TETRAMENTIS / Luzbelia: La Musa del Horror – Por Odilius Vlak

  • La llamada de luzbelia


Camino por la calle principal del pueblo que tanto ha observado mi imaginación, y se acerca nuevamente esa melodía. Extraña, retumba entre los muros grises de este pueblo, perdido en mis profundidades. Se hunde en los reflejos que visten los ecos de esas visiones que me arrastran poco a poco hasta esta metrópolis derruida. Me llama. Su Majestad, madre del sobrecogimiento y escarcha de mis huesos.

Las noches que se odian a sí mismas me fascinan. Las convulsiones del cuerpo son intensas y devastadoras, como mis nervios; algo se mueve inquieto en mi estómago mientras mis pasos vagan en un laberinto de dedos mutilados. Todo es amenazador, espeluznante, en especial yo mismo. Contra mí se alzan mis frenéticos instintos de supervivencia

El pueblo fantasma se insinúa como una bandada de aves nocturna que ensombrece mi imaginación. Allí la parálisis de la respiración; el azar que empuña un hacha contra el destino que mira al sol. Las borrosas imágenes de lo que alguna vez me esculpió en un instante de expectación diabólica, me esperan en una nueva matriz; lejos del suspiro de satisfacción que acaricia toda la monotonía de los sentidos. El horror es el refugio perfecto para mi alma. Allí escucho su llamada. Justo en el momento en que inicio  el traslado del pueblo fantasma al lienzo y las palabras; desde los estremecimientos del alma que lo imagina.

Luzbelia, cuyos pechos nos nutren de pesadillas que han sido vividas por los seres primigenios y por aquellos que esperan al fondo del abismo que atrae al cosmos, ¡nos convoca! A nosotros: sus pequeñas criaturas primitivas, trastornadas y delirantes. Que han visto la primera luz desde la oscuridad que la concibió. Me desplomo. En la inconsciencia veo ese extraño conjuro. Se expresa con sangre sobre el lienzo, borrando con su humedad las imágenes aún frescas. Desde el exterior un conjuro aún más extraño me borra a mí; sumergiéndome en la invisibilidad infinita del espacio que ocupaba mi cuerpo.

 

  • Un reino de oscuros súbditos y secretos en busca de tumbas


En él estamos. Todo lo que nos cubre son lápidas grises que invitan con sus epitafios a descansar eternamente; obstruyen un rio de sangre y presumen de poseer un mejor destino para la humanidad. Pero esa imagen es pasajera. En este mundo la percepción no es más que una caravana de átomos que huyen por sus vidas a través de lo indeterminado. Los matices sombríos de las almas que peregrinan junto a mí, intensifican los desgarramientos de estos obreros solitarios, que edifican dentro de sí un universo a golpes de un jubiloso dolor.

Frenéticos nos precipitamos todos hacia las fuentes de la libido etérea, que surge como incienso del seno de nuestra musa: lo inhalamos para complacer esos fieles vampiros que murmuran dentro de nosotros, como arrollo bajo un desierto fatigado de osamentas. Si bien asombrados, nos sentimos a gusto con la fatalidad que nos orienta bajo este cielo de cenizas agujereadas por brasas proféticas. Desde este abismo percibimos la ansiedad de los astros por los rivales que iluminan su infinita pendiente interna, con predicciones para fenómenos mentales y monstruos mitológicos. Cada uno es una especie de escalera cuyos peldaños caen inertes uno sobre otros en un descenso que corre hombro a hombro con el tiempo.

Ahora atravesamos un bosque de gigantescas criaturas de cristal oliváceo y transparente, de la cintura hacia arriba; y plata en estado de fundición, de la cintura hacia abajo; terminando en descomunales colas que se entretejen como raíces que se odian. Destellan un aura híbrida: de pereza plateada flotando sobre una hoja seca, anclada en el limo verde de un sepulcro vacío. Percibimos fragmentos fugaces del pantano negro que alimenta estas extrañas criaturas. De pronto sólo está el pantano, soberano de una inmensidad que agota nuestras almas. Lejos se percibe una tímida luz que sabemos cerca; pero a la vez intuimos que nos separan edades, que si se derramaran sobre la humanidad, se tragarían toda la historia contenida en sus genes. Todo esto tan solo en el impulso que nos ha hecho llegar hacia Ella.

En medio de un círculo de almas atormentadas, surge una luz verde desde una semilla seca y arrugada. La luz crece como un árbol hasta desafiar los limites de nuestra intuición ebria de fantasía. Un abrumador follaje de enceguecedor verdor, preñado de frutos negros, nos invita con su energía a penetrar en la esencia de su Ser. Vencidos por su hechizo, somos depositados en cada uno de los frutos negros. Nuestras almas, devoradas por una atroz hambre de oscuridad, no profanada aún por la imaginación de los genios de las sombras, van carcomiendo como gusanos los frutos que nos ofrecen las entrañas de nuestra musa. Mordisqueamos con intensos ardores y perversa paciencia. En el centro del árbol nos espera dentro de un ataúd de cristal, un Ser de ensoñaciones plateadas ataviadas con vestiduras negras: nuestra señora Luzbelia, la musa del horror, madre de un millar de estremecimientos.

 

  • Dones para dejar petrificados a los falsos demonios


Ella nos espera al fondo de la espiral que somos. Giramos despacio, como savia que acude al llamado de una primavera en el infierno. Cada alma finaliza la caída en espiral penetrando en la matriz helada de Luzbelia. Luego, en un instante eterno, la que permanece ensimismada en las imágenes de su nuevo destino, proyectadas en la superficie de los hielos del útero, renace en la convulsión de un espanto, a las posesivas obsesiones de una nueva obra que crear. Hermoso premio tras una gestación en los fangos de hielo; revolcándose entre los dones que ostenta el báculo. Ellos nos eligen como depositarios de la amargura que destila himnos sagrados en nuestra voluntad: nubes para las miradas que destellan cuando ciegan el cielo.

Ofrendados al silencio de la matriz, sólo aguardamos el momento en el que una gota cálida del Ser íntimo de nuestra musa, perfore los hielos para hacernos arder. Una pequeña llama roja que extiende su luz sobre los espejos de cristal: en eso nos transformamos en el instante en el que estiramos los huesos entumecidos de nuestro universo. Luego, cascadas de sudor frío se verterán sobre nuestro poema, mientras el aliento condena el fuego a los pastizales más cercanos al mundo.

Aún jadeo como un murciélago perseguido por la aurora, en un rincón andrajoso del pueblo fantasma. Un suburbio ensombrecido por un pasado que se remonta a la última visión que tuvo un guillotinado: maripositas de luz astral cabalgando escobas de hierro ardiente, preceden a la cuchilla en su descenso criminar. Mi mirada, que también es horizontal, bordea el filo de la cuchilla con ternura, para disfrutar la escena que deja su rastro. Las últimas maripositas tiñen de azul mi cuello, mientras me desplomo silencioso entre los titánicos muros de este pueblo fantasma. Esta es la única sensación vital que me acompaña; una y otra vez se repite en cada calle, esquina o plaza de la ciudad. Tan a menudo, que voy tropezando con los fantasmas de mis cabezas decapitadas.

Soy un fantasma con deseos de espantar… ¡Tan vivo me siento! La llamada triunfó, los dones triunfan, y Luzbelia, la casta musa del horror, espera su ofrenda, su incienso y su víctima inmolada en el próximo ritual de metáforas ennegrecidas. ¡Oh Luzbelia mi musa del horror!, te invoco desde mis temores más oscuros para implorarte me inspire un apocalipsis que no sea superado por ninguna devastación humana… Que horrorice al mundo, los humanos y a sus mismos dioses.

FIN.

 

 


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