RUNES SANGUINIS: La Bella y el Fanático: Clark Ashton Smith como Santo y Pecador / Por Simon Whitechapel

אמת מארץ תצמח וצדק משמים נשקף תהלים פה יא

«La verdad brotará de la tierra; y la justicia mirará hacia abajo desde el cielo»

(Salmos 85:11)


 

¿Por qué es Clark Ashton Smith, uno de los más grandes escritores en prosa que han vivido jamás? Por la misma y sencilla razón que Mozart, es uno de los más grandes compositores y Botticelli, uno de los más grandes pintores: porque él creó una belleza excepcional. Pero nótese que no digo —pues no lo creo— que Smith fue uno de los más grandes escritores que han vivido jamás. Un gran compositor puede sustentar su creatividad sólo en la belleza, y un gran pintor también lo puede hacer en gran parte, pero un gran escritor puede crear su obra sin el elemento de la belleza. Dickens y Lovecraft, fueron escritores superiores a Smith, pero uno no se aproxima a su trabajo por puro deleite estético. El puro deleite estético es el motivo por el cual uno lee a Smith, y por el cual yo, al menos, ya no leo sus trabajos de horror y ciencia ficción, pues éstos carecen de dicho elemento.

Tampoco lo posee, en mi opinión, su verso. Nuevamente elijo mis palabras cuidadosamente: su verso, no su poesía. Smith era un diestro versificador, no un poeta para la canción, porque su más fina poesía fue escrita en prosa. Y, en algunos aspectos, es más difícil crear belleza en prosa que en verso. El escritor austriaco Karl Kraus (1874-1936), comentó en una ocasión que «Meine Sprache ist die Allerweltshure, die ich zur Jungfrau Mache» [«Mi lenguaje es la prostituta universal, a la cual debo hacer virgen»]; pero esto es más verdadero para el lenguaje en prosa, de lo que lo es para el lenguaje poético. Muy pocas personas han escrito alguna vez en verdadera prosa, y aún menos los que la han hablado, y el prosista está mucho más lejos del compositor y el pintor de lo que lo está el poeta. Tanto el prosista como el poeta utilizan el lenguaje, pero uno podría decir que el poeta trabaja con átomos del lenguaje así como con sus moléculas: es decir, tanto con sonidos como con palabras. Una sinfonía o una pintura pueden cruzar las fronteras lingüísticas sin necesidad de ser traducidas, pero el oro de un poema no traducido, puede en ocasiones destellar, aún para aquellos que no hablan el lenguaje en el que está escrito. Prueben una de las líneas más famosas de Horacio, por ejemplo:

«Parturitunt montes; nascetur ridiculus mus»

«Las montañas están de parto; y parirán un pequeño y ridículo ratón»

 

No se necesita saber latín, o cualquier otra lengua relacionada remotamente con él, para apreciar el sonido y las imágenes del original. En general, la poesía subordina el sentido al sonido, la prosa el sonido al sentido, y ese es el motivo por el cual la prosa es raramente universal en la misma manera que la poesía. Cuando es universal, es prosa poética, pero asi como no toda la poesía es universal, tampoco lo es toda la prosa poética. La mejor prosa de Smith es poética, pero casi la mayoría de ésta está encerrada en el idioma inglés y, puede ser únicamente apreciada, por aquellos quienes dominan el inglés, esa curiosa amalgama de lo germánico, lo romántico, y lo clásico. Pero un lector moderno puede afrontar la fealdad en el inglés de Smith, como un gusano en la cabeza de Venus. Como ejemplo, he aquí una línea de su poema en prosa, «El Cadáver y el Esqueleto»:«La alimaña es un Judío en verdad, y obtendrá su última onza de cerebro y médula»

 

El tema de la pieza es macabro y la prosa marmórea, y el antisemitismo es como una grieta en el mármol. Sin embargo, ese significado de «Judío» era ampliamente aceptado en el inglés antiguo, y si bien sólo los antisemitas o ignorantes lo usarían hoy, uno no debía ser necesariamente un antisemita comprometido, para usarlo en el momento en que Smith lo escribió. Pero Smith era, ¡ay!, bastante capaz de componer antisemitismo por sí mismo: muy pocos lectores moderno no se sentirían impactados por este pasaje de una carta que él le escribió a H. P. Lovecraft, en 1933:

«Con esto retorno a la comunicación de Ullman-Knopf. Knopf, debe remover el Borzoi de su impresión, y sustituirlo ya sea por el Becerro de Oro o un asno con el trasero de broce. Desearía que Herr Hitler le echara mano, junto con Gernsback.»

 

No conozco ninguna evidencia de que Smith fuera un antisemita consumado, en el sentido de que despreciaba a los judíos en masse por razones raciales, pero él era ciertamente un antisemita en la misma medida que era un necrófilo. Es decir, él no era un necrófilo, pero él se inspiró en la necrofilia en la evocación de imágenes para algunas de sus historias. De manera similar, ya sea que él fuera o no un antisemita fanático, se servía del antisemitismo en las invectivas en contra de algunos de sus enemigos. En una carta más temprana a Lovecraft, en 1930, él había usado el clásico truco antisemita de imitar el acento Yiddish:

«Los judíos [i.e., los editores de Wonder Stories] quieren algo más de “ekshun” en la primera parte de “El Mundo Rojo”, el cual ellos critican como siendo “casi totalmente descriptivo”.»

 

Hoy miramos sobre tales palabras y hacemos una mueca de dolor, y si bien en parte, eximimos de culpa a Smith a causa del antisemitismo casual, tan prevalente entonces, y por su ignorancia de lo que estaba por venir, cuanto mejor habría sido si él no hubiese dicho tales cosas en absoluto. Sí, como Lovecraft, él estaba justificado en quejarse de sus editores, pero fue reprochable para ambos integrar diferencias raciales en dichas quejas. El antisemitismo es como la halitosis: una condición desagradable, causada por algo dentro de la persona que lo padece, y no por cualquier cosa en aquellos que han tenido que soportar sus efectos.

Ésa, es al menos la moderna apreciación, a pesar de que todos los prejuicios acerca de grupos oficialmente oprimidos, dicen todo acerca los prejuiciados, y nada sobre las víctimas de éstos. El racismo de los blancos dice todo acerca de los blancos y nada sobre los no blancos, así como la misoginia, dice todo acerca de los hombres y nada acerca de las mujeres. En pocas palabras, el oprimido no incita los prejuicios por su conducta, y los judíos, sobre todo, no estimulan el antisemitismo. Smith cometió pecado al hablar como lo hizo, y sus palabras, al igual que las de Lovecraft, permanecen como una mancha sobre su reputación.

¿O en verdad ellas lo hacen? Bien, quiero sugerir que quizás no. Quiero sugerir que Smith era racional en su antisemitismo, y que él estaba en lo correcto, al criticar a sus editores desde un punto de vista racial. Para comenzar, cualquier análisis objetivo de la carrera de Smith antes de la guerra, tendrá como conclusión de que él estaba oprimido, y sus opresores eran sus editores. Smith, tuvo que demandar a Hugo Gernsback (1884-1967), para recibir las ganancias que por derecho le correspondían por historias publicadas en Wonder Stories, y, en una carta escrita en 1934 a otro corresponsal, él comentó cínicamente que Gernsback cuenta probablemente, con la falta de voluntad de otros autores en persistir en la demanda:

«La señorita Ione Weber, 41 East 38th St., New York City, es la abogada que el señor Lovecraft te mencionó.  Ella cobra las deudas sobre una base de 15% de comisión. Creo que ella le ha cobrado a Gernsback dinero de Hazel Heald Y Raymond Gallum, y sin duda de otros también. Muchos autores, supongo, (quizás la mayoría) no irían tan lejos como tomar procedimientos legales para obtener lo que le corresponde; y me atrevería a decir que estafadores del tipo Gernsback están muy consciente de esto, y lo utilizan como apoyo para sus operaciones de negocios.»

 

Quizás Smith tenía razón, pero un lector moderno argumentará que él estaba errado al estigmatizar a Gernsback como un judío deshonesto, y no simplemente, como una persona deshonesta. Pero ¿estaba él errado? Un serio fracaso del moderno pensamiento liberal, es su incapacidad para comprender el concepto del promedio más alto o más bajo, y de las tendencias más grandes o más bajas. El razonamiento es que las personas deshonestas son halladas en todas las razas y ninguna raza está totalmente compuesta de ellas, y por lo tanto es erróneo definir cualquier raza en particular de deshonesta. A menos que no sea la Raza Blanca, que una vez fue descrita por la intelectual judía Susan Sontag (1933-2004), como, «el cáncer de la historia».

La descripción de Sontag fue aceptada porque los blancos son opresores, y las críticas sobre ellos están por tanto justificadas, y en verdad son necesarias como un medio de combatir la opresión de la cual ellos son responsables. Por el contrario, cuando un grupo es el oprimido tales críticas no pueden ser justificadas: los judíos pertenecen a un grupo oprimido y no deberían ser caracterizados más como deshonestos y fraudulentos de lo que los negros, que constituyen otro grupo oprimido, deberían ser caracterizados de violadores y atracadores. Pero yo comenté, en el caso de Smith, que él era el oprimido y sus editores judíos los opresores, y es ciertamente posible que, en término medio, los hombres de negocios judíos eran y son menos honestos, que los hombres de negocios de la mayoría blanca europea, a la cual Smith pertenecía.

Pues, ¿quiénes son más fácil de estafar: tu propio grupo, o el grupo que ha estado —ante tus ojos— oprimiéndote por siglos? La historia de las relaciones judío-cristianas, puede ser vista, en parte, como un ejemplo de reacciones perniciosas: los judíos han respondido al prejuicio cristiano tratando a los cristianos menos favorablemente, y los cristianos han respondido a este tratamiento menos favorable, volviéndose más prejuiciados en contra de los judíos. El antisemitismo puede incluso trabajar a favor de los judíos: había sin duda un fuerte antisemitismo en los Estados Unidos durante el siglo XIX y principios del XX, pero los judíos fueron aún capaces de entrar, y eventualmente dominar el mundo editorial y el resto de los mass media. Y, un grupo minoritario compactado gracias a los prejuicios de otro grupo más grande, puede competir exitosamente con dicho grupo, y el grupo minoritario de los judíos de América lo hizo así: para la década de 1930, era correcto por parte de Smith identificar a sus editores como «los judíos», porque eso era precisamente lo que ellos eran. En promedio eran editores judíos quienes empleaban autores gentiles, y en promedio, eran editores judíos quienes estaban estafando a esos autores gentiles.

Pero esa no era la única queja que Smith profirió en contra de «los judíos»: como ya hemos visto, él también se quejaba de que ellos querían «ekshun» donde él quería introducir más descripción, y en 1931, él le escribió a Lovecraft acerca de cómo él había tenido que seguir el mercado y no a su musa:

«Bien, Yo debo ponerle un freno científico —o al menos uno seudocientífico— a mi fantasía, si pretendo vender cualquier cosa.»

 

Es posible que editores no judíos hubieran demandado lo mismo de él, pero sugeriría que la tendencia no habría sido tan fuerte.  Es considerado como antisemitismo decir que los judíos están interesado en el dinero, pero cuando los judíos son quizás un 3% de la población de América y quizás el 30% de sus millonarios, hay algo de cierto en la opinión: hay una evidencia que hace posible hablar de un promedio más alto en la capacidad adquisitiva entre los judíos. Existe de manera similar, una pequeña minoría en Rusia también, pero de los siete hombres que emergieron como billonarios «oligarcas» luego del colapso de la Rusia Comunista, cinco eran judíos.

Smith, por supuesto, no estaba interesado en el dinero o posesiones materiales: él ganaba para vivir, no vivía para ganar, y para él una parte necesaria de la vida, era la creación de belleza. En ambos aspectos él era diferente de «los judíos» a los que denunciaba, y es interesante que otra acusación común sostenida por los antisemitas, es que los judíos promocionan la fealdad, y en verdad muy a menudo la contienen en sus propios cuerpos. La acusación, y su corolario fisiológico en particular, son rechazadas con horror por la moderna sensibilidad liberal, pero eso no significa que no haya verdad en ella. El racismo puede que no sea tan irracional como es a menudo descrito, porque él no opera al azar, o vocifera sólo la parte negativa del blanco de ataque. Los antisemitas no dicen que los judíos sean estúpidos u holgazanes, así como los racistas antinegros no dicen que éstos sean frígidos o reprimidos. Los enemigos de una raza pueden exagerar sus faltas, pero ellos no parecen inventar faltas que contradigan la realidad, y el culto a la fealdad adscrito a los judíos puede estar basado en los hechos.

Después de todo, alguna de la prosa más horrible de hoy es escrita por los Pos-Modernistas y sus aliados, y el Pos-Modernismo fue el vástago del judío Marx y el judío Freud, con el filósofo judío Jacques Derrida (1930-2004), fungiendo como comadrona. Smith, rechazaba tanto a Marx como a Freud:

«Ya sea que uno crea o no en lo “sobrenatural” me parece que el infinito y sobrecogedor misterio que presiona sobre nosotros es algo ineluctable que no puede ser disipado por pruebas de tubos o análisis freudianos.»

«Los principios de Karl Marx han de ser tan prácticos, y probablemente serán practicados, tanto como La Regla de Oro de Jesucristo.»

 

Los instintos de Smith estaban en lo correcto: Marx y Freud redujeron la búsqueda de la belleza a través del arte al materialismo, explicando el arte como una expresión del autoprovecho económico y neurosis sexual: y por sus frutos en la arboleda del moderno academicismo, hemos conocido a Marx y a Freud:

Las formaciones híbridas imaginadas por Deleuze y Guattari —no sólo la mama pre-edípica de los pechos, sino también la búsqueda del polen de las abejas en las flores— significa que la orientación sexual no está predeterminada. Por lo tanto no existen, en una filosofía influenciada por Deleuze y Guattari, «homosexuales» como tales. Pero existe «la producción homosexual», la cual, como Guy Hocquenghem escribe, «toma lugar de acuerdo con un modo no limitativo de relaciones horizontales» (Hocquenghem, 1978, pg. 95). Interpretando la homosexualidad masculina «en contra de Edipo», como Deleuze y Guattari le enseñaron a hacerlo, el maverick Psicoanalista francés Hocquenghem, explica que la misma idea de deseo homosexual no tiene sentido: «hablando con propiedad, el deseo no es más homosexual que heterosexual. El deseo existe en múltiples formas, cuyos componentes son sólo divisibles a posteriori, en acuerdo a cómo lo manipulemos. Justo como el deseo heterosexual, el deseo homosexual es una estructura arbitrariamente congelada en un flujo polyvocal y sin romper.»

La fealdad de una prosa semejante es prueba de que no existe contradicción entre el Smith artista y el Smith antisemita: fue precisamente porque él era un artista que reaccionó como lo hizo a la creciente influencia judía en la cultura y literatura americana. Mientras más sensitivo es el organismo, más rápido y fuertemente reacciona ante aquello que lo perjudica, y quizás, el antisemitismo de Smith, era el equivalente psíquico al estornudo con el cual un galgo italiano saluda una repentina corriente de aire.  Para razonar, como el mundo razona hoy, que el antisemitismo es falso e irracional porque condujo al Holocausto, no es más lógico que razonar que la teoría de los átomos es falsa e irracional, porque condujo a Hiroshima. Por un lado tenemos al Smith santo, responsable de obras maestras tales como «La Magia de Ulúa» y «El Ídolo Oscuro»: por el otro, tenemos al Smith pecador, responsable de cartas antisemitas a H. P. Lovecraft. Pero así como el santo y el pecador estaban contenidos en un hombre, de la misma manera sus escritos y su antisemitismo pueden haber sido la expresión de una Weltanshauung: amor a la belleza, odio para aquellos que la amenazaron.

Traducido por Odilius Vlak


 

 

  • NOTA: La versión original de este artículo, titulado: «Beauty and the Bigot: Clark Ashton Smith as Saint and Sinner», por Simon Whitechapel (mayo 2005), se encuentra aquí: http://www.eldritchdark.com.

 

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