ALTERECOS 4.D / Un Día en los Sueños de un Ciego

Que extraño es el canto del gallo en esta aurora, penetra de un modo diferente mis presentimientos. Siento que esta melodía reviste mi cuerpo con otro tipo de vestimentas. Cierto rayo de sol se desmaya a sólo unas pulgadas de mi cabeza, justo después del horizonte que inicia donde termina la cama. El ruido del maldito tránsito deviene en un enjambre de moscas sónicas que explotan como burbujas en los espacios vacíos del tejido de mi iris. El espejo como cada mañana refleja fielmente toda la oscuridad que se extiende en todo el espacio que no ocupa mi cuerpo. Definitivamente un hermoso día amanece para mí solo.

Camino bajo la nube de luz circular, esquivando todas las figuras que se esculpen en la oscuridad, cuando amenazan con estrellarse contra mi pequeño día circular de hermoso cielo azul. Algo así como un taxi cobra existencia en un extraño escalofrío. La ciudad también amanece, pero de manera distinta. Si pudieran ver como yo todo lo absurdo que anima su invidencia. Tomo el taxi. Hay una silueta humana en el volante a modo de ventana por donde puedo disfrutar de este sol abrumado por los pensamientos póstumos del otoño. Las copas de los almendros y las acacias se asoman calvas, dividiendo con sus ramas los hemisferio del oscuro cerebro; hay poco tránsito en su torso… Sólo la pausada ciudad de los domingos en las mañanas. Más ancianos que de costumbre; personas paseando perros que balancean como si fueran los bolsos y maletines de los días de semana; semáforos que dormitan con ensoñaciones monocromáticas; individuos jugando cartas bajo los robles de parque; un sujeto recostado junto al poste de luz con un cigarro en la boca, ávido de que descienda un rayo al alcance de su mano; un grupo de personas ejercitando sus cuerpos, y otras camino a la iglesia para estirar los músculos de su alma. Algunos, como yo, salimos a una cita a ciegas con el azar. Las fachadas de los edificios se presentan fugaces a través de los brazos en movimiento de este oscuro taxista iluminado por mi fresca mañana. El resto de los habitantes de esta ciudad sólo sienten en algún rincón de su oscuridad la realidad del día. Pero yo soy el único que puede ver la desnudez de éste, de la realidad, de ellos mismos y de todos sus movimientos en el mundo que los rodea. Es tiempo de que me desmonte… Tiempo de oscurecer al taxista excluyéndolo de mi pequeño día circular.

En verdad no hay mucho que hacer. Desde hace dos horas estoy sentado en este café. Soy habitual en él, además éste, que es mi rincón favorito siempre está despoblado. Una pequeña mesa, adornada con demonios que ríen de los millones de presentimientos que se reducen a ser Lazarillos de todos esos que caminan en tinieblas. Son muchos los que he observado pasar al otro lado del cristal empañado por la oscuridad. Todos amordazan su intuición lunar con la mecánica diurna, una vez penetran a los límites de mi pequeño día, proyectado sobre ellos desde el interior del café. Aquí, disfrutan de un sol cuyos rayos empiezan a coagularse por la circulación dificultosa entre el follaje; a causa de la brisa helada que transpira el invierno cercano. Sus imaginaciones tiritan, vislumbrando con su vista todo el mundo que me rodea, aquel que antes sólo existía en el tanteo de sus silbidos ahuyentadores del temor. En cada una de sus almas nace mi día, con un rocío que multiplican mis pupilas, y una aurora que traza sobre el cielo colores diferentes según mi estado de ánimo; según mi Ser esté desolado de omnipotencia, o, desbordante de ésta. Y todo por la procelosa responsabilidad que pesa sobre mí: ser el único habitante de esta ciudad que conozca la luz. Poseer los únicos sentidos que carguen con esta cruz de símbolos que encierran la esencia, de todas las cosas que tienen una expresión física, incluyendo esta ciudad y la naturaleza donde está enmarcada. Una vez penetran a los límites dimensionales de mi día, su imaginación contiene todo lo que veo.

No estoy seguro de si su evolución les permite concebir juicios acerca de todas las imágenes y colores que van surgiendo en un lento claroscuro ascendente, hasta encontrarse sorpresivamente fuera de su oscuro universo de imágenes táctiles. ¿Qué  sensaciones lo invadirán cuando al cruzar con pasos que temen los abismos frente a este café, sean inoculados con los alegres juegos de esas tres niñas que veo al otro lado de la calle? De repente se encuentran en una escena, en la cual ellos se encuentran frente a un café en el cual vislumbran a un tipo que mira hacia fuera con los ojos llenos de oscuridad; la extraña arquitectura de los edificios a ambos lados de la calle que van desde excéntricos cabarets adornados con rosetones de catedrales góticas; los edificios de emporios financieros con techos de casa holandesa del siglo XVII; las heladerías con diseños de pirámide escalonada o las señales de tránsito que simulan una máscara ritual africana; las danzas de las hojas amarillentas por la fiebre otoñal zarandeadas por el viento y asumiendo todo tipo de formas abstractas; el pandemónium del tránsito. He visto todo tipo de expresiónes en el rostro de los que penetran mi día personal. Reflejo sin duda de la particular energía vital que anima su oscuridad individual, sorda y enmudecida. La expresión apocalíptica de los ancianos que ven en la llegada repentina de la luz y las imágenes, una fuerza extraña y demoniaca, que anima de una manera inesperada la quietud a la cual los ha acostumbrado la oscuridad. Ciertos hombres en la plenitud de su energía alzan su cabeza al cielo para contemplar su azul, un poco opacado por el grueso cristal de la ventana del café. Lo que más placer me da es ver la expresión de los niños. Me esfuerzo por contemplar las cosas más bellas, para hacerlos participes de los elementos más sublimes de mi día: aves, flores; espacios de juego sobre el verde iluminado de una pradera, y claro, también golosinas. A ellos incluso los hago partícipes de mi imaginación que nada tiene que ver con los paisajes que alumbra mi día. Me gusta la idea de hacerlos comer sus golosinas en los astros.

Es un mediodía tímido. Mi Sol —por una súbita melancolía en mi interior— prefiere cruzarse de brazos y dejar que el otoño arrastre en su agonía los huesos jóvenes de los habitantes de esta ciudad; dejando en su lugar muros enmohecidos de catacumbas atlantes. La gran sala abovedada estará construida por sus propios cuerpos. Las plegarias no serán más que chispas luminosas que se alejarán lentamente, perdiéndose en la oscuridad de la cual ellas son sus átomos. Tal como lo decidí abandonaré el café para dar un paseo por la plaza central. Siempre hay una gran concurrencia los domingos a medio día.

Contemplo desde un banco a todos aquellos que bordean el cinturón de luz de mi pequeño día circular. Algunos que por casualidad cruzaron de este lado de la frontera se apartan espantado como si la luz y las imágenes estremecieran su mundo interior con una descarga eléctrica… ¡Son muchos los que aborrecen la luz! Otros, luego del primer contacto casual van tambaleando su cuerpo como un péndulo entre mi luz y sus tinieblas hasta decidirse por una u otra. Este señor que penetró con su perro eligió la novedad de mi día. Ahora está pateando las hojas amontonadas en una confusión de colores seniles. Ríe, salta, gira sobre sí mismo con los brazos extendidos una y otra vez, abofetea los rayos del sol, trepa un árbol hasta donde sus fuerzas se lo permiten y extiende su brazo pretendiendo tomar un huevo de un extraño nido construido con vigas de acero. Pasea por la plaza deteniéndose de vez en cuando a contemplar una flor o a otro paseante… Para algunos la luz no es una realidad fuera de su alma. Se adaptan fácilmente a ella lo mismo que a la oscuridad. Su rostro se entristece, sabe que este día se precipita hacía su fin. Aquellas hileras de árboles decrépitos, de secas ramas cenicientas, que en su imaginación preceden un horizonte de luz amarilla ahogada en vapores neblinosos, no es más que una pequeña comezón en mis ojos que acabo de estrujar. No me apena su crepúsculo. Un oscuro manto abraza como un sudario su alma. La cubre más a medida que mis pasos, junto a mi pequeño día, se alejan de él.

Los sonidos de la oscuridad exterior siempre los percibo como una especie de  calambre en los sentidos, en especial cuando camino. Es una sensación extraña, más bien sus ondas sonoras se ciegan al penetrar a mi espectro de luz, al final sólo escucho sus fantasmas. Es difícil articular sonidos para pensamientos que sólo se insinúan en la intuición, y por desgracia estos individuos no poseen la telepatía como método de comunicación. Camino sin rumbo, vagando de un lado a otro de la ciudad, con el círculo de luz de mi pequeño día cada vez más estrecho. Esto siempre sucede cuando me sumerjo en el fondo de mis reflexiones. Un auto de luces débiles en lo profundo de una noche sin luna, alumbrando un pequeño espacio delante, insuficiente para otorgarle seguridad al conductor que nunca sabe lo que le espera en medio de esa oscuridad que no cesa: eso soy yo. Las calles están llenas de transeúntes, agrupados por las vibraciones afines de sus sentimientos, ¡sólo sienten!  Todo este universo se aproxima a existir en la luz de mi día. Y luego, una vez que me he alejado de ellos, quedan flotando como sentimientos engrasados sobre el inmenso lago de tinieblas. Justo ahora doblo la esquina que conduce al Malecón. Las hileras de palmeras se balancean gozosas gracias a la brisa otoñal que mi día les trae, mientras lo voy proyectando al pasar junto a ellas. Se ven hermosas, delimitando la orilla oscura de la nada. ¡Alumbraré este mar de ausencias! Sólo unos pocos pescadores se perfilan, ¡lejos!, en el horizonte brumoso de mi vista.

Todo es lo mismo en esta maldita ciudad. Ya las salas de cine donde se proyectan ondas electromagnéticas al cerebro de los espectadores —sin escenas, sólo sensaciones con diferentes grados de intensidad— no me parecen una novedad. Me siento asfixiado por la felicidad de los sonámbulos, quiero regresar a casa, lejos de este mundo en el que estoy aislado y desterrado en mi pequeño día… Un don propio de Ángeles Caídos. Todos disfrutan del universo de mi pequeño día en su interior cuando los ilumino con mi presencia, pero nadie sabe quien soy. Pueden ver todo lo que les permito ver a través de mis ojos, incluso matizado con mi buen o mal humor; con la condición fantástica o sombría de mi imaginación… pero no a mí. Quizás crean que soy un Dios. De todas formas ya la noche se acerca, con mi código genético y las reencarnaciones de mi alma, como única referencia de su  destino: mi mundo interior.

Apenas he podido distinguir la fachada de mi casa, al momento de llegar justo a su umbral. No comprendo porque me intoxica la oscuridad. No sé como explicarlo, pero ya en el camino de regreso noté, como el círculo de luz de mi pequeño día se expandía en el reflejo de cada pupila de los habitantes de la ciudad. Un poso de agua que iluminé me rebeló en su superficie pulida la densa sombra que soy. El escalofrío, el espanto y el asombro, terminaron de avisarle la nefasta noticia a mis sensaciones, recién salidas de su letargo luminoso… Para entonces estaba ciego. Ahora que canta el gallo lo sigo estando, pese a que aún está cerca el resplandor de mi sueño. Su calor es de una intensidad extraña. En los archivos visuales que aún conservo de mi absoluto dominio sobre el día, lo relaciono a un jardín de osamentas, regadas por la sangre que mana mi destino.

Nuevamente el ruido del tránsito. Ignoro si algún rayo de sol ha caído cerca de mi lecho. En la total oscuridad no hay diferencia entre el fondo y la cima, entre lo sólido y lo blando. Tampoco importa en que ciudad he amanecido, como una gota de rocío sobre las ojeras negras de una calavera desvelada. Sólo importa saber que estoy en la única ciudad. La de siempre, la maldita ciudad en la que la luz del día es un gran circulo general y en la que yo no soy más que una oscura tumba sonámbula, que deambula mendigando monedas… Con la única esperanza de que al menos se desplomen del lado de la cruz.

Odilius Vlak

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