TETRAMENTIS / Damned Angel: Genesis – Capítulo II

Capitulo II: La leyenda de Azazel

«El Fin de Los Tiempos, sucederá el Final de los Primeros Eventos»

-¡A las armas! –Se escuchó un gran clamor en el cielo. Toda la atmósfera se sentía como si fuera oscureciendo poco a poco, para los ciudadanos de la gran Babilonia. De repente, otro grito se escuchó en el cielo: -¡Es una invasión! Estamos Perdidos.

Estos eran nada más que los lamentos de los soldados que deberían de combatir contra los invasores. A lo lejos se veía una gran nube oscura, que si al fijarse con más detenimiento, se podía claramente advertir como un gran ejército se aproximaba a gran paso… como si no fueran siquiera humanos. Parecía como que toda la obscuridad que empezaba a envolver la ciudad, era producto  de alguna clase de magia poderosa que el enemigo traía consigo. El rey del imperio babilónico, sin embargo, observaba la situación y lidiaba con ella como un asunto de menor importancia.

-Desplieguen a algunos quinientos hombres para responder el ataque, eso debe ser más que suficiente -dijo el rey sin siquiera tomarse la molestia de dirigir su mirada al campo de batalla en lo que tomaba su decisión.
-Pero mi señor, ¿acaso no os habéis dado cuenta de que este número de hombres no ha de ser suficiente para contener este ejército? -dijo el comandante en armas del rey. El rey tomó la palabra enfurecido, y dirigiéndose a su sirviente le dijo: «¿Acaso dudas del poder de Babilonia? ¿Acaso pensáis que la furia de mis ejércitos no pudiera hasta calmar los océanos más salvajes? Si esta es vuestra manera de pensar, pues jamás serías merecedor de estar frente a mis hombres nunca más.»


Dicho esto, el rey blandió su espada y con un movimiento certero cortó de raíz su cabeza, decapitándolo al instante. Su cabeza rodó hasta los pies del rey. Éste la recogió tomándola por los cabellos y mirando la cabeza decapitada de su súbdito, nuevamente le habló diciendo: -«Te mereces algo peor por haber dudado de mi imperio.»


Los ojos del rey brillaban en la oscuridad, mientras reía histéricamente. ¡Cuán equivocado estaba él! Si supiera su destino, se habría suicidado en ese instante.

La noche fue aún más obscura de lo usual para Babilonia, cuando los ejércitos de Azazel rodearon la ciudad. El ejército de Azazel no era común y corriente. Estaba compuesto por todas las legiones de demonios que habitaban en la tierra. Eran demasiados y muy feroces. Aquellos quinientos hombres que el rey envió fueron devorados en un instante, en una pequeña oleada de la marea que traía consigo aquél ejército. No sólo ellos mataban a su enemigo, sino que comían de su carne y esto los fortalecía y les daba nuevos bríos para continuar la batalla. Al mando de este ejército se encontraba una figura maléfica. A metros de distancia podía verse su aura demoníaca y como corrompía el aire a su alrededor. Era Azazel. Nada más que el demonio más poderoso del infierno (aparte de Satanás). Era aquél que comandaba todas las legiones, y aquél que tenía poder suficiente para dominar la tierra, y precisamente eso buscaba. Poco a poco, terminaría siendo el amo de todo. Hoy Babilonia, mañana el mundo.

El rey de Babilonia al ver la ciudad sitiada empezó a ponerse un poco más nervioso. Se dirigió a un podio en la muralla y desde allí se alzo en voz alta al ejército que asediaba su ciudad.

-¡Cesad vuestro ataque! ¡Es inútil! ¡Los dioses de mi pueblo nos protegen! ¡Tomad otro camino, e iros en paz, si no deseáis conocer la ira de nuestros dioses!

 

Antes de seguir hablando, el rey se detuvo con una mirada perturbada y su frente sudorosa. Sin siquiera haberlo notado antes, el rey se quedó atónito al ver la figura de Azazel que ya estaba ocupando un lugar en el podio.

-¿Cómo?… -Vaciló el mandatario babilónico- no es posible, estabas a lo lejos bajo la luna, y en un segundo has… -la voz del rey se apagó. Era demasiada su sorpresa y grande su temor. Azazel solo se quedó inmóvil frente al rey, mientras todos los hombres del rey esperaban sorprendidos e impacientes a ver qué sucedería. De repente, Azazel tomó la palabra diciendo: -Muy lento. Así trabaja tu cuerpo y mente. Pero quiero que me respondas una pregunta: ¿Dónde están tus dioses ahora? ¿Dónde está su ira y donde está el poder que te concederían para acabar con mi ejército?

El rey no podía creer las palabras que escuchaba. Aún no entendía nada de lo sucedido, y ya era demasiado tarde para escapar. Con un movimiento rápido y certero, Azazel desenvainó una espada que llevaba en su cintura, y cercenó su cabeza sin casi aplicar fuerza alguna. La cabeza del rey volaba por los aires debido a la fuerza del corte, pero sólo para encontrarse frente a las garras de Azazel, y ser despedazada, convertida en nada más que fragmentos de carne, sangre y huesos en pleno aire. Toda esta sangre cubrió la figura de Azazel, y ante la luna ennegrecida podía verse el destello oscuro de su espada infernal.

El caos se apoderó de todos los soldados de la ciudad babilónica. Empezaron a escapar y a correr por todos lados despavoridos. En medio de toda esta confusión, Azazel ordenó a su ejército que tomaran la ciudad. Aprovechando la confusión, los demonios de Azazel acabaron con todo lo que encontraron. Los soldados de babilonia no pudieron hacer nada, ya que algunos inclusive se mataban entre ellos por la gran confusión y caos. Esa noche los demonios tomaron la ciudad y no perdonaron a nadie, ni siquiera mujeres y niños. Mientras todo esto sucedía, Azazel sólo observaba, desde el podio.

-Nuestro plan ha salido a la perfección -le dijo una figura que se acercó sin ser notada por nadie, excepto por el mismo Azazel, al podio donde éste se encontraba.
-¿Qué es lo que quieres, Lucifer? – preguntó Azazel sin retirar la vista del caos y la destrucción que se propagaba por todo el reino babilónico.
-Ja… Lucifer. Ya nadie me conoce por ese nombre. ¿Qué deseo, preguntas? ¿Acaso no puedo preocuparme por el bienestar de mi querido socio? -Al decir esto, los ojos de Lucifer brillaron con un destello rojizo.
– ¿Puedes dejar las estupideces de una vez? -preguntó Azazel impaciente.
-Bien, vayamos al grano. Necesito que prepares a tus mejores hombres… -Antes de que Lucifer continuara hablando, fue interrumpido bruscamente por Azazel.
-No estoy interesado -luego de su declaración, se agachó cerca del cadáver del ya fallecido rey de Babilonia y tomó una espada que colgaba de la cintura del rey. Al descubrir semejante hoja ante el brillo de la luna, ésta destelló con gran fuerza sobre aquella.
-Armas de humanos, son inútiles -dijo Lucifer. Pero para su sorpresa, Azazel volvió a envainar la espada y la colocó en su espalda. Lucifer continuó diciendo:
-¿Qué haces? ¿No es ya suficiente con la espada que te forjé en el abismo? Además ya llevas contigo otra espada, que jamás has desenvainado… ¿Ahora llevarás contigo otra más? A menos que os arregléis para haceros crecer otro brazo, creo que tres espadas ya es demasiado.
-Si no sabes apreciar la belleza de una espada, ese es tu problema. No podría permitir que tan excelente hoja se perdiese, así que la hice mía. ¿Algún problema con ello? -exclamó Azazel. Los ojos de ambos demonios se cruzaron como dos espadas chocan entre sí al dos guerreros enfrentarse. Luego de un buen rato, Lucifer habló: -Por supuesto que no. Solo me dio curiosidad.

Lucifer le dio la espalda a Azazel mientras observaba la noche que se hacía más profunda. Sin voltearse y solamente moviendo sus ojos hacia la dirección donde se encontraba Azazel, como si pudiera observarlo sin tener que voltear su rostro, le dijo:

-Necesito que alistes a tus mejores hombres. Tendremos guerra y una muy grande.
-Ya te dije que no estoy interesado en mezclarme con tus asuntos -respondió Azazel.
-¿En serio?…. Supongo que esto te hará cambiar de opinión. Quiero que escuches mi plan. Lo ejecutaré dentro de quinientos años y necesito de tu disposición.
-¿Acaso te refieres a….?Azazel fue interrumpido por las serias palabras de Lucifer:
-Así es. Nuestro objetivo…. será su hijo.

Edwin Peter Barbes

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