ALTERECOS 4.D / Hyperbórea Al Norte de la Imaginación – Tercera Parte –

Rumbo al norte, siempre al norte de la imaginación. Donde la Estrella Polar está clavada como una espina de hielo en el vacío que se extiende como una Lápida Estelar, sobre las imaginaciones hyperbóreas. La estrella es como una diadema colocada en la frente invisible del continente boreal. Y a los pies de esa diadema, de helada luz astral, nos posamos nosotros, peregrinos de las áridas tierras de la realidad ordinaria… del yermo futuro donde no florecen ya mitos, excepto aquellos imaginados por las almas poderosas, como la de nuestro, Clark Aston Smith. El aroma de sus amapolas con túnicas de escarcha nos seduce. Inclinémonos reverentes a recogerlas. La primera posee un aroma que congela con un extraño destello. Su nombre es: «La Venida del Gusano Blanco».

Dejando la historia «Las Siete Penitencias», en brazos de otro espacio dimensional, es decir, en el reino de nuestra Introvision, la cual le fue consagrada a aquélla; nos remontaremos hacia la nórdica Mhu-Thulan, para vivir la que quizás es la historia más antigua del ciclo, según sugiere su propia evolución interna. Y allí nos espera el mago, Evagh, que aún a mitad del verano de ese año mítico, fue preso de una serie de extrañas intuiciones que a pesar suyo, le helaron la sangre.

La historia se nos presenta como siendo «El Capítulo IX del Libro de Eibon», pues fue este mago quien registró el legendario suceso. Y también como una traducción del antiguo manuscrito francés, hecha por un tal, Gaspard du Nord. Es decir, su tiempo precede con mucho a aquellos, en que tuvieron lugar: La Puerta de Saturno; La Sibila Blanca; El Demonio del Hielo… por mencionar sólo las historias del ciclo, que se ubican en la región nórdica de Hyperbórea. Las demás se desarrollan en las regiones centrales y australes de éste. Como el avance de la capa de hielo primero cubrió las regiones boreales, se puede inferir que las historias desarrolladas en ellas, constituyen el pasado de la línea temporal del ciclo. Posiblemente para la época del El Demonio del Hielo, en la cual ya casi toda la región de Mhu-Thulan estaba cubierta por éste, pudieron tener lugar algunas historias commorianas, como Las Siete Penitencias o, La Suerte de Avoosl Wuthoqquan. Pero bueno, he aquí que…

Los augurios que observaba Evagh, eran múltiples: extrañas migraciones a destiempo de aves desde los confines polares; los rayos del sol ardían, pero de frialdad; las amapolas también dieron un grito de advertencia a través de sus extraños colores; y las cáscaras de las frutas de su jardín amurallado, eran pálidas, y verde su masa; entre el estruendoso grito del viento y el oleaje, él podía distinguir los fantasmales susurros de voces provenientes de reinos bajo un eterno invierno. Y Evagh, turbado por estos portentos, y: «Siendo un maestro consumado en toda clase de sortilegios, y vidente de cosas del remoto futuro, hizo uso de sus artes en un esfuerzo de comprender su significado. Pero una nube se posaba sobre sus ojos durante el día; y una oscuridad frustraba sus intentos cuando buscaba iluminación en sus sueños. Sus horóscopos más exactos no revelaban nada; sus espíritus familiares guardaron silencio, o le respondieron equivocadamente; y la confusión reinaba en medio de todas sus geomancias e hidromancias. Y le perecía a Evagh, que un poder desconocido obraba en contra de él, burlando y haciendo impotente la hechicería que hasta ese momento era invulnerable. Y Evagh supo, por ciertas señales que sólo los magos pueden percibir, que el poder era de una naturaleza maligna, y su propósito siniestro para el hombre.»

La primera prueba palpable de lo que venía, fue una galera que cortó el horizonte ártico en dirección a las costas de Cerngoth; y cuya tripulación, para asombro de todos los pescadores, eran pálidas estatuas hechas como de mármol helado, que al ser tocado quemaba la carne. Por recomendación de Evagh, la galera fue quemada en la orilla del mar. Pero sobre las cenizas de la madera, quedaron los miembros de la tripulación en la misma posición en la que estaban: el capitán como si aún sostuviera el timón; y los remeros sus remos. Esto constituía la avanzada de lo que, según recordó Evagh, de las palabras del profeta Lith: «Existe uno que habita el lugar de total frialdad, uno que respira donde ningún otro puede hacerlo. En los días por venir, él habrá de avanzar entre las islas y ciudades de los hombres, y habrá de traer consigo, como una maldición blanca, el viento que dormita en su morada.»

Y Lith se refería nada más y nada menos que a Rlim Shaikorth, entidad ancestral con aspecto de un gigantesco gusano blanco, que, viajando desde las regiones árticas sobre su inmenso iceberg-fortaleza, Yikilth, iba dejando todo congelado a su paso; gracias al baño mortífero de un rayo de luz, que a semejanza de un faro infernal, sólo alumbraba la dirección de una muerte ataviada de hielo. Extrañamente, Rlim Shaikorth, se reservaba como servidores a los magos de cada región. De esa manera, una vez, Evagh, fue eximido de la manta mortal que cubrió a todas las cosas alrededor de él, cuando el rayo la tendió, se encontró con todo y casa, viajando sobre la gigantesca montaña de hielo. Junto a él iban otros magos: dos reclutados en la colosal isla de Thulask, cuyos nombres eran, Dooni y Ux Loddhan; también se encontraban cinco hechiceros de la región de Polarion. Cada mago era inoculado contra el efecto del frío, por lo que sus cuerpos podían en lo adelante respirar el tenue aire de Yikilth, y resistir el frío sobrenatural que permeaba todo el lugar. Supuestamente, sus deberes consistirían en adorar a la entidad, bajo la promesa, de que, una vez cumplida su misión de propagar la muerte helada sobre todos los hombres, ellos regresarían con ella a su reino ártico. Pero El Gusano Blanco, si bien una entidad cuasi inmortal, coetáneo en el tiempo con los mismísimos Antiguos… Tenía que comer. Y su hambre era divina.

Como es natural, dentro de las leyes que rigen la creatividad de Clark Ashton Smith, sus relatos dibujan una especie de círculo perfecto, en el que cada punto es la consecuencia legal de una causa, no importa si esta última es de un orden sobrenatural, oscuro y demoniaco. Y en el ciclo de Hyperbórea, este círculo tiene personalidad propia. Como siempre, evolucionando con el ímpetu de una fantasía única, tanto en su inicio como en su final. En esta historia en particular, lo absurdo es imperceptible, expresado quizás sólo en casos aislados como la naturaleza del ritual de adoración; con unas danzas que deben marchar al ritmo de los bostezos del gusano, así como de la caída de cada una de las gotas sanguíneas que derraman sus ojos. Aparte de eso, no existe nada de la ironía que forma el andamiaje que sostiene el tono y las tramas del ciclo. Es una historia terriblemente fantástica… Y helada.

Y en las regiones boreales del continente de Hyperbórea, las fantasías árticas no se detienen con «La Venida del Gusano Blanco». Al contrario, las maldiciones que se gestan en el hielo, como pálidos gusanos de una fría descomposición, son tan incesantes como las tormentas de nieve, pues:

 

«Tortha, el poeta, con extrañas canciones australes en su corazón, y la sombra de altos y pesados soles sobre su rostro, había regresado a su ciudad de nacimiento de Cerngoth, en Mhu-Thulan, a través del océano hyperbóreo. Muy lejos se había él aventurado en la búsqueda de esa belleza alienígena que siempre había huido delante de él cual horizonte. Más allá de Commorion, de los blancos e innumerables chapiteles; y más allá de las junglas pantanosas al sur de Commorion, él había derivado sobre desconocidos ríos, y había cruzado el reino medio legendario de Tscho Vulpanomi, sobre cuyas orillas de arenas diamantinas y guijarros como rubíes, se decía que un incesante océano golpeaba eternamente con fieras espumas.

»Él había contemplado muchas maravillas, y cosas increíbles de contar: los innumerables dioses esculpidos del sur, a quienes les era derramada sangre sobre torres cercanas al sol; las plumas de los Huusim, las cuales eran de muchas yardas en extensión, y estaban coloreadas como la llama pura; los acorazados monstruos de los pantanos australes; las orgullosas naves de Mu y Antillia, las cuales navegaban por encantamiento, sin velas o remos; los humeantes picos que eran estremecidos perpetuamente por las batallas de demonios prisioneros. Pero, caminando a medio día por las calles de Cerngoth, él se encontró con una maravilla más extraña que éstas. Ociosamente, sin más expectativas que las de las cosas ordinarias, él contempló, la Sibila Blanca de Polarion.»

 

Nuevamente, el hilo conductor de la historia es el anhelo propio del poeta por casas que habitan en un estado mitológico de su propio Ser. Al igual que Varzain, poeta que protagoniza la historia zothiquena de «Morthylla», Thortha, también desea vivir la realidad de sus sueños y deseos más profundos. Quiere encerrar en sus sentidos físicos, aquello que sólo puede ser asimilado por su alma; pues pertenece al mundo de lo invisible. Y la trampa es querer tenerlo al alcance de la mano. Y, al igual que Varzain, Thortha cae víctima de un destino siniestro, pero sólo para los que no comparten su embriaguez. Pues para ellos, ya sea que dicho destino conduzca a la la muerte (Varzain), o, a una locura benigna, (Thortha)… todo finaliza según lo estipulado por sus musas… o sus demonios.

Contrario a Varzain, Thortha no tuvo que peregrinar hasta una necrópolis para buscar el simbolismo físico de ese anhelo —la Lamia Morthylla, en el caso de aquél—, sino que una vez se le reveló la verdadera dimensión de la aparición y el extraño y doloroso amor que había despertado en su interior la pálida figura de la Sibila Blanca, él entendió que: «Era como si una inesperada revelación se le había ofrecido; como si él hubiese discernido el destello remoto de la meta oculta de una peregrinación mística». ¡Pero ojo!… «Ningún amante humano había aspirado a la Sibila, cuya belleza era en sí una peligrosa brillantez, semejante a la de los meteoros y los cometas; una belleza fatal y letal, nacida en los abismos transárticos, y, de alguna manera, una misma cosa con la lejana condena de los mundos.»

Y Thortha empezó a vagar por las altas montañas que estrangulan con un apretón helado a la ciudad de Cerngoth, y a su vez separan a ésta, de la extensa meseta subyugada por los glaciares de Polarion. Y su búsqueda de aquello que pertenece al más allá, fue recompensada en el más acá de un prado. La Sibila Blanca vino a su encuentro para invitarlo a su reino ataviado con los oropeles oníricos de otros tiempos. Una flora; una fauna; un cielo y unas montañas diferentes a las que posee Cerngoth, lo invadían por cada uno de sus sentidos. El oráculo del frío del espacio exterior, que descendía como una delgada estalactita directamente sobre la congelada glándula pineal del mundo, le habló de muchas maravillas, que Thortha las vivía intensamente y las olvidaba de la misma manera, como si fuera la misma voz del opio quien le hablara: «Era real, más allá de lo que los hombres estiman como realidad: y sin embargo, le parecía a Thortha que él, la Sibila y todo lo que los rodeaba, eran parte de un espejismo tardío sobre los desiertos del tiempo; que él se balanceaba inseguro sobre la vida y la muerte, en alguna esplendorosa y frágil enramada de sueños.»

Semejante revelación, semejante cercanía a los misterios superiores, necesariamente tiene su consecuencia sobre la fragilidad humana. Aquello que se desbordaba en el discurso de la Sibila Blanca, era el ácido placentero de la vida y sus misterios, comprendidos desde un nivel existencial fantástico y mágico: «Algo había en sus palabras del tiempo y sus misterios; algo de aquello que yace eternamente más allá del tiempo; algo de la grisácea sombra de condena que espera por el mundo y el sol; algo del amor, que persigue un fuego elusivo y perecedero; de la muerte, el suelo desde el cual brotan todas las flores; de la vida, que es un espejismo sobre un abismo congelado.»

¡Ah, salve maestro Smith!, y lo más grandioso de la experiencia de leer esta historia, es que el lenguaje que nos la narra es tan fantástico en sus imágenes poéticas, que por momentos pensamos que es el discurso en marcha de la mismísima Sibila Blanca. Pero nuestro Klarkash-Ton sabía mejor que nadie que el amor es muerte, así que… ¡No tocar! La pálida y evanescente figura de la Sibila Blanca, era mucho más que una metáfora de su cuerpo físico… sino que era la realidad de su muerte… que la proyectaba sobre los humanos, desde el lejano pasado del mito de Hyperbórea. Sólo un beso bastó, para que ese pasado despertara en los sentidos del poeta Thortha. ¿El final?, bueno, él no murió. Y si alguna clase de final feliz puede tener una historia del ciclo de Hyperbórea… Es la irónica felicidad que ofrece la ilusión.

La edad de hielo avanza con pasos gigantescos sobre el continente de Hyperbórea. De hecho, ya ha pisoteado casi toda la región de Mhu-Thulan, rediseñando con inmisericorde y helada cirugía, el rostro geológico sobre el cual en otros tiempos —que podrían ser siglos o incluso milenios en el pasado— tuvieron lugar historias como: «La Venida del Gusano Blanco», «La Puerta de Saturno» o «La Sibila Blanca»… Es posible que en las regiones australes, uno que otro, Avoosl Wuthoqquan, o Satampra Zeiros, estén haciendo o vayan a ser de las suyas. Pero aún existen rudos ejemplares nórdicos, que no están dispuestos a ceder un ápice de su ambición. Ni siquiera ante: «El Demonio del Hielo».

He aquí una de las historias más poderosamente fantásticas del ciclo de Hyperbórea. Y en cierto sentido, la más espantosa. «El Demonio del Hielo», es el reflejo níveo, puro y cristalino, de las oscuras fuerzas demoniacas, de las cuales, la oscura fantasía de Clark Ashton Smith, era un hermoso oráculo. Aún así:

 

«Quanga el cazador, junto con Hoom Feethos y Eibur Tsanth, dos de los más emprendedores joyeros de Iqqua, habían cruzado las fronteras de una región en la cual los hombres se aventuraban pocas veces, y de donde regresaban en aún más raras ocasiones. Viajando rumbo al norte desde Iqqua, ellos habían penetrado en la desolada Mhu-Thulan, donde el gran glaciar de Polarion se había deslizado cual océano helado sobre prósperas y famosas ciudades, cubriendo el amplio istmo de costa a costa, bajo brazas de perpetuo hielo.

»Leyendas hablaban de que los domos en forma de conchas de Cerngoth, aún podían ser vistos en lo profundo de la glaciación; y los altos y afilados chapiteles de Oggon-Zhai, estaban incrustados dentro, junto con las palmas de helechos, los mamuts y los negros y cuadrados templos del dios Tsathoggua. Todo esto había ocurrido muchos siglos atrás; y todavía el hielo, cual poderosa y resplandeciente muralla, continuaba su avance hacia el sur sobre las tierras desiertas.»

 

Con una descripción tan poco prometedora, que en otras palabras es el perfil de una condena, ante la que el mismo Tsathoggua, tuvo que echarse a un lado para no ser arrollado por su avance… ¿Qué demonios fueron a buscar allá estos tres personajes?

Resulta que cinco décadas antes, el Rey Haalor, junto con su mago de cabecera, Ommum-Vog, y un gran número de soldados, marcharon hacia el norte con un propósito blasfemo: hacerle la guerra al hielo. Y el arma para dicha guerra era la magia: «Se dice que el ejército había hecho su campamento en una clase de colina, cuidadosamente seleccionada por Ommum-vog, a plena vista de la avanzada del hielo. Entonces, el poderoso hechicero, parado junto a Haalor en medio de un anillo de braseros que exhalaban incesantemente un humo dorado, y recitando runas que eran más antiguas que el mundo, había conjurado un fiero globo, más grande y más rojizo que el círculo del sol de los cielos del sur. Y el globo, con llameantes rayos que golpeaban desde lo alto, tórridos y refulgentes, habían hecho parecer al Sol como una simple luna diurna, y los soldados estuvieron a punto de desmayarse por el caliente de su pesadas armaduras. Pero bajo sus rayos, las orillas del glaciar se derritieron y corrieron en rápidos riachuelos y ríos, de manera que Haalor, por un momento, albergó la esperanza de reconquistar el reino de Mhu-Thulan, sobre el cual habían reinado sus ancestros en edades remotas.»

 

Umm… suena como si fueran a tener éxito, pero no. De las mismas corrientes del hielo derretido, se levantó como si fuera el mismo espíritu de éste, una niebla espesa que sin más credenciales que el de su demoniaca presencia, ocultó el sol conjurado por Ommum-Vog. Y luego, cubriéndolo a él, junto al rey y el resto de los soldados, se solidificó; sepultándolos para siempre en un mausoleo de hielo cristalino. Ahora bien, junto con el cuerpo del rey Haalor, fueron sepultadas también sus joyas, en especial sus enormes rubíes de leyenda… y estos últimos, eran el motivo de la peligrosa empresa que nuestros héroes decidieron poner en marcha. Ya el hermano mayor de Quanga, el temerario cazador de nombre Iluac, se había tropezado con el cristalino sepulcro en una de sus rutas de cacería. Este ahora formaba parte de la catacumba abovedada de una montaña de hielo. Él no le temía ni a las bestias y ni a los humanos; pero si se estremeció con la presencia energética que percibió en el lugar. Sin más preámbulos, abandonó el sepulcro, si bien teniendo muy presente las valiosas joyas que había contemplado detrás de la pared de hielo cristalino y sobre el pecho de, Haalor. Él le habló de su hallazgo a Quanga

«El Demonio del Hielo», es una magnífica representación del horror que se gesta en las oscuras fuerzas elementales de la naturaleza; y una verdadera obra maestra, dentro de las pocas historias que han podido reflejar con total fidelidad, las embestidas de dichas fuerzas, sobre el cuerpo físico, la mente y las emociones de los humanos, que tuvieron la mala fortuna de caer en sus garras. Sólo un nombre surge, que por derecho propio se puede considerar el maestro de esta forma de exploración de lo invisible: Algernon Blackwood. Pues algunas de sus historias, como, «Los Sauces» y «El Wendigo»aún esperan ser superadas, en cuanto al detallado registro de cada uno de los horrorosos  niveles, en los cuales una fuerza determinada de la naturaleza se manifiesta en el mundo de los sentidos, con el fin de reclamar a los humanos… como víctimas del sacrificio.

Pero claro, en el caso de Smith, y particularmente en esta historia, la fuerza elemental en cuestión es ciclópea. Pues hablamos de la siniestra energía que se posa sobre la atalaya de una condena geológica, cuidando de que ésta, sepulte con el beneplácito de las indiferentes leyes del cosmos, toda una época de la humanidad… Y por tanto toda la humanidad. También, aquí el horror de la manifestación de la fuerza elemental está sublimado por el espacio-tiempo en el cual se manifiesta, que es una época fantástica y mitológica. Y sobre todo… por el hechizante lenguaje de Clark Ashton Smith, sobre cuyas metáforas cae empalada la experiencia de la realidad ordinaria, desde la cual cada uno de los lectores leen sus historias. Sólo se puede agregar como conclusión que el arrojado cazador Quanga, y los dos joyeros, encontraron una muerte más fantástica e ilimitada, que los lujos que imaginaron para su futuro y la temeridad de su ambición… Bajo los hielos de: Hyperbórea: Al Norte de la Imaginación.

 

Odilius Vlak


 

NOTA: El último relato publicado del ciclo de Hyperbórea, y el cual cierra definitivamente el círculo de hielo de éste: «El Robo de los Treinta y Nueve Cinturones» (Saturn Science and Fantasy, 1957), no fue incluido en esta serie de artículos, por el hecho de constituir en sí mismo un apéndice, agregado al ciclo, muy lejos del espacio-tiempo en el cual se manifestó. En todo caso, participaremos de ese robo más adelante.

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