TETRAMENTIS / Danzas Alrededor del Olvido – Por Odilius Vlak

El tiempo de los tiempos es el tiempo del olvido; el más extraño de los valores dinámicos, y uno de los innumerables jinetes apocalípticos que pugnan por ser la contraparte interna de la fuerza de gravedad. Suya es la imagen que llevan los humanos en su procesión hacia la nada.

Los cuerpos aún están entumecidos, los vapores helados que sujetan sus huesos, son los pensamientos en duelo ante el cadáver de un sacerdote lunar. Suplican a sus dioses por leyes que supriman la vida después de la muerte. Los dioses mismos deberían olvidar su divinidad. Cortarnos todos los seres las venas con las navajas del olvido… ¡Qué la somnolencia se extienda como pluma ebria por la memoria del universo!

El desierto tirita, y apenas está en la garganta de la noche. Decididos, los cuerpos hurtan la fluidez a sus sombras y poco a poco, despacio, dan inicio a la danza eterna de los seres conscientes de su regreso a la vida. Muchos están lúcidos. Pero a diferencia de la  mayoría de los mortales, su atención milenaria sobre su ritmo vital no los atormenta. Ellos son los que soplan el polvo de los bostezos ancestrales; antes que los paseos matinales del diluvio hagan de ellos un fango de arcoíris plateados. Las palpitaciones de sus corazones son el eco de los tambores solitarios, entre el funeral sin principio ni fin que cortejan las estrellas. La música que destierran sus golpes en el Ser de los danzantes, es extraña y mística; surgida desde la piel disecada de los primeros humanos condenados en sus recuerdos.

El ritmo lo marcan los ángeles caídos, junto a cada golpe de mano. La música es cada vez más intensa, pues algunos ángeles no se caen sino que se arrojan, suicidándose, para renacer en el vuelo de una nota musical. Ya no distinguen entre el Cielo y el Infierno. Cada vez penetran más seres carentes de tiempo, en el espacio de la danza sin nacimiento y sin muerte. Sin nada por lo cual preocuparse incluyendo los efectos de la vida.

En la distancia recorrida por las gotas sudor, las dimensiones se confunden. De pronto los planetas giran alrededor de sus lunas. El Sol se ha acostumbrado al gran espejo que frente a él le refleja su luz. Ya no se pregunta si ésta alguna vez viajó más allá. Una única voluntad, una espasmódica danza por el imperio del olvido. Ya se agotan los inútiles ciclos, cuyo único fin es frustrar almas… Ya la mecánica absurda carece de parque de diversión.

Pese a estar separado, siento mi indecisión caer abatida por la energía que liberan los cuerpos, con sus movimientos cada vez más salvajes. La caída estrepitosa de los ángeles sobre los tambores solitarios, crea un ritmo cada vez más distorsionado y en guerra santa contra la razón. Las imágenes del inconsciente de los danzantes se disparan visibles al cielo, como fuegos artificiales. Allá, forman una nebulosa matizada con los colores del futuro. Esto provoca que el desierto se tiña de una atmósfera enervante, pues estos colores flotan como gases sobre la luz pesada de la luna, antorcha por excelencia de las alucinaciones, en los oscuros senderos mentales de los danzantes.

El olvido aún duerme, pero ya el movimiento de los cuerpos diseñan alrededor de él la senda de un nuevo proceso cósmico. No hay lugar para el Espacio y el Tiempo en el nuevo devenir. Extrañas máscaras de rostros geométricos cubren los de los iniciados, a la vez que sus deseos se impregnan de magia. Aquí y allí, ciertas metamórfosis conciben a través de una transformación oculta y silenciosa dioses, demonios y miles de formas elementales y animales totémicos. Los monstruos mitológicos abandonan los símbolos del inconsciente colectivo humano, para participar en todo su esplendor de la nueva cosmogonía. El Infinito, es el copero de las drogas que obsequia la naturaleza. Tan vastos y profundos como los secretos de ésta, se expanden los sentidos y la conciencia de todos los que danzan una y otra vez alrededor del olvido.

El círculo de fuego ya empieza a inquietar su letargo. Ya me parece ver apoderarse de la agitación de los astros la anhelada siesta: el Misterio quedará absorto en el fantasma de su revelación; las estrellas divagarán meditabundas en el espacio sin propósito alguno, hasta apagarse sumergidas en sus heladas profundidades. Se acelera la danza. Los pies hacen saltar el polvo, empuñando el cetro de la gravedad con cada una de sus pisadas. Se entonan cánticos rituales en honor a los sueños cautivos en el desvelo. Se yergue el olvido en vapores balsámicos, que van aliviando a medida que avanzan, los tormentos de los danzantes. Sólo retinen el recuerdo de su férreo propósito.

Ya cae el rocío definitivo sobre todas las formas vivientes del planeta. Las flores aúllan como lobos, y los murciélagos cuidan de no batir muy fuerte sus alas de pétalos; el sonido practica canibalismo con el sonido; el silencio con el silencio. Mis sentidos… ¿estarán practicando canibalismo con mis sentidos, y así, con este banquete, iniciarme en el olvido? Sólo veo los cuerpos convulsionarse con los movimientos, y los átomos del olvido bullendo en el centro como los pensamientos de un demente. Los habitantes de las grandes metrópolis caminan errantes como gusanos sonámbulos, a través de la carroña de ciudades tan inertes como su memoria. Ya traspasa el umbral de la atmósfera en pos del universo entero… Allá va glorioso el devorador de recuerdos.

Pero yo también deseo olvidar. No  quiero el privilegio de ser la única alma en el cosmos capaz de recordar. No me interesa reconstruir la realidad con las imágenes de mi memoria. Sólo existe caos allí. Un caos peor del que ahora ordena la inmensa armonía que otorga el olvido… en todo lo que existe fuera de mí. ¡Debo olvidar! En el olvido no hay sueño ni despertar; pasado ni futuro; no hay espacio para cimas o abismos; no hay esperanza ni falta de fe… Sólo yo, y no sabré quien soy… ¡Vamos, empuña el loto, la danza te espera!

FIN



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