ALTERECOS 4.D / Las Pesadillas del Profeta

Que lecho más sombrío. Sobre él yace alguien que sin duda lo cambiaría por una tumba. Con movimientos convulsos se mece de un lado a otro, semejante a las olas de un mar de hiel. Su cuerpo derrama sudor como nubes cuyas venas han sido heridas por vientos áridos, formando un gran lago en el que se ahoga su paz. ¿Qué le sucede?, ¿de qué fuerzas intenta liberarse y los párpados de sus ojos lo traicionan haciéndose cómplices de la oscuridad? Entre los movimientos frenéticos de su cabeza; más allá del horizonte trazado por sus brazos, sobre el espacio alrededor del lecho, un hombre marcha desesperado por un sendero yermo. Una tierra agrietada y luctuosa, sólo útil para sembrar espinas, tan penetrante como éstas son los gritos de aquél hombre: «Malditos sean los cielos, maldita seas tú también tierra. Los gusanos que amamanté desean mi carne en plena vida; mis lobos lamen mis pasos y mis cuervos han escupido mis ojos. Aun así, benditas sean mis podridas llagas que han esparcido su simiente desde mi cabeza hasta las plantas de mis pies… las prefiero a ellas sin vendas, sin aceite que las suavicen, a ser profeta de males que se vuelven hacia mí, reclamando mi paternidad con siniestro resentimiento.»

Está de rodillas, con su rostro hundido entre sus manos. En su desesperación se arranca sus barbas y escarba la tierra con sus descarnados dedos. Arriba en el cielo, la luna se desprende de su velo de nubes grises y tiñe de un matiz azul-plateado toda la tierra. De pronto una pequeña cabaña en medio de un viñedo de uvas negras surge como un último hálito de la oscuridad cegada por la luna. El atormentado profeta la contempla lleno de dudas, pero al fin un retoño de fe brota en la nada de su Ser. Hacia allá encamina sus pasos, mientras sus dedos que gotean sangre, van dejando un rastro de figuras de hombres, mujeres, niños y ancianos, víctimas desgraciadas de sus crueles visiones. Sus expresiones de dolor no conmueven al profeta, que mientras, penetra en la cabaña.

Una vez traspasado el umbral, el profeta ve justo frente a él una enorme chimenea. Con estupor reflexiona sobre las dimensiones de la chimenea, «¡Mucho más grande que la pequeña cabaña!», se dice. Junto a ella un hombre sentado de espalda a él toma porciones mutiladas de seres humanos de una gran pila y los arroja al fuego de la chimenea, donde arden como brizna seca. Así de instantánea es su combustión. Pese a ello, la atmósfera del espacio seguía siendo gélida como los mismos cadáveres mutilados. De repente, el hombre sentado ante la chimenea profiere unas palabras:

Sí, alguien tiene que arrojar estos ídolos de carne y hueso al fuego, pues ya no sirven para alabar. Nada, ni siquiera el aliento de tu nariz podrá apagar el fuego, sus almas prefieren el calor de las llamas y el abrazo del polvo, antes que ser condenadas entre las malditas evocaciones de tu lengua.

¿Quién eres terrible Ser?

Pregúntale a los pecados que vociferan en tu rostro.

No, lo descubriré yo mismo… ¡pero qué!… ¡ah, ven a mí espíritu de juicio y devastación, que al regresar sobre mis pasos, tras esa puerta se abra el abismo!

Sí, era él mismo quien arrojaba los mutilados miembros al fuego. Pero ahora corre despavorido sin darse cuenta de que su eterno clamor se viste con las tenues vestimentas de la vileza; perversa como la visión que lo tiene cautivo. Su cuerpo semeja un navío embriagado en plena mañana. Sucumbiendo en medio de un mar de vómitos; embravecido por la estridencia conjunta de las arpas, las flautas y tamboriles; tocados por los dolores de parto del infierno, que ya está listo para dar a luz lo que lleva en su vientre ensanchado.

Más visiones. El cuerpo dormido retoma otra vez sus angustiados movimientos. Su rostro atribulado asfixia el grito que pugna por salir. Pero en la visión que lo envuelve, como un aura ácida, lo puedo distinguir claramente. Se encuentra en medio de una gran plaza, no se ve a nadie más, solo él y miríadas de Serafines mendicantes. Seis alas para arrastrar su divinidad: dos alas de muletas; dos para espantarse las moscas de sus llagas; dos para pedir limosna. El profeta, pasmado por la horrenda escena, no reparó en unos de los harapientos serafines que se irguió con un trozo de pan rancio en una de sus alas, y tocó con él la boca del profeta: «Toma —dijo— esto es para que vomites tu putrefacta clarividencia». Inmediatamente comienza a vomitar millones de moscas que se dirigen hacia los distantes muros que rodean  la plaza, en busca de un amanecer que retrocede aterrado junto con sus dones púrpuras y anaranjados. Sombras enfermas tomaron su lugar, cubriendo todo el panorama de una inmensa oscuridad; sólo desafiada por las alas aún blancas de los serafines y las lejanas edificaciones de huesos blanquecinos que se alzan a orillas de la plaza.

Corre, corre en busca de refugio profeta, y trata de no pisar tu cola luciferina, pues ése tropiezo te hará caer en el infierno… ese infierno que tus visiones han ayudado a construir. Corre, corre más de prisa, quizás en tu afán despiertes y por fin cesen tus movimientos aquí, en esta habitación en la que yo contemplo la desintoxicación de tu vigilia. Ahora te acercas a un nido. Hay miles de huevos. Tú profeta, tomas uno, lo rompes y un pequeño feto humano se desliza en tu mano junto al fétido liquido acuoso que lo envolvía. «Todo esto es un pueblo —reflexiono— ¿pero?». De repente un gigantesco sapo salta sobre el nido, y ahí se queda despidiendo su asqueroso calor que ha de incubar el futuro pueblo. Otro motivo más para la huida. Y lo hace sin pausa y sin mirar atrás, en un espacio de tiempo que le parece casi tan lejano como el cumplimiento de las promesas de su Dios. Por fin llega ante las fachadas de la moradas de huesos blanquecinos. A través de sus oscuras ventanas ve pulular rostros de aquellos que han sido echados de sus sepulcros por los decretos de sus profecías. Entra en una de ellas, y al hacerlo se encuentra de repente en un bosque de sauces, plantado firme sobre su antigüedad y lobreguez. Pronto descubre que cada vez que respira, sus huesos asimilan la edad de los sauces. Estimulado sólo por el dolor, ve como aquellos se hacen polvo. La blancura de sus huesos era lo único luminoso que le quedaba a su Ser. Ahora esa pureza flota inerte sobre el torrente de sangre que atraviesa el bosque.

En plena agonía llega a sus oídos el sonido de una marcha, por lo que se encuentra de pronto en un sendero pedregoso debajo de las pisadas de un ejército de antiguas momias de monjes nigromantes cabalgando sobre serpientes embarazadas. Al levantar sus ojos no son más que pozos llenos de terror. Comienza a llorar pero sus lágrimas forman un lago de fuego que intenta absorberlo, pues todavía no ha visto la primera de las almas condenadas que tanto han prometido sus profecías. Pretende exclamar algo, pero una repentina primavera invidente cae sobre la tierra, haciendo que de ésta broten cadáveres marchitos. «Entonces no soy más que una sombra errando en visiones», se lamenta, y se aleja tropezando con los cadáveres de la oscura estación.

Aquí, en el reino de la vigilia, la cama se hace más corta y la manta más estrecha. ¿Debo ayudarlo a que se estire?, ¿cubrirlo quizás?… no, mejor regresemos a sus visiones. Está huyendo tratando de alejarse de una cruel matanza, perpetrada por figuras de barro en un paraíso para alfareros. Agotado, se apoya en un báculo del camino, pero apenas posa sus manos, los huesos de los cinco dedos atraviesan su carne. Extrañas aves de un hierro que moldea el viento se dirigen hacia él para devorarlo. No puede huir, pues miles de cadenas sujetan su carne. Al fin surge una mano colosal, derramando de su palma todas las aguas de un diluvio que le resulta familiar al profeta, pues él lo predijo. La mano se tiende hacia el profeta, pero éste en aptitud rebelde la escupe. Entonces la mano lo cubre con una sepultura de dolor, en la cual él compite con sus propios gusanos para devorar su propia carne.

Ahora un gran viñedo con miles de gotas de sangre añejándose pensativas sobre sus ramas. El estado de embriaguez del profeta lo ha madurado incluso a él, dejándolo listo para seguir las huellas de piedras de sus propios pensamientos. Lo intenta. Pero la imagen de un almendro hirviendo en una gran olla hecha de piel humana lo deja anonadado. La piel es dura porque es la de los gigantes: hijos de los antiguos ángeles rebeldes con las hijas de la tierra. Él se estremece pues sabe que una de sus antiguas visiones ya ha recorrido sus dedos, excitados por ella. Dos vírgenes desnudas se le acercan ofreciéndole ramas del almendro envueltas en sus atavíos. «¡Ay de mí!, que mi alma le es apetecible a las espadas. No recorran más las calles, yo soy el hombre que buscan… Yo he torturado a la justicia y a la verdad hasta que le surgieron dos piernas y sobre ellas murieron. Me fueron leña muy útil, ardieron hasta convertirse en cenizas de plomo, y todo como libación a mi propia alma». Todo él se hace agua, y, como manchas de petróleo los muertos de sus profecías se van mezclando en la corriente. Por los movimientos de su lecho me doy cuenta de que la imaginación de la visión es una realidad para su alma. También por el charco de sudor en el que está sumergido. Empiezo a creerlo yo también, las sábanas de lino eructan musgos… pero allá… en lo profundo de la pesadilla…

Está cavando a orillas de un río que cruza un desierto de enfermedades. Los peregrinos mientras pasan, se acercan a curiosear, pero sin detenerse, sólo se pierden a la sombra del polvo, como sombras que son. Algunos salen a la luz, y una vez proyectada echan a suerte el destino del profeta a ver si le toca muerte, locura o hambre. Él por su parte, ha terminado de excavar, y extrae una figura de sí mismo hecha de barro blando y desfigurado. Se empeña con afán en modelar la armonía de la figura, su afán aumenta, hasta diría que empieza a sudar también en la visión; ya lo invade la desesperación o mas bien la agonía. Frustrado levanta la figura y la quiebra sobre el día de su nacimiento, al tiempo que la maldice. Pero la destrucción de ésta, sólo desata el sello que tenía aprisionada una profunda oscuridad, que incluso a mí me ciega. Un cirio se enciende revelando un feto sepultado en una matriz. Entre su cabeza y sus rodillas sostiene varias flores, y en la frente está escrito el nombre del profeta. La pequeña luz observa una leve sonrisa de felicidad en el rostro del profeta, «¡Ah!, como desearía festejar con ajenjo y hiel», susurra entre dientes.

El cirio se apaga, así que camina a tientas en los pensamientos de la oscuridad. Va tropezando con objetos de los que no puede definir su naturaleza. Enciende su último cirio y descubre que está dentro de una caverna gigantesca, cuyas estalactitas son miles de profetas ahorcados con sogas de cal viva. Un hálito gélido apaga la llama y el profeta queda en tinieblas nuevamente. Pero continúa avanzando, pues puedo escuchar sus pasos y tropiezos. Yo no puedo ver nada desde aquí; las únicas visiones están ahora en el lado oscuro de su mente. ¿Qué ves profeta? ¿Qué matiz tienen los pensamientos que están más allá de la visión? Puede que sean serenos como tu cuerpo, que yace ahora petrificado sobre el lecho de la realidad física. Como los seres sencillos que duermen felices, porque saben que despertarán para seguir simplificando su existencia, a golpes de actos sin compromiso espiritual.

Pero en el sopor de la pesadilla el profeta continúa avanzando, no sin una leve inquietud por el desconocimiento de lo que la oscuridad le reserva justo delante de él. En el lecho, el cuerpo sereno del profeta se mueve satisfecho al son de una sonrisa. Una sonrisa fresca que presagia flores. ¿Qué es lo que se le insinúa en su total ceguedad? Sabes profeta yo estoy tan ciego como tú. Ignoro lo que pueda aguardarte delante, pero si veo muy bien lo que hay al final de la oscuridad… Un abismo. Al parecer tu esperanza, que ahora cabalga feliz por las tinieblas de tu mente, terminará fatigada después de un largo peregrinar; sólo para encontrarse con la luz de las llamas eternas al fondo del abismo. Llamas infernales que no te resultarán desconocidas, pues tú las profetizaste… En verdad será un horrible amanecer.

Tengo que despertarlo, pues las rodillas de mi conciencia chocan entre sí por el temblor suplicante. Quizás una pequeña bofetada, o un leve estirón, bastarán para otorgarle la libertad del despertar. Me acerco hasta el mísero lecho. Escudriño los contornos de la derruida habitación. Y vacilo preguntándome, si en realidad esta sordidez de mugre, polvo y estrechez, no serán una escena peor que la del abismo en plena caída. Sí profeta, sólo cuando estés cayendo te darás cuenta de que estás a la salida de la caverna. Ya se acerca, lo sé porque los destellos de las llamas delimitan su silueta al borde del abismo. Mis manos sólo están a un palmo de su cuerpo… Lo despertaré.

Ya me marcho. Estoy en el umbral de la habitación contemplando el lecho. Saben, no lo desperté. Tampoco esperaré para ver el resultado de la caída. Tardará un poco más. Pues él está descansando su fatiga justo al borde del abismo, sin saber que después de su próximo paso no se fatigará jamás.

Odilius Vlak.

 

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