo que podrían convencer a un inversionista para su financiamiento.

Hans Pfaall explica en la carta que envía desde la luna, que el inicio de su empresa fue impulsado por la necesidad… económica, claro. Con tres acreedores pisándoles constantemente los talones de sus deudas, nuestro héroe se sentía —¿y quién no?— desesperado. En una de sus andanzas se topa en una librería con un tratado de astronomía especulativa, lo leyó, y, según sus palabras: «Lo limitado de mi educación en general, y más especialmente de los temas vinculados con la filosofía natural, lejos de hacerme desconfiar de mi capacidad para comprender lo que había leído, o inducirme a poner en duda las vagas nociones que había extraído de mi lectura, sirvió tan sólo de nuevo estímulo a la imaginación, y fui lo bastante vano, o quizá lo bastante razonable para preguntarme si aquellas torpes ideas, propias de una mente mal regulada, no poseerían en realidad la fuerza, la realidad y todas las propiedades inherentes al instinto o a la intuición.»

En verdad, las expectativas que en su fuero interno habían sido despertadas por su imaginación, se sincronizaron con las del autor del tratado. Sin duda, se encendió una chispa de un orden superior a la del fuego natural, pues Hans Pfaall comprendió la razón monárquica que se vestía con los harapos de un aparente desvarío demencial. Estas revelaciones, junto a otra más oscura proporcionada por un primo suyo residente en Nantes, fueron suficientes para hacerlo abandonar su idea de suicidio en la tierra, y a cambio abrirse paso hacia la Luna, en la cual si también fracasaba lo podía hacer de igual manera. Veamos sus primeros equipos:

«Comencé entonces a comprar, de tiempo en tiempo, piezas de una excelente batista, de doce yardas cada una, hilo de bramante, barniz de caucho, un canasto de mimbre grande y profundo, hecho a medida, y varios otros artículos requeridos para la construcción y aparejamiento de un globo de extraordinarias dimensiones.

………………….

Me las arreglé luego para llevar de noche, a un lugar distante al este de Rotterdam, cinco cascos forrados de hierro, con capacidad para unos cincuenta galones cada uno, y otro aún más grande, seis tubos de estaño de tres pulgadas de diámetro y diez pies de largo, de forma especial; una cantidad de cierta sustancia metálica, o semimetálica, que no nombraré, y una docena de damajuanas de un ácido sumamente común. El gas producido por estas sustancias no ha sido logrado por nadie más que yo, o, por lo menos, no ha sido nunca aplicado a propósitos similares. Sólo puedo decir aquí que es uno de los constituyentes del ázoe, tanto tiempo considerado como irreductible, y que tiene una densidad 37,4 veces menor que la del hidrógeno. Es insípido, pero no inodoro; en estado puro arde con una llama verdosa, y su efecto es instantáneamente letal para la vida animal.

………………..

Fuera de los artículos enumerados, llevé secretamente al depósito uno de los aparatos perfeccionados de Grimm, para la condensación del aire atmosférico. Descubrí, sin embargo, que esta máquina requería diversas transformaciones antes de que se adaptara a las finalidades a que pensaba destinarla. Pero, con mucho trabajo e inflexible perseverancia, logré finalmente completar felizmente todos mis preparativos. Muy pronto el globo estuvo terminado. Contendría más de cuarenta mil pies cúbicos de gas y podría remontarse fácilmente con todos mis implementos, y, si maniobraba hábilmente, con ciento setenta y cinco libras de lastre. Le había aplicado tres capas de barniz, encontrando que la batista tenía todas las cualidades de la seda, siendo tan resistente como ésta y mucho menos cara.»

 

Bueno, a todas luces no estamos ante la tecnología de los Cohetes Saturno, el infierno de fuego que impulsó al Programa Apolo hacia los cielos, pero, para matar al bisonte se puede utilizar un hacha de piedra de sílex, si esa es obviamente, la herramienta a mano del nivel evolutivo. Y para nuestro héroe, estas herramientas prehistóricas para la primera cacería de la luna, fueron más que suficiente, junto a su entereza, para cazarla. Para completar sus accesorios de viaje, Hans Pfaall incluye: «un telescopio, un barómetro con importantes modificaciones, un termómetro, un electrómetro, una brújula, un compás, un cronómetro, una campana, una bocina, etcétera; así como también un globo de cristal, cuidadosamente obturado, y el aparato condensador; algo de cal viva, una barra de cera para sellos, una gran cantidad de agua y muchas provisiones, tales como pemmican, que posee mucho valor nutritivo en poco volumen. Metí asimismo en la barquilla una pareja de palomas y un gato.»

Poe imagina, como ya se dijo un viaje real, y por lo tanto sus reflexiones sobre las novedades que puedan presentarse en este viaje imaginario deben  ajustarse a la realidad. Y de ser posible, aportarle a ésta última. De esa manera, Poe procede con la cautela de un científico que al plantear la tesis, plantea al mismo tiempo la antítesis. Entre los primeros problemas reales que está consciente debe afrontar se encuentra el de la distancia. Poe calcula su solución tomando en cuenta los conocimientos de la época:

«El intervalo medio entre los centros de ambos planetas equivale a 59,9643 veces el radio ecuatorial de la tierra; vale decir unas 237.000 millas. Digo el intervalo medio, pero debe tenerse en cuenta que como la órbita de la luna está constituida por una elipse cuya excentricidad no baja de 0,05484 del semieje mayor de la elipse, y el centro de la tierra se halla situado en su foco, si me era posible de alguna manera llegar a la luna en su perigeo, la distancia mencionada más arriba se vería disminuida. Dejando por ahora de lado esa posibilidad, de todas maneras había que deducir de las 237.000 millas el radio de la tierra, o sea, 4.000, y el de la luna, 1.080, con lo cual, en circunstancias ordinarias, quedarían por franquear 231.920 millas.»

 

El segundo punto a tomar en cuenta, era la densidad de la masa atmosférica.  El factor del nivel de enrarecimiento del aire en acuerdo a la altitud, que obviamente, toca muy de cerca el hecho de la supervivencia del organismo humano:

«El siguiente punto a considerar era mucho más importante. Conforme a las indicaciones del barómetro, se observa que a una altura de 1.000 pies sobre el nivel del mar hemos dejado abajo una trigésima parte de la masa atmosférica total; que a los 10.600 pies hemos subido a un tercio de la misma, que a los 18.000 pies, que es aproximadamente la elevación del Cotopaxi, sobrepasamos la mitad de la masa material o, por lo menos, ponderable del aire que corresponde a nuestro globo. Se calcula asimismo que a una altitud que no exceda la centésima parte del diámetro terrestre —vale decir, que no exceda de ochenta millas—, el enrarecimiento del aire sería tan excesivo que la vida animal no podría resistirlo, y, además, que los instrumentos más sensibles de que disponemos para asegurarnos de la presencia de la atmósfera resultarían inadecuados a esa altura.»

 

Es precisamente en este constante proceso de la solución de problemas por medio al pensamiento propio, donde radica la fascinación de esta historia, que continúa teniendo un valor científico a pesar del paso del tiempo, y del carácter obsoleto en el que han devenido la mayoría de los conocimientos técnicos y científicos de los que Poe se valió. La leemos, y nos imaginamos un viaje real, con un personaje dedicado a plantear sus propias teorías, ajustadas a sus propósitos, y claro, sólo con la creación de las condiciones que exijan ciertas soluciones, se puede emprender la búsqueda de éstas. Así, los planteamientos de Poe eran revolucionarios, pues fueron concebidos imaginando las condiciones reales en las cuales podrían funcionar. Y esto es una característica que ha distinguido la ciencia ficción a lo largo de su historia: al crear las condiciones, se crea los avances científicos para superarlas; así como, al imaginar el futuro, se imaginan todos sus elementos.

Hans Pfaall, es Steampunk en tiempo real. Un ejemplo de este género en el pasado decimonónico y victoriano que evoca, ataviado de la extravagante vestimenta de una tecnología de vapor alucinante. Pero en el caso de Poe, sin la parafernalia industrial propia del Steampunk. Lo que sí es cierto es que, lo que tenemos entre manos, es por otro lado, una pieza desafiante de «Ciencia Ficción Dura».

En relación al problema del enrarecimiento del aire, Poe argumenta que a medida que se gana altitud el aire decrece constantemente, pero no desaparece del todo. Concluyendo que no importa cuán alto sea la elevación, nunca se alcanzará un nivel más allá del cual no exista atmósfera. Él está seguro de hallaría una atmósfera pululando en el espacio exterior parecida a la de la tierra, si bien en un estado de infinita rarefacción. De esta manera, y con el auxilio del aparato condensador de Grimm, no sería problema procesarla, para las necesidades de respiración. Con esto quedaba solucionado el principal problema del viaje a la luna. Poe se sostiene fuerte de esta tesis, luego de analizar los intervalos de las sucesivas llegadas del cometa Encke. Observando que sus periodos están disminuyendo gradualmente, con el eje mayor de la elipse trazada por el cometa acortándose. Concluyendo que éste factor sólo puede ser causado por la presencia de algún «medio etéreo», que, ocupando la zona de su órbita le opone resistencia. El resultado final de su meditación es definitivo:

«Hay más: Se observa que el diámetro real de la nebulosidad del cometa se contrae rápidamente al acercarse al sol y se dilata con igual rapidez al alejarse hacia su afelio. ¿No me hallaba justificado al suponer, con Valz, que esta aparente condensación de volumen se origina por la compresión del aludido medio etéreo, y que se va densificando proporcionalmente a su proximidad al sol? El fenómeno que afecta la forma lenticular y que se denomina luz zodiacal era también un asunto digno de atención. Esta radiación tan visible en los trópicos, y que no puede confundirse con ningún resplandor meteórico, se extiende oblicuamente desde el horizonte, siguiendo, por lo general, la dirección del ecuador solar. Tuve la impresión de que provenía de una atmósfera enrarecida que se dilataba a partir del sol, por lo menos hasta más allá de la órbita de Venus, y en mi opinión a muchísima mayor distancia. No podía creer que este medio ambiente se limitara a la zona de la elipse del cometa o a la vecindad inmediata del sol. Fácil era, por el contrario, imaginarla ocupando la entera región de nuestro sistema planetario, condensada en lo que llamamos atmósfera en los planetas, y quizá modificada en algunos de ellos por razones puramente geológicas; vale decir, modificada o alterada en sus proporciones (o su naturaleza esencial) por materias volatilizadas emanantes de dichos planetas.»

 

Poe nos conduce a través de toda clase de soluciones extrañas y teorías extraordinarias: la adaptación del organismo humano a la falta de presión atmosférica; el sistema concebido para el abastecimiento del aire extraído de la atmósfera exterior, e introducido a través del condensador en el interior de la barquilla herméticamente sellada, y su expulsión posterior al viciarse en el reducido espacio de ésta; los experimentos con la gata que llevó Hans Pfaall consigo, y los gatitos que parió, mejor adaptados a la atmósfera altamente rarificada que los circundaba que la madre. Poe, plantea la tesis de la adaptación de los organismos a sus ambientes de nacimiento. Especulación maravillosa, que posiblemente ya fuera sopesada en su época por otros pensadores, pero que gana credibilidad en el contexto de Poe, por ser éste el de una realidad que desafía la tesis: un viaje a la luna. Claro, hoy en día se toman en cuenta un montón de posibilidades, como la información genética de una especie determinada, que incluye los mecanismos instintivos de una adaptación determinada, en un medio ambiente determinado. Es decir, en esta época los gatitos de Poe, hubieran tenido que luchar con sus genes terrícolas.

Hans Pfaall afronta peligros naturales como los de un rayo, que fulminó un banco de nubes poco segundos después de que el globo escapara de su océano lechoso, gracias a la liberación de varias libras de lastre. Hans contempló asombrado como el cúmulo de nubes de tornaba en un infierno. También los meteoritos amenazaron con impedir el primer alunizaje. Quizás Zeus confundió nuestro héroe con Prometeo… Si así fue, en verdad no estaba equivocado del todo. Luego de conducir la historia de la mano de una visión científica personal, Poe integra un elemento fantástico no del todo traído por los pelos. Y esto fue a través de la descripción de la extraña civilización lunar; su moradores, más parecidos a duendes carentes de orejas, que a cualquiera de los cánones actuales de las diferentes especies de extraterrestres. Pero esto lo hizo Poe, en nombre del aporte de la especulación fantasiosa acerca de lo que la luna podría atesorar, y en nada invalida las reflexiones científicas, surgidas en última instancia de la misma fuente… su imaginación. Pues para él la rigurosidad científica era necesaria solamente durante la parte de la historia en que podría ser útil: el viaje en sí. Una vez en la Luna, bueno… ¿quién había estado allá antes que Hans Pfaall?, claro, los extravagantes personajes de las historias que el mismo Poe, se prometió superar, si bien al igual que ellos, él fantaseó de lo lindo en cuanto al aspecto de los habitantes de nuestro satélite.

Una de las observaciones más interesante, es aquella que revela una misteriosa conexión entre cada individuo de la luna con un habitante de la tierra. Emulando ambas especies, la conexión a escala cósmica del planeta y su satélite. Esta sincronía astrológica, une de alguna forma los destinos de ambos seres. Por lo que aquí Poe, consciente o inconscientemente, esboza una pequeña teoría de los arquetipos tal como Lovecraft lo expuso en su relato «A Través de la Puerta la Llave de Plata». Pero limitándose sólo a las expresiones arquetípicas de orden planetaria (con la Luna como único ejemplo), sin profundizar en los arquetipos hiperdimensionales. Sí, no hay duda de que el primer alunizaje fue… un pequeño paso para Poe, pero un gran salto para la imaginación.

Odilius Vlak

 

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