TETRAMENTIS / Damned Angel: Genesis – Capítulo I

 

Capítulo I: Traición en los Cielos

«El Fin de Los Tiempos, sucederá al Final de los Primeros Eventos»

Dios y sus ángeles reinaban en el cielo, y el universo aún no conocía la maldad. Todo estaba bajo la mano del Dios omnipotente, y toda alma le obedecía, al menos hasta el momento. Existía un Arcángel, un Ángel de Luz, que tenía un cargo de suma importancia en el cielo. Pero su corazón lentamente se obscurecía al darse cuenta de no poder igualar el poder de la Santa Trinidad. En poco tiempo, desarrolló una teoría, donde entre engaños y mentiras, verdades a medias y demás artimañas, quería convencer a los ángeles que moraban en el cielo, de que podrían revelarse ante Dios, ser más poderosos, e inclusive, destruirlo. Yo fui uno de esos ángeles que cayó profundamente en esta mentira. Fuimos expulsados del cielo, y condenados a vagar por la tierra, que estaba desordenada y vacía. El odio y la ira se habían apoderado de nosotros, y Satanás, (como habíamos decidido llamar a nuestro nuevo líder), nos guió a través de un mar de violencia. Y las llamas se encendieron por todos lados, quemando todo a su paso. No, no era cualquier fuego. Era Fuego Infernal.

Luego de esto, muchos años después, Dios decide crear un mundo nuevo, donde nosotros ya habitábamos. Así que con su poder nos encerró en lo más profundo de la tierra, junto a todo el fuego que nosotros mismos habíamos creado, sellando la única posible salida con una puerta de 12 sellos, que contenía una inscripción que así revelaba: «Sólo la llave de la verdad, podría alguna vez abrir esta puerta.»

Los segundos parecían minutos, los minutos, horas. Así se sentía cuando tu cuerpo era consumido por las llamas infernales. Se había creado el Infierno. Los que una vez fuimos ángeles de luz, ahora nos podríamos, y nuestra carne se hacía más asquerosa. Una combinación de putrefacción, quemaduras y odio, mucho odio.

Muchos terminamos transformándonos en criaturas abominables; monstruos infernales llenos de maldad. Yo, por muchos años albergué ira hacia todo y todos, por estar en ese lugar maldito. Mi corazón dejo de latir, y se ennegreció, perdiendo todo el rastro de que alguna vez había sentido ternura o compasión.


Aunque todos vivíamos bajo la palabra de un mismo líder, no existían amigos ni aliados, era una batalla constante e interminable por el poder. Nadie podía salir del infierno, sólo Satanás. Aparentemente, tenía muchas cosas que atender allá en la tierra, pues iba muy seguido.


Dios había creado un hombre y una mujer a su semejanza, pero éstos le habían desobedecido. El Diablo los había tentado. Los años pasaron y seguíamos pudriéndonos en el infierno. Pensé que ese sería mi destino eterno, pero no sabía cuan equivocado estaba. El mundo estaba casi tan podrido como mi interior, todo lleno de aberraciones y pecados, sexo de manera salvaje e incorrecta, violencia, sodomía y miles de cosas más. Estas cosas iban debilitando las restricciones para que los demonios no escaparan del infierno donde se encontraban aprisionados. Cuando los humanos empezaron a realizar ritos paganos, encontramos una forma de salir. Los mismos humanos nos llamaban por nuestros nombres y nos conjuraban, así estábamos libres en el mundo, al servicio de El Rey del Caos.

 

Llegó el día en que me tocó ser convocado, y mi presencia fue arrebatada del infierno hacia un hogar donde una familia de un Padre, Madre e Hijo me habían convocado para acabar con la vida de un soldado que quemaba siempre sus campos de siembra, y abusaba de la madre de esta familia, y hacía trabajar incesantemente al padre y al hijo. Pero mi odio acumulado no lo pude contener. De un salto, me abalancé en contra del jefe de familia mordiendo y arrancando con mis dientes un enorme pedazo de carne y huesos de su hombro derecho, mientras con mis garras rasgaba todos sus órganos internos, que ya solo colgaban de su torso como hilos viejos. La madre y el hijo trataron de escapar, lanzando gritos de dolor y miedo. Fue inútil. Con un movimiento rápido, casi imperceptible para el ojo humano, utilicé toda mi fuerza para chocar mis garras contra la madre, que fue despedazada en tres partes horizontales, de las cuales brotó una lluvia de sangre y un rio de intestinos lacerados. Ante mí, sólo quedo el rostro horrorizado del pequeño hijo de aquella familia. Su rostro estaba impregnado con lágrimas de miedo y de dolor. El reflejo de mi rostro maldito se veía claramente en sus ojos llorosos. Luego de un tiempo indeterminado de silencio, hablé:

_Es la regla de todo guerrero noble no terminar con la vida de aquellos que no poseen la habilidad de defenderse apropiadamente… _Un rayo de esperanza brilló en ese momento en los ojos de aquel muchacho, pero su alegría fue interrumpida cuando continué hablando_. Pero la verdad es que jamás he cabalgado en corcel de pura raza o vestido con armaduras de oro, así que no le debo juramento a ningún principio.

Al decir estas palabras, el muchacho intentó gritar, pero de su boca sólo salió un sonido de ahogamiento, acompañado de una mezcla de su propia sangre y saliva. Ya había arrancado gran parte de su cuello con mis garras y probaba de su carne. Arranqué su cabeza a mordidas, y devoré todos sus órganos internos. Mientras me alejaba de los pedazos de carne que no devoré, pronto pasé al exterior de la residencia en donde fui invocado. Mi vista fue deleitada. No por el hecho de que hubiera un paisaje hermoso o simplemente porque era un buen día. No, era algo diferente. Estaba feliz porque a mi vista estaban presentes más hogares, como una especie de aldea, por así decir. Más humanos a los cuales asesinar. Mi rostro se vio cubierto por una sombra y, con un gesto sombrío y casi indescifrable, una sonrisa maquiavélica se resaltó en la oscuridad que envolvía mi rostro. Toda la aldea horas después, fue asesinada producto de mis manos.

Los años pasaron. No recuerdo mucho de esa época, probablemente porque no deseo hacerlo. Lo único que mi mente no ha bloqueado, son algunas imágenes. Recuerdo haber asesinado a muchas personas, demasiadas para nombrarlas a todas. Aldeas, poblaciones y hasta enormes civilizaciones fueron todas destruidas por mí y mis hombres. Si recuerdan como fue destruida Sodoma y Gomorra, sabrán como aprendí a jugar con fuego.

Satanás se dio cuenta de mis hazañas. Rápidamente, quiso adquirirme como otro más de sus peones. Recuerdo aquella tarde, en la que el sol se enrojecía por el contraste con el fuego que devastaba una ciudad. Yo perseguía a todos los que intentaban escapar. Ellos corrían desesperadamente para salvarse, pero era inútil. No podían escapar de mis garras. Pero entre la tormenta de fuego y la lluvia de sangre, observé cómo se acercaba una figura. Era siniestra y emitía un aura demoníaca demasiado poderosa. Al caminar por el fuego, parecía como si este temiera de él y se le apartara del camino, por el cual se movía, sin prisa alguna. Al quedar frente a frente a mí, pude observar claramente que se trataba de Satanás. Mirándome con unos ojos engañosos me dijo en voz profunda:

_Eres un guerrero, y luchas por mi misma causa. Dime, ¿lucharías a mi lado, y al lado de mis hombres?

Mi vista aún estaba fija en todos los cadáveres mutilados que yacían en el suelo. Sin pensarlo demasiado, mirándolo a los ojos respondí:

_Tu causa, no es nada similar a la mía. Tú buscas el poder en el cielo, yo lo busco en esta tierra.
_Entonces _interrumpió Satanás_, ¿por qué no cada uno obtiene lo que desea?
_¿De qué estás hablando? _pregunté intrigado.
_Hablo de que tú estés al mando de todas mis legiones de demonios en esta tierra. Yo ascenderé al cielo y tomaré el control. Tu gobernarás la tierra y juntos crearemos los imperios más poderosos e invencibles que jamás hayan podido existir… ¡Seremos más que dioses!

Mi ser se llenó de ansia por la conquista y por el poder. No pude controlarme… acepté inmediatamente. Una pequeña sonrisa casi indescifrable adornó el rostro de Satanás. Ya había caído en su trampa. Nuestras manos extendimos, y estrechándolas, nuestro trato fue sellado con fuego infernal.

_¿Cuál es tu nombre, tú que ahora nos comandas? _preguntó una horda de demonios que había avistado el asunto. Empecé a vacilar. No había recibido un nombre jamás desde que dejé el infierno. _«Cuando fui un ángel, recibí uno, pero no lo recuerdo»_ me dije a mí mismo. Justo cuando iba a hablar, Satanás me detuvo y dijo: _El nombre de al que ustedes servirán es Azazel: Hacedor del mal, príncipe de tempestades, rey de la destrucción y portador del caos. Aquel que no le sirva, morirá por su mano.

Edwin Peter Barbes

 

 

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