RUNES SANGUINIS / La Regularidad Métrica – Por H. P. Lovecraft

De las varias formas de decadencia manifestadas en el arte poético de la presente era, ninguna impacta con más aspereza nuestra sensibilidad que la alarmante decadencia de la armoniosa regularidad de la métrica, la cual adornó la poesía de nuestros ancestros inmediatos.

Que la métrica en sí misma forma parte esencial de toda verdadera poesía es un principio el cual ni siquiera las aserciones de un Aristóteles o los pronunciamientos de un Platón pueden descalificar. Un crítico tan antiguo como Dionisos de Halicarnaso y un filósofo tan moderno como Hegel, han afirmado que la versificación en la poesía no es sólo un atributo necesario, sino también su mismo fundamento; colocando Hegel, en verdad, la métrica por encima de la imaginación metafórica en cuanto esencia de toda verdadera creación poética.

La ciencia puede igualmente rastrear el instinto métrico desde la misma infancia de la humanidad, o incluso más allá, hasta la edad pre-humana de los monos. La Naturaleza es en sí misma una incesante sucesión de impulsos regulados. La invariable recurrencia de las estaciones y de la luna, la venida y partida del día, el flujo y reflujo de las mareas, los latidos del corazón y del pulso, el andar de los pies mientras caminan, y los otros incontables fenómenos de igual regularidad, se han combinado todos para inculcar en el cerebro humano un sentido del ritmo el cual se manifiesta tanto en las personas más toscas como en las más sofisticadas. La métrica, por lo tanto, no es tanto un artificio falso como la mayoría de los exponentes del radicalismo nos han hecho creer, sino en cambio un inevitable y natural embellecimiento de la poesía, el cual la sucesión de las edades deben desarrollar y refinar, más que mutilar y destruir.

Al igual que otros instintos, el sentido métrico ha tomado aspectos diferentes entre diferentes razas. Los salvajes lo muestran en su forma más simple mientras danzan al sonido de tambores primitivos; los bárbaros lo manifiestan en sus religiones y canciones; los pueblos civilizados lo utilizan para su poesía formal, ya sea como una medida de cantidad, como los versos griegos y romanos, o como una medida del énfasis de la acentuación, como en nuestros propios versos ingleses. La precisión de la métrica no es entonces una simple manifestación de una ornamentación rimbombante, sino la lógica evolución de unos orígenes eminentemente naturales.

Es la aseveración del poeta ultra-moderno, como fue enunciado por la señora J. W. Renshaw, en su reciente artículo sobre «The Autocracy of Art» [en “The Looking Glass” del mes de mayo], de que el verdadero bardo inspirado debe cantar sus sentimientos independientemente de la forma del lenguaje, permitiendo que cada cambiante impulso alteren el ritmo de su balada, y ciegamente rendir su razón al «sofisticado frenesí» de su estado de ánimo. Esta aseveración está por supuesto fundada sobre la postura de que la poesía es súper-intelectual; la expresión de un «alma» que está por encima de la mente y sus preceptos. Ahora bien, mientras evitando la acusación de esta dudosa teoría, debemos remarcar que las leyes de la naturaleza no pueden ser echadas a un lado tan fácilmente. Por supuesto, si bien mucha de la verdadera poesía debe superar el producto del cerebro, aún debe ser afectada por las leyes de la naturaleza, que son universales e inevitables. Porque son a través de las variadas y claramente definidas formas de la naturaleza que las emociones buscan expresarse.

En verdad, sentimos incluso inconscientemente la afinidad de cierta clase de métrica para cierta clase de pensamiento, y en la lectura cuidadosa de un poema crudo e irregular somos repentinamente repelidos por las injustificadas variaciones del bardo, ya sea a causa de su ignorancia o de su gusto pervertido. Somos naturalmente impactados por la vestimenta de un tema sepulcral con una métrica anapéstica, o el tratamiento de un largo y elevado tema en líneas cortas y agitadas. Este último defecto es lo que tanto nos repugna de la verdaderamente académica traducción de Coninghton del Aeneid.

Lo que los radicales desconsideran de manera tan desenfrenada en sus excéntricas declaraciones es la unidad de pensamiento. En medio de sus enloquecidos y repetidos brincos de una áspera forma métrica a otra, ellos ignoran la uniformidad subyacente en cada uno de sus poemas. La escena puede cambiar; la atmósfera variar; y aún así, un poema no puede transmitir más que un mensaje definido, y para ajustarse a este último y fundamental mensaje no más que una métrica debe ser seleccionada y mantenida. Para acomodarse a las pequeñas bajas de calidad en el tono de un poema, una regularidad métrica se aplicará prestándose a sí misma a la diversidad. Nuestra principal, pero al momento irritantemente ignorada medida, la copla heroica, es capaz de hacerse cargo de los infinitos matices de la expresión por la correcta selección de la secuencia de las palabras, y por la propia colocación de la cesura o pausa en cada línea. El Dr. Blair, en su trigésima octava conferencia, explica e ilustra con admirable minuciosidad la importancia de la colocación de la pausa en orden de variar el fluir del verso heroico. Es también posible otorgarle variedad a un poema utilizando juiciosamente los ocasionales pies de una métrica diferente de aquélla que compone el cuerpo del trabajo. Esto es regularmente hecho sin perturbar la silabización, y en ningún caso oscurece o desvirtúa la medida dominante.

La más divertida de todas las declaraciones de los radicales, es la aseveración de que el verdadero fervor poético nunca puede ser confinado a la regularidad métrica; que el jinete de ojos ardientes y largo pelo de Pegaso debe infligir sobre un público doliente una forma inalterable de vagas concepciones, las cuales revolotean en noble caos a través de su alma exaltada. Mientras que es perfectamente obvio que la hora de rara inspiración debe ser mejorada sin el obstáculo de la gramática o los diccionarios de rítmica, no es menos obvio que la exitosa hora de calmada contemplación puede muy provechosamente ser dedicada a la mejora y la pulimentación. El «lenguaje del corazón» debe ser clarificado y hecho inteligible para otros corazones, de lo contrario su propósito estará por siempre confinado en su creador. Si las leyes naturales de la construcción métrica deben ser voluntariamente apartadas, la atención del lector será distraída del alma del poema por su grosera y desajustada vestimenta.  Mientras más cerca de la perfección esté la métrica, menos conspicua será su presencia; de aquí que si el poeta desea una suprema consideración para su trabajo, él debe hacer sus versos tan pulidos que los sentidos no sean interrumpidos.

El nocivo efecto de la flojedad métrica en la joven generación de poetas es enorme. Estos últimos pretendientes de la Musa, que no están todavía lo suficientemente entrenados para distinguir entre sus propias crudezas carentes de arte y las cultivadas monstruosidades del bardo educado pero radical, terminan contemplando con desconfianza las críticas ortodoxas, y creyendo que ninguna gramática, retórica o habilidad métrica es necesaria para su propio desarrollo. El resultado no puede ser otro que una raza de groseros y cacofónicos híbridos, cuyos amorfos gritos estarán entretejidos de manera incierta entre la prosa y el verso, absorbiendo los vicios de ambos y ninguna de sus virtudes.

Cuando una apropiada consideración es tomada de la perfecta naturalidad de una métrica pulida, una completa reacción en contra del caos presente debe inevitablemente ocurrir; de manera que los pocos remanentes discípulos del conservadurismo y buen gusto deben justamente abrigar una última y persistente esperanza de escuchar en la lírica moderna, los expresivos heroicos de Pope, el majestuoso verso blanco de Thomson, el terso octosílabo de Swift, los sonoros cuartetos de Gray, y los vívidos anapestos de Sheridan y Moore.

Traducido por Odilius Vlak

  • NOTA: Este ensayo fue publicado por primera vez en julio de 1915. Es muy posible que se haya publicado en la «United Amateur Press Association (UAPA)», de la cual Lovecraft fue miembro desde 1914.
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