TETRAMENTIS / Abadon: El Ángel que Guarda los Espectros – Por Odilius Vlak

  Siempre es igual. El signo es esta sed que ahonda más el foso de mi paladar. De pronto vagar entre las ruinas de sangre al pie de las colosales cenizas edificadas. Generaciones de dioses se han desplomado agotados, tratando de esparcir con su aliento estos vestigios míticos; durmientes y perpetuos bajo la sombra de su manto; tejidos con los hilos de tenebrosas dimensiones. ¡Oh Abadon!… ¿De ti emana el espectro que contempla mi alma ante el espejo?

  Allá lejos, el fantasma tenue de la luz que pereció por las tinieblas del espíritu, descansa sobre el rastro que deja el terrible horizonte con alas de cuervo. El desierto de hierro es inmenso; sus huesos de hielo entumecen mi visión de un gran lago de polvo gris, salpicado con cráneos de color purpura y maldecido por almas que no han encontrado nada tras su regreso al polvo. Sólo la infinita cantidad de espectros que han mutilado su esencia. Ellas son la armadura invisible que lució el guerrero sagrado llamado El Miedo. Arden dentro de mí mis antiguos espectros. ¡Tú lo protegerás oh Abadon; son la casta guerrera allá, en el profundo abismo en el que reinas!

  Fuera del cinturón hechizado que derrite los límites del desierto de hierro glacial, se extiende un bosque de esferas plateadas sobre una nada pantanosa. Algunas, son infinitesimales átomos de divinidades invisibles para la imaginación y el alma humana. Otras, verdaderas lunas que reflejan semblantes superpuestos de inmaculado terror. En todos lados me invade la presencia de todos mis rostros olvidados, ¡estampados en la superficie de las esferas más titánicas! Ofrendándome desde la noche de la que cuelgan, antiguos estados que engendraron mis espectros. Distante, en el fondo de este vacío me esperan esas entidades ominosas: miembros eternos del infinito que ha construido mi alma. Una plegaria, ¡oh Abadon! Para que protejas las ovejas negras de mi Ser.

   ¡Ah, los espectros de nuestro Ser! Residuos psíquicos emocionales y espirituales. Desprendidos de nuestras almas, se dispersaron por las dimensiones resultantes de las fórmulas matemáticas que expresan la constante de nuestro eterno girar… sombrío y luminoso.

  El Abadon, arrojado desde el escalofrío de una plegaria profunda y solitaria, en el invierno doloroso de nuestra sagrada oscuridad madre; elevada hasta la perdición por amor a la perdición; a esas brumas informes que laten por los espacios de nuestros miedos. El Miedo: alfa y omega en toda experiencia de nuestro Ser. Todo sentimiento profundo nos une con lo infinito de nuestra realidad cósmica. Son legiones los ángeles que arrojan su luz a las emociones de la esperanza, el júbilo y el amor. Pero para los espectros del miedo sólo uno se alza señalando el abismo a seguir; sólo un ángel cava sobre el vacío oscuras grietas donde sepultar sus sueños: Abadon, nuestro sagrado ángel guardián. Su infinita misericordia se extiende hasta las carnes que avanzan hacia una invisible espectralidad.

  Una intuición más. La gloria es el rayo que hiende las densas abstracciones de tu abismo. Un reino suspendido en el centro de un inquietante hexágono de aguas profundas, a través de cuyos pulidos y líquidos muros se filtra la noche;  esparciéndose en rocío en los dominios interiores, tras la muerte ritual de su antigua existencia luminosa. Dentro, corceles de fuego azulado se deslizan sobre un gigantesco anillo de hielo. En su centro está suspendida una inmensa esfera de fuego ambarino, convulsionándose con espasmos gelatinosos. Las chispas ambarinas surgen infinitas desde el interior de la esfera; esbozando por un instante sobre el lienzo de la oscuridad toda una bóveda celeste. Ellas hacen visibles las sombras que cabalgan los corceles de fuego azulado: los Espectros Jinetes. Cabalgan sin fin, girando una y otra vez alrededor de la esfera de fuego ambarino; apasionados satélites fieles a una sombría gravitación. El anillo de hielo se contráe más a medida que los ciclos frenéticos de los espectros se cierran, atraídos por la fatal fuerza de gravedad de la esfera de fuego ambarino. Ya se encuentran justo al borde de la tumba donde descansa su ancestral anhelo de protección.

  Invocando el espanto, contemplo —inmolado ya por mi propia fascinación— la mecánica de este modelo cósmico, diseñado por las temerarias incursiones de nuestra imaginación en el ceno de lo inescrutable; materializado por las tenebrosas obras de nuestras almas, que ahora no son más que sombras espectrales que cabalgan los corceles de fuego azulado. Ha palidecido el azul, pero brilla un extraño entusiasmo de fuego ambarino. Son las brasas de la fuerza de gravedad: arden desde la espesura armónica de la infinita geometría de líneas sangrientas, en armonía con los relámpagos del iris  que truena entre el anillo de hielo y la esfera de fuego ambarino… El gran ojo celeste se cierra. Los espectros han completado otro ciclo y las hadas de su antiguo temor arden en la hoguera sagrada de la esfera de fuego ambarino. Otro ciclo que se desploma envejecido. Desde aquí percibo la música de luctuosas esferas interpretadas por el ritmo de sus noctámbulas revoluciones. Mientras los caballos de fuego azulado se desgarran en una manta de fuego raido. ¡Las fauces del leviatán ciego me maravillan al morder una y otra vez su cola!… El hierro del anillo se derrite.

  La seda de un aliento frío abriga todo lo que ahora contiene mi Ser; una visión que se proyecta a través de un ejército en marcha de universos paralelos. El anillo se ahogó en la esfera. Primero una tenue canción; rebasando vapores y babeantes cataratas de hielo derretido que, precipitándose en el vacío, esculpen una garganta de nieves grises que grita al vacío un dolor plateado. Luego la intensa siega de la extinción, despojando de sus vestiduras sagradas a los yoes guerreros de los espectros; aboliendo las rígidas leyes de los universos agónicos, que le imponían los patéticos vínculos energéticos con sus almas madres. Todo ha sido devorado por los fuegos ambarinos de la esfera. Ahora algo más que un silencio. Una silente meditación distorsiona las correspondencia vibracionales de mi Ser… Surge de la esfera. En el seno de las venerables tinieblas se inicia un movimiento suave, pero definido. Es como si algo se estirara con entumecidas contorsiones que pugnan con las mortajas de una pesadilla.

  Un rostro ígneo emerge de la esfera en movimiento, es estático y denso, y delimita, como una piedra en medio de un arrollo, el curso del fuego en el resto de la esfera, que arde con convulsiones gelatinosas de lava cristalina. Continúa un torso ceñido por dos alas dentadas con flamígeras espadas… ¡Mi espanto se adelanta a reverenciar al guardián de mis espectros! Al fin se termina de devanar la madeja flameante; el pergamino consagrado desenrolla despacio su deidad, liberándola de su sueño entre líneas visionarias.

  Replegado sobre sí mismo, atravesando eones de invernacion, el Abadon es el astro que acoge los espectros, ¡todo un cuerpo celeste como tierra prometida! Una vez dentro devienen en abismos de su abismo. Pero ha despertado, lo veo, lo siento… ¡Lo deseo!: tocar con el pensamiento el pie de esa colunna ígnea que se alza hasta perderse mas allá de las bóvedas de los cielos y los infiernos. Paciente e inconmovible, semejante a la sangre que se espesa en una matriz de hierro, aguardando ser esculpida por el calor de un espíritu sin pasado. Así permanece el Abadon, ritualizando su despertar con esa postura de poder. Despacio extiende sus alas guerreras. De repente, armado de un espasmo que tañe tétricas campanas en espiral, expandiendo sobre ondas circulares el ritmo de un réquiem que acompaña el universo en su tránsito por el túnel luctuoso —¡sin fin y sin luz!—, el Abadon dispara todas las espadas que tejen sus alas de fuego ambarino. Éstas, se pierden más allá de la oscuridad, atravesando los muros de agua del hexágono dimensional, y abandonando este edén consagrado a los espectros, cubierto de fértiles penumbras. Y sin más, el terrible ángel, junto al silencio, se hunde en la oscuridad.

  Soy la única expresión energética de la voluntad de toda esta nada, y nada en mí colorea la soledad que parasito con mis sempiternos estados de terror. Surgen estremecedores, consientes de su soberanía. Como no postrarme ante estos maestros primigenios, que despertaron mi espíritu a golpes de miedo; le otorgaron su nerviosa ciudadanía cósmica e iniciaron mi Ser en los rituales de mutilación de los cuales nacieron, junto a la sangre de íntegros pensamientos, mis heraldos en las formas etéreas y orgánicas del infinito: mis espectros.

  En este instante todo mi Ser se disuelve en una fulminante conjugación cósmica que expresa todo su devenir. Soy una huella de hielo, que inicia la senda hacia el nuevo destello del anillo de hielo. La huella avanza dejando el rastro del gran disco de hielo que ahora estoy moldeando. Se completa el círculo… Todo está consumado. Los corceles de fuego azulado parten desde otra huella hacia su destino satelital, dispersando desde ya con su frenética carrera gravitacional, la durmiente aura plateada que reposa sobre el anillo de hielo. Pierdo el rastro del fantasma de mi último Yo, entre el caos de brumas plateadas.

  Kalpas de eternidades fundieron su acero al pie de las cavernas invisibles que recorren los seres orgánicos, guiados por sus espectros a través de su deambular diurno. Mientras algunos descendían hasta los antros más profundos de su corazón para escuchar los oráculos de sus demonios, mis espectros frenaban con un asombro helado la carrera de sus corceles ígneos. En el centro del anillo de hielo el Abadon emergía desde las profundidades de mis oscuros pensamientos; ahora son ese profundo pantano que bordea el anillo de hielo. Reposan sobre el lecho de sueños infantiles, puros y sutiles. Todo es energía mental que en otro espacio-tiempo me mostró el camino a seguir. Él nos observa. Se nublan mis energías espectrales al vibrar con una modalidad energética que se desborda en truenos divinos; sienten las brasas que penden de la mirada sin tiempo del Abadon, deshacer en cenizas el cordón umbilical que los une a mí. Uno a uno experimentan el pálido reverdecer del olvido. Termina ya el terrible ángel su contemplación sobre todo el anillo de hielo y sobre cada uno de mis espectros. Se recoge sobre sí mismo. De nuevo la refulgente esfera de fuegos ambarinos y gelatinosos. Su girar despacio impulsa el inicio del frenético movimiento de sus espectrales satélites… sombríos, sobres sus ardientes monturas azuladas. Comienza el gran ciclo gravitacional de mis espectros alrededor del astro-ángel Abadon: allá, en un punto insondable del cosmos al fondo del pantano de mi mente. ¡En marcha están los temblorosos espectros hacia una escalofriante y justa protección!

  Atrás, el desierto de hielo se mece como un velo bajo el yugo de férreos alientos de fuego. Delgados hilos de hielo desprendidos al azar descomponen los huesos que lo tejen. Avanzo impertérrito por este sendero cubierto con todas las osamentas que han sostenido mis vidas pasadas. El crujir bajo las pisadas alerta los destinos predadores que están al acecho. Deseo ser presa del más fiero de ellos; aquél que me empuje hacia los hornos crematorios de una edad sombría, en la que pueda forjar más espectros de las carnes vírgenes del tiempo, el miedo, la voluntad y las tinieblas. ¡No, que nunca se oxiden los engranajes de esta espantosa mecánica!

  ¡Oh Abadon que tu rebaño sea más que las arenas que bordean el mar exterior del universo!… ¡Es único tu destino gran ángel guarda de los espectros!

 –

FIN


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