TETRAMENTIS / Damned Angel: Genesis – Capítulo VI (Vol 01)

Capítulo VI: El Recolector de Almas

«El Fin de Los Tiempos, Sucederá al Final de los Primeros Eventos»

La aldea de Anárion era uno de los pocos poblados humanos que aún se mantenían con vida, viviendo en lo profundo de un bosque desconocido, en las Tierras del Oeste. Durante esta época, las tierras del oeste eran las más infestadas con criaturas infernales. Muy pocos humanos residían aún en esta región, y si así lo hacían, era de manera similar a como este poblado se encontraba: escondido y en el olvido. Esto se debía a que Azazel, desde que se apoderó de Babilonia, reconstruyó la ciudad con sus demonios esclavos y la transformó en una enorme fortaleza, rodeada de un largo pozo de fuego infernal, creado por el fuego de los mismos demonios, donde eran lanzados los humanos que los ejércitos infernales atrapaban en sus cacerías en las tierras del oeste. A miles de millas de esta fortaleza infernal, algunos humanos de la resistencia permanecían escondidos de las criaturas infernales del oeste, y enviaban espías desde la aldea de Anárion, que ahora era el mayor punto estratégico que tenía la resistencia en el territorio enemigo. 

—¡Esto es inaceptable! —exclamó el gobernador del poblado de Anárion.
—Pero, gobernador, es orden del rey del nuevo imperio desplegar a mis hombres por estas tierras —dijo el capitán de las tropas de la resistencia.
—¿Acaso cree el Imperio que nuestra aldea es un campo de refuerzos para el ejército? —argumentó muy molesto el gobernador.
—No señor. Es solo que las tropas de exploración enviadas por nuestro rey necesitan temporalmente un lugar para abastecerse. Les prometemos que esto no perjudicará en lo absoluto a vuestra aldea,  gobernador —afirmó el capitán.
—¡Hablas de quinientos hombres, comiendo de nuestras provisiones y durmiendo bajo nuestros pocos techos! Además, con todo el ruido y la algarabía de vuestros soldados… ¡Los demonios nos encontrarán, y nos destruirán! —exclamó el gobernador.
—Os preocupáis demasiado, gobernador. Durante mucho tiempo hemos sido oprimidos por estos demonios. Nos arrebataron nuestras tierras, y nos hicieron huir de allí. Pero muchos años han pasado, y el enemigo parece no hacer ningún movimiento. Debemos aprovechar este momento, ahora que el enemigo yace dormido, para reconquistar nuevamente esas tierras que injustamente nos arrebataron. El nuevo imperio ha reconquistado la mayoría de las tierras excepto las del oeste. El enemigo está perdiendo territorio, se está debilitando y este es el momento preciso para actuar… ¡Reconquistaremos lo que una vez nos perteneció! —dijo el capitán con la frente en alto, mientras todos los demás alrededor le observaron con admiración.

Nadie puede refutar las palabras del capitán. El nuevo imperio humano, renacía de sus propias cenizas. Los humanos nuevamente reconquistaron muchas tierras al norte y al sur, y crecían en poder y fuerza. Habían levantado una nueva Babilonia, y desde allá, planeaban reconquistar las tierras del oeste. 

El capitán reunió a sus espías, y les ordenó que dieran su reporte de lo que habían avistado.

—Capitán, luego de dos semanas de exploraciones adentrándonos en territorio enemigo, hemos descubierto una información esencial en nuestra batalla contra los demonios. Al parecer han enviado todas sus huestes hacia Israel, y sus tierras están desprotegidas. Es el momento perfecto para actuar, señor —afirmó el espía.
—¿Estás seguro de lo que dices, soldado? —preguntó el capitán.
—Afirmativo, capitán. Las fuerzas del enemigo son tan mínimas, que inclusive, fuimos capaces de adentrarnos en la fortaleza maldita —dijo el espía.
—¿Hablas del castillo del mismísimo Azazel? —preguntó el capitán asombrado.
—Así es señor. Aquí le traemos una prueba. Esta es una de las banderas que lleva la fortaleza por dentro, como símbolo de su legión —dijo el espía mientras desdoblaba un manto de tela, revelando así una enorme bandera, con un símbolo enorme en el medio, de un demonio envuelto en fuego.
—Nadie en verdad pudiese tomar esto y sobrevivir, a menos que lo que me hayas dicho sea cierto, soldado —dijo el capitán.
—Y lo es, señor —reafirmó el espía.
—Bien. Pediré refuerzos al Imperio, y tomaremos la ciudad nuevamente. Reclamaremos lo que es nuestro por derecho —dijo entonces el capitán, mientras se preparaba para partir.
—¿Os arriesgaréis a perder a vuestros hombres? ¿Cómo podéis saber si no se tratare de nada más que una vil trampa? —preguntó el gobernador agitado.
—Yo lo veo como la mayor oportunidad que hemos tenido en toda nuestra batalla contra las fuerzas infernales. No deberíamos de desaprovecharla —argumentó el capitán.
—Si deseáis exponer a alguien al peligro, que sea a vuestros propios hombres, pero al pueblo no lo involucréis en todo esto —exigió el gobernador.
—Bien, sólo le pido que nos dé tiempo, al menos hasta que lleguen nuestros refuerzos. Le prometo que desde que lleguen, usted y su pueblo no volverán a ser molestados —afirmó el capitán.
—Está bien. Pero… ¡Sólo hasta que los refuerzos lleguen! —exclamó el gobernador—.
Muchas gracias —dijo el capitán mientras sonreía para sí mismo.

La noche cayó fría sobre el poblado de Anárion. Todos en la aldea estaban en su acostumbrado toque de queda, y parecía más un desierto, como si ya los demonios hubiesen arrasado con todo. No podía escucharse nada más que los susurros del bosque durante la noche. Esta tranquilidad que parecía eterna, se vio interrumpida por el sonido de cientos de pisadas a lo lejos. Los refuerzos habían llegado, en sólo unas pocas horas. El capitán había enviado un águila mensajera a esta expedición que ya se encontraba explorando el bosque a no muchas millas de la aldea. Unos quinientos soldados más, aproximadamente. La aldea nunca antes había presenciado tanto ruido y movimiento a tan altas horas de la noche. El gobernador de Anárion estaba a punto de arrancarse los cabellos de la cabeza. Tanto ruido y movimiento le preocupaban, ya que le hacía pensar que los demonios podrían encontrar su aldea secreta, si no se mantenía la calma y el silencio.

—¡Vamos! ¿Qué más os hace falta?
—No hay razón para impacientarse, sólo nos organizamos para comenzar nuestro viaje, y ya no sabrán más de nosotros —dijo el capitán.
—Pues os deseo la mejor de las suertes, aunque mi intuición me dice que hay algo extraño en todo esto… como alguna clase de…
—¿Trampa? —interrumpió bruscamente el capitán al gobernador—. ¿Aún no desiste usted de la idea? Como ya le he dicho… ¡Esta es una oportunidad que no podemos desperdiciar! ¡Si tomásemos el castillo de Azazel, y pudiésemos alertar al imperio para que movilice todas sus fuerzas al oeste y reconquistemos así todos estos territorios!
—Como os parezca mejor, sólo abandonen nuestra aldea por favor. Sólo queremos vivir aquí en paz —dijo el gobernador.

Los soldados del nuevo imperio, los rebeldes, ahora eran alrededor de unos mil. Todos se dirigían ahora en marcha hacia el oeste, directo a las tierras del señor y demonio Azazel, para reconquistar el imperio que una vez fue perdido. El ansia por la conquista, hacía que la cabalgata pareciese interminable. Alrededor de unos tres días les tomó a los rebeldes recorrer todo el camino hacia la antigua Babilonia. Cuando llegaron, y estuvieron frente al enorme castillo de Azazel, todos los soldados se maravillaron con la estructura de dicha fortaleza. Parecía casi impenetrable. Estaba rodeada de un rio de lava ardiente. El puente de acceso al castillo estaba levantado, imposibilitando la entrada.

—¿Qué haremos ahora, señor? —preguntó uno de los soldados al capitán.
—Muy sencillo. Tomen todos una cuerda y amárrenla fuertemente al extremo opuesto de las puntas afiladas de vuestras lanzas. Arrojadlas hacia el puente levadizo sin soltarlas y luego tiren con todas sus fuerzas —ordenó el capitán. Así lo hicieron al instante. Al arrojar sus lanzas contra la puerta, halaron con todas sus fuerzas hasta que ésta se desplomó con un sonido ensordecedor. Al fin pudieron cruzar hacia el interior del castillo.

Cuando se adentraron en el palacio de Azazel, pudieron observar con detalle todo lo que en él había. Una sala de recibimiento hacia el interior del castillo, y al final, un enorme aposento, repleto de comedores para los sirvientes, o en épocas de fiesta, la sala del trono, cuatro torres con recámaras reales, un comedor principal, una bodega e inclusive establos en las afueras de el castillo. Pero entre todo esto, existía una puerta que estaba sellada, justo detrás del trono en su respectiva recámara. El capitán rápidamente ordenó a sus soldados derribarla. Era el camino hacia la mazmorra del castillo. Cuando el capitán y los demás soldados descendieron a lo más profundo de la mazmorra, el horror invadió sus corazones. Aquel lugar era el más horrible que jamás hubiesen visto. Había allí miles de aparatos de tortura, todos cubiertos de sangre y pellejos de carne humana. Las entrañas y restos putrefactos de personas se encontraban regados por todo el lugar: en el piso, en las paredes, sobre las mesas… en todas partes. Cabezas mutiladas, torsos con el interior vacío, piernas, brazos, personas partidas en dos, o enganchados por la boca, colgaban del techo, clavados en ganchos de carne. Allí era donde los demonios se reunían para torturar, violar y matar a todas las personas que capturaban. Luego de hacerles sufrir, cuando morían, los utilizaban como alimento. A la vista de todo esto, los soldados asustados, se habían quedado estupefactos. Uno de los soldados, de la impresión, empezó a retroceder sin fijarse donde pisaba, y tropezó con algo que hizo un sonido gelatinoso. Cuando el soldado observó lo que había pisado, se horrorizó al ver que estaba de pie sobre los restos de un cerebro humano, que estaba regado por todo el suelo. Aparentemente era el cadáver de una mujer, cuya cabeza había sido golpeada repetidamente contra el suelo, hasta que estalló, esparciendo su contenido craneal por doquier. Aquel soldado no pudo soportar esta imagen y gritó desesperadamente, mientras caía al suelo. Sus compañeros ayudaron a que se pusiera nuevamente en pie y a que se calmara. Todos los presentes no podían soportar el olor a descomposición que predominaba en toda la habitación de tortura, así que cubrían sus narices con sus manos. No pudiendo soportar un segundo más estas escenas, decidieron recoger todos los muertos y darles un entierro un poco más digno en una fosa común. Insistentemente, limpiaron la habitación durante horas pero el olor a muerte y putrefacción parecía no querer abandonar el lugar. Finalmente, desistieron y volvieron a sellar el cuarto. El trabajo de aquellos soldados aún continuaba. Cambiaron todas las banderas del castillo que pertenecían a las huestes infernales, y las reemplazaron por las del nuevo imperio.

—En este día, amigos míos… ¡Hemos nuevamente conquistado lo que es nuestro! —exclamó el capitán.

Todos los soldados respondieron con alaridos de júbilo.

La noche cayó fría una vez más sobre las tierras del oeste. Los soldados se preparaban para la hora de descanso. El puente de la fortaleza había sido levantado. Todo parecía estar tranquilo y en orden, hasta que el soldado encargado de la vigilancia desde la torre de observación del castillo, dio señal de alarma soplando un largo cuerno. Todos los soldados se alistaron con sus armaduras y armas, y se colocaron en posiciones defensivas en las torres y murallas del castillo.

¡CONTINUARÁ!

Edwin Peter Barbes


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