RUNES SANGUINIS / Una Noche en Malnéant – Por Clark Ashton Smith

Mi estancia en la ciudad de Malnéant ocurrió durante un periodo de mi vida no menos penumbroso y confuso que la ciudad misma y las neblinosas regiones que se extienden a su alrededor. Yo no tengo ningún recuerdo preciso de su ubicación, ni tampoco puedo yo recordar exactamente cuándo y cómo la visité. Pero yo había escuchado vagamente que semejante lugar estaba situado en la ruta de mi viaje; y cuando arribé al río envuelto en nieblas que corre al píe de sus murallas, y escuché más allá del río los tañidos mortuorios de muchas campanas, deduje que me estaba aproximando a Malnéant.

Al llegar al gris y colosal puente que cruza el río, yo pude haber continuado si así lo quería, por otras rutas que conducían a remotas ciudades: pero me parecía que bien podría penetrar en Malnéant como a cualquier otro lugar. Y así fue que emprendí la marcha sobre el puente de sombríos arcos, bajo el cual las aguas negras fluían en sigilosa división y eran unidas nuevamente en silencio como la Estigia y el Aqueronte.

He dicho que ese periodo de mi vida era penumbroso y confuso: causado en su mayor parte, quizás, por mi necesidad de olvido, a mi persistente y en ocasiones parcialmente premiada búsqueda del olvido. Y aquello que necesitaba olvidar sobre todo, era la muerte de la dama Mariel, y el hecho de que yo mismo le había dado muerte de manera tan segura, como si hubiese cometido el acto con mis propias manos. Porque ella me había amado con una ternura más pura y profunda que la mía; y mi inestable temperamento, mis ataques de cruel indiferencia y feroz irritabilidad, habían destrozado su frágil corazón. Así que buscó el alivio de un veneno letal; y luego que ella había sido puesta a descansar en las sombrías catacumbas de sus ancestros, yo me volví un vagabundo, perseguido y torturado eternamente por un tardío remordimiento. Por meses, o años, no estoy seguro, yo vagué de una ciudad del viejo mundo a otra, prestando poca atención adónde iba con tal de que estuvieran disponibles el vino y los demás agentes del olvido… Y de esa manera llegué, en algún momento de mi infinito peregrinar, a los lúgubres alrededores de Malnéant.

El Sol [si alguna vez hubo un sol sobre la región] había estado perdido por no sé cuanto tiempo en un cielo de vapores plomizos; el día era tétrico y melancólico. Pero ahora, debido a la espesura de las sombras y la neblina, yo sentía que la noche debía estar cerca; y las campanas que había escuchado, a pesar de sus tañidos pesados y sepulcrales, brindaban al menos la seguridad de un posible refugio para la noche. De manera que crucé el largo puente y entré a través del siniestro bostezo de la puerta con pasos apresurados, si bien sin ninguna alarma en mi espíritu.

El crepúsculo se había depositado detrás de las grises murallas, pero había pocas luces en la ciudad. Pocas personas estaban en el exterior, y estas transitaban su camino con una especie de prisa solemne, como si de algún deber funerario se tratara que no admitiera retrasos. Las calles eran estrechas, las casas altas, con balcones colgantes y ventanas cubiertas con pesadas cortinas o cerradas. Todo estaba muy silencioso, excepto por las campanas, las cuales tañían persistentemente, algunas veces tenues y lejanas, y otras con un asombroso y sonoro repique que parecía venir casi desde encima de la cabeza.

Mientras me sumergía entre las sombrías mansiones, junto a las calles desde las cuales un visible crepúsculo amenazaba con cubrirme, me parecía que me alejaba más y más de mis memorias con cada paso que daba.  Por esa razón, yo no orienté mi camino inmediatamente hacia una taberna, sino que estaba satisfecho con perderme cada vez más entre el gris laberinto de edificaciones, las cuales se hacían más indistintas entre las cada vez más creciente neblina y oscuridad, como si estuvieran a punto de disolverse en el olvido.

Pienso que mi alma habría estado casi en paz consigo misma de no haber sido por el persistente sonido de las campanas, las cuales eran iguales a todas las campanas que tañen por el reposo de los muertos, y por lo tanto me hicieron recordar aquéllas que habían sonado por la dama Mariel. Pero cada vez que ellas cesaban, mis pensamientos derivaban de regreso con una indolente facilidad, y una seguridad recobrada, a la vaguedad que rodeaba todo…

Yo no tenía idea de cuán lejos había ido en Malnéant, tampoco cuanto tiempo había vagado entre esas casas que apenas parecían haber estado pobladas por nada, con excepción de los durmientes o la muerte. Por último, sin embargo, tuve conciencia de que estaba muy cansado, y pensé en procurarme alimentos, vino y alojamiento para la noche. Pero en ningún lado durante mi recorrido había notado el cartel de una posada; así que decidí preguntarle al próximo transeúnte por la dirección deseada.

Como he dicho anteriormente, había pocas personas en el exterior. Y ahora, cuando me había decidido dirigirme a una de ellas, parecía que no había ni una en absoluto; y yo continué hacia delante a través de una calle tras otra en mi inútil búsqueda de un rostro viviente.

Al fin me encontré con dos mujeres, ataviadas con un gris que era tan frío y lúgubre como los pliegues de la niebla, y además veladas, quienes iban con gran prisa y con la misma prontitud funeral que había percibido en todos los otros habitantes de esta ciudad. Me permití el atrevimiento de abordarlas, preguntándoles si podían indicarme el camino de una posada.

Sin disminuir su paso y sin siquiera volver sus cabezas, ellas respondieron: «Nosotras no podemos decirte. Somos tejedoras de mortajas, y hemos estado ocupadas haciendo una mortaja para la dama Mariel.»

Ahora bien, a la mención de ese nombre, el cual de todos los nombres en el mundo era el que yo menos había esperado escuchar, un frío innombrable invadió mi corazón, y una espantosa consternación me golpeó como el aliento de la tumba. Era en verdad extraño que en esta penumbrosa ciudad, tan lejos en el tiempo y el espacio de todas a las que había huido para escapar, una mujer debió haber muerto recientemente cuyo nombre era también Mariel. La coincidencia me pareció tan siniestra, que un extraño temor hacia las calles por las que había vagado nació repentinamente en mi alma. El nombre había evocado, con una fatalidad más irrevocable que el tañido de las campanas, todo lo que yo en vano había deseado olvidar; y mis memorias eran como carbones ardientes en mi corazón.

Mientras yo continuaba mi camino, con pasos que se habían vuelto más apresurados, más febriles que los de las personas de Malnéant, me encontré a dos hombres, quienes estaban igualmente ataviados de pies a cabeza en ropajes grises; y les hice la misma pregunta que le había hecho a las tejedoras de mortajas.

«No podemos decirte —ellos respondieron—. Somos constructores de féretros, y hemos estado ocupados haciendo un féretro para la dama Mariel.»

Mientras ellos hablaban, y se apresuraban, las campanas sonaron nuevamente, en esta ocasión desde muy cerca, con una amenaza mucho más horrorosa y sepulcral en su pesado tañido. Y todas las cosas a mí alrededor, las altas y neblinosas casas, las oscuras e indefinidas calles, las extrañas y fantasmales figuras, se volvieron parte de la oscura confusión, del temor y el desconcierto de una pesadilla. A cada momento, la coincidencia sobre la que había tropezado se aparecía como demasiado peculiar para ser creída, y yo ahora estaba atormentado por la monstruosa y absurda idea de que la Mariel que conocí acababa de morir, y que la fantástica ciudad estaba, de alguna incomprensible manera, conectada con su muerte. Pero esto, por supuesto, era rechazado al punto por mi razón, y me mantuve repitiéndome a mí mismo: «La Mariel de la cual ellos hablan, es otra Mariel». Y esto me irritó más allá de toda medida, que un pensamiento tan inmenso y ridículo debía retornar cuando mi lógica lo había descartado.

No encontré más personas a quienes pudiera pedir orientación. Pero al fin, mientras luchaba con mi sombría perplejidad y mis ardientes memorias, descubrí que me había detenido bajo el desgastado cartel de una posada, en el cual las letras habían sido media borradas por el tiempo y los marrones liquenes. La construcción era obviamente muy vieja, como todas las casas en Malnéant; sus pisos superiores estaban perdidos en la arremolinada niebla, excepto por algunas luces furtivas que destellaban oscuramente hacia abajo; y un olor húmedo y vago se adelantó a recibirme mientras yo ascendía los peldaños y trataba de abrir la pesada puerta. Pero la puerta había sido cerrada o asegurada con pestillos; así que comencé a golpear sobre ella con mis puños para atraer la atención de los que estaban en el interior.

Luego de mucho retraso, la puerta fue abierta lentamente y con reluctancia, y un individuo de aspecto cavernoso salió a mirar, frunciendo el ceño con gran gravedad cuando me vio.

«¿Qué deseas?», él preguntó, en un tono que era al mismo tiempo brusco y solemne. «Una habitación para pasar la noche, y vino», contesté.

«No podemos alojarte. Todas las habitaciones están ocupadas por personas que han venido a participar de los funerales de la dama Mariel; y todo el vino en la casa ha sido reservado para su uso. Tendrás que marcharte a otro lugar.»

Diciendo esto, cerró la puerta rápidamente sobre mí. Yo me volví para retomar mi camino, y todo lo que me había atormentado anteriormente se había ahora intensificado cien veces. La gris neblina y las aún más grises casas estaban pobladas con la amenaza de la memoria: ellas eran como tumbas traidoras desde las cuales los cadáveres de las horas muertas brotaran para asaltarme con venenosos colmillos y garras. Maldije la hora en la cual penetré en Malnéant, porque ahora me parece que haciéndolo, yo simplemente había completado un siniestro y fúnebre círculo a través del tiempo, retornando al día de la muerte de Mariel. Y ciertamente, todos mis recuerdos de Mariel, de su agonía final y su enterramiento, habían asumido la espantosa vitalidad de las cosas presentes. Pero mi razón aún sostenía por supuesto, que la Mariel que yacía muerta en algún lugar de Malnéant, y por quien todas estas preparaciones fúnebres estaban siendo hechas, no era la dama a quien yo había amado, sino otra.

Luego de andar por calles que eran aún más oscuras y estrechas que aquellas por las cuales había vagado, encontré una segunda posada, portando un cartel igual de degastado, y en todos los otros aspectos muy parecida a la primera. La puerta estaba cerrada, y toqué sobre ella con ansiedad y no estaba en ninguna manera sorprendido cuando el segundo individuo con rostro cadavérico, me informó en un tono de sepulcral solemnidad: «No podemos alojarte. Todas las habitaciones han sido tomadas por los músicos y dolientes que servirán en los funerales de la dama Mariel; y todo el vino ha sido reservado para su uso.»

En ese momento, yo comencé a temer la ciudad que me rodeaba con un intensificado miedo: porque aparentemente toda la ocupación de las personas en Malnéant, consistía en las preparaciones para los funerales de esta dama Mariel. Y comenzó a ser evidente que yo podía caminar las calles de la ciudad durante toda la noche a causa de estas mismas preparaciones. De repente, un abrumador cansancio se mezcló con la pesadilla de mi perplejidad y mi terror. Yo no había avanzado mucho en mi peregrinación, luego de dejar la segunda posada, cuando las campanas sonaron una vez más. Por primera vez, creí posible identificar su origen: ellas colgaban en la torre de una gran catedral que se alzaba inmediatamente ante mí a través de la niebla. Algunas personas estaban entrando en la catedral, y una curiosidad, que sabía que era al mismo tiempo mórbida y peligrosa, me empujó a seguirlos. Aquí, de alguna manera sentí, yo seré capaz de saber más acerca del misterio que me atormenta.

Dentro todo estaba en penumbras, las luces de muchas velas apenas servían para iluminar la vasta nave y el altar. Misas estaban siendo recitadas por sacerdotes ataviados de negro cuyos rostros no podía ver con claridad; y para mí, sus cánticos eran como palabras en un sueño; y yo no podía escuchar nada, y nada era del todo visible en todo el lugar, excepto un féretro de opulenta fabricación dentro del cual yacía una quieta forma ataviada de blanco. Flores de muchas tonalidades habían sido esparcidas sobre el féretro, y su fragancia llenaba el aire con una soñolienta languidez, con un olvido que parecía embriagar mi corazón y mi cerebro. Iguales flores habían sido arrojadas sobre el féretro de Mariel; e incluso de la misma manera, en su funeral, yo había sido vencido por un momentánio ofuscamiento de los sentidos a causa de su perfume.

Lentamente fui consciente de que alguien estaba a mi lado. Con los ojos aún fijos sobre el féretro pregunté:

«¿Quién es el que yace allá, por quien estas misas se han llevado a cabo y las campanas han sonado?», y una voz lenta y sepulcral replicó:

«Es la dama Mariel, quien murió ayer y que será sepultada mañana en las catacumbas de sus ancestros. Puedes adelantarte y observarla si así lo deseas.»

De manera que avancé a través de la nave de la catedral, hasta acercarme al féretro, cuya opulenta fabricación se arrastró sobre las frías banderas. Y el rostro de la que yacía dentro, con una tranquila sonrisa sobre sus labios, y tiernas sombras sobre sus párpados, era el rostro de la Mariel que yo había amado y no otra. Las mareas del tiempo fueron congeladas en su fluir; y todo lo que fue, o ha sido, o podría ser, y todo el mundo que existía aparte de ella, devinieron en sombras marchitas; y así como sucedió anteriormente [¿hace eones o hace un instante?], mi alma quedó atrapada en el infierno de mármol de su pena y su lamento. Yo no me podía mover, yo no podía gritar o incluso llorar, pues mis lágrimas mismas se volvieron hielo. Y ahora me di cuenta con una terrible seguridad de que este único evento, la muerte de la dama Mariel, había sido apartado de todos los otros sucesos, se había separado de la secuencia del tiempo, y había hallado para sí mismo un lugar apropiado de melancolía y solemnidad; o quizás, había incluso construido alrededor de sí mismo, toda la enorme masa de esta espectral ciudad, en la cual condenar a mi destino a retornar entre las nieblas de un engañoso olvido.

Al fin, con un asombroso esfuerzo de voluntad, yo volví mis ojos hacia afuera; y abandonando la catedral con pasos que eran a la vez apresurados y pesados, busqué una salida desde el espantoso laberinto de Malnéant hacia la puerta por la cual había entrado. Pero esto no era en ninguna manera fácil, y yo debí haber vagado por horas en callejones tan ciegos y sofocantes como tumbas, y junto a las torturantes calles que retrocedían, antes de llegar a una calle familiar y ser capaz a partir de allí de dirigir mis pasos con algo de seguridad. Y un día frío y privado de luz estaba amaneciendo detrás de la neblina cuando yo crucé el puente, y llegué nuevamente al camino que me conduciría lejos de esa fatal ciudad.

Desde entonces yo he vagado por mucho tiempo y en muchos lugares. Pero nunca nuevamente me he atrevido a visitar esos reinos del viejo mundo de niebla y neblina, por temor de que pueda llegar una vez más a Malnéant, y descubrir que sus habitantes están aún ocupados en sus preparaciones para los funerales de la dama Mariel.

Traducción por Odilius Vlak


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