TETRAMENTIS / Sombras Abandonadas en Infiernos Invisibles – Por Odilius Vlak

Caminamos sobre las huellas de los temores que nos proyectan. Hay monstruos, pero no los vemos; padecemos castigos, pero no nos damos cuenta; sólo percibimos una gran desolación que quisiéramos tocar, pero no está. Nuestros movimientos son libres, como los destellos de auroras boreales en un charco de sangre, que se expande con pequeños granos de sal flotando en su interior: lágrimas cristalizadas goteando desde los ojos que exprimen los cometas impulsados por millones de seres tridimensionales. Caminan espantados sobre el asfalto derretido por el ácido de sus pensamientos. ¡Nos abandonan! Se alejan hacia los castillos espectrales con densos muros de esquizofrenia sepulcral; allá, en los oscuros bosques de ramajes lívidos.

  Avanzamos a tientas por símbolos de suplicas, no hay regocijo excepto cuando la luz viscosa de la luna se derrama sobre nosotras, enervándonos como el fango que se forma bajo las fauces hambrientas de la hiena. Ella ve cosas. Hay duendes que se divierten con ellal, mostrándole espejismos que se esfuman entre la ardiente maleza de jugosos rayos solares; mientras preparan un banquete en su estómago vacío. Duermen los duendes, soñando con la realidad huidiza de todos los sueños que provocan. ¿Estamos nosotras en los sueños de los duendes? ¿Es posible que nuestros tormentos invisibles surjan del inconsciente de un duende; allí, donde está toda la realidad que se alejó mientras soñábamos?

  Nos han abandonado. Presiento que estamos en el mismo lugar que esos recuerdos que contemplan el pasado a través de una ventana narcótica, mientras la memoria está absorta por el reflejo en el espejo del tiempo. Muy poco sabemos de las cosas que existen aquí, aunque sabemos que hay tumbas; eso por el escalofrío que sentimos en algunos instantes. Extrañas visiones de luz lunar reflejadas en el hielo; sombras de colores con ojos negros; los latidos de una serpiente embarazada lloviendo sobre nosotras. Instantes en los cuales nos empeñamos en estar atadas; porque en ellos cuando menos alucinamos. Fuera de esos instantes, todo es una media noche en la boca de un lobo, que amanece en los oscuros secretos de la luz. Aquí, la mejor forma de vivir es estando muerto en la tumba de ese instante de vitalidad necrófaga, que nos alivia el presente, leyendo en las imágenes invisibles de nuestra imaginación.

  Algunas sombras no han soportado los horrores sin rostro y han enloquecido. Se les siente huyendo de un fuego que quema con llamas de carne y hueso; mientras recitan extrañas historias acerca de vidas gemelas a las nuestras en cunas mecidas por otra dimensión. Se sienten arrastradas por impulsos emocionales más fuertes que ellas. Estas son las más débiles. En verdad, hay otro movimiento que se sujeta a nuestras siluetas de contornos intuitivos, pero pronto son atropelladas por la locomotora de la nada. Otra carroña sin gusanos que devoren la inexistencia de su podredumbre.

  Más cenizas sobre los rieles que parten de nosotras hasta la posición que adoptan los cuerpos físicos para evitar proyectar sombras. La llegada de esa posición es nuestro paraíso. Los sabios ortodoxos no lo creen. Pero esa posición nos hace invisibles en la invisibilidad del infierno en el que estamos. Los más fanáticos de nuestras filas ríen, preguntándose la causa del terror, pues la invisibilidad es el verdadero paraíso: invisibles nosotros en la invisibilidad del infierno, significa el regreso a aquellas imágenes que ven las vidas gemelas a las nuestras. Esa idea es la nueva religión. La liturgia se celebra sobre locomotoras que viajan a toda velocidad, atravesando millones de espejos opuestos a la vez.

   Una minoría de sombras dementes y rebeldes, permanecen impertérritas. Para ellas, las imágenes que ven nuestros opuestos físicos es el infierno que huye de sí mismo; pues los tormentos se hacen pesados por la fuerza de la gravedad: «¡Tontas —exclaman— las sombras sufren menos que la carne, además, no hay un alma esperando su turno para la salvación o la condena!». Para ellas, el infierno invisible es el de los dioses. No ver nada, significa haberlo visto todo. Sólo nos queda ignorar los impulsos que se deslizan de los ecos de esas vidas gemelas.

  El infierno está quedando vacío. El manto de sombras va deshilando átomos. Algunas sombras están felices, jugueteando al pie de sus gemelos de carne y hueso. Yo por mi parte, estoy absorto en la única imagen visible de nuestro infierno… Una locomotora atravesando millones de espejos opuestos al mismo tiempo.

 –

FIN


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