TETRAMENTIS / Damned Angel: Genesis – Capítulo VII (Vol 02)

Capítulo VII: Hacia la Cruz ( Vol 02 )

«El Fin de Los Tiempos, Sucederá al Final de los Primeros Eventos»

Una legión de soldados romanos de aproximadamente cinco mil o seis mil hombres, impedían el paso del ejército de Azazel. Aquellos hombres no se veían como guerreros cualesquiera. Parecían feroces y ágiles, hombres dispuestos a matar sin remordimiento. 

—Soldados de la legión romana… son soldados del nuevo imperio —dijo Muerte en voz baja.
—Dejadnos pasar o tendremos que cruzar sobre vuestros cadáveres despedazados —dijo Azazel con voz amenazante.

A la cabeza del ejército romano, se asomó uno de los legionarios. Era inmenso, y no parecía siquiera humano. Alto, fuerte, de un aspecto tosco y con múltiples cicatrices.

—Mi nombre es Décimus, el aplasta cráneos. Aplastaré la cabeza de cualquiera de tus soldados que quiera desafiarme —dijo aquel gigante.
—¿Podrás solo con él? —Preguntó Muerte—. Debo volver con Lucifer ahora mismo.
—¿Es una broma? Sólo lárgate ya —respondió Azazel.
—¿De qué hablan? ¡Nadie pasará por nuestra barrera de soldados! —exclamó Décimus.

Antes de que Décimus pudiera siquiera pestañear, Muerte desapareció en una esfera de energía. Los romanos sorprendidos, no tenían idea de lo ocurrido. 

Muerte ya debe de haber llegado a Israel en este momento —afirmó Azazel.
—¡¿Qué dices?! —dijo Décimus enojado.
—Oye grandote… ¿Aplastarás mi cabeza o estarás viéndome todo el día?
—¡Maldito, te mataré aquí mismo!

Levantando su enorme lanza con ambas manos, Décimus la dejó caer en dirección a Azazel. Por una milésima de segundo, Azazel esquivó el ataque, siendo herido levemente en el brazo izquierdo. La lanza dio de lleno en el suelo dejando una zanja en el lugar del impacto.

—¡Es muy rápido para su enorme tamaño! ¡Debo atacar cuanto antes! —pensó para sí mismo Azazel.

Desenvainando su espada trinitaria, a gran velocidad Azazel se lanzó en un ataque poderoso contra Décimus. Pero el gigante logró detener el ataque de Azazel en pleno aire, y contraatacando dio de lleno en el brazo izquierdo de Azazel con su lanza, mutilándolo al instante. La sangre se regó por todo el lugar. Azazel no se inmutó.

—¡Maldito! ¿Por qué no gritas? ¡Acabo de cortar tu maldito brazo! —exclamó Décimus enojado.

Las sombras cubrían el rostro de Azazel. La sangre chorreaba de su herida en grandes cantidades. Desde la oscuridad que recubría su rostro, poco a poco, se pudo divisar como se dibujaba una sonrisa macabra en el rostro de Azazel, cada vez más y más grande.

—Ja… Jajaja… ¡JAJAJAJA! —se rió Azazel histéricamente mientras sus ojos le brillaron en la oscuridad.

—Enfocando su energía maligna, los huesos del brazo izquierdo de Azazel empezaron a recrecer y a reestructurarse hasta formarse de nuevo. Tejido, venas, músculos y carne recrecieron. La piel creció nuevamente y por ultimo crecieron las garras en sus manos.

—¿Qué clase de monstruo abominable eres? —preguntó Décimus.
—Soy superior a tu patética existencia —respondió Azazel.

Levantando su mano derecha hacia la dirección de Décimus, Azazel enfocó su poder demoníaco. Sus ojos brillaban en rojo. El hombro derecho de Décimus estalló en sangre, sin ninguna razón aparente, chorreando la sangre en todas direcciones descontroladamente. El brazo derecho de Décimus se desplomó en el suelo.

—¡Argh! ¡M-maldito!.. ¿Q-qué me… Qué me hiciste? —preguntó Décimus agonizando.

Controlando mentalmente  la lanza de Décimus, Azazel atravesó a Décimus con ella repetidas veces en su torso, esparciendo sangre por doquier, salpicando a todos a su alrededor. Décimus gritaba de agonía. La sangre de Décimus empezó a correr de su boca.

—¿Qué te parece el sabor de tu propia sangre? —preguntó Azazel mientras lamía la palma de su mano cubierta con la sangre de Décimus —a mi me parece deliciosa.

Décimus ya no podía ni siquiera hablar. Había perdido demasiada sangre. Azazel extendió su mano nuevamente, y enfocando su energía demoníaca una vez más, hizo levitar a Décimus. En pleno aire hizo que sus piernas se desprendieran de sus cuencas con sus poderes mentales. Su tórax reventó en pedazos, regando sus intestinos frescos por doquier. Su cabeza cercenada cayó  en el suelo con un gesto de eterna agonía.

—¿Cuál de ustedes es el próximo? —preguntó Azazel.
—Todo ese poder… ¡Es demasiado! —murmuraron los soldados romanos.
—¡No si todos atacamos juntos con estas flechas sagradas! —se escuchó otro murmullo.
—¡Disparen! —gritaron a coro los soldados. Miles de flechas surcaron los cielos y atravesaron las gargantas de varios demonios. Los demonios asustados corrieron despavoridos.
—¡Ellos poseen suficiente poder para enviarnos de vuelta al infierno! —exclamó uno de los demonios.

Mientras todos se retiraban, Azazel seguía caminando de frente hacia el campo de batalla.

—¡Señor!, ¿Qué hace? ¡Es un suicidio! —exclamó uno de los demonios intentando salvar la vida de su amo.
—¡Dejadlo! ¡Si desea morir, ese es su problema! ¡Es tiempo de irnos! —exclamó otro demonio.

Azazel se detuvo frente a todas las tropas de la legión del nuevo imperio. Su figura demoníaca se veía oscurecida, con sus ojos en rojo.

—Mueran —dijo en voz baja Azazel.

Todas las cabezas de los soldados romanos fueron arrancadas en un segundo. Simultáneamente, las cabezas de aquellos cinco mil (o más) soldados fueron arrancadas de raíz por el poder mental de Azazel. Los miles de cadáveres se desplomaron en el suelo. Las cabezas danzaban producto del control mental de Azazel, en una lluvia de sangre. La sangre de estas teñía el cielo de rojo y se dejaba caer ligeramente. Sólo un soldado indefenso quedo en pie. Estaba tan asustado y sorprendido que no podía moverse. De pronto, la figura de Azazel se encontraba frente a aquel soldado.

—Esas flechas con el sello sagrado… no son obra del nuevo imperio. ¿Cómo las consiguieron? —preguntó Azazel.
—Un… un hombre… n-nos las obsequió a todos… nos dijo que… nos dijo que era la única forma… d-de derrotar a los… invasores… —respondió atemorizado el soldado.
—¿Cómo era ese hombre? —preguntó Azazel.
—No lo sé… tenía el semblante de un hombre mayor, pero sus ojos… eran como…
—Como el brillo del fuego —interrumpió Azazel—. Ya veo… se ha enterado de mi plan, y ahora busca destruirme.
—N-no le temo a la muerte —dijo el soldado.
—Pues no tendría sentido matarte. Es una lástima que no seas un ser lógico —dijo Azazel.

Los intestinos de aquel soldado fueron extraídos por su estómago y su espalda en diferentes direcciones. Su cuerpo se dividió en dos pedazos ensangrentados.

—¡Venid todos! ¡Azazel ha vencido! —exclamó uno de los demonios.

Todos los demonios se amontonaron para reverenciar a Azazel. Gritaban su nombre con alaridos de júbilo por su victoria. Pero para su sorpresa, Azazel los miraba con ojos llenos de ira.

—¿Unos simples humanos se arman con flechas sagradas, y por esta razón huyen como niñas? ¡No son dignos de llamarse demonios! —exclamó Azazel.

Centrando todo su poder, despedazó todas sus legiones de demonios, en tres pedazos cada uno, en una manera mucho más salvaje que como asesino a los romanos. No quedó uno solo en pie. La sangre de los demonios se mezcló con la de los humanos, formando así un océano carmesí. Sin pronunciar palabra, Azazel siguió el camino a Jerusalén, esta vez solo.

—La batalla decisiva se aproxima. No podía depender de esos demonios fracasados. Si alguien destituirá a Lucifer y sus demonios, seré yo únicamente —se dijo a sí mismo Azazel.

Desde una vista segura, Satanás observaba El Monte Calvario, donde en ese momento, Jesús, hijo de Dios estaba crucificado. Satanás se regocijaba. Pero su alegría se vió interrumpida al ver llegar a Muerte.

Muerte, dime, ¿Acaso crees que no lo sabía? —preguntó Lucifer.
—¿De qué habla usted, señor? —Preguntó amablemente Muerte.
—Se que secretamente tú y Azazel intentarían destruirme al otorgar más almas a Azazel. Pero le preparé una emboscada. Les di flechas con el sello sagrado al ejército romano. Las legiones de Azazel serán exterminadas y no habrá forma de que pueda vencerme —dijo Lucifer mientras su rostro se oscurecía.
—¡No es posible! ¿Cómo pudiste saberlo? —preguntó Muerte, ahora bastante nervioso.
—Mis poderes van más allá de tus sentidos —respondió Lucifer mientras se acercaba lentamente hacia Muerte —pero aún hay una forma de que pueda perdonarte por tus faltas, Muerte. Quiero que mates a Azazel.
—¡No lo haré! Él… él es… un amigo —afirmó Muerte.
—¿En serio no lo harás? ¿Y qué tal si pudiera devolverte tu antiguo rostro? ¿Aceptarías? —dijo Lucifer.

Cuando Muerte observó sus manos, vió como la piel recrecía nuevamente y cayó de rodillas.

—¿En verdad puedes hacerlo? —preguntó Muerte.
—Así es.
—Lo haré.

Azazel ascendía a través del largo camino que conducía hacia lo que hoy se conoce como El Monte Calvario. El tiempo parecía más denso. El cielo estaba totalmente oscurecido, a pesar de que era pleno día. El silencio era total. Sólo se escuchaba la respiración de Azazel. Casi llegando a la sima, una figura muy familiar se alzaba en medio del camino. Envuelto en un manto negro, se podía apreciar la figura de Muerte.

—Azazel, no puedo dejarte pasar —dijo Muerte.
—¿Por qué te interpones en mi camino?
Lucifer descubrió nuestro plan. Ya es muy tarde. Has perdido a tus hombres.
—Yo mismo maté a mis hombres —exclamó Azazel, mientras sus ojos rojos brillaron intensamente —y a aquellos soldados que Lucifer envió.
—¿Tú solo? ¡Es imposible!
—Apártate de mi camino —ordenó violentamente Azazel.
—Lo siento, pero no puedo hacer eso. Es la última oportunidad que te ofrezco. Si te vas, y no regresas, no tendremos que hacer esto.
—¿Por qué me traicionas?
—Él prometió que me devolvería mi rostro, ¡El que tú me quitaste!
—Lo siento —dijo Azazel en voz muy baja.
—¿Qué has dicho?
—Nada. Si tu deseo es luchar, entonces, luchemos.
—No es mi deseo luchar contigo, pero no me dejas otra opción. Azazel, esta noche morirás, ¡de una forma u otra!

FIN

Edwin Peter Barbes


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