TETRAMENTIS / Damned Angel: Genesis – Capítulo VI (Vol 02)

Capítulo VI: El Recolector de Almas ( Vol 02 )

«El Fin de Los Tiempos, Sucederá al Final de los Primeros Eventos»


—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el capitán.
—Un ejército se acerca a gran velocidad señor, en unos minutos estarán aquí.
—¡Se acercan por norte, sur, este y oeste! —dijo otro de los soldados.
—Es… es él —susurró el capitán. 

Aquél ejército de algunos mil demonios no tardó en rodear a la fortaleza. Azazel iba a la cabeza, y acercándose al puente del castillo, que se encontraba levantado, dirigió su palabra a los rebeldes, quienes esperaban impacientemente en sus posiciones ver qué sucedería.

—Están en mi castillo. Ustedes han retomado lo que una vez fue suyo. Yo simplemente volveré a quitárselo a ustedes de sus manos frías y muertas. Podemos hacer esto de la manera más sencilla: ustedes bajan el puente levadizo y dejan que los asesinemos rápido y sin dolor alguno. O de la más difícil: Nosotros entramos, y los asesinamos salvajemente, y nos aseguraremos de que sufran, de que se retuerzan en dolor antes de morir. Decidan rápido —dijo fríamente Azazel mientras sus ojos brillaban en la oscuridad de la noche.

—¿Qué haremos ahora, capitán? —preguntó uno de los soldados en un susurro.
—¡No temáis! ¡Sólo dice esto para intimidarnos! ¡No hay forma de que puedan penetrar esta fortaleza! ¡Desde allí abajo no tienen ninguna ventaja! ¡Lucharemos y venceremos! —exclamó el capitán a gran voz.
—Habéis elegido la manera más difícil. Bien, así será. ¡Ataquen! —exclamó Azazel.

—Todos los demonios del ejército hicieron crecer alas demoníacas de sus espaldas. Se alzaron en vuelo, irrumpiendo en las murallas del castillo sin problema alguno. Los demonios se lanzaron al ataque contra los soldados que defendían en la muralla. Mientras desgarraban y mutilaban, Azazel, que aún se encontraba frente al puente levadizo, utilizó sus poderes mentales, para hacerlo descender, extendiendo su mano abierta frente a éste. Azazel cruzó lentamente la entrada al castillo y ascendió hacia las murallas, donde todos los soldados habían muerto, a excepción de unos cuantos que estaban acorralados entre los demonios y Azazel. Entre estos soldados se encontraba el capitán de la resistencia.

—¿Por qué abandonaron el castillo en primer lugar? —preguntó el capitán.
—Ustedes querían este castillo junto con las tierras del oeste, ¿no es así? Pues se los daremos. ¡Quemaremos este castillo, junto con sus tierras! Ya no los necesitamos. Ahora nuestro destino será Israel —respondió Azazel.
—El viejo tenía razón. Al final, todo esto fue una trampa —dijo el capitán.
—Pero esta no es la trampa. Es sólo la distracción —replicó Azazel.
—¡No puede ser posible! ¿Acaso…
—Así es… —interrumpió Azazel.
—¿Cuántos hombres enviaste? —preguntó el capitán.
—Sólo uno —respondió Azazel.
—¿Sólo uno? —preguntó el capitán sorprendido.
—Créeme, es más que suficiente —respondió Azazel

Un extraño hombre se acercaba a la aldea de Anárion. Un manto obscuro cubría su rostro y cuerpo. Al llegar a la entrada de la aldea, los guardias le detuvieron diciendo:

—¡Alto ahí! ¿Quién vive?
—Definitivamente, ninguno de ustedes dos —respondió aquel hombre. En ese momento, sus ojos resplandecieron desde la oscuridad de la capucha, y en un rápido movimiento, cortó las cabezas de ambos guardias. Sus cabezas volaban por los aires mientras la sangre se regaba por todos lados. La capucha de aquel hombre, al recaer sobre su espalda, reveló el rostro putrefacto y esquelético de Muerte. Este extendió ambas manos a donde se encontraban los cadáveres de los guardias que había decapitado, y les robó sus almas. Al adentrarse en la aldea, mientras caminaba, todo se incendiaba a su paso espontáneamente. Los aldeanos trataban de huir corriendo despavoridos del fuego que azotaba sus hogares, sólo para encontrar su fin, dado por un corte de la guadaña de Muerte. Mientras mataba y mutilaba aldeanos, al mismo tiempo iba absorbiendo sus respectivas almas. No sobrevivió una sola persona, y Muerte tomó todas sus almas. La aldea de Anárion , las tierras del oeste, y el castillo de Azazel fueron todos destruidos. Las tierras del oeste desde ese momento se dieron a conocer como Los Desiertos del Oeste.

Tiempo después, y muy lejos de allí, en camino a Israel, Azazel se encontró con Muerte, quién no pronunció ni una sola palabra.

—Veo que ya estamos todos aquí —dijo una voz a ambos demonios —es bueno tener la familia reunida una vez más, ¿No?
—Déjate de payasadas, Lucifer —dijo Azazel.

Lucifer se acercó hacia Muerte y Azazel, con su acostumbrada apariencia de señor mayor. Sus ojos en fuego.

—Bien, Muerte, ¿Trajiste las almas? —preguntó Lucifer.
—Si señor Lucifer —respondió Muerte—. He recolectado cien almas.
—Bien, por derecho me tocarán la mitad, según estipulamos mi socio y yo. ¿No es así, Azazel? —preguntó Lucifer mientras reía cínicamente.
—Así es —respondió Azazel.

Liberando sus poderes, Muerte convocó cincuenta almas que Lucifer absorbió al instante. Luego, cincuenta más, y esta vez, fue Azazel quien las absorbió. Ambos demonios se sentían más poderosos, y más energía demoníaca ahora fluía de sus cuerpos.

—Ya que los negocios han terminado, me retiraré —afirmó Lucifer, mientras se desvanecía en la oscuridad—. ¡Preparaos para lo que viene! ¡Pronto dominaremos el universo, socios!

Luego de que Lucifer desapareció por completo, Muerte y Azazel quedaron frente a frente en silencio. Luego de un rato, Azazel finalmente habló:

—¿Con que, sólo cien almas? Un poblado como el de Anárion debió de tener más habitantes… algunas… ¿seiscientas personas? —preguntó Azazel.
—Ochocientas en total, así que de acuerdo a nuestro trato, aquí están las otras setecientas almas —dijo Muerte. Con sus poderes convocó las almas. Azazel las absorbió.
—Ese iluso de Lucifer no tiene idea. Poco a poco me estás ayudando a convertirme en un Ser superior a él.
—Sólo recuerda, que prometiste hacerme general de las huestes infernales cuando tú estés a cargo —respondió Muerte.

FIN

Edwin Peter Barbes 

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