ALTERECOS 4.D / Hyperbórea: Al Norte de la Imaginación – Segunda Parte –

Estamos en el umbral de una puerta hacia un planeta Saturno, que en un pasado polar se conoció como Cykranosh. Morghi, el sumo sacerdote de la diosa Yhoundeh, ha irrumpido en la torre de cinco niveles de forma pentagonal de su archienemigo: el mago Eibon. Este último había adquirido una sombría reputación entre las personas de la distante península nórdica de Mhu Thulan. Eibon… sin dudas el mago más emblemático del continente de Hyperbórea, en sí mismo, un legado simbólico de Clark Ashton Smith, para la posteridad de cualquier imaginación que sea inspirada por los arcanos de un conocimiento ancestral; y que sea cegada por el esplendor de la manifestación artística y literaria del género de la Fantasía Oscura. El Libro de Eibon, siempre estará a mano para ser escudriñado por cualquier mente especulativa; un verdadero tesoro a disposición de cualquier nigromante; un volumen imprescindible en la biblioteca de los Mitos de Cthulhu. Y menos mal que Eibon ya lo había escrito para cuando Morghi y sus acólitos emprendieron su cacería. Pero, ¿cuál fue el verdadero motivo?… Aparte de la obvia rivalidad, que el mago representaba para el sumo sacerdote, en cuanto al dominio de los conocimientos ocultos:

«Eibon era un devoto del ampliamente desacreditado dios pagano, Zhothagguah, cuya adoración era incalculablemente más vieja que el hombre; y que la magia del Eibon había sido obtenida de su ilícita afiliación con la oscura deidad, quien había descendido a través de los mundos desde un universo alienígena, en tiempos primigenios, cuando la tierra no era más que un cieno burbujeante. El poder de Zhothagguah, aún era temido; y se decía que aquellos quienes estaban en la disposición de rendir su humanidad en orden de servirle, habrían de ser los herederos de secretos más antiguos que el mundo; y maestros de un conocimiento tan espantoso, que sólo podría haber sido importado de planetas exteriores, coetáneos de la noche y el caos. [La Puerta de Saturno].»

Luego de una minuciosa pero infructuosa pesquisa en los cinco niveles de la torre pentagonal, Morghi ya daba por sentado que el habilidoso Eibon se había escapado. Entonces, sus ojos se posaron sobre lo que resultaría ser la puerta de Saturno: «Un extraño panel, alto en el lado sureste sobre el escritorio, había sido revelado por el retiro de una de las pinturas. Las pobladas cejas de Morghi se encontraron para formar un largo canal negro mientras él observaba el panel. Era llamativamente diferente del resto de la pared, siendo de forma ovalada, incrustado en alguna clase de metal rojizo que no era ni oro ni cobre. Un metal que proyectaba una oscura y dinámica fluorescencia de raros colores, cuando se le miraba con los ojos medio cerrados. Pero de alguna manera, era imposible, con los ojos abiertos, tan siquiera recordar los colores de dicha fluorescencia. [ibíd.].»

De acuerdo a la explicación que Zhothagguah le suministró a Eibon, en el momento en que le obsequió el panel como premio a sus largos años de devoción, éste estaba fabricado con un metal estelar, proveniente de un universo diferente al del hombre. Gracias a una inusual propiedad radioactiva, que le permitía alinearse con dimensiones superiores del espacio, le permitía al propietario salvar en un instante, distancias astronómicas, como por ejemplo, la del distante Saturno. ¡Pero cuidado!, una vez que se cruza el portal… ya no hay ninguna posibilidad de regreso, por lo cual Zhothagguah le aconsejó a Eibon, sólo usarlo en una situación de extremo peligro.

Eibon, consideró que tal situación era la presente persecución por parte del inquisidor, Morghi. Y de esa manera decidió cruzar el umbral. Morghi por su lado, tenía a su presa en alta estima, y por lo mismo valía la pena cazarla donde quiera, no importa si ese propósito incluye otro planeta. Y así fue como ambos terrícolas se encontraron adornando el extraño paisaje de Saturno. Dejando a un lado la condición gaseosa del planeta Saturno, que obviamente no posee las propiedades para la manifestación de ningún elemento sólido, geológica y biológicamente hablando, el relato es una joya del imaginario extraterrestre de la Era Pulp. Es un ejemplo fiel de cómo los autores imaginativos concebían otros mundos, en un periodo en que la Ciencia Ficción tomaba sus datos, más de los archivos de una fantasía en pleno vuelo, que de la ciencia en sí. El paisaje saturnal que Smith nos describe, junto a sus criaturas, es de una calidad «romántica» si se quiere, es decir, manifiesta las visiones que los autores imaginativos desde finales del siglo XIX hasta el inicio en el siglo XX de la edad de oro de la ciencia ficción, y más adelante de la «Ciencia Ficción Dura», tenían sobre la fisonomía de otros planetas y sus habitantes. Y tan poderosa fueron tales visiones, que aún hoy penetramos en ellas con un sentido de estar participando de una experiencia objetiva, científicamente hablando. Y ese sentimiento no es tan traído por los pelos como parece, pues aún hoy, a inicios del siglo XXI, las criaturas alienígenas siguen obteniendo sus disfraces de la fantasía y no tanto de la rigurosidad científica. Claro, el relato de Smith se ubica dentro del género de la Fantasía, y no en el de la Ciencia Ficción, y por lo tanto su Saturno tenía que ser un producto de aquella.

Una vez en Saturno, y ante el común desafío de sobrevivir como seres alienígenas en medio de una expresión diferente de las leyes de la vida, tanto Morghi como Eibon, se ven obligados poco a poco a allanar sus diferencias en orden de lograr una mutua adaptación no sólo de sus costumbres propias, emanadas de sus respectivas condiciones de sumo sacerdote de la diosa Yhoundeh y mago de Zhothagguah, sino también a las de sus anfitriones. Es interesante ver el despliegue de sentido común mostrado por Eibon. Él no sólo comparte sin problemas sus raciones alimenticias terrestres con Morghi, que en su apuro no pensó que podía necesitarlas, sino que, siendo un servidor de Zhothagguah, y estando en un planeta donde aún se le guardaba cierto culto a su nombre, no intentó deshacerse de Morghi con las evidentes ventajas que tenía… pues él estaba, por así decirlo, en sus aguas.

Pero no, ante la realidad de tener que vivir por el resto de sus vidas en Saturno, los dos terrícolas hacen las paces. Aquí Smith, por medio del humor irónico que permea todo el ciclo de Hyperbórea, nos plantea una enseñanza reveladora: el Bien y el Mal de la tierra, pueden tener un enemigo común fuera de ésta, y es que el universo es más complejo en sus manifestaciones, que las fuerzas maniqueas terrestres.

Y se podría decir que la historia es una alegoría de la comprensión, la tolerancia y la adaptación, aún siendo éstas el fruto de unas condiciones ajenas a los impulsos internos de ambos terrícolas. Y sí, la historia tiene un final feliz, pero de una felicidad sardónica, muy del ciclo de Hyperbórea. Tanto Eibon como Morghi, viven ¡FELICES PARA SIEMPRE?!… no, en verdad es «RESIGNADOS PARA SIEMPRE», en medio de una caterva de formas de vidas que responden a los impronunciables nombres de: Hziulquoigmnzhah, un supuesto tío de Zhothagguah, ¡imagínense!; el pueblo de los Bhlemphroims, en cuya ciudad principal, Vhlorrh, habitaron como huéspedes los terrícolas… bajo condiciones muy privilegiadas por cierto; también se asentaron definitivamente entre el pueblo de los Ydheems, que aún mantenía un primitivo culto a Hziulquoigmnzhah… y un largo etcétera, que incluye roces con los: Djhibbis, una especie de seres con forma de pájaros; los Ephiqhs, pueblo de pigmeos, que habita en los troncos de una especie de hongos gigantes; y el misterioso pueblo de los Ghlonghs, los cuales odian la luz del sol… Pero es menester regresar a Hyperbórea, pues otras historias con un final no tan feliz, pero igualmente teñido de un humor irónico, esperan por la imaginación. Y como le dijo el dios Hziulquoigmnzhah a Eibon a manera de despedida: «Iqhui dlosh odhqlonqh»… Continúa tu camino. Y yo debo continuar el mío.

«Yo soy Athammaus, el principal verdugo de Uzuldaroum, quien antiguamente ejerció el mismo oficio en Commoriom. Mi padre, Manghai Thal, fue verdugo antes que yo; y los ancestros de mi padre, incluso desde la mítica generación de los primeros reyes, han empuñado la gran espada de cobre de la justicia, sobre el bloque de madera de Eighon. [“El Testamento de Athammaus”].»

El continente de Hyperbórea tuvo su cuota de conmociones sociales y demográficas; sus migraciones internas y sus ciudades abandonadas. Eso quiere decir que después de todo, estamos tratando con algo que si bien ha sido fruto de la imaginación, ha sido imaginado sobre la realidad de la tierra, y por tanto sometido a sus leyes. Obviamente, en el caso de Hyperbórea, el abandono de una ciudad —tema principal de este relato— ha de ser causado por algo un tanto… fantástico. Athammaus, ya viejo, recuerda los años en que Commoriom era la capital de Hyperbórea, y lo hace desde la nueva capital más al sur, de Uzuldaroum. Esta última es calificada por él como «la ciudad grisácea de los años postreros», en clara diferenciación con el antiguo esplendor que ostentaba Commoriom, sobre el cual él se explaya:

«Yo contemplo en retrospectiva sus paredes que miraban cual montañas la jungla a sus pies, y su alabastrada multitud de chapiteles que inquietaban al cielo. Opulenta entre las ciudades, excelente y magistral, y suprema sobre todo era Commoriom, a la cual le fue dado tributo desde las costas del océano atlante hasta ese océano en el cual se extiende el inmenso continente de Mu; y a la cual los comerciantes venían desde la lejana Thulan, que está amurallada en el norte con hielo desconocido, y desde el reino sureño de Tscho Vulpanomi, el cual finaliza en un lago de asfalto hirviente. (…) Y no fue, como los hombres fabulan hoy en día, a causa de la desconcertante profecía que una vez fue proferida por la Sibila Blanca, oriunda de la isla de nieve cuyo nombre es Polarion, que su esplendor y amplitud fue entregado a las moteadas vides de la jungla y a las moteadas serpientes. No, fue a causa de una cosa más terrible que esta, un horror tangible, en contra del cual, las leyes de los reyes, la sabiduría de los hierofantes y las afiladas espadas, eran igualmente impotentes.[ibíd.].»

Athammaus en una escueta descripción, nos informa sobre el estatus económico, social y político de la capital de Hyperbórea, y más aún, nos ilustra sobre el envidiable contexto geográfico del cual este continente formaba parte. Tenemos a la Atlántida y al continente de Mu, dándole forma definitiva a un pasado mítico, del que sólo nos podemos imaginar todas sus posibles relaciones, en futuros ciclos literarios revelados por la imaginación. Y, también insinúa la naturaleza de la desgracia que le sobrevino a Commoriom, causando su repentino abandono, por todos y cada uno de sus habitantes.

Y la maldición tiene nombre propio: Knygathin Zhaum. Protagonista de una serie de atrocidades, incluyendo crímenes, robos, violaciones, canibalismo… sobre las poblaciones adyacentes de Commoriom. Knygathin Zhaum, pertenecía a un pueblo de oscuras costumbres, conocido como los Voormis; que habitaban las profundas cavernas de las negras Montañas Eiglophian. De los peludos miembros de este pueblo, había Knygathin formado su banda, si bien él mismo era lampiño de pies a cabeza, y moteado con grandes manchas negras y amarillas. Estas características se debían a su origen más que legendario. Pues se le adjudicaba a Knygathin, un parentesco sanguíneo por parte de madre con nada más y nada menos que Tsathoggua, y peor aún, con «El hirviente y proteano engendro que había descendido con Tsathoggua desde los viejos mundos y dimensiones exteriores, donde tanto la geometría como la fisiología habían asumido del todo un curso de desarrollo invertido».

Al fin, Knygathin Zhaum, se entregó a sí mismo a las sentencias y al filo de la espada. Y sobre el bloque de madera de Eighon, su cabeza fue limpiamente separada de su cuerpo por el certero golpe de Athammaus. ¿Por qué estaba solo cuando fue prendido? Nadie lo puede explicar. ¿Por qué no opuso resistencia al cuerpo militar que le rodeó? Nadie tampoco lo puede explicar. ¿Por qué, estaba Knygathin, tan próximo a la ciudad de Commoriom al momento de su arresto? Nadie podía hacer otra cosa sino conjeturar en el momento. Como tampoco nadie podía explicar lo que sus ojos veían al día siguiente de la ejecución: a Knygathin fuera de su tumba en una sola pieza, devorando indiferente de los gritos de alarma, varios ciudadanos de Commoriom. Esa fue la primera de las varias resurrecciones que el descendiente de Tsathoggua y ¿Ubbo-Sathla?… experimentó. Luego de que la espada de Athammaus, con un descenso asombrado, pero matemáticamente preciso, lo decapitara.

Y lo más escalofriante de este milagro infernal, cuyo despojos no esperaban tres días para salir de la tumba, era la evolución monstruosa que la apariencia de Knygathin sufría con cada resurrección. Para ningún ciudadano en Commoriom había alguna duda, de que esta «cosa», era la encarnación de una maldición. Una maldición que exigía la soledad de toda una metrópolis para ella sola. Pues, de seguir la continua mecánica de decapitación/resurrección, en poco tiempo el cuerpo de Knygathin, se transformaría en una monstruosidad más allá de los delirios demoniacos de una fantasía retorcida. La realidad espiritual, que es planteada aquí con irónica maestría por parte de Smith, es que la aplicación de las leyes humanas, nacidas de una moral y un sentido del bien y del mal limitados en el tiempo y el espacio, no significan nada en contra de la eternidad del Mal como principio en sí… como energía que forma parte del impulso fundamental del universo. Y de esa manera, Knygathin hizo del bloque de madera de Eighon, que por generaciones había simbolizado la supremacía de la justicia sobre la maldad de este mundo, un trono sobre el cual su ancestral maldad reinó en lo adelante… Riendo de último… ¡Pero riendo mejor!

Pero aquello que está arraigado en los más básicos instintos de la naturaleza humana, y sobre todo si dicha naturaleza está inclinada al mal; sin importar que éste sea de un carácter moral, por y en perjuicio de la sociedad… en alguna hora aciaga, ha de intentar profanar incluso lo que está santificado por un mal espiritual.

Esa hora aciaga se le presentó a los experimentados ladrones, Satampra Zeiros y Tirouv Ompallios, ambos ciudadanos de la para entonces, vieja capital de Hyperbórea: Uzuldaroum. Ésta estaba ubicada a sólo un día de viaje de la anterior capital, Commorium, que para el momento de la historia titulada: «El Relato de Satampra Zeiros», muchos siglos habían transcurrido desde que fue abandonada por sus habitantes, a causa del terrorífico suceso protagonizado por Knygathin Zhaum. Pues bien, nuestros ladrones se mueren de hambre. Después de todo, Uzuldaroum, no es tan próspera como la mítica Commoriom. En los alrededores de Uzuldaroum no se encuentra nada que hurtar ni siquiera por casualidad; es una situación desesperante… A nadie parece caérsele por descuido ni un solo miserable Pazoors [moneda corriente en Hyperbórea]. Con los últimos tres que les quedaban a nuestros acuciados héroes, deciden comprar una botella de vino — «tamaño familiar»— para aclarar sus pensamientos. ¿Y saben que le aconsejaron éstos… que con toda seguridad eran heraldos de Tsathoggua? «¡Vamos chicos!, cual es el motivo de que espíritus aventureros como ustedes se crucen de brazos ante la desolación de esta ciudad, cuando a un día de camino hay toda una ciudad abandonada, repleta de tesoros reales, y reliquias de antiguos cultos». En tiempos modernos solemos llamar a esto: «el Diablo tienta». Pero a Satampra Zeiros no le importó mucho el origen de tal tentación, y así se adelantó a comunicársela a su compañero:

«Tirouv Ompallios —dije—, ¿existe alguna razón por la que tú y yo, quienes somos hombres de valor y en ninguna manera sujetos a los temores y supersticiones de la multitud, no debamos apropiarnos de los tesoros reales de Commoriom? Un día de viaje de esta agotadora ciudad, una placentera estadía en el campo, una mañana o tarde de investigaciones arqueológicas… y quien sabe lo que podamos encontrar. [“El relato de Satampra Zeiros”].»

Satampra Zeiros tenía todos los motivos para pensar de esa manera, pues sabía de lo que tanto él como Ompallios estaban hechos. La antigua Commoriom estaba protegida por una barrera centenaria de temores, supersticiones y oscuras leyendas, relacionadas con la maldición que le sobrevino. Y esta barrera estaba enraizada en el subconsciente colectivo de los habitantes de Uzuldaroum. A pesar de que para la época, nadie sabía exactamente la naturaleza de la maldición que hizo poner pies en polvorosa a todos los habitantes de Commoriom en un solo día, con la sola excepción de que fue profetizada por la Sibila Blanca. Pero que son unas cuantas supersticiones legendarias, para unos hombres, cuyas proezas en su oficio también eran cosa de leyenda:

«Yo puedo decir sin lisonjearme a mí mismo, y tampoco a Tirouv Ompallios, que hemos llevado a cabo con incomparable éxito más de una empresa ante las cuales, colegas de oficio de más amplio renombre que nosotros, bien podrían haberlas abandonado con desaliento. Para ser más explícito, me referiré al robo de las joyas de la Reina Cunambria, las cuales eran guardadas en una habitación en donde dos veintenas de serpientes venenosas reptaban a voluntad. Y la apertura de la dura caja de Acromi, en la cual estaban todos los medallones de una antigua dinastía de reyes hyperbóreos. Es cierto que esas medallas eran una mercancía difícil y peligrosa para deshacerse, y se las vendimos, a costa de un peligroso sacrificio, a un capitán de un buque bárbaro de la lejana Lemuria. [ibíd.].»

Estimulados por el vino, y más adelante por los más toscos alicientes del agua ardiente, nuestros versados ladrones emprenden el viaje de un día hasta Commoriom. Y al llegar allá, adivinen, ¿cuál fue el edificio que ellos eligieron como primera parada para sus pesquisas? Es una pena que haya sido así, pero fue… El santuario de Tsathoggua. Sólo una «cosa» encontraron dentro de él, ante la agazapada y somnolienta figura de sapo de Tsathoggua: una extraña forma de vida, que emanando como espeso líquido oleoso, de una vasija —¿o pila bautismal, en la que se dejó caer el bebé de algún engendro demoniaco?— ubicada frente al ídolo, emprendió la persecución de los dos ladrones. La criatura era amorfa, con la facilidad de adoptar una multitud de siniestras formas, y con tal sentido germinante, que inmediatamente se piensa que podría ser un imitador de Ubbo-Sathla. El resto del relato es lineal, y en verdad nada revelador: la «cosa» persigue a los ladrones hasta agotarlos; a través de la selva, y nuevamente por las calles de Commoriom, a donde ellos regresan sin darse cuenta. Ambos —de manera muy estúpida, pero imagínense, estaban desesperados—, se refugian dentro del santuario de Tsathoggua: Satampra, tras la estatua del dios, ¿y Ompallios?… dentro de la vasija. Luego de él, y sin pedir permiso, penetró la «cosa». Satampra sobrevive, pero un brazo le fue succionado por un tentáculo de la «cosa».

Sólo por especular, se podría identificar la «cosa» como Knygathin Zhaum. Éste, descendía tanto del dios Tsathoggua, como del caldo primigenio, Ubbo-Sathla. El método que utilizaba para escaparse de las diferentes tumbas, en las que fue sepultado luego de cada decapitación, era similar: una masa informe arrastrándose de manera amorfa y serpentina, para luego tomar forma en el cada vez más monstruoso, Knygathin Zaum. Smith, no ofrece ninguna explicación en esta historia sobre la posible identidad de la «cosa» —o de su origen— que atormentó a los ladrones. Tampoco, como se dijo, en la época del relato se sabía la causa concreta del abandono de Commoriom. Pero asociando ambas naturaleza, biológica y malignamente hablando, me atrevería a decir —que contrarío a los dos ladrones y el resto de los ciudadanos de Uzuldaroum, sé lo  que sucedió—, que quizás, Knygathin Zaum, luego de pasar un tiempo ufanándose de sí mismo sobre el bloque de madera de Eighon, decidió tomar un descanso. Y que mejor lugar para hacerlo que en el santuario de su padre legendario, dentro de una confortable vasija, que al final resultó tan cómoda, que decidió quedarse… pegado a las sabanas. Bueno, de eso se trata el humor sardónico del Ciclo de Hyperbórea.

Que la ciudad de Commoriom haya sido abandonada a la omnipotencia de su maldición, es cosa de lamentar. Pues al parecer, fue una ciudad muy interesante, en la que sucedían y habitaban cosas tan extrañas, fantásticas y sobrenaturales como aquella que expulsó, en una hora aciaga, a sus ciudadanos. Y, «La Suerte de Avoosl Wuthoqquan», relato sobre el más rico y avaricioso prestamista de toda Hyperbórea, bien podría avalar esta verdad, si dicha verdad no hubiese devorado su pesado cuerpo de carne fláccida.

Smith era amo y señor de una extraña y reveladora maestría, que se expresaba en unas historias que en sí mismas eran la ilustración del funcionamiento de leyes siniestras, puestas en marcha por su oscura imaginación. Avoosl Wuthoqquan, veía en la posesión de los bienes materiales —especialmente las joyas— el símbolo de una gracia divina… «El dinero y las gemas preciosas, sólo estas cosas —él pensaba— eran inmutables y no volátiles, en un mundo de incesante cambio y fugacidad». La avaricia era una verdadera pasión religiosa en él. El dinero, carne de su carne. Y encima de todo, poseía una visión muy práctica de la vida, pues él mismo sabía que no viviría para siempre. Fue esta coraza de ambición filosófica e indiferencia ante la miseria humana, lo que le hizo obviar la siniestra profecía que un mendigo le profirió, luego de que el usurero le negará un mísero Pazoor:

«Entonces, oh Avoosl Wuthoqquan —él siseó— yo profetizaré de gratis. Escucha tu hado: El impío y excesivo amor que tú profesas para todas las cosas materiales, y tu avaricia, te conducirán a una búsqueda que hará caer sobre ti una condena, ante la cual tanto las estrellas como el sol, han de permanecer igualmente ignorantes. La oculta opulencia de la tierra te ha de seducir y embaucar; y la tierra misma finalmente te ha de devorar.»

Y el siniestro destino del cual habló la profecía, y que no era más que la expresión del pacto demoniaco que Avoosl Wuthoqquan hizo con su propia visión del mundo, se presentó varios meses después bajo el disfraz de un negocio con todas las ventajas para el usurero. Por sólo doscientos Djals, Wuthoqquan obtuvo de un desconocido, dos esmeraldas de incalculable valor. Una vez más, el poder y la inhumana ambición del usurero, se alimentó de la miseria del mundo. Pero tal alimento es un veneno para el alma, que al fin y al cabo, forma parte de la mecánica que pone en marcha las acciones de todos aquellos que viven proscritos de toda justicia: Avoosl Wuthoqquan sabía que las joyas eran robadas. Lo que no sabía, era que estaban hechizadas… por las energías telúricas de la misma tierra que las parió; canalizadas por su terrible guardián. Y éste, las convocó nuevamente a su presencia. Como impulsadas por un poder irresistible, las dos esmeraldas iniciaron su peregrinación hasta el templo subterráneo de su amo terrenal. Y durante todo su trayecto a través de las amplias calles de Commoriom; sus suburbios; y las junglas de más allá… Avoosl Wuthoqquan las siguió. Con una perseverancia que, contrario a lo que él pensaba, no era motivada sólo por su avaricia, sino por la combinación de ésta, con la dimensión oscura de la cual emanaba.

La cacería terminó en el fondo de una caverna, iluminada por un pozo lleno de joyas de todas clases y tamaños. Un verdadero templo, en el cual el glamour de la tierra, atesoraba la expresión más impecable de su arte. Avoosl Wuthoqquan… simplemente no pudo resistirse… se sumergió dentro del pozo de sólido cristal… y le dio rienda suelta a su asombro y alegría. Pero en el trance de su emoción, no se dio cuenta de que se estaba hundiendo, como si los diamantes, rubíes, amatistas, ópalos, zafiros, berilios, esmeraldas, etc., de repente se hubiesen tornado en los traicioneros granos de una arena movediza. La cristalina muerte multicolor ya alcanzaba su cintura, cuando, preso de un terror frenético, el usurero rompió el silencio con un espantoso grito de auxilio. Y su llamado obtuvo respuesta:

«Y como en respuesta, se oyó una sonora, aceitosa y maligna risita desde la caverna detrás de él. Retorciendo su gordo cuello con un penoso esfuerzo, de manera que pudiera observar sobre sus hombros, él vio una entidad de lo más peculiar, que estaba agachada sobre una especie de estante sobre el pozo de joyas. La entidad era total y atrozmente inhumana. Y no guardaba semejanza ni con ninguna especie animal, o con cualquier dios o demonio conocido de Hyperbórea. Su aspecto no era tal como para aminorar el pánico y la alarma del usurero: pues era muy grande, pálido y achatado, con un rostro a semejanza de un sapo, y un hinchado cuerpo de molusco con numerosos miembros o apéndices de calamar. Yacía plano sobre el estante, con su cabeza carente de barbilla y el largo corte de su boca colgando sobre el pozo, y sus fríos ojos sin párpados, contemplando oblicuamente a Avoosl Wuthoqquan. El usurero no se sintió más animado cuando la entidad comenzó a hablar, con voz espesa y repugnante, como el sebo fundido de los cadáveres, goteando fuera del caldero hirviente de un hechicero.»

Esta entidad —para nada glamurosa— era el guardián del altar de joyas subterráneo. El dialogo no fue muy extenso, pues al parecer la criatura le daba mucho valor al pensamiento de que las «acciones hablan más alto que las palabras». Eran sus joyas. Y las había estado cuidando sin ninguna avaricia de corte humano, sino con la misma naturalidad con que una concha cuida una perla, desde los tiempos en que Tsathoggua adornaba la tierra con su horrorosa presencia. Y sin más preámbulos, se deslizó hasta el pozo de joyas, el cual ya resplandecía en la barbilla del usurero, y se aseguro de que no corriera peligro alguno de ahogarse, ni en ese momento ni en el futuro… devorándolo. La suerte de Avoosl Wuthoqquan se cumplió tal como se la profetizó el mendigo. Un espantoso representante de la tierra se encargó de ello, en nombre de la belleza gratuita que proporciona ésta a todas y cada una de sus criaturas. Qué bueno que Hyperbórea haya sido reimaginada por una imaginación más oscura que las de los griegos y la teosofía. Pues en la tercera y última parte de este artículo… otras condenas, otras suertes, otros hados, otras fortunas y otros destinos, nos esperan, junto a sus horribles sentencias.

Odilius Vlak


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