RUNES SANGUINIS / Asesinato en la Cuarta Dimensión – Por Clark Ashton Smith

Amazing Detective Tales - October 1930 - Restauración de la portada Markus E. Goth

Las siguientes páginas son extraídas de un libro de notas que fue descubierto yaciendo al pie de un roble al lado de la Avenida Lincoln, entre Bowman y Auburn. Ellas hubiesen sido desechadas inmediatamente como el trabajo de una mente desordenada, si no hubiese sido por la inexplicable desaparición, ocho días antes, de James Buckingham y Edgar Halpin. Los expertos testificaron que la letra de mano era indudablemente la de Buckingham. Un dólar de plata y un pañuelo marcado con las iníciales de Buckingham, fueron también encontrados en los alrededores no muy lejos del libro de notas.


No todo el mundo creerá, quizás, que mi odio de diez años hacia Edgar Halpin era la fuerza impulsadora que me condujo al perfeccionamiento de una invención más que peculiar. Sólo aquellos que han detestado y aborrecido otro hombre con el negro sentimiento que yo había concebido, comprenderán la paciencia con la cual yo busqué desarrollar una venganza que debía ser segura y adecuada al mismo tiempo. La maldad que él me había hecho era de una clase que debía ser expiada tarde o temprano; y nada menos que su muerte sería suficiente. Sin embargo, no me importaba un ardite, ni siquiera por un crimen que yo no podía considerar de otro modo sino como la simple ejecución de la justicia; y, como abogado, sabía cuán difícil, cuán prácticamente imposible, era el encargo de un crimen que no fuera a dejar ninguna evidencia traicionera. Por consiguiente, yo ponderé larga e infructuosamente sobre la manera en la cual Halpin debía morir, antes de que la inspiración viniera a mí.

Yo no tenía razón suficiente para odiar a Edgar Halpin. Habíamos sido amigos cercanos durante todos nuestros días escolares y a través de los primeros años de nuestra vida profesional como colegas en la ley. Pero cuando Halpin desposó la mujer que por siempre yo había amado con completa devoción, toda la amistad cesó de mi parte y fue sustituida por una helada barrera de inexorable enemistad. Incluso la muerte de Alicia, cinco años después del matrimonio, no hizo ninguna diferencia, pues no podía olvidar la felicidad de la cual había sido privado; la felicidad que ellos habían compartido en esos años, como ladrones que eran. Sentía que ella me habría tomado en cuenta de no haber sido por Halpin; en verdad, ella y yo nos habíamos casi comprometido antes del comienzo de su rivalidad.

Sin embargo, no debe suponerse, que yo era lo bastante indiscreto como para traicionar en cualquier momento mis sentimientos. Halpin era mi socio regular en la firma de abogados de Auburn, a la cual pertenecíamos; y yo continué siendo un más que bienvenido y frecuente invitado en su hogar. Dudo que él alguna vez se haya dado cuenta que yo había estado profundamente enamorado de Alicia: pues soy de un temperamento discreto y moderado; y también, soy orgulloso. Nadie, excepto la misma Alicia, percibió jamás mi sufrimiento; pero incluso ella no sabía nada de mi resentimiento. El mismo Halpin confiaba en mí; y alimentando como lo hice la idea de una represalia para el futuro, cuidé mucho de que él continuara confiando en mí. Me convertí en una necesidad para él en todos los sentidos, lo ayudé cuando mi corazón era un caldero burbujeante de veneno; proferí palabras de fraternal afecto y di palmadas en su espalda cuando más bien le hubiese enterrado una daga. Conocía todas las torturas y nauseas de un hipócrita. Y día tras día, años tras años, yo elaboré mis variados planes para la venganza final.

Aparte de mis estudios y deberes legales, durante esos años, yo me dediqué a todo lo que estuviera disponible que tratara de métodos de asesinato. Los crímenes pasionales me atraían con el interés de un destino, y leí incansablemente los registros de casos especiales. Llevé a cabo un estudio de armas y venenos; y mientras los estudiaba, me imaginé la muerte de Halpin en todas las formas posibles. Imaginé el acto siendo ejecutado en todas las horas del día y de la noche, y en una multitud de lugares. El único defecto en estos sueños era mi incapacidad de pensar en algún lugar que aseguraría la perfecta imposibilidad de un descubrimiento posterior.

Fue mi inclinación hacia las especulaciones científicas y la experimentación lo que finalmente me proporcionó la pista que buscaba. Yo había estado por mucho tiempo familiarizado con la teoría de que otros mundos y dimensiones podían co-existir en el mismo espacio con los nuestros por razón de una diferente estructura molecular y ritmo vibracional, haciéndolas intangibles para nosotros. Un día, mientras yo estaba enfrascado en fantasías criminales, en las cuales por milésima vez me imaginé estrangulando a Halpin con mis propias manos, se me ocurrió que alguna dimensión invisible, si uno pudiera tan solo acceder a ella, sería el lugar ideal para la perpetración de un homicidio. Todas las evidencias circunstanciales, así como el mismo cadáver, no existirían; en otras palabras, uno tendría una ausencia perfecta de los que se conoce como el corpus delicti. El problema de cómo obtener acceso a esta dimensión era, por supuesto, insoluble; pero no tenía cuidado de que necesariamente probaría ser imposible. Inmediatamente me dediqué a la tarea de considerar los problemas que tenían que superarse, y las posibles formas y medios.

Existen motivos por los cuales no me molesto en exponer en esta narración, los detalles de los varios experimentos en los cuales me vi inmerso durante los siguientes tres años. La teoría que subyacía mis pruebas e investigaciones era muy simple; pero los procesos involucrados eran altamente complicados. En pocas palabras, la premisa desde la cual trabajaba era que, el ritmo vibracional de los objetos en la cuarta dimensión podía ser artificialmente reproducido por medio de algún mecanismo, y que las cosas o personas expuestas a la influencia de tal vibración podrían por este medio ser transportadas hacia ese reino alienígena.

Por mucho tiempo, todos mis experimentos estuvieron condenados al fracaso, porque yo estaba caminando a tientas entre misteriosos poderes y recónditas leyes cuyo principio motriz yo no había totalmente comprendido. Ni siquiera insinuaré la naturaleza básica del artefacto que hizo realidad mi éxito final, pues no quiero que otros me sigan a donde yo he ido y se encuentren en el mismo apuro espantoso. No obstante, diré, que la deseada vibración fue lograda gracias a la condensación de rayos ultravioletas en un aparato refractario fabricado de ciertos materiales muy sensitivos los cuales no nombraré.

La energía resultante era almacenada en una especie de batería, y podía ser emitida desde un disco vibratorio suspendido sobre una ordinaria silla de oficina, exponiendo todo lo que se encontrase debajo del disco a la influencia de la nueva vibración. El alcance de la influencia podía ser regulada a corta distancia por medio de un accesorio aislante. Con el uso del aparato yo finalmente tuve éxito en transportar varios artículos a la cuarta dimensión: un recipiente para comida, un busto de Dante, una biblia, una novela francesa y una casa de gatos, todos desaparecieron de la vista y el tacto en pocos segundos cuando el poder ultravioleta fue proyectado sobre ellos. Sabía que desde ese momento ellos estaban funcionando como entidades atómicas en un mundo donde todas las cosas poseen el mismo ritmo vibratorio que había sido inducido artificialmente por medio de mi mecanismo.

Antes de aventurarme yo mismo dentro del dominio de lo invisible, era por supuesto necesario tener algún medio de retorno. Así que inventé una segunda batería y un segundo disco vibratorio, a través del cual, por medio de ciertos rayos infrarrojos, las vibraciones de nuestro propio mundo podían ser reproducidas. Al proyectar la fuerza desde el disco sobre el mismo lugar donde el recipiente de comida y los otros artículos habían desaparecido, tuve éxito en traerlos nuevamente. Todos estaban absolutamente intactos, y si bien varios meses habían pasado, el gato no había sufrido en ninguna manera por su encarcelamiento tetradimensional. El artefacto de infrarrojo era portable; y tenía pensado llevarlo conmigo en mi visita al nuevo reino en compañía de Edgar Halpin. Yo —pero no Halpin— retornaría nuevamente para retomar los afanes de la vida mundana.

Todos mis experimentos habían sido llevados a cabo en total secreto. Para enmascarar su verdadera naturaleza, así como también para rodearme de la necesaria privacidad, yo había construido un pequeño laboratorio en el bosque de un rancho sin cultivar de mi propiedad, ubicado a mitad de camino entre Auburn y Bowman. A él me retiraba a intervalos variables cuando tenía el necesario tiempo libre, sobre todo para llevar cabo algunos experimentos químicos de una naturaleza educativa pero muy lejos de ser inusuales. Yo nunca admití a nadie al laboratorio; y no poca curiosidad fue manifestada entre amigos y conocidos en relación a su contenido y a los experimentos que yo estaba realizando. Nunca proferí una sílaba a ninguna persona que pudiera indicar el verdadero objetivo de mis investigaciones.

Nunca habré de olvidar el júbilo que sentí cuando el artefacto infrarrojo había demostrado su funcionabilidad recuperando el recipiente de comida, el busto, los dos volúmenes y el gato. Yo estaba tan ansioso por la consumación de mi largamente retrasada venganza, que ni siquiera consideré un viaje personal preliminar a la cuarta dimensión. Había determinado que Edgar Halpin debía precederme cuando yo fuera. Sin embargo, sentía que no sería aconsejable comunicarle cualquier cosa relacionada a la verdadera naturaleza de mi aparato, o de la planificada excursión.

Halpin, en ese entonces, estaba sufriendo de ataques recurrentes de una terrible neuralgia. Un día, cuando él se había quejado más de lo usual, le dije bajo la promesa de una total confidencia, que yo había estado trabajando en un invento vibracional para el alivio de semejantes malestares y que lo había finalmente perfeccionado.

«Te llevaré al laboratorio esta noche, y podrás probarlo», le dije. «Te mejorará en un santiamén: lo único que tendrás que hacer será sentarte en una silla y dejar que proyecte sobre ti la corriente. Pero no le digas nada a nadie.»

«Gracias, viejo amigo», él contestó. «Ciertamente estaré agradecido si tú puedes hacer algo para parar este condenado dolor. Se siente como si fueran taladros eléctricos penetrando a través de mi cabeza todo el tiempo.»

Yo había elegido el momento cuidadosamente, porque todas las cosas debían favorecer el mantenimiento del secreto deseado. Halpin vivía en las afueras de la ciudad; y él estaba solo para la ocasión, habiendo su ama de llaves salido para una breve visita a un familiar enfermo. La noche estaba oscura y neblinosa; y me puse en marcha hacia la casa de Halpin, recogiéndolo poco después de la hora de la cena, cuando pocas personas estaban fuera de sus casas. No creo que nadie nos haya visto cuando abandonamos la ciudad. Yo conduje a través de una rústica y poca usada ruta la mayor parte del trayecto hacia mi laboratorio, diciendo que no me importaba encontrar otros automóviles en la densa niebla, si podía evitarlo. No nos topamos con ninguno, y sentía que esto era un buen augurio y que todo se había combinado para facilitar mi plan.

Halpin profirió una exclamación de sorpresa cuando yo encendí las luces de mi laboratorio.

«Ni siquiera había soñado que tenías tantas cosas aquí», él comentó, observando con respetuosa curiosidad a la larga formación de fracasados instrumentos los cuales había echado a un lado en el curso de mis labores.

Yo señalé la silla sobre la cual estaba suspendido el vibrador ultravioleta.

«Toma asiento, Ed», le ordené. «Pronto curaremos todo lo que te aqueja».

«¿Seguro que no vas a electrocutarme?», bromeó, mientras obedecía mi mandato.

Un estremecimiento de violento triunfo corrió a través de mí como si de la estimulación de algún raro elixir se tratara, cuando él se sentó. Todo estaba ahora en mi poder, y el momento de la recompensa por los diez años de humillación y sufrimiento estaba al alcance de mi mano. Halpin, no sospechaba en lo absoluto: el pensamiento de cualquier daño a su persona o alguna traición de mi parte, habría sido fantásticamente increíble para él. Colocando mi mano bajo mi abrigo, acaricié la empuñadora del cuchillo de caza que llevaba.

«¿Todo listo?», pregunté.

«Seguro, Mike. Adelante y dispara.»

Había encontrado el ángulo exacto que envolvería todo el cuerpo de Halpin sin afectar la silla. Fijando mi vista sobre él, presioné el pequeño tirador que encendió la corriente de los rayos vibratorios. El resultado fue prácticamente instantáneo, porque él pareció esfumarse como una bocanada de humo fino. Por un momento aún podía ver sus contornos, y la mirada de fantasmal asombro en su rostro. Y entonces, él había desaparecido, totalmente desaparecido.

Quizás sería un motivo de asombro que, habiendo aniquilado a Halpin en lo que a toda existencia terrestre concernía, yo no estaba satisfecho simplemente dejándolo en el plano invisible e intangible hacia el cual él había sido transportado. De ser así, yo habría estado contento de hacerlo de esa manera. Pero la maldad que yo había sufrido era una ardiente úlcera dentro de mí, y no podía soportar pensar que él aún vivía, en cualquier forma o sobre cualquier plano. Nada sino la muerte absoluta sería suficiente para extinguir mi resentimiento; y la muerte debía ser infligida por mis propias manos. Ahora sólo restaba seguir a Halpin dentro de ese reino que ningún hombre había visitado antes, y de cuyas características y condiciones geográficas no me había formado ninguna idea en absoluto. Estaba seguro, no obstante, de que podía entrar en él y retornar a salvo, luego de disponer de mi víctima. El retorno del gato no dejaba ningún espacio para la duda en ese respecto.

Apagué las luces; y sentándome en la silla con el vibrador infrarrojo portátil en mis brazos, encendí el poder ultravioleta. La sensación que sentí era la de uno cayendo con una velocidad de pesadilla dentro de un gran golfo. Mis oídos estaban sordos por el intolerable trueno de mi descenso, un espantoso malestar se apoderó de mí, y estuve cerca de perder toda consciencia por un momento en el negro vórtice de estruendosa fuerza y espacio que parecía absorberme hacia la nada a través de los últimos abismos.

Entonces la velocidad de mi caída fue cesando gradualmente, y suavemente me posé sobre algo sólido bajo mis pies. Había un tenue brillo de luz que creció más fuerte mientras mis ojos se acostumbraban a ella, y por esta luz yo vi a Halpin parado a unos pocos pies de distancia. Detrás de él había oscuras y amorfas rocas, y los vagos contornos de un paisaje desolado de montañas bajas y primordiales llanuras carentes de árboles. Si bien yo había apenas sabido que esperar, estaba de alguna manera sorprendido por el carácter del medio ambiente en el cual me hallaba. En una suposición, habría dicho que la cuarta dimensión sería una tierra algo más colorida, compleja y variada, de múltiples tonalidades y formas de muchos ángulos. A pesar de ello, con su espantosa y primitiva desolación, el lugar era verdaderamente ideal para la consecución del acto que me había propuesto.

Halpin se me acercó en la dudosa luz. Había asombro y una mirada casi idiota en su rostro, y tartamudeó un poco mientras trató de hablar.

«¿Q-Qué p-pasó?», al fin pudo articular.

«No importa lo que pasó. Esto no es un suceso para lo que está a punto de pasar ahora.»

Yo coloqué el vibrador portátil en el suelo mientras hablaba.

La mirada de asombro aún estaba en el rostro de Halpin cuando saqué el cuchillo de cazador y lo apuñalé en el cuerpo con una estocada limpia. En esa estocada, todo el odio reprimido, todo el ulceroso resentimiento de diez años insufribles fueron finalmente vindicados. Él cayó hecho un montón retorcido, se estremeció un poco y yació quieto. La sangre manaba muy lentamente de su costado y formó un charco. Recuerdo preguntándome sobre su lentitud, aún entonces, pues el derrame parecía continuar a través de las horas y los días.

De alguna manera, yo permanecí allí, estaba obsesionado por el sentimiento de total irrealidad. Sin lugar a dudas, la larga tensión bajo la cual había estado, el estrés diario de intensas emociones y una década de esperanzas aplazadas, me habían dejado incapaz de comprender la consumación final de mi deseo, cuando éste al fin se cumplió. Todo parecía ser no más que uno de los homicidas días de ensoñación en los cuales me había imaginado apuñalando a Halpin en el corazón y viendo su odiado cuerpo yaciendo a mi lado.

Al final, decidí que era tiempo de efectuar mi retorno; pues seguramente nada sería ganado permaneciendo por más tiempo al lado del cadáver de Halpin en medio del inenarrable espanto del paisaje de la cuarta dimensión. Coloqué el vibrador en una posición donde sus rayos podían ser proyectados sobre mí, y presioné el interruptor.

Fui consciente de un vértigo repentino, y sentí que estaba a punto de iniciar otro descenso dentro de los insondables y vertiginosos abismos. Pero, si bien el vértigo persistió, nada sucedió, y descubrí que aún estaba parado al lado del cadáver, en el mismo horroroso entorno.

El asombro y una creciente consternación se arrastraron sobre mí. Aparentemente, por alguna desconocida razón, el vibrador no trabajaría en la manera en la que confiadamente esperaba. Quizás, en estos novedosos alrededores, existía alguna barrera que obstaculizaba el total desarrollo del poder infrarrojo. No lo sé; pero de cualquier modo, allí me encontraba, en un apuro verdaderamente singular y muy lejos de ser agradable.

No sé por cuánto tiempo me afané en un creciente frenesí con el mecanismo del vibrador, con la esperanza de que algo se había averiado temporalmente pero podía ser remediado, si la causa fuera descubierta. Sin embargo, todos mis intentos fueron en vano: la máquina se encontraba en perfecto orden, pero la fuerza necesaria no estaba disponible. Probé el experimento de exponer pequeños artículos a la influencia de los rayos. Una moneda de plata y un pañuelo se disolvieron y desaparecieron muy lentamente, y sentí que ellos debieron haber regresado a los niveles de la existencia mundana. Pero evidentemente la fuerza vibracional no era lo suficientemente poderosa como para transportar un ser humano.

Finalmente lo abandoné y arrojé el vibrador al suelo. Bajo la sobrecarga de una violenta desesperación que se apoderó de mí, sentí la necesidad de acción muscular, de un movimiento prolongado; así que emprendí inmediatamente la exploración del extraño reino en el cual yo me había involuntariamente aprisionado.

No era un paisaje terrenal: sino una tierra como la que podría haber existido antes de la creación de la vida. Estaban los ondulantes espacios vacíos y desolados bajo el gris uniforme de un cielo sin luna o sol, estrellas o nubes, desde el cual un incierto y difuso brillo era arrojado sobre el mundo de abajo. No había sombras, pues la luz parecía emanar de todas direcciones. En algunos lugares el suelo era un polvo gris y en otros un viscoso lodo gris; y las montañas que ya he mencionado eran como las espaldas de monstruos prehistóricos surgiendo desde el limo primordial. No había señal de insectos o vida animal, no había árboles ni hierbas, y ni siquiera una brizna de éstas, un parche de musgo o liquen, tampoco un rastro de algas. Muchas rocas estaban esparcidas caóticamente a través de la desolación; y sus formas eran semejantes a las que demonios idiotas podrían haber ideado en imitación de la obra de Dios. La luz era tan lúgubre que todas las cosas se desvanecían a corta distancia; y no podía decir si el horizonte estaba cerca o lejos.

Me parecía que debí haber vagado por varias horas, manteniendo un curso progresivo tan directo como pude. Tenía una brújula: un objeto que siempre llevaba conmigo; pero se rehusó a funcional, y me vi forzado a concluir de que no habían polos magnéticos en este nuevo mundo.

Repentinamente, mientras giré una pila de las enormes rocas amorfas, me topé con un cuerpo humano que yacía confuso en el suelo, y me dije incrédulamente que era Halpin. La sangre aún manaba desde el material de su abrigo, y el pozo que había formado no era más grade que cuando yo inicié mi exploración.

Estaba seguro de que no había andado en círculo, como las personas suelen decir que lo hacen a través de lugares desconocidos. ¿Cómo, entonces, pude yo haber retornado a la escena de mi crimen? El enigma casi me enloqueció mientras lo reflexioné; y me puse en marcha con frenético vigor en la dirección opuesta de aquella que había tomado anteriormente.

En todos los aspectos, la escena a través de la cual ahora caminaba era idéntica de la que se extendía al otro lado del cadáver de Halpin. Era difícil creer que las bajas montañas, los sombríos niveles del polvo y la luz y las monstruosas rocas, no eran las mismas que ésas entre las que había hecho mi anterior viaje. Mientras caminaba, saqué mi reloj con la intención de cronometrar mi progreso; pero las manecillas se habían detenido en el mismo instante en que me zambullí dentro del espacio desconocido desde mi laboratorio; y si bien le di cuerda cuidadosamente, se rehusó a marchar.

Luego de caminar una enorme distancia, durante la cual y para mi sorpresa, no me sentía fatigado en lo absoluto, regresé una vez más al cadáver que había buscado abandonar. Por un momento, pensé que verdaderamente me había vuelto loco.

Ahora, luego de una duración de tiempo —o eternidad— el cual no tengo medios de calcular, estoy escribiendo a lápiz este relato en las hojas de mi libro de notas. Lo escribo al lado del cadáver de Edgar Halpin, del cual no ha sido posible escapar; pues una veintena de excursiones dentro de los penumbrosos reinos en todas direcciones han terminado trayéndome de regreso a él, luego de cierto intervalo. El cadáver está aún fresco y la sangre no se ha secado. Aparentemente, lo que conocemos como tiempo no existe en este mundo, o en cualquier caso está seriamente desordenado en su acción; y la mayoría de los normales efectos del tiempo están igualmente ausentes; y el espacio mismo tiene la propiedad de retornar al mismo punto. Los movimientos voluntarios que yo he ejecutado podrían ser considerados como una especie de secuencia temporal; pero en lo que respecta a las cosas involuntarias existe poco o ningún movimiento temporal. No experimento ni cansancio físico ni hambre; pero el horror de mi situación no es para ser expresado en lenguaje humano; y el mismo infierno puede apenas concebir un nombre para él.

Cuando haya finalizado de escribir esta narración, precipitaré el libro de notas a los niveles de la vida mundana por medio del vibrador de infrarrojo. Alguna oscura necesidad de confesar mi crimen y la de comunicarle a otros sobre mi apuro me ha conducido a un acto del cual nunca me creí capaz, pues soy el menos comunicativo de todos los hombres por naturaleza. Aparte de la satisfacción de la necesidad, la redacción de mi narración es alguna cosa que hacer, es un indulto temporal de la desesperada locura que caerá sobre mí muy pronto, y del gris y eterno horror del limbo en el cual me he condenado a mí mismo junto al cadáver imputrible de mi víctima.

Traducido por Odilius Vlak

  • NOTA: Este relato fue publicado originalmente en la revista pulp: «Amazing Detective Tales, [octubre de 1930]».

 

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