TETRAMENTIS / Bajo el Umbral de mis Párpados – Por Odilius Vlak

Como un soldado despreciado por la guerra me desplomo sin vida. Para la embestida feroz de la intuición todo aviso en inútil. Dejo atrás mi cabeza de granada y los fusiles de mis extremidades con sus grotescas tonalidades verdes. Todo este paisaje es una acuarela arrastrada al antojo de mi viento; cambia una y otra vez mientras más fuerte soplo. De pronto, tengo que detenerme a ayudar a unas metáforas varadas en los pantanos brumosos de la inspiración, en su camino hacia el reino solitario del poeta. Aquí me tiende la mano las plegarias de un enano, que se introducen sigilosas en un gigante bolsillo pagano.

No hay duda de ello, este cementerio es de poetas y no de soldados. Aquí no vibran los acordes de una trompeta glorificando a héroes desconocidos. Reunión y fiesta de estudiantes en el mismo cementerio. La fiesta tiene un esplendido final, cercenándose todos ellos sus cabezas con tacos de billar. Yo participo y corro fuera de la cripta con mi taco en las manos; y me escondo debajo del cuerpo henchido de podredumbre embriagada, de un poeta expulsado de la republica de Platón. Dentro de él, los gusanos extasiados por la luz de la luna aún intentan devorar sus visiones. Todo sucede tan rápido como el viaje del polvo al polvo. ¡Y este perro! Su súbita aparición apenas me deja  tiempo para ahogarme en el presentimiento de estar en un sueño. El perro es igual a uno que alguna vez tuvo mi padre siendo yo un niño. Pero no, no es igual, es el mismo. No me agrada el encuentro con él. Al igual que en mi remota realidad nunca me resulta placentera su presencia. Sin preguntarme si quiera, comienza a lamerme. Es blanco, lanoso y espectral, como un fantasma disfrazado de oveja. Continúa lamiéndome, lo espanto con el taco de billar pero él insiste, le arrojo puñados de gusanos y ni así cede en sus caricias babeantes, con su asquerosa lengua que crece cada vez más… Ahora me cubre de pies a cabeza.

Aterrorizado, abandono la tumba y camino de prisa, pero al parecer está unido a mi desesperación por deshacerme de él, pues mientras más rápido camino, más cerca lo tengo lamiéndome y enredándose en mis pies, y curiosamente hablándome: «Oye chico cálmate, no me recuerdas, pero si hasta te empapé de orinas los zapatos nuevos en tu cumpleaños número siete, ¡el número de la suerte!… No seas rebelde acércate para lamerte mejor». Me lo dice impasible, mientras intento golpearlo con el taco. Sus ojos son grandes, de fondo blanco y negras y enormes pupilas; carecen de iris y de brillo, ¡carecen de alma! Su dentadura, ¡oh horror de un sueño después de una muerte trágica!, es como la de un humano: blanca y perfecta como el mármol recién nacido. Su asedio me está convirtiendo el sueño en una pesadilla. Pero claro. Lo toco y no es más que un peluche, el peluche que siempre fue en la lejana vigilia que me juega esta broma. Lo arrojo al jardín de espinas del castillo medieval que está a mi derecha… ¡Otra visión tétrica! Huyo con el vehemente deseo de un refugio más exótico. Ahora estoy tiritando de frío ante la pequeña puerta de un iglú esquimal. Pero de pronto sus bloques de hielo se derriten y no son más que tumbas.

El cementerio otra vez. Me siento en mi hogar. Claro, sólo poetas habitan sus tumbas, sepultados por los lúgubres obreros del universo material. Todas las tumbas son negras. La noche de matices pesados, fluye despacio por la atmósfera onírica, exhalada por la soledad. Avanzo con pasos mudos entre sus jardines de hongos venenosos; sobre los estrechos senderos de ladrillos desangrados por musas vampíricas. Voy de una tumba a otra y observo detenidamente los nombres y epitafios; todo destino labrado en sufrimiento y voluntad luciferina. ¡No hay cruces! Percibo en lo profundo de mi alma, como sus huesos aún camino al polvo, continúan blasfemando con su poderosa imaginación. Bajo el techo de flores que cubre este sendero, me dirijo esquivando los escasos rayos de la luna que se filtran entre los pétalos arrugados, hacia la salida. De vez en cuando, miro atrás con temor y deseo para asegurarme de no ser perseguido por alguna metáfora maldita, en la estremecedora oscuridad. Justo en el instante que precede a mi salida, salto y tomo una flor en mis manos, el momento deviene en una extraña nota musical, que transforma mis huesos en tela de araña, y en ella quedo atrapado. Justo antes de ser devorado por mi propio temor, ya estoy de regreso en el cementerio.

Encuentro a un adolescente sobre una de las tumbas, con un libro en las manos. Aparecen otros más y se reúnen a conversar, y luego… Esta fiesta. Misteriosa y triste; en las que todos beben y juegan billar. Sus cabezas son las bolas. Las hay de todas las razas y colores. De chinos, pieles rojas, mongoles, negros y blancos; de tasmanios y aborígenes australianos; de arios y lémures; del hombre del neanderthal y del australopithecus; las de Adán y Eva; más allá,  la cabeza de Caín devora la oreja de la de Abel; de extraterrestres, reyes atlantes y faraones egipcios; maoríes, papúes, príncipes aztecas y vírgenes celtas. Acaban de meter la de Cristo, y otro abre el juego con la de Mahoma. Cabezas de enanos, cíclopes, faunos, de beréberes, prostitutas babilónicas y retrasados mentales; de niños abortados… Sí, y para que no esté triste, también la mía… Yo mismo la hundo.

Aún estoy huyéndole a la oscuridad del castillo medieval, a su luna llena y a su gigantesco bosque seco, poblado de cuervos firmemente plantados en sus ramas, desafiando el otoño. El esquimal me da la bienvenida y me ofrece con un caluroso abrazo cobijo en su helada morada. También me ofrece a su esposa. Ignora las señas que indican mi predilección por el pescado. Me llega un recuerdo desde el mundo de la vigilia, acerca del asesinato de un misionero cristiano que rehusó semejante manjar… «Usted ofenderme gran demonio hombre blanco», y zass… ¡Mira que te mato! Ardo de miedo. Mi cabeza roza el techo del iglú, y lo derrite. Todo se torna cada vez más lento como si la escena y todo lo que contiene: pieles de lobos y osos blancos en las paredes; la leña, el pescado, los instrumentos de caza; el hacha en manos del esquimal lamiéndose los labios; y detrás su esposa semidesnuda, se filtraran por los poros de la cuarta dimensión, todo es lento, excepto esta luz que penetra… ¿A través de la madera?

Al fin despierto. Me he quedado dormido otra vez dentro de las  enormes casas de palomas, en la azotea del sanatorio donde estoy recluido. ¡Qué bueno!, no me agradaba la idea de acostarme con esa señora bajita y regordeta. ¡Qué espantoso, aún me ciega el destello de luz del hacha en manos del esquimal! De haber durado un poco más… Pero allí viene el enfermero con un frasco de medicina para mí. Siempre e desconfiado de ese frasco, el destello de su cristal me hiela la sangre, tanto, como el del hacha del esquimal.

FIN


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