TETRAMENTIS / Las Visiones del Cíclope – Por Odilius Vlak

Otra vez camino sonámbulo a través del sueño; de nuevo he resbalado a través del portal de los mitos ancestrales. Caminar junto a los recuerdos ciegos del tiempo, sin comprender la carencia de fatiga y lo infinito del trayecto recorrido, sobre este desierto que otro imagino.

Al fin, hace un momento, surgido desde la infancia de la eternidad, aquello que creí era un espejismo estimulante y redentor, en medio de toda esa nada, resultó ser una aparición que pobló de horribles formas la reinante desolación.

Es un gigantesco péndulo, cuya esfera contiene el ojo de un cíclope. He interrumpido su lejano sueño, sus párpados cerrados por los milenios se elevan lentamente, abrasándome con su brillo intenso y profético. En el mismo instante en que el gran ojo se ha despojado del velo de hierro que castraba su terrible mirada, el péndulo inicia su hipnótico oscilar. Los destellos flamígeros que se desprenden del hierro de su armadura, amenazan con la evocación de horrendas edades en las estancias de mi trance.

El inmenso cíclope, petrificado por un espanto que salió a su encuentro en este valle crepuscular, quedó erecto por toda la eternidad cual monstruoso símbolo fálico. Las horribles garras de hierro oprimiendo cada uno de sus músculos, le ofrendaron sus últimas sensaciones. Su rostro expresa la cruel libertad que el alma erizada le da a nuestro semblante para encarnar el terror. Del hueco de su único ojo, brota la barra de hierro al final de la cual pende el ojo del cíclope. Se desprende como un sombrío rayo desde los quietos pantanos que encierran las nubes cubiertas de limo verde; pegadas como garrapatas a un cielo ensangrentado por la hemorragia de un sol agonizante. Mi mirada, golpeada por el vértigo, atraviesa las brumas y recorre temblorosa la barra vertical en su descenso relampagueante hasta la aridez plateada de la tierra, sobre la cual yo también he quedado petrificado. Estoy inmóvil. Puedo ver mi enorme reflejo en la colosal pupila: que hechiza mi espacio, mi tiempo; que estanca la gran migración que imagino llevó a cabo mi alma, fuera de mi cuerpo.

El ojo continua oscilando de un extremo a otro del infinito. Sumergiéndome en oníricas regiones y en la dimensión caótica de un estado embrionario, desde el cual se precipitan dominantes las visiones del cíclope. Qué extraña condena es vislumbrar sus fabulosos paisajes preñados de mitos: millones de dioses y héroes hibernando en los abismos sin fondo de su iris; con sus leyendas ahogadas en la sangre coagulada de innumerables sacrificios; más allá de cualquier continuo espacio-tiempo. Al fondo del Hades, veo una serpiente excitando mi alma con oscuras fantasías, que preceden el Alfa y exceden el Omega. De nuevo regresa el péndulo, con el oscuro violeta del alba de un nuevo oscilar. No quiero seguir como protagonista de una contemplación inerte… ¡quiero ser parte activa de un antiguo mito! En el supremo instante en el que el gran ojo se suspenda frente a mí, me lanzaré al estanque profundo de su tiempo esclavizado. Aquí viene… ¡Qué gran Olimpo es la infinita negrura de su pupila

FIN.

 

 


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