TETRAMENTIS / Demenciaficción – Por Odilius Vlak

Mi paje me habló abundantemente de numerosos asuntos de los que me acuerdo muy bien. Su inteligencia me sorprendió mucho, pero acabé dándome cuenta de que trataba de que me entrara el sueño. Fingí dormir profundamente, pero estaba despierto, pues no podía olvidar a los decapitados. Al fin llegó el olvido y me invitó a seguirlo a otra estancia del castillo; allí, encontré a mi paje hablándome de numerosos asuntos que finjo ahora recordar. Su inteligencia sorprende mucho tanto a mi proyección astral como a mí, pero acabo dándome cuenta de que trata de evitar que despierte.

La habitación daba al lago, de manera que desde mi lecho colocado junto a la ventana, podía recorrer fácilmente toda la extensión con la vista. El olvido tropieza con los suspiro de un alma en pena. En el instante recuerdo que finjo dormir profundamente; pero estaba despierto, pues no podía olvidar a los decapitados. A media noche, justo cuando sonaron las doce campanadas, vi de repente un gran fuego en el lago, muerto de miedo abrí rápidamente la ventana. Mi paje continuaba hablando abundantemente con mi cuerpo astral colocado junto a la ventana. Lo aparté poco antes del diluvio para poder observar.

Vi a lo lejos siete navíos llenos de luz que se acercaban. Por encima de cada uno de ellos brillaba una llama que revoloteaba aquí y allá, descendiendo incluso de vez en cuando: comprendí con facilidad que eran los espíritus de los decapitados.

La inteligencia de mi paje sorprende mucho a mi cuerpo astral, pero acaba dándose cuenta de que trata de que se ahogue. Finge ahogarse profundamente; pero el calor de las llamas hierve los vientos de sangre en sus pulmones etéreos. Así que coloca el mundo sobre las llamas, le abre un orificio y deja escapar el agua del diluvio sobre éstas. Los espíritus de los decapitados se ahogan tiritando bajo la manta del frío.

Los barcos se aproximan suavemente a la orilla con su único piloto. Cuando arribaron, vi que nuestra virgen fue a su encuentro con una antorcha. Detrás de ella traían los siete ataúdes cerrados y la caja que fueron depositados en los siete barcos. Ocultos muy cerca, mi cuerpo astral y mi paje, que no cesa de hablar abundantemente, intentan escabullirse en los barcos, pero fracasan, pues sólo yo puedo recorrer fácilmente toda su extensión con la vista.

Una vez que los ataúdes fueron depositados en las barcas, se apagaron todas las luces. Comprendí con facilidad que eran los espíritus de los decapitados. Las seis llamas navegaron más allá del lago, y en cada barco no se veía nada más que una lucecita que hacía de vigía. A media noche, justo cuando sonaron las doce campanadas, vi de repente a mi paje y a mi cuerpo astral, atrapados en la última gota del diluvio, mientras se deslizaban  por el orificio del mundo. Entonces, se instalaron junto al lago, unos cien guardianes que enviaron a la virgen al castillo.

Los barcos se aproximaron suavemente a la orilla con su único piloto, simpático híbrido, fruto de mi cuerpo astral y el Alter Ego de las mentiras sublimadas de mi paje. La virgen puso todos los cerrojos con mucho cuidado de lo que deduje que no habría más acontecimientos antes del día. Trato de descansar pero es imposible, pues el resto de la noche las discusiones de mi paje con mi cuerpo astral, en la estancia contigua del castillo, me lo impiden. Según mi paje el Alter Ego de sus mentiras es estéril, pues no han surtido ningún efecto somnífero en mí cuerpo astral, que aún finge dormir profundamente, pero está despierto, ya que no puede olvidar a los decapitados. Mientras tanto, el olvido se ha incorporado de su caída y corre tras el híbrido.

Las seis llamas navegaron más allá del lago y en cada barco no se veía sino una lucecita que hacía de vigía. El híbrido se ocultó en el lado oscuro de la pequeña luz, creyendo escapar. Pero el olvido invade la lucecita y ésta olvidándose de su deber se sumerge en sus propias reflexiones, extrayendo toda la luz vigilante de su exterior para alumbrar sus antros subconscientes. Allí, son iluminados el híbrido y miles de cerrojos oxidados por los mutantes que administran el puerto. El olvido hace su aparición y se apodera del híbrido; éste intenta aferrarse a los demonios que moran en los átomos del limbo. Pero es inútil. Lo devora y la discusión termina. Ahora puedo descansar en paz… Pero no, no puedo hacerlo, porque finjo estar despierto sin poder olvidar a los decapitados.

Todo ocurría en la mayor calma y no había ninguna alegría aparente. Presentí un gran peligro y la ausencia de música acrecentaba mi angustia, que aumentó todavía más, cuando nos dieron la orden de responder breve y claramente si se nos preguntaba algo. En resumen, todo tomaba un aire tan extraño que el sudor perló mi cuerpo; y diría que hasta el hombre más audaz, le habría faltado el valor. Por la ventana vemos pasar una manada de murciélagos que escapan aterrados de los calabozos ocultos en la mente de la princesa durmiente. Fueron construidos por las apuestas perdidas de duendes, que no les importó jamás jugar sus ilusiones.

Aun así, todo ocurría en la mayor calma y no había ninguna alegría aparente. Mientras yo finjo estar desesperado sin poder olvidar a los decapitados. Los músicos irrumpen en nuestras pesadillas, ejecutando una melancólica melodía, que imita el ritmo de la intuición que anuncia la muerte al dios sin culto. Veo como algunos de nosotros se apartan del banquete, y acompañados por la melodía, buscan solitarios su propias tumbas. En resumen, todo tomaba un aire tan extraño que el sudor perló mi cuerpo; y diría que hasta el hombre más audaz, le habría faltado el valor. Para mayor desgracia, veo penetrar a mi paje y mi cuerpo astral, abrazados y esbozando una gran sonrisa de huesos y materia ectoplasmática. Se dirigen hasta el azar, para comprarle uno de sus caprichos. Desean consagrarlo a mi alma, luego de mi muerte, para que la guíe en el más allá.

Todas las personas reales nos tendieron las manos diciéndonos que puesto que no dependeríamos más de ellos, no los veríamos nunca más. Estas palabras nos llenaron de lágrimas los ojos. Incluso los ángeles condenados en la agonía del perro negro, que se desangra en la bandeja central del banquete, encontraron otro motivo para su crujir de dientes. Presentí un gran peligro y la ausencia de la música acrecentaba mi angustia. Los murciélagos se descoloran, consumidos por las imágenes de su tercer ojo. Manos gigantescas construyen un lecho para el mundo que está deshidratado… Esto nos llenó los ojos de lágrimas. Más de uno añoró el diluvio. De repente, tintineó una campanilla. Nuestros huéspedes reales palidecieron tan horriblemente, que por poco nos desvanecemos de miedo. Esto contrasta con la alegría de aquellos de nosotros que han encontrado su tumba, acompañados por la lúgubre melodía.

Cambiaron sus vestidos blancos por ropas completamente negras. Después, la sala entera y el suelo fueron cubiertos con terciopelo negro, e igualmente la tribuna. Todos palidecimos de nuevo, menos mi paje y mi cuerpo astral, que entraban y salían libremente a través de cada uno de los espejos que adornaban nuestro techo octogonal. Mi paje no dejaba de hablar abundantemente de numerosos asuntos a mi cuerpo astral, de los cuales no me acuerdo muy bien. La buena memoria la posee mi imagen reflejada en el espejo; pero ésta no me revela nada. Dice que nuestros sentimientos, pensamientos y nuestras almas, no son los mismos aunque ejecutemos idénticos movimientos. Ella es más pura, no se pregunta nada acerca de mí, sabe que soy la imagen proyectada por un suspiro de debilidad.

Se llevaron las mesas y los presentes tomaron asiento en el banco. Nosotros nos vestimos con ropas negras. Nuestra presidente que acababa de salir volvió con seis cintas de tafetán negro y vendó los ojos de las seis personas reales. Por su lado mi paje junto a mi cuerpo astral, reúnen las imágenes —de la forma más absurda posible—, que serán parte de mi próximo sueño. Finjo dormir profundamente, pero estoy despierto, pierdo la esperanza de olvidar en sueños a los decapitados. Una vez que éstos estuvieron privados de su vista, los servidores trajeron rápidamente seis ataúdes cubiertos y lo pusieron en la sala. En medio dispusieron un tronco negro y bajo.

Pero todo ocurría en la mayor calma y no había ninguna alegría aparente. Mi sueño comienza. La primera imagen de una serie que se irán negando unas a otras. Es un sueño embriagado, un tanto extraño. Fumo al inicio algo en una pipa, quizás opio, no se, lo cierto es que mi paje y mi cuerpo astral se burlan de mí. Nunca había estado bajo el efecto de un narcótico en ninguno de mis anteriores sueños. La embriaguez en la vigilia me sumerge en el mundo de los sueños; la embriaguez en el sueño me arroja al alma del caos: donde todo late pacientemente antes de su manifestación.

Finalmente entró en la sala un gigante negro que llevaba en sus manos un hacha afilada. El viejo rey fue el primero de los conducidos al tajo. Súbitamente le cortaron la cabeza y la envolvieron en una sábana negra. Su sangre fue recogida en un gran tarro de oro que depositaron en el ataúd junto a él. Los músicos invadieron nuestras pesadillas ejecutando una melancólica melodía, que imita el ritmo de la intuición que anuncia la muerte al dios sin culto. Mi paje y mi cuerpo astral conducen a éste hasta el mundo de mis sueños, provocando un estancamiento de la embriaguez. El dios camina pesadamente en busca de un lugar idóneo para morir. Yo por mi parte, finjo soñar, pero en realidad estoy recordando que posiblemente ya esté muerto. Sobre los hombros del dios cabalgan las imágenes embriagadas que forjarán mi próxima vida; pero antes de que él se detenga, y se desplome inerte junto a mi sueño, quisiera olvidar a los decapitados.

Los demás sufrieron la misma suerte y me estremecí pensando que igualmente llegaría mi turno. Pero no fue así, pues el hombre negro se retiró una vez decapitadas las seis personas. Alguien lo siguió para decapitarlo a su vez, justamente delante de la puerta, y volvió con su cabeza y el hacha que fueron depositados ambos en una caja. De repente, tintineó una campanilla. Los huesos de aquellos de nosotros que solitarios habían hallado su tumba, palidecieron tan horriblemente, que los calabozos oníricos de la princesa durmiente se desvanecieron en su despertar.

Un gran miedo humedecido de tréboles y corazones. En verdad fueron bodas sangrientas. Incluso los ángeles condenados en la agonía del perro negro, que se desangra sobre la bandeja central del banquete, encontraron otro motivo para su crujir de dientes. Mientras algunos lloraban añorando el diluvio, los murciélagos se recuperaban, y penetrando en mi sueño, revolotean alrededor del dios sin culto y las imágenes embriagadas de mi próxima vida montadas sobre sus hombros; para vampirizar los colores que tras nuestras muertes ya no necesitaremos. Estoy en el alma del caos; así que pueden proveerse de colores que aún no han existido en los sentidos del hombre.

Nuestra virgen, viendo que algunos de nosotros perdían la fe y lloraban, nos invitó a la calma. Nos deseó unas buenas noches y nos anunció que ella velaría a los muertos. Conformándonos con sus deseos, seguimos a nuestros pajes a nuestros aposentos respectivos. Cuando intento dormir el dios cae muerto en mis sueños y yo despierto a una nueva vida. Un tropel de murciélagos de negrura inédita, se estampan en los espacios en blanco del insomnio de la princesa. Mi cuerpo astral penetra tembloroso y aterrado dentro de mi cuerpo físico; con un hacha ensangrentada en sus manos. Siete cabezas lo persiguen. De pronto, la procesión de rubíes azabaches lo guían hasta los átomos del limbo; allí los demonios proscritos le practicaran cirugías con flores de loto. Luego se paseará alegre con el olvido por tronco y extremidades.

Mi paje me habló abundantemente de numerosos asuntos de los que me acuerdo muy bien. Su inteligencia me sorprendió mucho, pero acabé dándome cuenta de que trataba de que me entrara el sueño. Fingí dormir profundamente, pero estaba despierto… Pues a los demonios que moran en los átomos del limbo, no les interesó hacerle una cirugía a mi memoria, ¡y maldición!… No podía olvidar a los decapitados. No los puedo olvidar ahora, ni los podré olvidar en el futuro. ¡Qué desgracia! ¿Por qué el dios no murió después de esta imagen de mi vida? Así como las pasadas, se hubiera sepultado embriagada junto a él, como todo mi sueño. Ahora, sólo poseo un hacha ensangrentada entre mis manos, y un recuerdo obsesivo por los decapitados… No, no fingiré vivir.

Fin


  • Nota: Este texto es fruto de un alucinante experimento surrealista que el oscuro monje llevó a cabo sobre uno de los pasajes del libro: «Chemische Hochzeit Christiani Rosenkreuz [1616]», del místico y teólogo alemán, Johann Valentín Andrea.

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