TETRAMENTIS / La Extraña Obsesión de un Dibujo Animado – Por Odilius Vlak

¡Lo estoy logrando! El único refugio que le queda a la tinta es mi sombra. Es la única parte cuya existencia depende de ella. Todo el resto de mi Ser ya se calienta a la energía que emana de los huesos; la carne; los músculos; la piel y, todo aquello  que compone a un ser humano. Con algo de suerte, la próxima escena será en la noche y ya habré adelantado mucho en mi suprema meta: devenir en un Ser tridimensional, ¡un hombre! Es la culminación de mi esencia que evoluciona desde el papel y la tinta, hasta el dulce premio de un cuerpo que sude, se resfríe y le duela la cabeza… También que experimente un orgasmo, pues todo comenzó por ella

Aquella tarde ella expandió mi universo concibiendo un destino para mi insipiente alma al carboncillo, fatalmente mezclado desde el primer instante, con un intenso sentimiento; una desgraciada unión de impulsos radioactivos internos y tinta china; que me anunciaron con ecos malditos, el primer sentimiento adquirido en mi tránsito hacía una existencia humana : La obsesión.

Hay ciertos engranajes en la mecánica afectiva y psíquica de los humanos que me hacen arrepentirme, hasta casi desdibujarme por voluntad propia, de querer ser uno de ellos. El entusiasmo, la ilusión, por ejemplo, son de esos engranajes. Me equivoqué. No es cierto que lo esté logrando. Casi olvidaba —y este es otro de los engranajes que extirpan cada vez más la antigua envidia por ellos—, que muchas cosas han cambiado desde que la conocí. A cierto mutante se le ocurrió llevar mi historieta a la televisión: una serie. Niños viéndome, peleándose con sus madres; las madres a su vez maldiciéndome, acusándome de que sus hijos ya no quieren comer por estar absortos frente a mis hazañas heroicas; niños demasiado influenciados por mí, maldiciendo a sus madres y a la escuela, mientras me ensordecen con sus gritos de: «No madre, no quiero estudiar, quiero ver al Caballero Glowfix; tiene superpoderes que la profesora no tiene, además, no me pone de castigo; es el que protege el planeta de los archienemigos enemigos Dragones Vaporosos, comedores de doncellas, joyas y niños». No, jamás imaginé que seria el centro  de semejantes engranajes oxidados, del mundo afectivo y psíquico de los seres humanos. ¡Cómo añoro la Edad de Oro!, allá lejos, cuando los amaneceres eran numerosas ediciones de cómics; en la que mis hazañas eran acariciadas por sus dedos, que en momentos de éxtasis, se detenían para darme un espacio en su imaginación. Ella también tocó, también imaginó. Y he aquí que fui hecho a imagen y semejanza de sus temores hacia los magnánimos Dragones Vaporosos del lado oscuro; de sus fantasías románticas con mis superpoderes de seducción; de sus sueños de aventuras junto a las Joyas Guerreras, brigada élite de los poderes de la luz… De sus desmayos en mis brazos.

Era una tarde nublada, ataviada de un gris ciego y apocalíptico. Las personas no esperaban lluvias. Más bien imaginaron que tras el hacinamiento de nubes, legiones de ángeles con auras de pocos amigos, esperaban para arrojarse sobre los humanos y exterminarlos. Por un momento intenté convencerme de que la paranoia era un efecto del fanatismo que mis hazañas habían despertado en todos los habitantes de la ciudad. Pero incluso yo estaba tembloroso. Sabía muy bien que no acechaban ángeles, pero si mis archienemigos los Dragones Vaporosos del planeta infierno Xidrón. Ella se apresuró a obtener el último número de mi historieta; posiblemente con la esperanza de que estaría más protegida, con la presencia de su superhéroe favorito muy cerca de ella. Mis colores se intensificaron en un brillo de júbilo, de paz y seguridad. Por fin, estaba fuera de ese quiosco desvencijado y me arrullaba en la calidez de su bolso, embriagado por su perfume. En verdad, la sensación era más fantástica, el estado mucho más divino, que en aquellas ocasiones en las que luego de recuperar uno de los diamantes que guardan El Tiempo de los Colores —salvaguardas de la oscuridad perpetua—, me presentaba al reino mágico de la Princesa Cristerval, para ofrecerlo junto al corazón del dragón que lo engulló y una copa con la sangre de éste; pues beber de la sangre de los dragones aumentaba más el simbolismo del triunfo, y era el mejor narcótico del universo para despertar las facultades proféticas. «La Revelación del Tiempo», era el nombre del néctar infernal, con el cual el Bien se extasiaba con el antiguo frenesí del Mal y sus victorias. De ahí el porqué de que las madres no quieren que sus hijos estén frente al televisor delirando con mis hazañas.

La tecnología, sus malditos avances me perjudicaron. Hubo un tiempo en que tuve fe en ella. Mi creador la aplicó para la perfección de mis movimientos, el trazado de los dibujos y la nitidez del sonido y los colores. Pero eso fue un ligero viento fresco en el infierno de la animación, lejos de la Edad de Oro, en la que reiné como cómic. ¡La televisión digital y su maldito control remoto! Esa ha sido mi mayor desgracia, el gran obstáculo y retroceso, en mi avance evolutivo hacía un Ser de carne y huesos, o más bien… hacia la posesión de su cuerpo. Poderla tocar como allá lejos ella lo hizo con todas las páginas de mis historietas. Son demasiados los estímulos, infinidades de canales, ya no existe esa relación espiritual de antaño. Ahora el espacio-tiempo que ella me dedica todas las tardes frente al televisor, me lo disputan docenas de programas que ella puede recorrer fácilmente gracias a la facilidad del control remoto. ¡Una verdadera manía que oxida más y más ese engranaje psíquico y afectivo del hombre llamado necesidad de información! Es hermosa cuando se sienta con su bata de dormir rosa y ajusta el sonido y los colores del televisor mientras la música preludia mis hazañas… Pero no me hago ilusiones. En muchas ocasiones, incluso en plena batalla con un poderoso dragón, me distraigo para observarla comer sus galletas con mermelada; beber un sorbo de chocolate; levantar las piernas para cruzarlas, al tiempo que la suave seda de la bata retrocede por la pendiente de sus muslos hasta sus caderas, y… Sólo un destello de oscuridad, arrojado por el cambio de canal. Al disiparse, lo único que diviso dentro de mí, es el movimiento de engranajes afectivos y psíquicos tales como tristeza, soledad, y diablos ¡celos! Celos porque sé que otro más me disputa su corazón, su admiración, su imaginación: un insípido galán de telenovelas. Al parecer mi caída no tiene fin. Por otro lado, las únicas facultades humanas que son ya una realidad en mí, son esos engranajes afectivos y psíquicos que sólo sirven para hacer de la especie humana una masa canalizadora de emociones y sentimientos hipnóticos y negativos, «¡Homos trastornin, trastornin!». Que vergüenza siento de mí mismo. ¡Yo, un superhéroe, el caballero Glowfix! El supremo caballero de las futuras cruzadas cósmicas, ¡el elegido!… Con celos.

A partir de aquel sombrío atardecer, mi vida se debatió en pendientes bidimensionales, y no sólo en lo relativo a mi formato plano por ser un dibujo. Dentro de mí, las líneas de carbón, que trazaba el que hasta ese momento era mi dios, pugnaban con las curvas de su cuerpo que no tardé en descubrir. Mi nariz se extendía en línea recta sólo para dividir mi campo visual, y mi atención, entre mi deber de superhéroe y el desarrollo normal de la historieta, y mi nuevo destino como enamorado perdido de una fanática humana. Mi propio dibujante notó que algo andaba mal. Desde ese momento se manifestaron dificultades creativas; se le hacía cada vez más difícil otorgarle fluidez a mis contornos y concebir los argumentos. Ese problema sólo le sucedía conmigo, los demás personajes se adaptaban a la naturaleza de la nueva trama. Yo era el único que desde entonces marchaba con dificultad e incluso obstruía sus canales imaginativos. Era obvio, pues yo era el único obsesionado. Pero eso no me importaba. Mi dios me podía castigar, borrarme, garabatearme, hacer añicos el papel en el que instantes antes me había dado forma o alterar mis facciones maliciosamente. Cuando ella aparecía cada semana, surgiendo como una diosa desde los árboles de caoba del parque, al otro lado de la calle; cuando se detenía en la acera a esperar que la calle esté despejada de vehículos; cuando sus paso bendecían el asfalto que nos separaban,  mientras el viento aturdido por la estación primaveral, terminaba de colapsar por la embriaguez entre los pliegues de su vestido… Todas mis cuitas se evaporaban como la tinta en la ira fundida de mi creador. Se acercaba al quiosco, incrustado entre dos enormes edificios, como un diente humano entre los dientes de un elefante. Sonreía, pagaba y…

Muchas veces era tanta la embriaguez, que el plástico que protegía el ejemplar estaba empañado y mojado de sudor. Nuestra unión siempre era sublime. En ocasiones, era en su banco favorito en un rincón apartado del parque; semivelado por las azucenas que escalaban como cabras el pequeño arco de juncos que lo cubría. Otras veces, era en su habitación, junto a su ventana. Me encantaba, todo era silencio y noche. Los primeros contactos fueron pábulo para la tensión, con efecto suficiente para hacerme fracasar mis misiones. Es que me costó mucho cabalgar en mi Nave Corcel; perderme en las inmensas negruras de los infiernos de Xidrón, en busca de mis enemigos los Dragones Vaporosos; vencerlos, rescatar doncellas y joyas de poder sagrado, mientras sus dedos tiraban suavemente de las páginas. Las doncellas rescatadas se quejaban de mi falta de atención y tenían sus motivos. En verdad no les hacía el menor caso. La Princesa Cristerval, no corrió mejor suerte. Antes de que la humana apareciera, ella era el principio y el fin de mi atención. Pero últimamente sólo me limitaba a rendirle las reverencias protocolares. Nadie comprendía, ni mi creador, ni los otros personajes del cómic, lo que estaba sucediendo. Era como si un poder invisible nublara la voluntad creativa de mi dibujante y escritor; que ya no tenía control de mí una vez editada la historieta. Ese poder invisible era la obsesión. Visible sólo para mí que era su víctima y su mayor admirador. Fue en aquella época que nació mi patología, mi frustración por ser un personaje de cómics, y mi deseo de convertirme en un ser humano.

¡Allí viene! Hace un buen tiempo que encendió el televisor pero aún no se ha concentrado en mis hazañas… ¿hazañas? A estas alturas debería decir torturas. Lo cierto es que ha durado más tiempo del que yo puedo prescindir de su presencia preparando su merienda. Cada día me resulta más urgente su presencia. Sus emociones, sus ilusiones, sus penas, su culto y reflexiones. Esas manifestaciones de su Ser, originadas en las impresiones que le provocan cada una de mis aventuras, son los elementos químicos-etéreos que a través de un canal astral marchan como soldados, para cumplir su complejo deber alquímico en la proyección de lo que quiero ser. Su posición al sentarse es la acostumbrada. Sus piernas y senos, tan exquisitos como siempre, se unen en una mezcla de insomnio, cigarrillos, café y la presión de mi creador por mantenerme en forma; para que no me precipite a la fosa común de los superhéroes olvidados. ¡Qué felicidad!, está absorta, es necesario que mi actuación de hoy la impresione. Necesito que se mantenga adherida a mi destino, quizás deba enviarle una señal que establezca un vínculo más intimo… ¡Oh no, a tomado el control! Es la maldita telenovela que… no, no es la… pero, ¿quién es ese hombre?

Allá lejos, en la Edad de Oro en la que nuestros destinos se tropezaron gracias al apogeo de mis virtudes caballerescas, genio y valor, no me detuve a observar los desarreglos que mi naciente obsesión causaba a los nobles sentimientos que habitan detrás de los espacios en blanco que delimita la tinta. Vino a mí en los momentos de mi gloria. Precisamente cuando se desarrollaba un ciclo titulado: «Destellos Rosas en el Fondo de los Corazones Negros». Ese ciclo de aventuras definió mi universo, donde reinaba como valiente superhéroe, y también las tipologías de los diferentes personajes. Sobre todo los malos. Nadie que presuma de ser un fanático de mis proezas; que haya delirado por mí hasta defecar inconscientemente en sus pantalones; que posea toda la colección de mis cómics… puede olvidar aquel ciclo. Su gran arrastre fue la aparición de un nuevo personaje. El venerado archidemonio, el ungido de la maldad: Excraver. Fue una poderosa entidad concebida por mi dibujante y escritor luego de ser poseído por terribles pesadillas durante toda una luna llena. Le dio los toques finales en la aislada habitación del sanatorio donde lo recluyeron. A ella le fascinaba esa entidad, ¿y a quién no? En realidad era un espectro gris plateado, cuya figura se asemejaba a un esqueleto humano formado por harapos de hierro, y envuelto en una túnica negra. Incluso a los Dragones Vaporosos, se les helaba el fuego estelar ante sus desgarradores ojos, hundidos en un pantano de profunda y azul fosforescencia… ¡En verdad era un prodigio de las tinieblas! Era un honor ser aterrado por él. Ella leía con avidez, y otra cosa, comenzó a leer desnuda sobre su cama. A partir de ahí me intoxiqué con otro de los engranajes de la mecánica afectiva y psíquica  de los seres humanos: La desesperación. Sucedía que no podía esperar a que la lectura pasara para reposar al fuego encendido entre sus piernas; mientras ella miraba con ojos ahogados en sueños las estrellas. «En cual de todas vives»… le escuché susurrar alguna vez. Otro engranaje nació: El amor. Del cual se nutrió mi obsesión. Tiene que ser una supervitamina ese engranaje, pues, el avance devastador de mi obsesión luego de una serie de sobredosis, fue apoteósico.

Se marcha de nuevo sin esperar la conclusión del capitulo de hoy. Estoy seguro que después del próximo espacio publicitario no la encontraré frente al televisor, aguardando el final feliz. ¡Miserable! ¿Por qué entusiasmarse con otro final feliz reciclado y aburrido, cuando ella tiene el principio y el fin de la felicidad en ese tipo que me la robó? Ni aún el galán de la telenovela pudo resistir esa embestida. Se va a su encuentro, lo ama. Será al fuego de su carne, y no al fuego que la alquimia corporal almacena para la mía, lo que le provoque secreciones de feromonas; orgasmos por adelantados y suspiros tardíos. Ya he perdido la cuenta de los engranajes que he adoptado de la mecánica afectiva y psíquica de los humanos: dudas, ira, delirio de grandeza, mitomanía, el vicio de la masturbación, instintos asesinos, tendencias suicidas. ¡Ah, ya basta! En la morada más oscura y yerma de mi desesperación, he llegado a pensar en forjarles un cuerpo carnal a mis enemigos los Dragones Vaporosos. Sí, una tregua, ¡son ambiciosos! Y en el mundo hay muchas joyas. Sí, y a Excraver también. Sólo tienen que ayudarme a deshacerme de esa superficialidad de cabellos rubios. ¡Es hermoso, y se amarga mi tinta al reconocerlo!

Puedo otorgarle una existencia tridimensional a mis legiones. Hay un engranaje de los seres humanos, que al igual que la imaginación, reina sobre sus niveles afectivos y psíquicos: El alma. Ya he adquirido ese hálito de energía imperecedera gracias a las miradas que en los mejores tiempos ella solía posar en mis viñetas; a los átomos que arrojaba su respiración jadeante por la emoción; a los latidos de su corazón que arrugaban las páginas cuando sus manos la apretaban contra su pecho. Sí, estoy decidido. No me importan las consecuencias, sólo me importa ella… El planeta puede ser engullido por los dragones… ¡Es una gran joya!

Excraver, gesticula infernales pensamientos. Sostiene en su mano derecha uno de los tres diamantes sagrados de color rosa. Su capa se extiende tras de sí, dando la impresión —por los trazos de lápiz a su alrededor— de que suspendió abruptamente una extraordinaria velocidad. Sus ojos proyectan sobre el recuadro de la viñeta su bruma fosforescente, de un cegador azul profundo, reflejando su maligna voluntad. ¡Es un siniestro bajorrelieve sobre el oscuro vacío del espacio! Yo estoy suspendido frente a él, con el cuerpo curvado y las piernas unidas. Mi movimiento es de retroceso. ¡He sido sorprendido! Mi cota de malla, fabricada con anillas de cristal de plata, resplandece. Sostengo con ambas manos la espada sagrada, forjada de la sangre coagulada de los antiguos héroes semidivinos. Su empuñadura es un diente tallado de Mozgrat, el padre de los dragones. ¡Es la batalla final, el último de los tres diamantes rosas por recuperar, el final del ciclo!… Y ella posa una mirada eterna sobre la viñeta, allá lejos, en la Edad de Oro. Pero, ¿por qué continuar excavando los mejores tiempos en la memoria? No, la Edad de Oro perdió su brillo, su encanto, por los hechizos del tiempo. ¡Es la herrumbre de la Edad de Hierro lo que se ha posado como fatal rocío sobre los recuerdos de ella! Es inútil que pueda evocar en su Ser una nueva Edad de Oro, en la que pueda concluir mi obra de trascendencia existencial. Evolucionaré con mis propios recursos, hasta el nivel humano, utilizando los dos últimos engranajes psíquicos y afectivos que he adoptado: La imaginación y el odio… ¡Ella será mía o no será en absoluto! ¿ser o no ser? A mi creador le encantaba esta frase… Sí, ésa es la cuestión.

Más de una semana sin verla. La eternidad tiene su parte miserable, cuando la senda que traza el tiempo de la espera, ha de recorrerla un deseo que no principia ni finaliza en uno mismo, sino en un corazón indiferente; más allá de la frontera de nuestro interior. No me importan los millones de personas, incluyendo niños, que están vibrando frente a sus televisores, con mis nuevas aventuras, depuradas con una novedosa técnica de imagen virtual. Sólo ansío que ella encienda el suyo. Detrás de la aparente guerra con mis fieles enemigos los Dragones Vaporosos; de las incesantes persecuciones a través de las cavernas de hielo negro de los infiernos  de Xidrón; la tregua secreta, el plan y las promesas están pactados. Trabajaremos en nuestra transmutación por las noches y los fines de semana. Pero aguarden… Ya se hace la luz.

El estado  de ánimo que percibo está muy lejos de ser una basta sabana de praderas violetas, unidas en el lecho del horizonte a los pasos anaranjados de un atardecer que regresa. Está pálida, intranquila y desaliñada. Sus fugaces sonrisas nerviosas que a intervalos esboza, son execrables. El televisor estaba encendido, lo sé. También sé que antes de refugiarse en mí, estaba viendo la absurda telenovela del galán millonario perdido de amor por una sirvienta pobre, coja y retrasada mental. Desciende una lágrima, un desengaño se refleja en ella; un puño que se detiene a las puertas de sus mejillas, y un, ¡vete al diablo!… Reflexiono. ¿Engranajes afectivos y psíquicos que aún desconozco de la máquina humana? ¿Por qué regresa a mí? ¿Qué simbolizo yo para ella que no lo encuentra en la telenovela o en el desgraciado que la  precipitó a ese estado de  ruina, tristeza y desesperación? ¿También me espera esto a mí? ¿Para acabar así, me afano por ser un humano de carne y hueso, abandonando el universo fantástico, de magia, maldad e inocencia en su estado puro en el que reino?… ¡Inocencia! Ésa es la clave. Pertenezco a una estación de su vida, en la que soñaba por el placer de soñar, sin esperar nada. Allá lejos, bajo la arcadas de azucenas. Un cielo estrellado al fondo de una taza de chocolate, y la luz de las estrellas embriagadas por el olor a papel recién impreso. La noche silenciosa, ella y yo. La Princesa Cristerval y los Dragones Vaporosos; ¡Excraver!; ¡las joyas guerreras de los poderes de la luz!; ¡los infiernos de Xidrón!; ¡el caballero estrella de las cruzadas cósmicas! ¿Regresaremos allá, al cuento de hadas de tu vida? ¡Libremos esa batalla juntos! Yo también estoy contaminado con demasiados engranajes y vicios humanos, que nada tienen que ver con nuestro primer amor, allá lejos, en la Edad de Oro: sin la televisión, su carácter superficial y sus malditos cortes publicitarios. Sí, recógete el pelo… eso… sécate un poco más, ya casi no hay lágrimas. ¿A dónde vas? ¡Ah! La colección de mis cómics. No te molestes en elegir, escoge cualquiera. En todos resplandece la luz dorada ataviada con nuestra primavera. Algún día habrá ocasión para disculparme por los planes macabros que concebí. También los dragones están absortos, todos en esta dimensión te observamos a través de una ventana que otros llaman televisor. Ya elegiste uno, lo sostienes en tus manos. Sí, ya puedes apagar el televisor… Pues un rincón apartado de cualquier parque nos espera.

FIN


 

 

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