RUNES SANGUINIS: Democracia y Fantasía: Una Respuesta a Simon Whitechapel / Por Phillip A. Ellis

«Ciencia y Brujería», por Simon Whitechapel, contiene una serie de opiniones interesantes y debatibles. Sin embargo, en su centro yace un análisis que observa las diferencias y méritos relativos de, J. R. R. Tolkien y Clark Ashton Smith. De todas las áreas y tópicos abordados, es precisamente aquí, donde se ubica la esencia básica de la polémica del señor, Whitechapel, y por consiguiente es este el punto que deber ser debatido. Procediendo de esta manera, se cubrirán de paso una serie de tópicos concernientes a Tolkien y Smith: la fantasía, América, el cine, serán en algún momento tratados y discutidos. No obstante, la cuestión no es tratar de convencer al señor Whitechapel, de que cambie sus opiniones; el propósito es presentar una forma correctiva de contraargumento que estimule el debate, de la misma manera que una antítesis es requerida antes de que un debate pueda surgir de una tesis dada. Esta es, entonces, la meta de este artículo: estimular un debate que conduzca a consideraciones de los méritos relativos, de dos autores altamente respetados, y plantearlos desde una visión más amplia, que esté relacionada con la literatura fantástica en general.

«Aparte de ser católico y antiracionalista —afirma WhitechapelTolkien era, sobre todo, un mal escritor. Su libro más famoso, El Señor de los Anillos, conjuga todo lo que los europeos verían como los peores fracasos de la cultura popular americana: sentimentalismo, superficialidad y bidimensionalidad». Esta es la esencia de la crítica del señor Whitechapel, y estos tres puntos necesitan ser debatidos, ya que él mismo falló en hacerlo. Sí, es verdad que es sentimental en parte, una aleación de sentimentalismo mezclado con emociones más oscuras. Pero tenemos en el primer volumen, el episodio del barrow-wraiths, que no es para nada sentimental. Tenemos también el ataque de Weathertop, la caída de Gandalf en Moria y el intento de Boromir de tomar el anillo, todos ellos episodios desprovistos de sentimentalismo. En el segundo volumen, la difícil situación de los Ents es discutida, y cuando éstos pasan a la acción, lo hacen definitivamente en una manera lejos del sentimentalismo: ellos ponen sitio y, destruyen el anillo de Isengard. Theoden, es presentado igualmente en una manera no sentimental. En el mismo orden son las escenas ubicadas en Los Pantanos de la Muerte. En el tercer volumen la muerte de Theoden y de Denethor, carecen ambas de sentimentalismo. Así también, es el largo asedio de Minas Tirith y la destrucción del Rey Hechicero. Finalmente, el rastreo de la Comarca, es una catástrofe muy alejada del sentimentalismo, que los Hobbits tienen que enfrentar. Una elección eminentemente más sentimental, sería la tomada por la película: los Hobbits regresan, todo marcha bien, y viven felices para siempre. Donde el sentimentalismo se manifiesta, es casi siempre en personajes de menor categoría, como ocurre con los varios ponies de la compañía; esto, es reconocido entonces como un fallo, pero sin la sobrecarga de sentimentalidad que uno esperaría encontrar de acuerdo al señor Whitechapel.

La supuesta superficialidad y bidimensionalidad, pueden ser analizadas mejor juntas. En orden de refutar estos cargos, el lector debe tomar en cuenta una serie de características de la novela. Primero, la minuciosidad de detalle presentada, es mucho más amplia de lo estrictamente necesario. Sí, hay mapas, desglosando una detallada geografía que en su mayoría no tienen uso dentro de la novela. La nomenclatura, el uso de nombres, está por otro lado muy lejos de ser arbitraria, como uno puede encontrarla en muchos autores fantásticos, como Lord Dunsany y Clark Ashton Smith. Tolkien, tomó los lenguajes inventados que él desarrolló, y los usó para crear nombres; él también usó nombres existentes y elementos y, a través de un proceso de analogía, los usó para desarrollar un sentido de verosimilitud. El profesor, T. A Shippey, ha señalado dos razones del porqué los nombres eran importantes para Tolkien: ellos «bien pueden contener un testimonio inusualmente auténtico para la historia y las viejas tradiciones» y, «ellos existen en una relación especial con aquello a lo que se refieren: obviamente, de unicidad». De esa manera su interés en llamar:

«Sirviente fiel, y a la vez la ruina del maestro, potro de pies ligeros, rápido muñeco de nieve»

 

Tolkien, también proporciona un sentido de profundidad, usando su mitología imaginaria como telón de fondo, enriqueciendo así la narrativa de, El Señor de los Anillos. De esa manera él hace referencia constantemente al pasado, a los eventos, seres y lugares dentro de ese pasado, y desarrolla un sentido de cambio irreversible y glorias marchitadas. Él, utiliza particularmente la poesía para desarrollar tal sentido de profundidad, y al mismo tiempo, un sentido de cultura. Compárese, si así se desea, las canciones hobbit de Bilbo, a aquellas de los Elfos, los Ents y los Rohirrin. Cada una contiene claves sutiles de la visión del mundo de cada cultura. Él también desarrolla personajes profundos: Frodo Bolson, no es un simple héroe fantástico, sino uno que tiene sus defectos, es vulnerable, y uno que resiste el atractivo de heroísmos gratuitos. Esto es apreciado más claramente en el rastreo de la Comarca, donde Frodo desecha la oportunidad de convertirse en un héroe de renombre, tomando a cambio una postura ética, bordeando casi el pacifismo; él dice notablemente: «Yo no tengo deseo de matar, incluso a los rufianes, a menos que esto deba ser hecho para evitar que ellos perjudiquen a los Hobbits». Éstos, evidentemente, no son los sentimientos superficiales de una fantasía ligera. Finalmente, están los apéndices de la historia, que para nada son accesorios, sino verdaderas herramientas de comprensión para el lector de El Señor de los Anillos. Ellos cubren puntos esenciales que le brindan profundidad a la novela: lenguaje, tiempo, lugares, estructura, éstos y otros temas son tratados. Debe entonces ser evidente, que Tolkien no es superficial, ni esencialmente bidimensional.

Podemos ver incluso otra muestra de una aseveración no muy reflexionada de parte del señor, Whitechapel. El define El Señor de los Anillos, como una «fantasía tosca», pero sin ofrecer ninguna evidencia o contexto para apoyar su declaración. Él continua: «La literatura de Tolkien es cruda y fuertemente azucarada, es el equivalente literario de la hamburguesa y la soda». ¿En qué manera es cruda esta literatura y fuertemente azucarada? No es mi responsabilidad proveer la evidencia; el señor Whitechapel ha hecho una declaración positiva, y es a él por tanto, a quien le corresponde proporcionarla, lo cual no ha hecho. «Tolkien —dice— el académico profesional de la lengua en la patria del idioma inglés, escribió con mucho menos sensibilidad y riqueza que Clark Ashton Smith, tocando tambores y sonando trompetas…». He aquí, si hemos de creerle a la evaluación del señor Whitechapel, un ejemplo de tambores y trompetas:

«Desde más allá del porche, y por sobre la cima de la alta terraza, ellos podían ver más allá del riachuelo los campos de Rohan difuminándose en el gris distante. Cortinas de lluvia huracanada se rasgaban al caer. El cielo en lo alto y hacia el Oeste estaba aún oscuro por los truenos, y los relámpagos a lo lejos, parpadeaban sobre las colinas ocultas. Pero el viento había cambiado hacia el Norte, mientras que la tormenta que había venido del Este se estaba apaciguando, derivando en dirección sur hacia el océano. De repente, a través de una grieta en las nubes detrás de ellos, un rayo de sol penetró. Los chubascos en su caída destellaron como la plata, en la distancia el río brillaba como un espejo reluciente.»

 

En otras palabras, con lo que lidiamos no es con un argumento, sino con una polémica, una interpretación emocional que pretende persuadir por medio de la desviación de la atención, fuera de los requerimientos de un análisis intelectual, fallando en su intento. De esa manera, dado que este elemento del argumento del señor Whitechapel fracasa, entonces es probable igualmente que otros también lo hagan. Uno de ellos, el cual me gustaría tratar, es el tema de la democracia y la fantasía.

América, argumenta el señor Whitechapel, es democracia. La fantasía es una reacción en contra de América, es un intento de escribir como si ésta no existiera. También estas aseveraciones fallan claramente. Si América es una democracia, así también lo son otras culturas y naciones, incluyendo Francia, Inglaterra, Australia y la Atenas Clásica. Lo que distingue a América no es tanto el sistema político, el cual es sólo uno de los elementos interconectados de la cultura, sino la cultura misma. Teniendo esto en cuenta, la aseveración de que Tolkien debe ser considerado un escritor democrático resulta, en esencia, absurda.

El mismo señor Whitechapel, dice: «Los libros de Tolkien… contienen todos los ingredientes perturbadores y antiracionales enumerados más arriba: monarquía, magia y misterio. Uno de esos libros se titula después de todo, El Retorno del Rey…». Estos elementos se encuentran muy lejos de la democracia republicana de América, y se ajustan más cómodamente con la monarquía constitucional de Gran Bretaña y otras naciones de la colectividad británica, como por ejemplo Australia. Esto es importante. Los Hobbits, pueden tener una forma de democracia, ya que ellos eligen al alcalde, sin embargo, tal institución existe gracias a la buena voluntad y conmiseración del gobernante oficial, el Rey. Esto refleja entonces, no una democracia americana, sino una británica. Uno de los principales hilos narrativos, es la restauración del legítimo rey en su trono en Gondor, la restauración de una monarquía, lo cual no es particularmente un tema democrático.

Por otro lado, él también argumenta que uno de los signos de la literatura democrática, debemos verlo en cuán bien es adaptada a una película, al mundo del cine. Él dice: «La ficción que puede ser trasladada prestamente y sin dificultad a una película, como ha sido la de Tolkien, tiende a ser superficial y directa». En primer lugar, él argumentaría que, «The french Lieutenant’s Woman», de John Fowles, tiende a ser «superficial y directa», lo cual es, como cualquier conocedor de la obra de Fowles debe reconocer, una declaración injusta y errada. En adición, él cuenta con el obvio reconocimiento por parte del público, como un apoyo de su opinión de que la adaptación ha sido hecha fácil y exitosamente, puntos en contra de los cuales puedo fácilmente argumental.

Para empezar, viendo que, por ejemplo, el único estándar profesado por el guionista era la inclusión de elementos basado en su atractivo, no en su importancia para la trama, y el agregado de más elementos cinematográficos por los elementos en sí, no por la trama. Tomando en cuenta esto, dicho argumento resulta insostenible.

En la primera película, la cual yo he visto, el manejo de la caracterización de Merry y Pippin, es inepto y tonto; mientras que en la novela ellos habrían puesto en peligro estúpidamente el grupo por culpa de sus habladurías acerca de la Comarca, aquí se espera de nosotros que aceptemos su reconocimiento directo de Frodo Bolson, cuando ellos no saben nada. La exclusión de escenas esenciales, de barrows-wrights, por ejemplo, el viejo bosque, eliminan ciertas temáticas similares que ocurren más adelante, como en Caradhas y Fanghorn, las cuales contienen ciertos temas importantes, como el hecho de que no todo el mal está bajo la voluntad de Sauron. El manejo de la espada de Isildur, fue igualmente inepto, dolorosamente proyectado, y descaradamente presentado como una pieza de material adosado a la trama en general; de esa manera carece de veracidad. El teeter-tottering, moviéndose en Moria, es inepto, una parodia diseñada para intensificar un suspenso que resulta, sin embargo, puramente risible. Del tercer episodio (pues no he visto el segundo), la caracterización de Sam, durante la escalada a Moria es falsa y simple, y ni qué decir inepta. Toda la secuencia de la batalla con los elefantes gigantes, me impacta más como una reminiscencia de la at-ats de «The Empire Strikes Back», que cualquier cosa que Tolkien haya escrito jamás. La ridiculez en el caso de Denethor, los porrazos cayendo sobre su cabeza, es simplemente asqueante. Y, al final, la eliminación de cualquier pista sobre el rastreo de la Comarca, resulta más superficial que cualquier cosa que haya visto antes.

En pocas palabras, yo argumentaría que a pesar de cualquier cualidad que pueda poseer en cuanto ejemplo de una película fantástica, no es un éxito, sino más bien una adaptación profundamente defectuosa. Es una película épica, es cierto, aún así, falla en transmitir la esencia de El Señor de los Anillos: por tanto éste no ha sido, ni prestamente ni exitosamente adaptado.

Pero si podemos descartar a Tolkien como un escritor democrático, entonces, ¿qué es él? Me gustaría sugerir la posibilidad de verlo como un escritor popular. Sugeriría que observemos minuciosamente su trabajo, y decodificar cuales son los elementos que han gestionado la atención popular que él ha recibido, y ver dichos elementos en relación a otros escritores, comparándolos a él. De esta manera, viéndolo como un escritor que apela a sus lectores por vías diferentes a las meramente superficiales, aparte de «el más bajo común denominador» de escritores como Sidney Sheldon, Len Deighton, y los de su clase, podemos entonces, comenzar a comprender más claramente su importancia y éxitos como escritor, sin ser perturbados por las críticas superficiales que él tiende a atraer.

Así, seremos capaces de reconciliar su énfasis en la realeza con su atractivo. Podemos también reconciliar su catolicismo, su aparente esnobismo, su profundo interés por los elementos pastorales de los campos ingleses. Podemos también reconciliar su respeto comprometido por el proletariado rural.

Por supuesto, ha habido una cuota de interés personal en mi argumento. Yo considero sobre todo a Tolkien ser un mejor escritor de ficción que Clark Ashton Smith, debido a la sutileza y alcance de su estilo narrativo, y su flexibilidad en mostrar a los personajes a través del discurso, por ejemplo. Clark Ashton Smith, de ninguna manera muestra la habilidad de integrar su poesía dentro de las historias que él escribe, aparte de su estilo. Él, es también incapaz de escribir bajo un amplio escrutinio, o de discutir elementos de la existencia humana, como el significado del mal, o la esperanza, o la desesperación. Habiendo dicho esto, Clark Ashton Smith supera a Tolkien como poeta, y si debemos juzgar entre los dos, ya sea en prosa o no, sobre la base de la poetización, sobre la cualidad hechizante de sus facultades retóricas, entonces, si uno está inclinado hacia un orientalismo, Smith es el mejor. En mi vida personal, en mi vida poética, le debo a Smith mucho más de lo que Tolkien me ha dado y pudo darme jamás. Y es justo que yo reconozca esto, a manera de declaración, claramente e inequívocamente, que pese a toda la importancia y superioridad de Tolkien como escritor en general sobre Clark Ashton Smith, éste, y a causa de la importancia del verso para mí, siempre será el más importante, como poeta y como persona.

Donde el señor Whitechapel falla es aquí: él ofrece un fallido y prejuiciado argumento que es fundamentalmente, un no argumento, y uno que fracasa en establecer cualquier elemento para un caso. Por considerar las cualidades de Clark Ashton Smith desde un plano paradigmático, no le hace justicia a Tolkien. Es más difícil, como me he dado cuenta, intentar reconocer las cualidades de ambos escritores y fallar en los dos casos, y yo lo he intentado aquí.

Traducido por Odilius Vlak


 

 

  • NOTA: La versión original de este artículo, titulado: «Democracy and Fantasy: A Reply to Simon Whitechapel» (agosto 2004), se encuentra aquí:http://www.eldritchdark.com.
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