INTROVISION / Muerte Instantánea: Sólo Agregue Sangre

La felicidad ha devenido en una máscara de plástico sobre los rostros de los ciudadanos de Distoparadix. Y con razón, ya desde hace más de mil años que no se registra una guerra en todo el planeta tierra. La paz ha permeado de tal manera la vida colectiva e individual de todos los seres humanos, que se ha hecho necesario de cuando en cuando, recordarles lo que significa, pues es una aptitud tan inconsciente como los latidos del corazón. Qué extraña sensación… la paz. Y pensar que poco más de mil años atrás a nadie se le hubiese ocurrido que el mundo y sus habitantes pudieran vivir en paz. Pues esta era un estado del Ser individual y colectivo que nunca se había experimentado por todos y cada uno de los habitantes de la tierra al mismo tiempo.

A través de toda la historia se habló muchísimo sobre la paz, pero lo cierto es que el mundo nunca había experimentado tal concepto en la realidad, por lo que muchos pensadores argumentaban que tal estado no era propio de la naturaleza del universo, y que en vez de buscarla había que rehuirla, resultando su dominio en un infierno nirvánico en el cual se condenarían los principios opuestos que mueven el universo y la evolución, y por la tanto la imaginación y la creatividad.  El principio del choque de opuesto es el pilar sobre lo que se sostiene nuestro crecimiento, decían, pues hasta la beatífica vida del monje y sus trances de meditación, representan una lucha con aquello que quieren superar: nuestro universo fenoménico. Pero ahora, tanto la ciudad de Distoparadix, sus ciudadanos y el resto del mundo, vivían en paz y llenos de felicidad… a pesar de ser esta una máscara de plástico viviente, adherida sobre los rostros de cada uno de los cadáveres andantes en los que se habían convertido los ciudadanos de Distoparadix.

Distoparadix, se encontraba ubicada en el Polo Sur. Era una maravilla de mármol negro, sostenido por una estructura de metal plateado… una diadema maravillosa sobre las nieves que la rodeaban. En la última guerra todos los seres humanos habían muerto, ¡todos!… sobreviviendo sólo una élite de alquimistas-magos con ropajes de científicos. Ellos, alarmados por las consecuencias en el orden cósmico que tendría el hecho de que ya no hubieran más humanos, y por lo tanto ningún recipiente de carne en el cual pueda reencarnar un alma ya madura para tal nivel… decidieron resucitarlos. Creando un mundo de cadáveres vivientes, mezcla de carne podrida y materiales sintéticos; programados para vivir como si estuvieran vivos, y cuya función era mantener una farsa de vida humana que permitiera la continuación más o menos normal, del proceso evolutivo a través de la reencarnación. Por supuesto, con esto no sólo lograron su propósito, sino que también lograron una paz no programada, pues dentro de la carne eternamente muerta, los principios opuestos no pueden cumplir su función. También, dentro de ella, puede estamparse cualquier estado de ánimo: tristeza, alegría, éxtasis, dolor, odio, amor, y claro… felicidad. ¿Y por qué no?, se dijeron los alquimistas-magos, si combina tan bien con la paz necrológica que le hemos otorgado al mundo.

Pero su mascarada no se pudo representar por mucho tiempo. Las almas que reencarnaban dentro de dichos cadáveres, notaban muy pronto que algo andaba mal. Y al no poder animar la carne muerta con los impulsos propios de los seres humanos, huían aterradas hacia cuerpos de animales recién nacidos; en cuya carne sí podían dar rienda suelta al choque de principios opuestos, si bien con gran riesgo para su nivel evolutivo, al tener que operar en un estado inferior de conciencia.

¿Cómo solucionaron esto los alquimistas-magos? Muy sencillo. Así como crearon vida artificial para engañar a la Vida y a las almas humanas, crearon muerte artificial para engañar a la Muerte que se creía viva. Pues una vez que las almas abandonaban los cuerpos de los cadáveres, algunos de ellos quedaban en una estado de automatismo perpetuo, mientras que otros se entregaban a la, sí… a la violencia. Siendo la guerra la mejor vía para la búsqueda de la identidad que habían perdido con la deserción de su alma. El truco era programarlos para que una vez cayeran presa de ese estado desearan la muerte. Pero si ya estaban muertos, como podían morir. En verdad no morían, pues sería algo absurdo. La muerte de los alquimistas-magos, sólo era un efecto placebo. Sólo tenían que creer que morirían, para en verdad morir en su programación. La gran panacea se llamaba: Utopian Mortis. Un polvo, que en verdad era un ácido desintegrador, y que para hacerlo todo aún más original se leía en su instrucción de uso: Muerte Instantánea: Sólo Agregue Sangre. La sangre de la cual hablaba la instrucción, era sangre sintética obviamente, pues ningún cadáver por más estúpido que fuera, iba a creer que estaba vivo sabiendo a la vez que carecía de sangre.

De manera que todos los cadáveres depresivos e inadaptados a la paz de la muerte en vida, sólo tenían que ir a la droguería más cercana; comprar su sobre de Utopian Mortis [pues había que pagar por él ya que no estaba subsidiado por el estado]; salir a las lechosas nieves eternas del Polo Sur; extraer una vena sintética y destaponarla; verter su contenido —de un hermoso rojo vino— en el recipiente de polvo ácido; tomarlo y…

Cada vez que esto sucedía, un gran espectáculo natural, de Vida verdaderamente viva tenía lugar. Pues los buitres polares al ver esa mancha burbujeante por efecto del ácido teñir de rojo la inmaculada superficie de la nieve, se precipitaban engañados por sus instintos carroñeros. Al picotear algunos de los trozos de la carne sintética y con una podredumbre de más de un milenio, hacían una muesca de asco. Pues querían una carne muerta luego de haber estado viva… pero no una muerta luego de haber estado muerta.

No se asusten Hermanos Fanáticos, Distoparadix no se encuentra en Zothique The Last Continent. Pues aquí, en este Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser, no hemos llegado a tales extremos. Ahora bien, cuando de muerte se trata, sintética o no, nosotros siempre tenemos la última palabra. Los alquimistas-magos de Distoparadix son dignos de alabanzas, pero no más que nuestros nigromantes. Muerte instantánea: sólo agregue la edición de esta semana.

Iniciamos con nuestra galería mensual de Neosapiens, hoy mismo en la página del lunes. Y para la segunda exposición del 2011, les presentamos a: «Fuseli: Una Pesadilla Para Cada Ocasión». El pintor suizo, Johann Heinrich Füssli [Fuseli, 1741-1825], ciertamente sabía que sin pesadillas no vale la pena dormir.

En la sección Runes Sanguinis, de la página del miércoles, les tenemos reservada una interesante conversación, en la cual queremos que todos participen. Se trata de una entrevista a Michael John Moorcock [nacido en Londres 1939], y de cuyo estatus como divinidad de la literatura imaginativa contemporánea no es necesario abundar. Ben Graham, el autor, es un hombre afortunado, de estar: «Conversando con el Señor de la Ciencia Ficción: Regeneraciones y Reflexiones con Michael Moorcock».

Vamos ahora a la sección Tetramentis, en la página del jueves. El libro Tumbas sin Fondo, del monje negro de la medieval Averoigne, Odilius Vlak, al parecer es una fuente inagotable de textos condenados. «Deambulando en el Tiempo de los Sueños», será una tumba digna de una caída sin fondo.

La sección Imagixmundi es Via La Niña de las Rocas, y viceversa. Gracias a los auspicios creativos de nuestro venerable, Arcadio Encarnación. Ya nos enteramos de que Norkos prefirió quedarse en la isla de Janos en orden de preservar lo mejor que hay en él. Pero al parecer Via, no es de la misma opinión. Su libertad está por encima de todo, incluso de su parte buena. Veamos que fruto da su decisión en el Acto 39 de su aventura, el próximo viernes.

Bueno, ya es tiempo de despedirnos de aquél que nos tiene siempre lista nuestra muerte instantánea, e incluso a expensa de su propia sangre, cuando tiene que agregarla. Nos referimos a nuestro sumo sacerdote, Markus E. Goth, editor y director de este Templo Virtual. Contrario a los cadáveres de Distoparadix, cada vez que nos disolvemos en el ácido de cada edición renacemos más vivos que nunca, y con más deseos de experimentar la muerte nuevamente. Como los mártires, siempre marchamos hacia ella cantando… El horizonte de los murciélagos es más lejano que el de las águilas.

Odilius Vlak

Jefe de Redacción.



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