ALTERECOS 4.D / El Réquiem de la Sirena

Es un soplo de muerte para que los condenados a la vida no pierdan la fe; siempre lo escuchan aquellos que imaginan su muerte bajo el crepúsculo absorto de un Sol Negro. Es quizás la melodía que ocultan los cuentos fantásticos sobre las primeras hazañas realizadas por las Almas Madres. Desde épocas remotas no soñamos; vivimos el sueño de nuestra muerte desde el insondable castigo de una vigilia eterna. Extraños héroes balanceándonos maquinalmente con nuestros anhelos de gloria al son de esta gimiente melodía; yo mismo protagonizo en el sueño una ancestral hazaña en el que fuí asesinado… Ahora soy una sombra heroica en el sueño que jamás me permite dormir.

Entonces aquí estoy, observando como surge el fantasma de la aventura que intenté tocar en vano en las vestiduras de mi memoria onírica. Sin esperanza, como la sangre intoxicada que intenta escalar mis huesos soñados. Todo, hasta donde se extiende mi mirada, como un ejército de sombras saqueando aldeas de luz, es un pantano de aguas viscosas; de un verdor irritante multiplicado en el reflejo de millones de pupilas dilatadas de sapos que no están acostumbrado al frío del terror. Por toda la superficie flotan osamentas con ramilletes de claveles frescos entre los huesos de sus dedos; destilando sangre de sus pétalos por el resto de la eternidad que arrastra sus antiguas almas. Pretendientes temerarios que osaron vociferar así su pretensión; demonios que eran capaces de superar la única prueba establecida para ganarse el fatal amor de la Sirena: resistir su canto. Melodía que ha cavado una fosa para las almas envilecidas, que creían que descender a los infiernos era el mayor de los desafíos.

También flotan —y es mi espanto más espinoso— genes de antiguos dioses; estériles desde que los mitos fueron desterrados del alma humana. Todos los hombres que cabalgaban sobre esas osamentas, y yo también, escupimos en algún instante de delirio racionar sobre esos mitos. No obstante, nuestra pasión nos ha arrastrado hasta este triste pantano, y nos ha abandonado en las vísceras de este silencio, con la sola compañía de nuestra maldición.

Pero aquí me encuentro, navegando entre vapores que provocan visiones de niños devorados por sus madres en los altares del templo. Voy estremeciéndome mientras esquivo las fauces de la ira y el temor que albergaron estas osamentas de antiguos guerreros, que sucumbieron al terror combinado que sentían por sus demonios y la Sirena. Aquí están, mostrándome el camino menos denso, pues ya los vapores han quedado atrás, junto con las osamentas y los genes de los dioses.

Arriba, el cielo se recoge en los ojos de la Sirena, empañando su resplandor póstumo. Una estela de brumas y lamentos lo sustituye. Continúo mi búsqueda frío e inmóvil, en esta barca de huesos de hechiceros, ¡los más terribles!… Ésos que se suicidaron lanzándo sobre ellos mismos el peor de sus conjuros. De los vértigos espumosos del pantano, surgen túmulos de flores negras, adornados con cadáveres recién cortados de la vida. En cuanto a mí, sólo el pavor que voy experimentando cada vez más me habla de lo cerca que estoy. Mi visión ha sido castrada por un crepúsculo que se manifiesta como un estado de embriaguez demoniaca dentro de mí. Esto, junto a un estertor agonizante, que no es más que el sonido que produce el contacto de la barca de huesos con las aguas del pantano, combinado con la magnética resonancia del Réquiem de la Sirena. Su llamada  seduce mi atención, fijándola en un ancla de átomos fieles a las herejías de la luz. También asalta mi presente su aroma, que me envía a esa parte de la memoria, en las que los pensamientos de terror a la muerte que me han invadido en la vida, se pasean sonrientes ostentando triunfantes sus gusanos.

Algo denso obstruye el movimiento de la barca. La obliga a marcar un ritmo lento que evoca los ecos del suspiro de una serpiente. Un sonido seco surge de pronto desde el interior del pantano, extendiéndose hasta perderse en las sombras; éstas a su vez, le ceden el reino a un resplandor que en armonía con ellas mismas, delimita un sendero ocupado por una larga cola de pez… Es enorme, y el brillo que emana de su viscosidad enceguece. En lo alto dos lumbreras recorren veloz los ciclos de la luna, hasta culminar su ciclo en la plenitud de dos ojos; desde los cuales toda la intensidad de un aura plateada se vierte sobre el vacío. De pronto, como en los cambios fugaces de un sueño, me encuentro en su morada: fabulosa y maldita. Se siente la magia, lo originario, el ardor de los antiguos hielos y un furor estático salido del mito. Ese que nos provoca la libido de la muerte, servido a nuestras almas por sus propias manos en copas invisibles. ¡No importa!, el éxtasis que siento es más poderoso que la muerte. La belleza de la Sirena no pertenece a la imaginación humana… la precede. Para apreciarla en su verdadera dimensión, es necesario desterrar todos los órdenes de la naturaleza y el espíritu… Como Ella lo hizo en edades remotas.

Sé que existe un punto dentro de mi Ser que resistió la embestida del asombro. Intento aferrarme a él. Luego de un breve exilio en la indiferencia de espalda a todo, incluyendo a mí mismo, remonto mi conciencia con impulsos aún temblorosos hasta los dominios de mis sentidos. Percibo los que parecen ser muros que avanzan hasta mí, contorsionándose con una lujuria luctuosa al son del Réquiem de la Sirena. Mientras éste me inunda, no intento esquivar los muros, pero ellos si a mí, al llegar justo al frente de mi nariz. Son los altos muros de su palacio. Una especie de cripta alta y oblonga. Un tenue matiz morado que perturba los sentidos colorea la superficie de los muros, excepto la bóveda, que es completamente negra. Se diría que está revestida con la pezuñas del Dios Pan… ¡Tal es la espesura de su oscuridad!

El piso en toda su extensión, está forrado de cráneos negros de antiguos héroes viciados por el amor que se alza al final del desafío absoluto. Antes eran blancos, pero se han convertidos en los reflejos de sí mismos proyectados en la negra superficie de la bóveda. En esa altura moran sus almas, condenadas por toda la eternidad a la confusión de distinguir cuál en verdad es el cráneo, que en otra época fue atormentado por los pensamientos de amor que ellas encendieron. Todas son negras e insondables: es una cosecha segada en una pesadilla.

Un espanto ahogado en un globo de hiel me revela mi situación. Mi barca está varada en el centro de su inmensa cola, y mi cuerpo, más presto a la devoción y el miedo que mi mente, adoptó —sin que mi fascinación ante la cripta sagrada me permitiera enterarme— la postración de las existencias esclavas. He penetrado a través de un estrecho canal que atraviesa el centro del recinto, desde los dominios salvajes del pantano hasta los pies del trono de la sirena. Su cola negra  ocupa casi por completo el espacio de la cripta; es como una gran serpiente flotando sobre aguas tan perturbadoramente espesas y turbias, que semejan el semen coagulado de un gusano carroñero. Al fondo se yergue un torso esbelto y delicado. Hasta aquí me embisten los soplos espasmódicos de una piel tan suave, que las garras de los cuervos al tocarla devienen en polvo… Polvo que se esparce en diminutas  partículas de polen azul.

Sumido completamente en un automatismo que tira con sus hilos todo mi Ser, camino a orillas del canal; aturdido por su canto y obsesionado por su belleza enfermiza. Mi mano izquierda va deslizándose por su cola helada, no he llegado a la mitad de ésta, y ya está entumecida, con su sangre envenenada por la sangre de la sirena. A medida que avanzo, el invierno que reina dentro de la cola es más furioso; aplasta mi mano que ya no es más que huesos que puedo ver a través del hielo cristalino que ha sustituido a la carne. No me inmuto, no me asombro… no me importa; a pesar de que el hielo avanza por mi brazo más rápido que mis pasos. La Sirena permanece inmóvil, con una sonrisa que mi alma interpreta como un adiós con promesas de ternuras incrustadas sobre mi lápida. ¿Por qué no se mueve? ¿Por qué sus ojos están clavados como espinas en mí, arrastrándome con su mirada hasta el abismo que Ella simboliza? ¡Por el sumo sacerdote entre mis demonios que no dicen nada!… No puedo leer nada en ellos, y sin embargo está viva, no es una estatua.

Su canto me golpea. Esa inquietante melodía que envuelve en un sudario mi voz, frustrando todo lo que he intentado decirle. Que lento es todo, que infinito este momento en el que presiento mi muerte. Y no obstante, mi ánimo es imperturbable e indiferente, gracias a una extraña felicidad. Ésta me susurra: «Eres un elegido, un privilegiado… ésa es la conquista del lado oscuro de tu corazón… amar y desear tu muerte mientras la vives». Eso escucho… sí, eso creo.

Me encuentro en el segundo peldaño de los cinco que se elevan hasta su trono. Otro paso y tocaré su cintura. Todo mi lado izquierdo está congelado. Un hielo casto y transparente, que me hace sentir asco por la carne corruptible que aún pende de mi lado derecho. Doy otro paso. La pesadez de mi cuerpo es una tortura. Mi pierna izquierda está agrietada al posarse sobre el cuarto peldaño, y el sonido del hielo que se apodera de mi pie derecho multiplica los efectos del réquiem. Se anida en el fondo de mi Ser. Ha colmado mi alma con los atisbos de su diabólica forma de descanse en paz. Mi brazo derecho se alza para tocar su ombligo. Ya al borde del barranco de su réquiem, mi destino se reduce a un último impulso empinado que me permita tocarlo.

Sí, las puntas de mis dedos descansan en su borde. El hielo devora el éxtasis que se cocía al fuego que mora en toda su mitad humana. Sólo ahora, justo en el instante en que el hielo cubre mi cabeza, noto lo colosal que es, ¡acaso su virginidad espera por un gigante! Antes del oscurecimiento me doy cuenta de que he crecido lo suficiente como para aspirar una sola vez al aroma de sus senos. Mis párpados coagulados dejan atravesar la última imagen de Ella. La contemplé, mientras caía profundo desde la cima de mi Ser hasta las grutas primigenias que me servirán de tumba: era su sonrisa despidiéndose. Aún petrificada en el mismo gesto en que la encontré, pero cerró sus ojos dejándome en las tinieblas con la última nota de su réquiem. Ésta me acariciaba diciendo: «Si tan solo hubieras posado tu mano… sí, sólo tu mano, fueras ahora digno de la condena en el infierno de mi amor, ¡pero que se entere tu alma!, no hay amor que sobreviva a la melodía de mi réquiem. Porque al final es mi muerte contra tu ilusión.»


 

Odilius Vlak


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