TETRAMENTIS / Las Sensasiones Gaseosas del Señor Tao – Por Odilius Vlak

Esperen un momento. Disuelvan en la corrosiva contemplación las cuatro columnas de cada uno de sus pasos. Es la colina. No ven como desciende en gotas de lluvia hasta la parte trasera de nuestras pupilas; y el verde de sus praderas se derrama en olas de hierbas sobre lo indefinido. Ahora podemos continuar, ya no hay colina que ver. Está en el reino de lo inmanifiesto, proponiendo un brindis por los conceptos que definen lo invisible.

—Señor Tao, se siente usted bien, es decir… Desde hace mucho tiempo mi abuelita me dice que usted está loco, y pretende organizar un movimiento de ciudadanos normales, respetuosos de las buenas normas mentales, con el fin de que lo recluyan en un manicomio o lo exilien. Para ello, también se dirigirá a todas las instituciones públicas y privadas de la ciudad: desde la Policía hasta la Casa Consistorial; desde la Iglesia hasta las asociaciones de Damas de la Caridad, y por supuesto, mi escuela, donde usted es profesor.

—Me siento hijo, como una espiral de hierro alrededor de un espejo masticado. Me siento unido al viento, no te preocupes. Pobre de tu abuelita hijo, su incomprensión es un criptograma donde sus sentidos esculpen todo lo que perciben. Para tu abuelita la colina sigue ahí; sin saber que es la madeja que devana el hilo de su aguja de tejer… Te apuesto a que cuando llegues a tu casa, habrá bordado un hermoso valle.

Estoy tirado de espalda en la cama. Llevo largas horas contemplando el techo, imaginando que las pequeñas hormigas que hacen de él su desierto, padecen espejismos de montañas de azúcar con cetro y corona. Yo las observo desde aquí, sobre este césped desgarrado por los hoyos negros de mi firmamento. No quiere amanecer. Veo el rocío regresar a la noche. Algunas gotas dormitan sobre la tela de araña, reflejando la desesperación de la mosca. Al parecer el rocío no quiere oxidarse en el afán cotidiano del hombre. Más allá, los sueños de ranas mudas le croan a mi insomnio; allá las veo, aplastadas como el excremento de un cuerpo geométrico bidimensional. Sus letanías desatan tormentas de fango sobre la luz estancada de la luna. Por su parte, las ratas asoman su hocico fuera del cielo de lava boreal. Por supuesto, encendimos una hoguera aquella tarde mis alumnos y yo. Hermosas ramas de hielo, con hermosas flores muertas y aroma a milagros. Allí empezó todo el pánico y la desconfianza de algunos desperdicios aislados del gran vertedero de ciudadanos normales. Ahora, por lo que me comunicó mi adepto, sólo falta unirse la cereza podrida que funge como glándula pineal del vertedero. Resulta que aquella tarde, sólo se calentó nuestro olfato. Del resto de nuestros cuerpos, sólo quedó el eco carbonizado pululando fuera del bosque en busca de un… «descanse en paz». Ya me toca el amanecer, viene a deslumbrarme con sus condolencias.

 

Al Final del Día

Siempre es lo mismo. Entre la salida y la puesta del sol apenas exudo un segundo. Hoy me pareció ver al mundo enfadado; convertido en un farol de luz intermitente. Se encendía y se apagaba hipnotizando al mismo infinito. Una entidad que no era el cielo vino a repararlo. El director de la escuela me habló de la necesidad de unas vacaciones y los beneficios de la armonía con la familia: «Dígame, tiene algo personal en contra del universo tal como está. Algunos padres están preocupados. Es bueno recordarle que Einstein padeció el destierro.»

El horizonte es tirado por bueyes con trajes de astronautas. El olor a brujas quemadas ofusca la llegada del tacto; agotado de tanto correr tras el sol. Intento detenerme pero mis ojos no cesan de dar latigazos a los bueyes. A la tierra no le importa girar sobre sí misma; mis sentidos lo hacen por ella. Se escabulle de mi olfato el fin de las vacaciones.

—Por lo que veo todos los rostros están en orden. La misma exposición de inteligencias mutadas por la inconformidad y una que otra lata de conservas… ¿Qué me decías hijo?

—Le preguntaba maestro, que son las etapas de la vida. Ayer mi madre hablaba con mi padre. Le dijo colérica que la vida tiene etapas, éstas maduran, se pudren y luego caen del árbol. Y agregó: ¡Tienes casi 40, no eres un niño!

—Como siempre una respuesta normal, carente de imaginación. No le brinda el ocio de otra realidad a los hechos. Te diré hijo que son las etapas de la vida dentro de otro universo perceptivo. Sólo son una serie de resplandores sucesivos del mismo calambre en las coyunturas de nuestras sombras. Las sombras hijo mío, son todas inocentes e infinitas. ¿Por qué tu padre al mirar al suelo tiene que ver otra sombra que no sea la de su niñez?

—¿Quieres decir que se rebela usted contra el proceso de crecimiento?

—Soy un ser humano adulto, tú mismo lo puedes ver. Soy el adulto que quise ser. Para luego dejar de ser ese Ser que te identifica como el ser humano tal, y acceder a la personalidad indefinida que uno mismo debe construirse. Ahora bien, ¿por qué crecer?… Créanme hijos es mejor que la muerte venga a nosotros. Nunca dejaré de ser como un niño. Hace tiempo lo hice, y sólo encontré un cuerpo inerte: con torso de pálido musgo verde, labios como estanques rebosantes de sangre coagulada y un nuevo contrato de trabajo físico para mi alma. Ahora, descendamos a lo nuestro… A ver… ¿Quién se atreve a mostrarme su solución de las ecuaciones de números transfinitos?

Floto hacía abajo, consciente sólo de la presión de mis manos sobre mi pecho. Sólo esa sensación me acompaña en este descenso por el tubo digestivo del abismo. Los últimos vestigios de luz los percibo distantes mientras quedan varados entre el paladar de granito. Se cierra su boca, se abre mi oscuridad. Junto a mí está el sueño; ese pensamiento profundo y a la vez olvidado por nuestra atención… Por eso le encanta mi noche.

Tuve una pesadilla, lo sé, está ahí. No, más bien le sucedió algo a uno de mis Yoes. Es posible que me haya despertado a una nueva verdad o, esté soñando con una gran mentira.

—Incluso cuando tomas una vulgar toalla de cocina, los residuos paralíticos de su hediondez adquieren tonalidades púrpuras.

—Algo muy propio de usted señor Tao. Esas palabras extrañas que tienen preocupada a la población… Pero a mí no.

—Nos conocemos desde la  eternidad, y apenas hace unos pocos meses que nos damos cuenta de ello. Quiero que sepas que no siempre has sido domestica mi linda vecinita. A ver, muéstrame tus manos… Eso… ¿Uh?… Tus 8 palacios o montañas eternas, están todos bien dotados… bueno, en menor grado aquél que simboliza los bienes materiales; y en mayor grado aquél que atesora los bienes de tu corazón. Eso explica la gran simpatía que emana como una proyección magnética de ti… Sobre todo tu don de comprender y escuchar.

—¡Te creo señor Tao, te creo, te amo también!

—Soy afortunado por el regalo de tu Ser. Cuando regresemos a lo indefinido, más allá del uno, aún más lejos del Ying y del Yang; una última intuición reafirmará a grandes destellos nuestro amor. Para mí, que habito en mi interior, representas todos los signos positivos de la naturaleza. Eres algo así como una especie de «antropangea». Y entre el paisaje equilibrado de tu cuerpo; entre tu sonrisa que me mantiene ubicado en la montaña de los inmortales; tus senos, brazos y piernas que esculpen en jade mi Chi; tus cabellos, donde se enreda mi Chen; tu corazón abastece de armonía mi casa corporal. Nada, nada extiende un halo tan celestial en mi paisaje como tú mirada… ¡Las verdaderas alas de mi Ying!

—¡Te creo señor Tao, te creo! Y… ¿Dónde me decías que nos confesaremos a gritos nuestro amor por última vez?

—Olvídalo. Podemos hacerlo cuando queramos, incluso en el alfabeto mineral. Bueno, me voy a la escuela… ¿Sabes como desciende un Clon Sapiens Sapiens, de un infinito que despreciaron todos los libros sagrados?

La fragancia del limón es un viaje especial para mí. Su aroma es típico de mi última infancia. Atravesar con el cuchillo varios limones frescos, sobre un cadalso de cedro viejo. Su aroma húmedo se desprende de su frente, creando una aurora como la que siento surgir ahora. Por eso conservo el cadalso de cedro viejo; con él me olvido de mí cabeza, y con su sólo recuerdo, me traslado a un Yo más cercano a mi alma. Pero no, no estoy en un Yo más cercano a mi alma. Me encuentro en el centro de una jauría de Yoes, a los que le resulto muy apetitoso. Sin saber como, estoy en la escuela.

Podría contestar todas sus preguntas si todas juntas devinieran en algo real. Una especie de tribunal surgido junto con las pompas de jabón; sólo que más estúpido que espontáneo. Varias caras conocidas, incluyendo la de la abuelita. Allí está el Sacerdote, al lado del abogado con traje ajustado azul turquesa: por momentos, me parece una moneda de mercurio que vomitó el alquimista en su intoxicación. Sobre todo, padres y madres. Ya han hecho muchas preguntas. Incluso:

—Dígame, ¿por qué insiste en desvirtuar el concepto de todo, como por ejemplo los colores? ¿Acaso no los quieres ver?

—No, no quiero ver los colores, me gusta sentirlos. También el roce entre la cuerda y el arco, que hace surgir la melodía del violín oculto en la oscuridad. Pruébenlo, y se darán cuenta que la música surge en destellos de luz sobre una línea recta… Y ese será todo su universo.

—¡Está loco de remate! Mis hijos me enseñaron oraciones como: «¡Qué lindo amarillo son mis hermosos dientes verdes!»… Vamos al grano señor, pregúntele que tipo de drogas consume; cuales son sus creencias religiosas… ¡No, mejor que nos narre la anécdota sobre la muerte de su prima! Mi hijo me la contó el mismo día que él se la relató como ejemplo del amor.

—Vamos señor Tao, cuénteles. Como usted diría… ¡Nuestras orejas babean!

—Murió al desplomarse de la silla de flores de Arthur Rimbaud. Estaba enamorada. Así que comenzó a despegarle sus pétalos con el delirio inconsciente que provoca el: ¿me quiere?, ¿no me quiere? Ciertamente alguien la amó: La muerte. Su cuello se destrozó con el impacto. Su alma debe sentirse afortunada. No todos mueren al caer presos de la embriaguez aromática que exhalan flores que sean sillas… Sobre todo si las flores han sido cultivadas en la imaginación de Arthur Rimbaud.

—Creo que entendí. Señor Tao, que les puede decir a estas personas, que piden una hoguera de fuego divino para usted. Están enfadados, es posible que tenga que suplicarles, ya pensó en…

—Que si buscan bien en el vacío, descubrirán en algún lugar una pluma cayendo.

—Sólo eso, nada que pueda lavarles los sesos a estos representantes de la comunidad, incluyendo los padres de sus alumnos… Dígame, bajo que condiciones pactó con la locura.

—Bajo la promesa de que la indolencia de las cebollas no colonicen las trincheras de la deshidratación. Amo el agua, porque me enseña a ser fluido.

—Me temo que nos vemos obligados a ser severos. O es usted, o los que pagan sus impuestos a la cordura con los pies en la tierra.

—Para ser realmente severos tendrían que expulsarme de mi interior. No basta sólo con la supresión de ciertos derechos ciudadanos. Ser recluido en un manicomio, una cárcel, desterrado a otra ciudad, no son suficientes castigos como para expulsarme del paraíso que yo mismo me he creado. Ni con toda la ayuda de su realidad, horneada al fuego de estas tres dimensiones.

—¡Oh, un nuevo Sócrates! Pero no te envenenaremos con cicuta. Tampoco te encerraremos en una prisión o en un manicomio. Veredicto: Ser desterrado. Quizás le consideren en otras tierras mártir del pensamiento.

—Sí, y de la imaginación libre también. Saben, será un armonioso destierro mutuo, no de ciudad, sino de dimensiones. Yo los patearé de la mía, y ustedes continuarán sepultados bajo la pesadez de ésta: obesa de materia orgánica. Tan sólo tengo que hacer lo que ya estoy haciendo… Los privo de las herramientas de mis sentidos; desarmo esta escena, como si fuera un castillo de naipes… Los primeros huecos son los ocupados por la realidad de sus personas… ¡Miríadas de obreros astrales descomponen sus tres dimensiones!

Ya en el seno de aquello que piensa al Ser, sus reflejos y sus ecos:

Siento otra vez esa comezón en la mirada. Se levantan los párpados de la música… Allí va de nuevo la sombra de una mariposa en vuelo… Accidentándose en el vacío.

FIN


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