ALTERECOS 4.D / Ladrón de Visiones

«Hijo mío, ¡haz que tu pensamiento penetre en la llama! Ahora todo es oscuridad al igual que al principio, pero los ancestros duermen en los temores de los hombres. El corazón de los seres humanos ya no silba como el de la serpiente; no ruge como el león; no aúlla como el lobo; ni grita como el jaguar. Nuestra madre tierra anhela temblar de nuevo para conseguir el Tai, el fuego que ilumina la senda de un nuevo ciclo. Pero tienes que permitirle a tus pensamientos flotar dentro de la llama, es necesario volver al principio, única forma de que nuestra Madre Tierra sane sus heridas y resplandezca de nuevo su conciencia. Tamatz Kauyamari, el chamán del primer soplo es el único que puede comprender las necesidades reprimidas de los antepasados, pero ¡ahi!, él duerme.

Un sueño profundo y vacío, sin visiones donde el venado pueda correr con sus ofrendas, donde el Nierika mágico pueda girar alrededor de la matriz de la Madre Tierra, no hay espacio para la flecha ni el bastón de mando, pues duerme sin una sola visión que lo ilumine. Sí hijo mío, sopla tus ensoñaciones hasta la llama, Tamatz Kauyamari necesita de ellas para suspirar con un nuevo sol, para rescatar a Hutakame de las aguas sumergidas y esposarlo con La Mujer Perra Negra. De su unión nacerá el nuevo hombre, más puro, pues en lo profundo de su alma habitaran eternamente las visiones más inmaculadas de aquellos que sacrificaron su viaje evolutivo hacia el seno de las emanaciones cósmicas para salvar nuestra Madre Tierra. Las tuyas estarán allí. No temas, ve y liba tus visiones en el altar ardiente de la llama.

Has venido a mí al igual que los demás guiado por tus presentimientos. Vislumbrando en tu memoria los susurros indelebles de la naturaleza, desde la civilización de almas programadas; esos lugares donde el principal consumo es la energía psíquica. Viniste porque la desesperación de los atormentados sabe también despertar la intuición clarividente. Antes de que te revelara los secretos de mi plan cósmico, tú anhelabas en lo más profundo de tu Ser que la fértil oscuridad extendiera su matriz sobre el planeta y de esta forma comenzar de nuevo. Yo, el último Marakame, en cuyo seno aún mora la antigua oscuridad, te inicié para que bebas el brebaje embriagador de los latidos de tu nuevo corazón. Un corazón Yari. Con él has reunido los fragmentos de la gran memoria de tu alma, dispersados en las miles de conciencias diferentes que has tenido en tu larga estadía en este planeta. Tu conciencia y la de la Madre Tierra llevan mucho juntas, te lo pueden decir las nieves eternas, que al igual que los arrecifres del mar, te han regresado las visiones que en el olvido del renacer dejaste bajo su custodia. Pero es necesario que le cedas esas visiones a Tamatz Kauyamari para que preñen sus yermos sueños.

Para que tu memoria se concentre de su dilatada extensión a través de todas las manifestaciones de la naturaleza, he ceñido a tu espíritu las potentes alas del Peyote que tú mismo tuviste que traer desde el santuario baldío que es el Wirikuta. Las espinas de la alucinación te agujerean. Has hecho el ritual como te lo ordené. Sólo tienes que dejar tus visiones fluir como las aguas del manantial que existe más allá del núcleo del volcán. Ya las oscuras cavernas interdimensionales están abiertas. Una vez que tus visiones se viertan en las estancias oníricas de Tamatz Kauyamari, y estén matizadas con los diferentes colores que ha tenido tu aura desde que ascendiste al plano humano, tu alma formará parte del Valle de las Piedras Perplejas, despojada de su último residuo de personalidad, pero con la llama de la conciencia.

 

Esta arderá nuevamente, cuando la oscuridad sostenga, como antaño, su cetro en la memoria cósmica. Pero mientras, visualiza que ya es muy tarde para arrepentirte de tu error. Sí, serás un mártir para los seres lunares, los antiguos chamanes de espíritus plateados, condenados en la ceguera palpable de la luz lunar por sus aberraciones. Están hambrientos, y la Luna Llena es el plato idóneo para servirles las miríadas de imágenes contradictorias, cocidas al fuego de tu percepción en la gracia del Nierika… El gran don chamánico que te hace ciudadano de la esencia de las manifestaciones cósmicas. Así que, ¡haz que tu pensamientopenetre en la llama!, no te resistas… Ya estás condenado.»

Fue esa mirada que hace temblar el fuego lo que le extrajo el aliento a mi voluntad… esa luz que de ellos emanaba. Yo mismo contemplé paralizado cómo los espectros de los súcubos que se nutrían de las malicias de mi imaginación, partían de ésta a estrellarse como insectos hacia tus ardientes ojos… ¡Oh hechicero!… Fascinante y maldito. Ah Marakame, aún escucho tus palabras; que pululan como parásitos pétreos a través del templo informe al cual has confinado mi alma. Ellas escupen los mitos de la creación sobre la pequeña llama de mi conciencia. Pero… ¿dónde ha partido todo lo que aprendió? En la oscuridad estoy, pues no hay ni una sola existencia pasada. Inerte confusión en los laberintos de las tinieblas. Sí, la oscuridad ya está, pero aún no percibo las danzas de Tamatz Kauyamari que dan inicio a los rituales prístinos, los únicos que pueden hacer girar la rueda de nuevas creaciones. No, Tamatz Kauyamari no ha despertado lleno de sueños parturientos. Aquí sólo el seno de la oscuridad, y esos fantasmas de antiguos escalofríos que hacen estremecerse mis sentimientos de granito con sus miradas invisibles. Originarios de las cavernas que conducen al gran palacio que se alza en el núcleo de la luna. Allí moran los chamanes que hacen subir las mareas de impulsos inconscientes de los seres humanos alienados por la razón, hasta los aullidos melancólicos de los Naguales Lobos, que añoran sus contrapartes físicas perdidas entre las ilusiones salidas de su conciencia.

La Luna estaba llena aquella noche, sobre el lienzo de un cielo limpio con escasas estrellas que ahuyentar. Me detuve a contemplarla poco antes de llegar al símbolo indicado. Allá arriba, sólo los vapores sin aliento de un conjunto de nubes extraviadas se atrevieron a penetrar los dominios del aura lunar, adoptando la forma de un cuerpo humano decapitado, pues la luna que era su cabeza se había alejado. Continúe hasta llegar a la piedra en cuya superficie se hallaba tallado el semblante de mi rostro al momento de nacer… En la plenitud del llanto. El rostro estaba petrificado, pero escuchaba mis antiguos gritos. Continúe la senda en la misma dirección que miraba la angustia de mi antiguo rostro, pues esa es la senda de mi vida. Tocaba ¡oh, Marakame!, el hueso vacío de un gato negro, y mientras avanzaba veía cómo su melodía se elevaba hasta la luna arrastrando consigo mis visiones. El vacío interior se extendía más y más, mis gritos de recién nacido eran múltiples, pero se alejaban, pues los que escuchaba no eran lo de esta vida, sino de todas las anteriores. Mientras más tocaba, mientras más avanzaba en la senda, más se apagaban los gritos, que se perdían junto con mis visiones en los dominios oníricos de los Chamanes Lunares y en las lejanas huellas de mi peregrinaje terrenal.

Al fin, sólo la melodía macabra de la flauta de huesos se esparcía con andar espeso en la atmósfera de la noche, no percibía los gritos pues callaban, dándole paso a la esterilidad. Ante mí, un valle de piedras cenicientas se apoderaba del espacio que momentos antes ocupaban mis visiones, que ahora pertenecen a otros seres. Se ha disipado también la resplandeciente aurora del Cactus Sagrado, sus alucinaciones ya no abren los agujeros interdimensionales. ¡Ah, Marakame!, tal como me lo profetizaste. Justo en este lugar mi cuerpo se transmutará en piedra, y mi alma descenderá hasta la jurisdicción oscura de leyes más densas.

Y aquí estoy ahora. Un miembro más del Valle de las Piedras Perplejas. Para mi desgracia yo no gozo de las virtudes de la confusión, estoy consciente que esta oscuridad que cierra sus ojos sólo es mía, no es aquella que los demás esperan que sea… La gran madre de nuevos eones de luz; de una nueva regeneración planetaria y humana. Es sólo a mi conciencia que esta oscuridad abraza. Tamatz Kauyamari fue sólo un ardid de tu malignidad, sirviente terrestre de los demonios lunares. No habrá ninguna oscuridad cósmica que encierre la semilla de una nueva creación. Sólo una oscuridad para cada alma cuyos frutos evolutivos devoran ahora los siniestros seres de la luna. ¿Pero cuál es esa esperanza que aviva la diminuta llama de mi conciencia? Si claro, si todas las almas humanas poblaran el valle de las piedras perplejas… ¿no habrá cuando menos una evolución de la especie? No importa si son engañados, de todas maneras comenzará todo de nuevo. Es la única forma posible para un nuevo ciclo creativo. Cuando menos, siendo una piedra he tenido una esperanza, algo que en mi humanidad nunca tuve. ¡Ah!, más llantos de recién nacidos. El sonido de nuevos pasos que empiezan a rodar como piedras. Nuevos habitantes del Valle de las Piedras Perplejas ¡Qué hermosa es la melodía de la flauta de huesos!


 

Odilius Vlak


 

  • NOTA: Este poema en prosa está inspirado en la mitología Huichol. Especificamente en un artículo que el oscuro monje leyó, titulado : «El Vuelo Mágico de los Huicholes», y del cual sólo recuerda que se publicó en la revista «AñoCero», pero no su número.
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