TETRAMENTIS / Los Oráculos de la Lira – Por Odilius Vlak

  Que pena, de nuevo gira la eternidad sobre sí misma sin recordar su destino. Sonámbula, vaga perdida en la distante desolación del poeta. De nuevo, el universo trata de aferrarse al delirio en la mirada del poeta, mientras se ahoga impotente en los oscuros presagios del pensamiento humano. ¿Quién arrastra a quién a sus respectivos niveles? Siniestro fluir, maldita sincronía de las manifestaciones cósmicas. ¿Dónde están ¡oh poeta!, los seres donde hemos de sumergirnos?

  El caos es la pradera donde pastamos por primera vez. Como ovejitas perdidas nos hemos apertrechado en los inarmónicos acantilados de estas vulgares dimensiones. Sin armonía en los hombres, no hay armonía en el resto del universo. Por eso, he descendido a los infiernos… Para afinar mi lira. Las sombras que habitan en él, me han confiado la melodía que hipnotiza al futuro. Pero antes, es necesario purificar a los hombres. El curso de sus frenéticos sueños impide que mis oráculos sean fecundados por el devenir. Es imposible ver la pureza de lo que está a la distancia, con ese enjambre de almas viscosas que enturbian los sonidos de mi lira; sobre todo ahora, que mis dedos tiemblan por una lacrimosa inspiración.

  El descenso fue amargo, ¡oh poeta!, entre las ruinas de ese infierno olvidado. Avanzando cuidadosamente entre los pozos de tus lágrimas, para no agrietar la piel de la amada, que tu devoción ha tejido como una alfombra espantosa en el interior oscuro de tu dolor. Mientras, en lo profundo del bosque, los lánguidos silbidos de la víbora hechizan tu lira. Se acercó, babeó gota a gota sobre tus manos la sangre dormida, que hurtó de las noches eternas en las venas de tu amada.

   En cada una de las gotas se asomaba fláccida una caricia; lívido un beso; sin rostro una promesa; amortajado un orgasmo. Son su eterna prisión, y la última visita para tu memoria. Te abismaste en las moradas de los que nos vigilan, para que tus recuerdos no mueran de hambre. De regreso, espantaste la jauría de tus momentos felices con Ella, antes de cruzar el río cuyos guijarros son las estrellas.

  Un nuevo don pululaba entre las nebulosas que emergían a la superficie. No querían que sus ruidos sobres corceles de risas entre narcisos lo exaltara. Ese es el privilegio de la nueva energía, que se debate histérica en los límites de tu alma. El verdadero tesoro que te otorgó la suprema sombra: nuestra gran definición, pues Ella somos todos. Una y otra vez, infinitamente, excepto cuando estamos vivos. Descendiste como un miserable mortal; como un hombre enervado por los vampiros de la ilusión; como una escultura de tiernas cenizas olvidadas en la matriz de una mujer ahorcada; como un alma atrapada en telarañas de alientos minerales. Ahora, emerges como un demonio coronado. En tus oráculos se perderá el universo, y en ellos, se encontrará como en casa.

  Tu mirada está poseída por una frialdad extraña. Se arrastra indiferente, como un zombi somnoliento, a través de tus ojos que ya no son más que dos huecos interdimensionales. No son el espejo de un alma sino de otra dimensión; habitada por extraños seres que posan para tu imaginación. Ahora todo dentro de ti es más libre; más próximo  a las muecas indiferentes de la nada; más seguro y oculto, con relación a todos nosotros, miserables dilapiladores de culpas antiguas. Nuestra fascinación pende de nuestro enmudecimiento. Tú solo contra el cosmos: ordenación inútil, semejante a los huesos calcinados que aún mantienen formada la osamenta. Es cierto poeta, vivimos en un universo póstumo; ésto hace mucho que murió. Allí vas, bendiciendo con tus cantos el esplendido suicidio de un cometa sobre un planeta rebosante de fantasmas. Te volteas, y redefines mi Ser con tu infinita mirada. Estás lejos, al borde de una galaxia helada, pero aun así me embriagas.

  La indecisión del fin ha dejado de ser nuestra mayor esperanza; ahora es la desgracia que se hace ley. No importa. Que siga el tiempo soñando entre las vibraciones de tus cuerdas. Eso, mientras nosotros continuamos proyectando nuestra pesadilla favorita… Para afinar aún más tu lira.

  Intento acercarme, pero su resplandor me ladra, la embriaguez se deja masticar mostrándome un nuevo universo. Pende sobre un diminuto globo inflado por exhalaciones frenéticas. Desaparece. Involuntariamente miro dentro de mí, y me arrolla mientras se eleva hasta el techo de mi mente. Escucho una voz, ¡una sola!, justo en el silencio desvelado por la lira. Una voz, una sola, un único sonido en el universo alado y puro, que traza sendas en la oscuridad. Me estremezco. Pensaba que estaba solo, pero hay alguien más. Antes de iniciar la odisea en su búsqueda, es preciso convencerme: ¿Es la voz de mi último demonio en pie, oculto en lo profundo de mi interior; o es otro Ser, cuya esencia late más allá de las colinas que forman el horizonte de esta sabana de astros, enredados entre sus cordones umblicales?… Pero antes, he aquí el poeta:

  «El gran vacío agujereado, no ofrece nada a la rapiña de los que ahora yacen bajo las losas del gran sueño inmanifiesto, por la oscuridad de mis notas. No hay nada que saquear. Las hordas de entidades resurrectas, eructan saciadas por mi melodía; inmóviles, como gusanos que han devorado un cadáver invisible. Sólo tú, tendrás el privilegio de posarte sobre aquel primer astro temerario, sobre el cual germinó la vida por primera vez en el cosmos. Allí te espera, sin apetito de que nada suceda, a que todo principie otra vez. Todo acabó, tú también. El astro es el ombligo del caos; su único punto en reposo. ¿La voz? La de una virgen: la que imaginaste en los sueños de una remota infancia. Regresando a Ella, la encontrarás, espera por ti en el astro madre… así que, cierra los ojos, para que puedas ver.»

  Sí, ahora puedo ver. Ahora que no soy yo, puedo girar alrededor de la armonía de las tinieblas; le sigo los pasos a todo lo imaginado en el universo; esquivo todas las realidades que intentan tocarme inútilmente… Nunca han existido. Todo es un largo corredor, compuesto por espacios triangulares infinitos, por donde se pasean: la voz, la oscuridad y la melodía de la lira.


FIN.


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