RUNES SANGUINIS / Una Aventura en el Futuro – Por Clark Ashton Smith

The Door to Saturn - The Collected Fantasies of Clark Ashton Smith V2  [Night Shade Books, 2007]

     Un sobreviviente de los continentes perdidos de Mu y La Atlántida, que aparezca en nuestras calles modernas, no habría parecido más extraño, no tan diferente de los demás, que el hombre que se hacía llamar a sí mismo, Conrad Elkins. Y no obstante, yo siempre he hallado difícil de distinguir, incluso en mis propios pensamientos, los múltiples elementos que servían para constituir su extrañeza.

  Parecería [pues como pensamos mayormente con palabras y a menudo somos dependientes de ellas para clasificar nuestras ideas] que los adjetivos que definirían exactamente a Elkins aún no existían en nuestro vocabulario; que ellos sólo podrían ser hallados en algún inimaginable, sutil, complejo y refinado lenguaje, como el que podría ser desarrollado a través de largos ciclos de elaborada cultura y civilización en un planeta más viejo y maduro que el nuestro.

  Incluso a primera vista, yo quedé impactado –y ni que decir asombrado– por la personalidad del hombre en cuestión. Quizás la característica que me cautivaba más que todas las otras, era la imposibilidad de clasificarlo en cualquiera de las etnias conocidas. Mi teoría es que ningún ser humano es tan individual que no posea rasgos obvios que lo ubiquen inmediatamente en una de las tribus de la humanidad, y soy propenso a enorgullecerme de un meticuloso y cultivado don para analizar de vista la nacionalidad y las afiliaciones raciales de cualquier persona dada.

  Pero Elkins me confundía: su extrema palidez, sus finos cabellos y el trazo claro de sus lineamientos, indicaban un origen caucásico; y aún así, no podía hallar en él las características distintivas de ninguna rama americana, europea o asiática de la raza blanca. Tampoco podía yo adivinar su edad: él parecía joven, cuando se consideraba la suavidad de su piel; pero también existía una insinuación de algo incalculablemente viejo en su expresión.

  Sus ropas eran modestas y bien diseñadas, con nada en lo más mínimo inusual o excéntrico. En esto, como en otras cosas, él siempre daba la sutil impresión de querer evitar ser notado. Él era un poco más bajo que la estatura media y con un cuerpo extrañamente delicado; y sus rasgos, considerados por ellos mismos, eran afeminados, aparte de la gran frente de liso marfil, que se asemeja a la que vemos en los retratos de Edgar Allan Poe.

  Las pequeñas, intrincadamente complicadas orejas; los labios cortos y profundamente curvados y el singular y exótico molde de su sensitiva nariz, todo parecía hablar de la posesión de unos sentidos más altamente desarrollados que los normales de la humanidad. Sus ojos eran muy grandes y luminosos, de un indescriptible color púrpura, y no parpadeaban, como había tenido ocasión de observar, ante la luz más intensa. Sus manos también eran bastante notables: en su extrema fineza, flexibilidad y vigor; ellas eran las manos de un súper cirujano o un súper artista.

  La expresión habitual del hombre era totalmente enigmática. Nadie podía leer su mente, y esto no era por una carencia de movilidad o expresividad en sus rasgos, sino más bien, estaba seguro, por el desconocido carácter de sus ideas y motivaciones. Alrededor de él existía un aura de lejanía, de un conocimiento recóndito, de una profunda sabiduría y refinamiento estético. Con seguridad él era un misterio desde todos los ángulos; y cualquiera que se haya involucrado en la química como yo lo he hecho, es inevitablemente un amante de los misterios. Me decidí a averiguar todo lo que pudiera sobre él.

  Yo había visto a Elkins muchas veces, en las calles, bibliotecas y museos, antes de iniciar nuestra verdadera amistad. En verdad, la frecuencia de nuestros encuentros en la multitudinaria babel de New York era tan fenomenal que muy pronto concluí que él debía residir muy cerca de mí y estaba enfrascado en estudios similares. Hice preguntas sobre él a bibliotecarios y curadores, pero no descubrí nada más que su nombre y el hecho de que él había estado leyendo los libros de Havelock Ellis y otras modernas autoridades sobre el sexo, así como también muchos libros sobre biología, química y física.

  Las inquietudes que motivaban sus visitas al Museo de Historia Natural y otros museos eran al parecer de una naturaleza general. Pero evidentemente él había estado buscando familiarizarse con algunas ramas de la ciencia moderna, e igualmente, con la arqueología. Siendo yo mismo un estudioso de la química, con casi una década de estudios académicos y un post-grado en la materia, y también varios años de investigación y experimentación en mi laboratorio en Washington Square, mi curiosidad fue tocada con fraternal interés cuando descubrí los estudios de Elkins.

  Descubrí que otros, aparte de mí, habían sido impactados por su apariencia; pero nadie sabía realmente algo sobre él. Él era extremadamente taciturno, no proporcionando ninguna información sobre su persona, a pesar de ser impecablemente cortés en el trato con los demás. Aparentemente él evitó hacer amigos o conocidos: un procedimiento no tan complicado en cualquier gran ciudad. Con todo, para mí no fue difícil conocerlo, lo cual, como más tarde me di cuenta, fue debido al hecho de que Elkins de alguna manera había desarrollado un interés en mí y también estaba muy al tanto de mis intereses.

  Me acerqué a él una tarde de mayo mientras estaba parado en el Museo de Historia Natural frente a un estante de artefactos procedentes del las Montañas del Valle del Mississippi. Todo sugería que estaba profundamente concentrado. Decidí abordarlo bajo un pretexto u otro, cuando repentinamente él se me adelantó.

 –¿Se te ha ocurrido alguna vez –dijo en una voz grave y finamente modulada–, cuantas civilizaciones se han perdido irremediablemente, cuantas han sido sepultadas por el diluvio, por la acción glacial o el cataclismo geológico, y también por profundos trastornos sociales con sus consecuentes regresiones al salvajismo? Y, ¿alguna vez has pensado que el New York de hoy en día será tan fragmentado y fabuloso como Troya o Zimbabwe? ¿Qué los arqueólogos excavarán en sus ruinas, debajo de las siete capas de ciudades posteriores, y encontrarán algunos pocos mecanismos de dudoso uso, y porcelanas sin fecha determinada, e inscripciones que nadie podrá descifrar?

  Te aseguro que esto no es sólo probable sino cierto. La misma historia de América, en alguna época futura, se volverá más o menos legendaria; y te sorprendería saber las teorías y creencias en relación a la civilización actual que algún día prevalecerán.

  –Hablas como si tuvieras alguna información íntima sobre el tema–, repliqué medio en broma.

  Elkins me observó rápida e inescrutablemente.

  –Estoy interesado en toda clase de cosas –dijo–. Y por lo mismo Sr. Pastor, me parece que eres una especie de pensador especulativo, en otros campos. He leído tu pequeña tesis sobre los rayos cósmicos. Tu idea de que estos rayos podrían constituir una fuente de poder ilimitable a través de la concentración, me atrajo. Puedo decir con seguridad que la idea es bastante ultra-moderna.

  Estaba sorprendido de que supiera mi nombre; pero obviamente él había hecho sus propias investigaciones. También, por supuesto, estaba complacido por su familiaridad con un tratado que era visto generalmente como siendo muy avanzado, ni que decir fantástico, en sus teorías.

  Con el hielo roto de esa manera, el crecimiento de nuestra relación fue rápido. Elkins vino a mis aposentos y laboratorio muchas veces; y yo, en cambio, fui admitido a su modesto piso, el cual como había supuesto, estaba a sólo a unos pocos bloques de distancia del mío en la misma calle.

 Una veintena de encuentros y el desarrollo de una casi-amistad, me dejó tan fundamentalmente ignorante sobre su persona como había estado al principio. No sabía por qué yo le simpatizaba; quizás sea por la universal necesidad humana de un amigo, presente en todo tiempo y lugar. Pero de alguna manera el aíre de afecto a medias que él pronto me manifestó no lo hizo más fácil para preguntarle las cuestiones de orden personal que anidaban dentro de mí.

  Mientras más lo conocí, más abrumado estaba por una sensación de realeza de su parte; por el sentimiento que él debía de ser más viejo e intelectualmente superior que yo, en una manera que no podía ser medida por el conocimiento clasificado y tabulado. Extrañamente –ya que ese sentimiento había sido único en mi experiencia–, yo era casi como un niño ante él, y comencé a considerarlo con algo del asombro que un niño manifiesta hacia el mayor que es aparentemente omnisciente. Tampoco fue el asombro condicionado al principio por algo que él haya dicho o hecho.

  El amueblado de su habitación era tan reservado como él mismo. No había nada que pudiera dar una pista de su nacionalidad y antecedentes. No obstante, había visto inmediatamente que era un lingüista, pues había libros en al menos cuatro lenguas modernas. Uno, el cual me dijo que estaba leyendo en ese momento, era un reciente y voluminoso trabajo en alemán sobre la fisiología del sexo.

  –¿Estás realmente interesado en ese tema? –me aventuré a decir–. Hay, me parece, demasiada discusión y muy poco conocimiento en relación a tales materias.

  –Estoy de acuerdo contigo –él replicó–. Uno escucha sobre el conocimiento especializado, pero éste falla en materializarse en la investigación. Pensaba que sería provechoso estudiar esta rama de la ciencia del siglo XX; pero ahora dudo enormemente si hay algo de valor que aprender.

  Quedé impactado por el tono de intelectual impersonalidad que él mantenía en todas nuestras discusiones, sin importar el tema. El alcance de sus informaciones era obviamente vasto, y él daba la impresión de poseer una reserva sin límites, si bien existían ciertas ramas de la ciencia, consideradas muy importantes en esta época, a las cuales él parece sólo haberle prestado una atención superficial y negligente.

  Deduje que él no le daba mucha importancia a la medicina y cirugía actual; y me sorprendió más de una vez por sus pronunciamientos sobre la electricidad y la astronomía que estaban ampliamente en desacuerdo con las ideas aceptadas. De alguna manera, me hacía sentir que estaba discretamente refrenando la total expresión de sus pensamientos. Él habló de Einstein con respeto, y parecía considerarlo como el único pensador verdadero de la época, mencionando más de una vez con gran aprobación sus teorías sobre el tiempo y el espacio.

  Enkils mostró un cuidadoso interés en mis propias investigaciones químicas; pero de alguna manera sentía que él las miraba como algo más bien elemental. En una ocasión y de manera inesperada, él habló de la transmutación de los metales como si ya fuera un logro más en los hechos diarios; explicando las referencias, cuando lo cuestioné, como un vuelo retórico de la imaginación en el cual se perdió por un momento.

  La última parte de la primavera y los inicios del verano pasaron, y el misterio que me había conducido hasta Elkins aún estaba sin resolver. Me enteré por un comentario casual que él era oriundo de Norte América, lo cual no hizo mucho en esclarecer la confusión de su característica étnica. Concluí de que él debe representar una regresión hacia alguna tipología cuyas características no han sido preservadas en la historia, o debe ser uno de esos extraños individuos que anticipan en ellos mismos toda una era futura de evolución racial. No negaré que la verdad se me ocurrió más de una vez; pero, ¿cómo iba a saber que la verdad era algo tan totalmente improbable?

  Con lo mucho que había crecido mi admiración e incluso mi reverencia hacia él, Elkins era para mí el Ser más incomprensible y alienígena sobre la tierra; y percibía en él una miríada de emociones y pensamientos diferentes, y todo un mundo de conocimiento desconocido el cual, por alguna razón, él estaba tratando ocultar a mi curiosidad.

  Un día, hacia el final del verano, él me dijo:

 –Hugh, debo dejar New York cuanto antes.

    Estaba asombrado, pues hasta ese momento él no había hecho ninguna referencia sobre partir o de la duración de su estadía.

  –¿Quizás vas a regresar a tu hogar? Espero que al menos sea posible para nosotros mantenernos en contacto.

  Él me regaló una larga y enigmática mirada.

  –Sí, me marcho a casa. Pero, extraño como te pueda parecer, no habrá posibilidad de una futura comunicación entre nosotros. Nos despedimos para siempre; a menos que tú quieras acompañarme.

  Mi curiosidad creció nuevamente ante estas crípticas palabras. Pero de alguna manera aún era incapaz de hacer las preguntas que llegaban a mis labios.

  –Si eso quiere decir una invitación –dije–, estaré complacido de visitarte alguna vez.

  –Sí, es una invitación –él replicó gravemente–. Pero antes de aceptarla, ¿no preferirías saber hacia donde irás? Quizás, cuando escuches la verdad, no te importará aceptarla. Y posiblemente ni siquiera me creas.

  Por primera vez mi curiosidad fue más fuerte que mi respeto.

  –¿Acaso vives en Marte o Saturno? –él sonrió.

  –No, soy un ciudadano de la tierra; si bien podría sorprenderte saber, con la presente condición infantil de la astronáutica, que yo he hecho más de un viaje a Marte. Me di cuenta de tu curiosidad natural sobre mi persona; y una explicación se hace ahora necesaria. Si cuando hayas aprendido la verdad, aún te importa acompañarme como un invitado, estaré muy feliz de llevarte conmigo y ofrecerte mi hospitalidad por todo el tiempo que quieras permanecer.

  Hizo una pausa.

  –El misterio que te perturba será totalmente revelado cuando te diga que no soy un hombre de tu propia era, sino que he venido desde un periodo en el futuro lejano, o lo que tú entiendes por futuro. De acuerdo a tu calendario, mi propio tiempo es el 15 000 D. C. Mi nombre real es Kronous Alkon; pero he asumido el vagamente similar de Conrad Elkins, así como el lenguaje y tipo de vestido de tu época, y eso por razones que son claramente obvias.

  Por el momento sólo te daré un breve resumen de las causas que motivaron mi visita al siglo XX. Requeriría un largo discurso para ofrecerte incluso un esbozo adecuado de nuestros problemas y anatomía social; y hablo simplemente de un aspecto.

  La humanidad en nuestra época está amenazada con una gradual extinción a través de una creciente sobrepoblación de los niños varones; se necesita urgentemente un método de control sexual que restaure en cierto grado el balance de la naturaleza.

  Tu época, la primera gran era mecánica, es un periodo mítico oscuro para nosotros, y menos conocida incluso que ciertos periodos más antiguos, debido al salvajismo devorador al cual el hombre se entregó al final. Se sucedieron largas eras oscuras, en las cuales sólo los registros más fragmentados sobrevivieron, junto con una leyenda de vastas e impronunciables máquinas que la superstición de las personas identificó con demonios vengadores. Quizás ellos no estaban errados, pues el abuso de la maquinaria fue una de las causas de su debacle.

  También, permaneció la ampliamente creencia popular, aceptada incluso ahora por muchos de nuestros científicos, que las personas del siglo XX podían determinar a voluntad el sexo de su descendencia; y que el secreto de esta determinación se perdió con la posterior barbarie, junto con otros secretos menores sobre química y metalúrgica que ninguna civilización posterior ha podido descubrir jamás.

  Sin lugar a dudas, la primera creencia surgió porque es bien conocido que los sexos eran numéricamente iguales en tu tiempo; y porque desde entonces no lo han sido. Por muchos miles de años, luego de la reconstrucción de una civilización iluminada sobre las ruinas de la de ustedes, el sexo femenino predominó, y todo el mundo se volvió matriarcal.

  El periodo conocido como las Guerras Amazónicas, las cuales fueron las guerras más sanguinarias e inmisericordes en la historia, acabó con el matriarcado, eliminando toda la raza humana excepto unos cuantos cientos de miles. Estos degeneraron a las más primitivas condiciones: pero hubieron más edades oscuras, y entonces, lentamente, la evolución de nuestro presente ciclo de renovada cultura, en el cual el sexo masculino predomina tanto numérica como intelectualmente. Pero nuestros problemas no habían terminado.

  Fue para recuperar el legendario secreto de la determinación sexual que vine de regreso a través de las edades, y he vivido entre ustedes por todo un año del tiempo del siglo XX. Ha sido una experiencia fascinante, y he aprendido muchas cosas en relación al mundo antiguo que son del todo desconocidas y no comprobadas por mis colegas.

  Sus primitivas y pesadas maquinarias y edificios son impresionantes a su manera, y su ciencia no carece de unas pocas intuiciones de nuestros posteriores descubrimientos. Pero obviamente, ustedes saben incluso menos sobre las misteriosas leyes de la biología y el sexo que nosotros; su supuesto método de determinación es totalmente una fábula, y no tengo ningún motivo para demorarme por más tiempo en una época extraña.

  Ahora, para pasar a un plano más personal. Hugh, tú eres el único amigo que me ha interesado tener en la época. Tu mente en algunos caso está más allá de la época; y si bien todo te parecerá diferente en nuestro tiempo, y mucho será incomprensible, te aseguro que tendrás un interés sorprendente en el mundo del 15 000 D. C. Por supuesto, te equiparé con los medios seguros para que regreses a tu propia época cuando quieras. ¿Vendrás conmigo, Hugh?

  Por un momento no pude responder. Estaba asombrado, maravillado, aturdido incluso hasta la estupefacción por las cosas increíbles que mi amigo me acababa de contar. Sus declaraciones no eran menos que milagrosas; y sin embargo, de alguna manera, no eran imposibles. No dudé ni por un instante de su veracidad. Después de todo, era la única explicación lógica de todo lo que me intrigaba en Conrad Elkins.

  –Por supuesto, iré contigo –grité–. Sobrecogido y pasmado por la extraña oportunidad que él me ofrecía.

  Tenía un centenar de preguntas obvias que quería hacerle a Elkins. Anticipando algunas de ellas, dijo:

  La máquina con la cual he viajado a través del tiempo es una nave cómodamente usada por nosotros para los viajes espaciales. Te explicaré más tarde las modificaciones del mecanismo original el cual posibilita el viaje a través de la cuarta dimensión del espacio conocida como tiempo. Tengo razones para creer que la invención es totalmente única y nunca ha sido duplicada.

  Había acariciado por muchos años mi proyecto de visitar tu época; y en la preparación para esto hice un prolongado estudio de toda la información histórica disponible sobre ella, así como también de los restos arqueológicos y literarios de América. Como he dicho, lo que permanecía era muy fragmentario; pero el lenguaje, siendo la raíz de nuestra propia lengua, es muy bien conocido por nuestros especialistas.

  Me esforcé por dominarlo tanto como fuera posible; si bien he descubierto desde entonces que algunas de nuestras pronunciaciones y definiciones son erradas; también, que el vocabulario es más vasto de lo que habíamos creído.

  Igualmente, estudié la indumentaria de tu periodo, de las cuales algunos remanentes aún existen, y fabriqué vestimentas que me podían hacer pasar desapercibido a mi llegada.

  Elkins hizo una pausa y se dirigió al closet de ropas. Lo abrió y sacó un traje hecho con alguna especie de tejido suave y marrón. No estaba mal fabricado, si bien el diseño no me era familiar. Más tarde, descubrí que la tela de la cual había sido fabricado fue manufacturada en el año de 1940, diez años en el futuro de nuestra propia fecha. Elkins continuó:

  Mi partida ha sido planeada cuidadosamente, supuestamente me iba a marchar en un viaje a los asteroides, algunos de los cuales, principalmente Palas, Vesta y Ceres, han estado colonizados por los seres humanaos desde hace cientos de años.

  Permanecí todo el tiempo del viaje en un estado de inconsciencia. Esto, como pronto comprenderás, era algo inevitable a causa de la abstracción temporal de cualquier cosa que contribuya o pueda crear lo que conocemos como conciencia. Estaba preparado para esto, e hice los cálculos y ajustes necesarios de antemano, y había sincronizado cuidadosamente el movimiento de la nave en la dimensión del tiempo con el movimiento de la tierra y el sistema solar en el espacio. Geográficamente hablando, no me movería una pulgada durante todo el transcurso del viaje.

  Ubicado a una altura de treinta mil pies sobre la tierra, encendí la máquina del tiempo. Hubo un periodo de absoluto olvido [un segundo o un millón de años eran lo mismo], y entonces, con el cese del vuelo del tiempo, recobré mis sentidos. Sabiendo que ya estaba en el siglo XX, si mis cálculos fueron correctos, y evitando hacer notar mi extrañeza, busqué un lugar en donde pudiera aterrizar tranquilo y oculto.

  El lugar que elegí, luego de muchas vueltas y sondeos, fue un precipicio inaccesible en las Montañas Catskill, muy lejos de cualquier asentamiento humano. Allí descendí en la noche y dejé la máquina, cuya presencia era indetectable ya sea desde arriba o desde abajo. Finalicé mi descenso al risco haciendo uso de un artefacto anti-gravitacional, luego me abrí paso desde el bosque.

   Al día siguiente yo estaba en New York, en donde, por la mayor parte del tiempo, he permanecido desde entonces llevando a cabo ininterrumpidamente mis estudios sobre tu civilización. Para mis necesidades monetarias, me había traído algunas monedas desenterradas de tu periodo, y también algunos pequeños lingotes de oro fabricados químicamente.

  Él me mostró algunas de las monedas; un dólar de plata que estaba degastado casi hasta hacerse irreconocible, como un antiguo óbolo, por la oxidación de incontables siglos. Entonces sacó otro traje del mismo closet: una túnica corta y ligera de un rojo mate con un largo y delicado manto que podía ser separado a voluntad, pues estaba adherido a los hombros por dos broches de plata. La fabricación, así como el traje mismo, me eran extraños. Kronous también sacó un par de sandalias, que se asemejaban vagamente a las de los antiguos, si bien no estaban hechas de cuero, sino de alguna clase de tela tensa e indestructible.

  Esta –dijo–, es la vestimenta con la cual abandoné Akameria, la América del año 15 000 D. C. Yo procuré la fabricación de una túnica similar para ti con un sastre de New York; y también sandalias, si bien me temo que las sandalias tuvieron que fabricarse con cuero, pues el material usado en la mías es un químico exclusivo de mi época. Planeo marcharme pasado mañana, y espero que esto no sea demasiado pronto par ti.

  En verdad no lo será –contesté–. No tengo muchas preparaciones que hacer. No hay nada que hacer excepto cerrar el laboratorio e informar a unos pocos amigos de que inicio un tour mundial por tiempo indefinible. No creo que se establezcan grupos de búsqueda.

  Dos días después, con el día aún quedándole una hora de luz, Elkins y yo habíamos alcanzado la base del empinado risco en el cual estaba escondida la máquina del tiempo. Las últimas cuatro horas del viaje habían sido a pie. Nos encontrábamos en la parte boscosa de las Catskills; con la mirada fija en la terrible pared de la montaña; sentía un asombro creciente por mi extraño compañero, quien parecía no tener ninguna duda en absoluto de su habilidad para escalarla.

  Él abrió una pequeña mochila, cuyo contenido no me había revelado hasta ese momento, y extrajo de ella el artefacto anti-gravitacional del cual había hablado. Este era un disco hueco de algún metal opaco y desconocido, con cadenas de un material igualmente ambiguo que lo aseguraba al cuerpo. Elkins me mostró la simple operación del mecanismo que, me dijo, era de naturaleza electrónica. Entonces, él se lo ajustó al pecho, puso el aparato en marcha, y lentamente se alzó en el aíre hasta que alcanzó la cima del precipicio. Luego desapareció de la vista; pero pocos momentos después, el disco de metal fue bajado con una larga cuerda para que yo lo use a mi vez.

  Siguiendo las indicaciones, procedí a ajustarme el mecanismo y a encenderlo. La sensación de total carencia de peso mientras flotaba hacia arriba era una experiencia única. Era como si fuera una pluma arrastrada en una imperceptible corriente de aíre. No estando acostumbrado al aparato, no comprendí la sofisticada técnica de movimiento bajo su influencia; y cuando alcancé el borde del risco, habría continuado derivando rumbo al cielo si mi compañero no me hubiese agarrado y detenido.

  Me encontré a su lado en un amplio saliente ensombrecido por otro risco que se alzaba inmediatamente sobre él. Ciertamente, Elkins no pudo haber elegido un lugar más seguro para su máquina del tiempo.

  La nave misma, cuya puerta abrió, era una larga estructura cilíndrica, evidentemente diseñada para movimientos suaves en el aíre y en el éter. No podía albergar más que tres personas. Dentro, estaba equipado con cerraduras y maquinarias y tres grande cápsulas en las cuales el conductor y los pasajeros eran inmovilizados por suspensión. Esto, por supuesto, era necesario a causa de la pérdida de peso y gravedad durante el viaje por el éter. Elkins dijo que él había encontrado necesario atarse dentro de uno de las cápsulas en su viaje por el tiempo.

  Los dos aún estábamos vestidos a la usanza del siglo XX. Elkins procedió a vestirse con la túnica y las sandalias de su propia época, los cuales había traído dentro de la mochila junto con los duplicados que me había fabricado algún mítico sastre. Elkins me los pasó para que me los pusiera. Obedecí, sintiéndome como disfrazado con el extraño traje.

  Eso es lo último de Conrad Elkins –dijo mi compañero, apuntando al traje desechado–. A partir de ahora debes llamarme Kronous Alkon. Tu nombre sonará muy anacrónico entre nosotros; de manera que te presentaré como Huno Paskon, un joven oriundo de la colonia de Palas.

  Kronous Alkon ahora se ocupaba de la maquinaria de la nave. Esto, para mis ojos no entrenados, resultaba bastante complicado. Él ajustó una serie de varas movibles que estaban conectadas a un tablero lleno de ranuras, que parecían estar accionando un aparato de relojería con un dial numerado y tres manecillas. Habían cientos, quizás miles de cifras en el dial.

  Eso –él dijo–, es para controlar dentro de límites precisos el alcance de nuestro movimiento hacia delante en la dimensión del tiempo. Estamos programados para el año, mes y día apropiados.

  Él procedió a amarrarme, y luego a sí mismo, en las complicadas cápsulas, y se volvió hacia un pequeño tablero con numerosos botones y palancas, que parecía ser distintos del resto de la nave.

  Éstos –dijo–, son los controles para el vuelo atmosférico y por el éter. Antes de encender el poder del tiempo, debo elevarme a una altitud más alta y volar en dirección sur unas cincuenta millas.

  Él giró uno de los botones. Se escuchó un sonido bajo y palpitante; pero no había estado consciente de ningún movimiento, si un repentino destello crepuscular a través de las portillas de la nave no mostrara que estábamos alzándonos sobre el nivel del precipicio. Después de unos pocos minutos, Kronous Alkon movió una de las palancas; y el tamborileo cesó.

  El poder del viaje espacial –dijo–, es proporcionado por desintegración atómica. Ahora, durante el vuelo del tiempo, usaré una clase de poder muy diferente; una extraña y compleja energía derivada de las repercusiones de los rayos cósmicos, que nos transportará a través de lo que, a falta de un nombre mejor, es llamado la cuarta dimensión.

  Hablando apropiadamente, estaremos fuera del espacio y, desde un punto de vista mundano, no habrá existencia. Te aseguro, no obstante, que no habrá daño. Cuando el poder del tiempo se apague automáticamente en el año 15 000 D. C., tú y yo despertaremos como de un profundo sueño. La sensación de estar cayendo puede ser más bien terrible, pero no más que el efecto de ciertos analgésicos. Simplemente déjate llevar e imagina que no hay nada que temer.

  Él tomó una larga palanca y le dio un poderoso tirón. Sentí como si hubiera recibido una descarga eléctrica que estaba desgarrando todos mis tejidos y desintegrándome en mis últimas células y moléculas. A pesar de  las palabras tranquilizadoras de Kronous Alkon, me sentía sobrecogido por un confuso e impronunciable terror. Tenía la sensación de estar dividido en millones de yoes, todos los cuales estaban girando demencialmente hacia abajo en el remolino de un abismo oscuro. Ellos parecían salir uno por uno como chispas cuando alcanzaban cierto nivel; hasta que muy pronto, todos habían desaparecido, y no quedaba nada en ningún lado, excepto oscuridad e inconsciencia.

  Volví en sí de una manera que era el exacto reverso de mi descenso dentro del olvido. Primero, vino esa sensación de entidades remotas y chispeantes, que se incrementaron hasta ser multitud, todas ellas elevándose en cósmica lobreguez desde la última nada; entonces, la gradual fundición de estas entidades en una sola, mientras el interior de la máquina del tiempo se hacía reconocible. Entonces, miré delante de mí la figura de Kronous Alkon, retorcido en su cápsula, y sonriendo mientras nuestras miradas se encontraron. Me pareció que había dormido por largo, largo tiempo.

  Mi compañero presionó un botón, y tuve la sensación de alguien que desciende en un elevador. No era necesario para Kronous Alkon decirme que estábamos cayendo en dirección a la tierra. En menos de un minuto, árboles y edificios eran visibles a través de las ventanillas, y experimentamos una pequeña sacudida cuando aterrizamos.

  Ahora –dijo Kronous–, nos encontramos en mi país, cerca de Djarma, la capital de Akameria. Djarma está construida sobre las ruinas de la ciudad de New York, pero ubicada cientos de millas al interior, ya que se han dado muchos cambios geológicos en los últimos 13 000 años. Te darás cuenta de que el clima es diferente también, pues se ha vuelto sub-tropical. Las condiciones del tiempo están totalmente bajo el control humano, y hemos incluso reducido por medios artificiales las áreas permanentes de hielo y nieve en los polos.

  Él se había desamarrado y estaba ejecutando el mismo servicio para mí. Luego, abrió la puerta de la nave y me hizo señas de que lo siguiera. Fui recibido por ráfagas de un aíre cálido y fuertemente perfumado mientras caminaba sobre una plataforma de piedra junto a una especie de aeródromo; un edificio grande e impecable el cual contenía varias aeronaves de una clase desconocida.

  No muy lejos se encontraba otro edificio, que se destacaba por su graciosa y sencilla arquitectura con numerosas hileras de galerías abiertas, y altas y fantásticas torres del tipo Eiffel. Había amplios jardines alrededor de este edificio; y extensos campos de vegetales de clase desconocida se desplegaban en ambos lados perdiéndose en la distancia. Algo separadas, se levantaban un grupo de casas largas y de un solo piso.

  Mi casa –dijo Kronous–. Confío en que todo esté bien. Dejé la propiedad a cargo de mis dos primos, Altus y Oron. También se encuentran Trogh, el capataz marciano, y un grupo de esclavos venusianos, quienes se encargan de las labores de agricultura. Todos nuestros servicios básicos y trabajos manuales son hechos por tales esclavos, quienes han sido importados a la tierra por muchas generaciones, y ahora se han vuelto un problema. Espero que no haya habido ningún problema en mi ausencia.

  Me di cuenta que Kronous había sacado de un bolsillo interior de su túnica una pequeña vara, asemejándose vagamente a una linterna eléctrica con una bola de cristal rojo en uno de sus extremos. Él llevaba esto en sus manos.

  Un proyector electrónico –explicó–. La corriente paraliza pero no mata a cualquier distancia que no exceda las 50 yardas. Algunas veces tenemos que usar semejantes armas cuando los esclavos están recalcitrantes. Los venusianos son de una clase baja y viciosa y requieren un manejo cuidadoso.

  Nos encaminamos hacia la casa, cuyos pisos bajos estaban medio ocultados por altos árboles y abundantes arbustos. Ningún signo de vida era manifiesto mientras seguíamos la serpenteante senda entre las fuentes de mármol de colores, palmeras, rododendros y barrocas y extra-mundanas plantas y flores, que habrían pasmado a un botánico de hoy en día. Kronous me dijo que algunas de estas últimas fueron importadas de Venus. El aíre caliente y húmedo se encontraba saturado de olores que encontraba opresivos, los cuales Kronous parecía inhalar con delicia.

  Girando en una curva cerrada del camino, salimos a un césped abierto inmediatamente en frente de la casa. Aquí, una inesperada y terrible escena nos dio la bienvenida. Dos hombres, vestidos como Kronous, y un ser enorme, de abultado pecho de barril y largas piernas, con una cabeza horrible como la de un sapo, se enfrentaban a una horda de criaturas bestiales que, en comparación con ellos, el hombre de Neanderthal era un ejemplo de belleza clásica.

  Había unas veinte de estas criaturas, muchas de las cuales estaban armadas con palos y piedras, los cuales arrojaban a los tres que le hacían frente. Su piel marrón-negruzca estaba cubierta sólo con remiendos y burdas borlas de pelo púrpura; y quizás la mitad de ellos estaban adornados con colas gruesas y bifurcadas. Estas, más tarde me di cuenta, eran las hembras; los machos, por alguna oscura razón evolutiva, no las poseían.

  ¡Los esclavos! –gritó Kronous, mientras corría con su proyector levantado. Siguiéndolo, vi la caída de uno de los dos hombres bajo el impacto de una gran piedra. Una docena de esclavos yacían inconscientes sobre el césped; y podía ver que las personas a las cuales atacaban portaban proyectores.

  Nuestra llegada no había sido notada; y Kronous hizo un uso mortal de su arma a corto alcance, desparramando sobre el suelo un esclavo tras otro. Volviéndose, y aparentemente reconociendo a su maestro, los que quedaban comenzaron a dispersarse desordenadamente. Su derrota fue completada por el gigante de pesado pecho, quien lanzó detrás de ellos con sus brazos de catapulta, muchas de las municiones que ellos habían soltado ante la presencia de Kronous.

  Me temo que Altus está herido de gravedad –dijo Kronous mientras nos unimos al pequeño grupo en el césped. El otro hombre, que ahora Kronous me lo presentó como su primo Oron, estaba inclinado sobre la figura caída y examinando una herida oculta desde la cual la sangre fluía abundantemente entre el fino cabello negro. Oron, quien respondió a la presentación con cortés asentimiento, había sido también magullado y herido por varios misiles.

  La presentación había sido en inglés. Pero Kronous y Oron habían comenzado a hablar en un lenguaje que no podía comprender. Al parecer alguna explicación se estaba ofreciendo con relación a mí, pues Oron me dio un vistazo rápido y curioso. El gigante había cesado de lanzar piedras y palos a los venusianos en fuga, y se nos unió.

  El es Trogh, el capataz marciano –me dijo Kronous–. Como todos los de su raza él es extremadamente inteligente. Ellos son un pueblo antiguo con una civilización inmemorial, que ha seguido una evolución diferente a la nuestra pero no es necesariamente inferior; y nosotros los terrícolas hemos aprendido mucho de ellos, a pesar de su gran reserva y secretismo.

  El cuerpo rojizo-amarillento del marciano estaba cubierto sólo con un chaleco negro. Sus rasgos aplastados semejantes al de los sapos, bajo la cabeza alta, pronunciada y abultada, eran imposible de describir; y sentí escalofrío por la sensación de un abismo evolutivo infranqueable mientras miraba a sus helados ojos verdes.

  Cultura, sabiduría, poder, se manifestaban tras su mirada, pero en formas que ningún ser humano estaba calificado para comprender. Él habló en una voz tosca y gutural, evidentemente usando el lenguaje humano, si bien las palabras no guardaban relación aparente con las que hablaban Kronous y Oron, a causa de una extraña prolongación de las vocales y consonantes.

  Llevando con nosotros a Altus aún inconsciente, Oron, Kronous, Trogh y yo penetramos al pórtico de la casa cercana. Tanto la arquitectura y el material de este edificio eran lo más hermoso que había visto alguna vez. Se hizo mucho uso de arcos arabesqueados y delicados pilares. El material que se asemejaba a una especie de ónix translúcido, era en verdad, como Kronous me dijo, una sustancia sintetizada preparada por transmutación atómica.

  El interior ostentaba muchos cojines cubiertos con desconocidas y opulentas fabricaciones súper diseñadas. Las habitaciones eran grandes con techos altos y abovedados; y en muchos casos se encontraban divididas sólo por dos filas de pilares o cortinas. El amueblado era muy hermoso, con líneas ligeras y curvadas que sincronizaban con la arquitectura; y algunos de ellos estaban hechos de un material como el de las piedras preciosas y hermosos metales que no podía reconocer. Había líneas de pinturas y estatuas, sobre todo de la naturaleza más bizarra y fantástica, testificando una suprema maestría. Me enteré de que algunas de las pinturas eran descripciones de primera mano de paisajes en planetas alienígenas.

  Colocamos a Altus sobre un diván. El hombre estaba gravemente herido y su respiración era lenta y débil. Por lo que parecía él había sufrido una contusión cerebral de cuidado.

   Kronous sacó un mecanismo abultado que finalizaba en un cono hueco, el cual, me explicó, era el generador de una fuerza conocida como osc; una energía súper eléctrica usada en el tratamiento de heridas y enfermedades en general. Poseía un poder supremo para restaurar los procesos normales de la salud, sin importar la causa de la aflicción.

  Cuando el generador fue puesto en marcha por Kronous, vi la emisión de una luz verde desde el extremo hueco, derramándose sobre la cabeza del herido. El pulso de Altos se hizo más fuerte y se estremeció un poco, pero sin despertar del todo. Cuando Kronous apagó el rayo verde luego de unos minutos, me pidió que examinara la herida; descubrí que ya había comenzado a sanarse.

  Altus se encontrará bien en dos o tres días –dijo kronous–. El verdadero problema –continuó– son los venusianos; y no sólo para mí sino para todo el mundo. Fue un graso error traerlos a la tierra en el comienzo. Ellos no son sólo feroces e intratables, sino que se reproducen con una asombrosa fecundidad, a diferencia del menguante número de la raza humana. Ya nos superan cinco a uno; y a pesar de nuestras armas y conocimiento superior, creo que representan nuestra peor amenaza. Todo lo que necesitan es un poco de organización.

  El atardecer había caído. Trogh se había retirado a sus propios aposentos a cierta distancia de la casa, seguido por su esposa marciana. Una comida consistente sobre todo de deliciosas frutas y vegetales, la mayoría me eran desconocidas, fue servida por Oron. Aprendí que uno de los vegetales era una especie de trufa importado de Venus. Luego de comer, un poderoso licor de delicado sabor, hecho de una fruta que se asemejaba tanto a la pera como a la piña, fue servido en hondos y finos vasos de cristal.

  Kronous ahora me habló algo más suelto. Me dijo que ya le había confiado la verdad sobre mí y su viaje en el tiempo a Oron.

  La razón de que no quería que su viaje se conociera –dijo–, es porque los principios mecánicos involucrados, podrían haber sido robados o duplicados por otro inventor. Y aún dudo de su valor para la humanidad en general. Nosotros los de la era presente hemos aprendido a no abusar de los artefactos mecánicos en la grosera manera de las primeras generaciones; pero aún así, no está bien que el hombre deba conocer demasiado. Hemos conquistado el espacio, y la conquista ha traído sus propios peligros. De manera que creo que sería mejor si la conquista del tiempo continúe siendo de explotación individual. Puedo confiar en Oron, y también en Altus, para que mantengan el secreto.

  Él continuó hablando de varias cosas que entendía eran necesarias que yo estuviera al tanto de ellas.

  Descubrirás –monologó–, que nuestro mundo está motivado por deseos y ambiciones muy diferentes de aquello que prevalecían en el tuyo. La mera lucha por la existencia, la riqueza y el poder, son nociones extrañas a nuestro entendimiento. El crimen es muy raro entre nosotros, y tenemos pocos problemas de administración y de gobierno. Cuando tales cosas suceden son sometidas al manejo de un equipo de científicos.

  Tenemos un ocio infinito; y nuestras aspiraciones apuntan a la conquista del conocimiento remoto, la creación de extrañas formas de artes y el disfrute de una variedad de sensaciones intelectuales y estéticas, sustentadas en un largo promedio de vida, cuyo estándar está entre los 300 o 400 años, eso lo ha hecho posible nuestro completo dominio de las enfermedades. (Yo mismo tengo 150 años, algo que podría sorprenderte).

   Sin embargo, no estoy seguro de que este estilo de vida es del todo ventajoso. Quizás por la misma falta de lucha, de penalidades, de dificultades, nos estamos volviendo débiles y afeminados. Pero estoy seguro de que pasaremos por una dura prueba dentro de poco.

  Perteneciendo, como lo eres, a una era comercial –continuó–, sin dudas te interesará saber que la mitad de nuestro comercio es interplanetario. Existe toda una flota de naves de éter que navegan entre la Tierra, Marte, Venus, la Luna y los asteroides. No obstante, no somos por definición un pueblo comerciante. Aparte de esos de nosotros que han elegido vivir en la ciudad, el resto son en su mayoría propietarios de plantaciones, donde todo lo necesario es producido o manufacturado por la mano de obra esclava. Es, por supuesto, sólo nuestro decreciente número que ha hecho este sistema realidad.

  Poseemos el poder, si así lo deseamos, de manufacturar todas las cosas por medio de síntesis química. Sin embargo, descubrimos que el alimento natural es preferido al sintético, y hacemos menos uso de nuestro conocimiento en este sentido del que te imaginas. Quizás el principal uso de nuestro dominio de la conversión atómica, es la fabricación de materiales de construcción.

  Hay muchas cosas que podría decirte; pero tú verás y aprenderás por ti mismo. Mañana en la mañana, Oron y yo comenzaremos a instruirte en nuestro idioma.

  De esa manera iniciaron varias semanas tranquilas en la propiedad de Kronous. Hice rápidos progresos en el idioma, que guarda la misma relación con el inglés que éste con el latín. Me fue dado acceso a una fina y voluminosa biblioteca llena con los últimos trabajos científicos, con ficción y poesía perteneciente al último ciclo del mundo, y también con unos cuantos artículos raros que datan de un periodo que, si bien posterior en mucho tiempo al nuestro, estaba sepultado en el polvo de la antigüedad. En varias ocasiones Kronous me llevó a su laboratorio, en el que podía llevar a cabo las maravillas más increíbles de la transformación atómica, y proezas de análisis microscópico que revelaban todo un mundo dentro del electrón. Me di cuenta que la ciencia de nuestro tiempo es un juego de niños en comparación con la de la era a la cual había sido transportado.

  Uno día, Kronous me mostró un gabinete lleno de objetos que habían sido recuperados de las ruinas de New York y otras ciudades antiguas. Entre ellas había platos de porcelana, emblemas masónicos, collares de perlas, pomos de puertas chinos, veinte dólares oro y bujías. Su vista, y la comprensión de su extrema antigüedad, combinado con su doméstica familiaridad, despertaron en mí la más intensa tristeza. Y una intolerable y desesperada nostalgia por mi propia Era. Este sentimiento duró por días; y Kronous no me mostró más reliquias antiguas.

  Altus se había recuperado totalmente de sus heridas; y no escuché acerca de más insubordinaciones de parte de los esclavos de Kronous. Sin embargo, no podía olvidar la terrible escena que me dio la bienvenida en la propiedad. Vi muchas veces los venusianos de aspecto salvaje, quienes hacían sus labores agrarias con un tétrico aíre de mecánica indiferencia, y mucho se me dijo sobre ellos.

  Sus ancestros eran los habitantes de las profundas y llamativamente exóticas junglas de Venus, donde ellos vivían en la más primitiva de las condiciones, en perpetuo conflicto con terribles animales e insectos, así como entre ellos. Eran caníbales por naturaleza, y sus hábitos en este punto no han podido ser refrenados. De vez en cuando, en las plantaciones, uno de ellos desaparece misteriosamente.

  El comercio de esclavo ha florecido por varios siglos, pero ha disminuido en los últimos años, ya que los que han traído a la tierra se han multiplicado a tal punto que ahora exceden la cuota requerida. Los esclavos venusianos originales eran mayormente, aunque no todos, los cautivos de guerras y redadas tribales; Y habían sido comprados por comerciantes terrestres por una nimiedad, a cambio de bebidas alcohólicas y armas cortantes.

  No obstante, los venusianos estaban dispuestos a vender incluso miembros de sus propias tribus; aparentemente, existe poco apego o fidelidad entre ellos. Y sus instintos eran los de los lobos y tigres.

  Los marcianos han venido a la tierra especialmente como comerciantes; si bien sus servicios eran ha menudo procurados para empleos como el de Trogh. Ellos eran taciturnos y evasivos; pero han permitido que los humanos usen ciertos de sus descubrimientos en química y astronomía.

  Ellos eran una raza filosófica, dada a las ensoñaciones, y eran universalmente adictos al uso de una extraña droga, conocida como Gnultan, el jugo de una hierba marciana. Esta droga era más poderosa que el opio o el hachís, e inspiraba visiones aún más alucinantes, a pesar de que sus efectos no eran físicamente nocivos. Su uso se había extendido entre los seres humanos, hasta que una ley fue aprobada para prohibir su importación. Aún era traficada tanto por marcianos como por terrícolas, a pesar de todos los esfuerzos hechos para detenerla; la adicción a la droga era aún muy común entre los humanos.

  Por medio de la radio y la televisión, los que ahora eran empleados en formas súper simplificadas y mejoradas, Kronous y sus primos se mantenían informados cada hora de todo el mundo de su tiempo, e incluso con las estaciones terrestres en Marte, Venus, la Luna y los grandes asteroides. Tuve el privilegio de ver muchas escenas que se considerarían como las dementes visiones del delirio en el 1930.

  Nos transmitían todas las noticias del mundo; y con mi continuo dominio del idioma, pronto alcancé un nivel en el que ya no necesitaba de la interpretación de Kronous para entender lo transmitido. Muchas de estas noticias no eran tranquilizadoras, sino que servían para incrementar los proféticos temores que habían sido vociferados por mi anfitrión.

  Había insurrecciones diarias por parte de los esclavos venusianos alrededor de todo el planeta. Y, en muchos casos, grande era el daño infligido antes de que pudieran ser sometidos. También, estos motines comenzaban a mostrar una misteriosa concordancia y nivel de mentalidad que hasta ahora no habían sido evidenciadas por los venusianos.

  Actos de sabotajes, así como asaltos personales, eran comunes y crecientes; y el sabotaje en particular a menudo mostraba una inteligencia racional. Incluso, en esta etapa tan temprana, existían los que creían que los venusianos estaban siendo incitados y ayudados por los marcianos; pero no existían pruebas objetivas de tal confabulación por el momento.

  Un día, desde Djarma, vino la noticia de esa bizarra plaga mineral conocida como la Podredumbre Negra. Uno por uno los edificios en los suburbios de Djarma fueron atacados por esta novedosa enfermedad, que causaba que la piedra y el metal sintetizado, se disolviera pulgada a pulgada en un fino polvo negro. La podredumbre era el trabajo de un micro-organismo que debió ser introducido de alguna manera desde Venus, donde su voracidad había sido notada en ciertas cordilleras de montañas. Su aparición en la tierra era un misterio, pero tenía todos los elementos de ser otro sabotaje. Era capaz de devorar la mitad de los elementos conocidos por la química; y, hasta ahora, nada ha podido ser descubierto para frenar su progreso, a pesar de que todos los químicos akamerianos trabajaban en el problema.

  Kronous y yo vimos en la televisión la obra de la Podredumbre Negra. De alguna manera, era inenarrablemente terrible ver el lento crecimiento del área de silencio y devastación; el colapso de edificios medio comidos desde los cuales sus ocupantes habían huido. La cosa había comenzado en las afueras de Djarma, y estaba continuamente devorando la ciudad en un arco que se extendía.

  Los mejores científicos de Akameria fueron convocados en cónclave a Djarma, para estudiar la podredumbre y desarrollar, si era posible, un medio de retardar el proceso. Kronous, que era un químico y microscopista de renombre, estaba entre ellos. Él me extendió la invitación de acompañarlo y yo, por supuesto, acepté con entusiasmo.

  El viaje eran unas cuarenta millas, y lo hicimos en una ligera nave aérea que pertenecía a Kronous; una especie de monoplano impulsado por poder atómico.

  Si bien ya me había familiarizado con muchas de los lugares de Djarma a través de la televisión, la ciudad era una fuente de absorbente fascinación para mí. Era mucho más pequeña que New York y ampliamente espaciada, con muchos jardines y exuberantes parques semi-tropicales serpenteando a través de toda su extensión. La arquitectura era a grandes rasgos la misma del tipo abierto y aérea que había visto en la casa de Kronous. Las calles eran anchas y espaciosas y había comparativamente muy pocos edificios grandes. El efecto total era el de una suprema gracia y belleza.

  Las calles no estaban atestadas de personas, y nadie parecía en ningún momento estar apurado. Era extraño ver a los grotescos marcianos y bestiales venusianos mezclados en todas partes con humanos como Kronous. La estatura y contextura de Kronous estaban por encima del promedio y era raro ver a un hombre más alto que cinco pies y seis pulgadas. Yo, por supuesto, con mis cinco pies y once pulgadas, sobresalía y llamaba mucho la atención.

  La reunión de sabios se llevaría a cabo en un gran edificio, construido especialmente para tales eventos en el centro de Djarma. A llegar, encontramos que alrededor de doscientas personas, algunas de las cuales eran extremadamente viejas y venerables, ya se habían reunido en el salón de conferencias. Una discusión general estaba en proceso; y los que tenían ideas que sugerir eran escuchados con un respetuoso silencio. Kronous y yo nos sentamos en medio de la reunión. Tan absorbidos se encontraban todos estos hombres en resolver el problema, que muy pocos entre ellos se molestaron en echarme siquiera una mirada curiosa.

  Observando los rostros que me rodeaban, quedé asombrado por la impresión de suprema sabiduría e intelectualidad; por el conocimiento acumulado de edades incalculables. También, en muchos de estos semblantes, percibí los signos de un hastío ancestral, los estigmas de una vaga esterilidad e incipiente decadencia.

  Por algún tiempo, Kronous y yo escuchamos el desarrollo de la conversación. Sopesando las diferentes ideas que se planteaban, me impresionó el hecho de que todos los elementos atacados por la Podredumbre Negra se ubicaban en el extremo opuesto de la escala del Radio en relación a su actividad atómica y explosividad. Se lo comenté a Kronous.

  –¿No sería posible –sugerí–, que el Radio podría ser útil combatiendo la plaga? Creo que me había dicho que el Radio, al igual que cualquier otro elemento es fácilmente manufacturado hoy en día.

  Esa es una profunda inspiración –dijo Kronous pensativamente–. Y podría valer la pena intentarlo. Con nuestro dominio químico podemos fabricar todo el Radio que necesitemos a voluntad en nuestros laboratorios. Con tu permiso voy a plantear la idea.

  Él se levantó y habló brevemente con la silente asamblea. Y para finalizar añadió: «El crédito de la idea debe ser dado a Huno Paskon, un joven colono de Palas, al que he traído a la tierra a manera de invitado».

  Me sentí abrumado por la grave y unánime mirada de estos eruditos y reverenciados sabios, que me miraban en una forma que no podía sondear. De alguna manera, parecía impensablemente presuntuoso haber hecho alguna sugerencia en su presencia.

  No obstante, me pareció que un serio debate se inició; una intensa discusión en la cual la propuesta de usar Radio se encontró con un voto a favor mayoritario. Por último, el venerable sabio llamado, Argo Kan, quien era el portavoz de la asamblea, se levantó y dijo: «Voto por la prueba inmediata del método propuesto por Kronous Alkon y Huno Paskon».

  Otros, uno por uno, se levantaron y echaron similares votos verbales, hasta que la moción fue aprobada por casi todos los presentes.

  La reunión concluyó, y fui informado por Kronous, que el trabajo había comenzado inmediatamente en laboratorios locales para la fabricación del Radio a gran escala y su utilización de la manera más efectiva.

  En menos de una hora, varios químicos estaban listos para visitar la zona del desastre, con máquinas portables dentro de las cuales se almacenaba el Radio desintegrado y usado a manera de fino spray. Su efecto fue mágico en combatir la Podredumbre Negra que había estado abriéndose camino continuamente dentro de la ciudad, arrastrándose de casa en casa a lo largo del ruinoso pavimento. Toda el área afectada, que ahora cubría varias millas cuadradas, fue pronto rodeada por un cordón de hombres equipados con máquinas de radio; y, para el gran alivio de los ciudadanos de Djarma y Akameria, la plaga fue puesta bajo control.

  Durante nuestra estadía en Djarma, Kronous y yo fuimos invitados a una sofisticada edificación que estaba dedicada al uso exclusivo de los científicos. Estaba maravillado por el lujo sibarítico mostrado por estas personas; un lujo que, si bien sustentado en unos recursos ilimitados e inimaginables, no excedían en ningún momento los límites del buen gusto.

  Había baños que habrían sido la envidia de un emperador romano, y camas que habrían hecho mendigar Cleopatra. Fuimos hechizados por una música aérea y exquisita que parecía no surgir de ninguna fuente, y fuimos servidos con alimentos y toda clase de necesidades como por manos intangibles, a la mera expresión verbal de un deseo.

  Por supuesto, existía un secreto mecánico para tales maravillas; pero éste estaba oculto hábilmente, y los medios nunca se evidenciaban. Humildemente comprendí cuán lejos de nosotros se encontraban estos hombres del 15 000 D.C., con su tranquilo y consumado dominio de las leyes de la naturaleza: un domino que ninguno de ellos parecía considerar de ningún valor o importancia.

  Me sentía algo avergonzado por el honor que se me concedió por ser el originador de los medios para retardar la Podredumbre Negra, y sólo podía sentir que mi inspiración fue un accidente afortunado. Los elogios, tanto escritos como verbales, me fueron obsequiados por los dignatarios científicos; y fue sólo a través de la intervención de Kronous, quien explicó mi aversión a la publicidad, que fui capaz de evitar numerosas invitaciones.

  Aprovechando la oportunidad para hacer la transacción de varios negocios, Kronous no estuvo listo para retornar a su propiedad hasta que varios días hubieron pasado. Como no podía dedicarme todo su tiempo, desarrollé el hábito de dar largas caminatas por las calles de Djarma y a través de sus suburbios.

  Caminar lentamente entre las cambiantes escenas de una metrópolis siempre ha sido una fuente de infinita fascinación para mí. Y por supuesto, en esta desconocida ciudad del futuro, donde todo era nuevo y diferente, el atractivo de tal exploración era duplicado. Y la sensación de saber que estaba caminando sobre las ruinas de New York, separado de mi propia era por 13 000 años de historia inconcebible y terribles vicisitudes geológicas, estaba cerca de ser el sentimiento más delirante que haya experimentado alguna vez.

  Era un extraño espectáculo a través del cual paseaba. Los vehículos que se usaban eran de un tipo silencioso, ligero y de unos matices destellantes, sin ningún medio visible de propulsión; y había muchas naves aéreas que volaban silenciosas, depositando sus pasajeros sobre los techos de altos edificios. Y el aterrizaje o partida de grandes y lustrosas naves de éter era un suceso de cada hora. No obstante, era la muchedumbre de transeúntes que captaba mi atención de manera más intensa.

  Ambos sexos y todas las edades estaban ataviados con vistosos trajes de colores. Estaba impresionado por la total ausencia de ruido, tumulto y apresuramiento; todo estaba ordenado y tranquilo. Por las escasas mujeres entre el gentío, me di cuenta de cuán reales eran los temores raciales  expresados por Kronous. Las mujeres que vi eran apenas hermosas o atractivas en relación al estándar del siglo XX. De hecho había una carencia de vida y  mecanicidad en ellas, un algo casi asexuado.

  Era como si el sexo había alcanzado desde hace tiempo el límite de su desarrollo evolutivo y ahora se encontraba en un estado de virtual estancamiento y degeneración. En verdad este era el caso según me lo había dicho Kronous. Pero estas mujeres, a causa de su rareza y el valor para la raza eran protegidas con gran cuidado. La poliandria era normal; y el amor romántico, o incluso la pasión intensa, eran cosas desconocidas en este mundo de la postrimería.

  Una gran nostalgia me abatía de vez en cuando mientras vagaba entre esta extraña muchedumbre y observaba a través de las vitrinas en las que se mostraban raros artículos alimenticios y curiosas manufacturas de otros planetas. Y el sentimiento se incrementaría cada vez que me aproximaba al barrio marciano, donde habitaba una colonia considerable de estos misteriosos extranjeros.

  Algunos de ellos habían traído a la tierra su propia arquitectura asimétrica y de múltiples ángulos. Sus casas desafiaban las leyes de la geometría; y me atrevería a decir las de la gravedad; y sus calles estaban saturadas de aromas exóticos, entre los cuales predominaba el hipnótico hedor de la droga gnultan. El lugar me atraía y me turbaba al mismo tiempo; y vagué a través de los tortuosos callejones, más allá de los cuales alcanzaría el campo abierto y me adentraría entre lujosos sembradíos y palmeras que no eran menos asombrosos y extraños que las escenas de la ciudad.

  Una tarde inicié mi exploración más tarde de lo acostumbrado. Y mientras cruzaba la ciudad, me di cuenta que habían unos cuantos venusianos entre la turba y escuché rumores de recientes revueltas. Sin embargo, le presté poca atención en el momento.

  El crepúsculo cayó sobre mí mientras regresaba del campo abierto hacia el barrio marciano. La silvestre desolación, en la cual siempre me había encontrado con pocas personas, estaba más tranquila que nunca. Me encaminaba a través de un sendero estrecho bordeado por espesos arbustos y pequeñas palmeras; y comencé a apresurarme con una cierta aprensión, recordando los rumores que había escuchado. Hasta ahora no había sentido temor alguno; pero ahora, en el espeso crepúsculo, estaba consciente de cierta amenaza indefinible; y recordé que estúpidamente me había olvidado de armarme con el proyector electrónico que Kronous me dio para portarlo en mis andanzas.

  No había visto a nadie en el barrio. Pero ahora, mientras avanzaba, escudriñé las profundas sombras de los arbustos a ambos lados del camino. De repente, escuché un sonido detrás de mí, que era como el de pesados pies desnudos arrastrándose, y volviéndome vi que siete u ochos venusianos, muchos de ellos armados con palos, se me acercaban. Ellos debieron estar agazapados entre el follaje mientras pasaba.

  Sus ojos brillaban como los de los lobos salvajes en semioscuridad; y ellos proferían bajos y guturales gruñidos animalescos mientras se abalanzaban sobre mí. Pude evadir los furiosos ataques del arma del primero y me deshice de él con un golpe limpio; pero los otros ya estaban sobre mí, usando indiscriminadamente sus porras y sus sucias garras. Sentía sus uñas desgarrar mis ropas y hundirse en mi carne; y luego algo descendió sobre mi cabeza con un impacto seco, y me desvanecí a través de tambaleantes llamas y remolinante oscuridad, hacia una total insensibilidad.

  Cuando volví en sí fui consciente al principio sólo del dolor de mi cabeza y extremidades. La coronilla de mi cabeza palpitaba violentamente por el golpe que recibí. Entonces, escuché el murmullo de pesadas voces inhumanas, y abriendo mis ojos, contemplé los rostros y cuerpos de una veintena de venusianos alumbrados por un fuego alrededor del cual estaban danzando. Yacía sobre mi espalda; y sólo requería intentar un movimiento para darme cuenta de que mis manos y pies estaban atados. Otro hombre, atado de igual manera y probablemente muerto o agonizante, yacía sobre el suelo a mi lado.

  Me mantuve quieto, considerando conveniente no hacerle saber a los venusianos que había recobrado la conciencia, y contemplé la espeluznante escena. Era algo salido del Infierno de Dante, con el rojo reflejo de lo que corría sanguinolento sobre los toscos y peludos miembros y sobre las grotescas y demoniacas facciones de los esclavos interplanetarios. Sus movimientos, si bien ellos tenían una semejanza con algún ritmo rudo y horrible, estaban más cerca de las cabriolas de los animales de los que podrían estar de las danzas de incluso los salvajes terrestres más primitivos; y no podía sino maravillarme de que tales seres hayan sido capaces de dominar el fuego.

  Se me dijo que el uso del fuego era desconocido para ellos en su propio mundo hasta la llegada del hombre. Recuerdo también haber escuchado que ellos lo empleaban en sus orgias canibalísticas, habiendo desarrollado una predilección por la carne cocinada. Así mismo, se rumoraba últimamente que ellos no desdeñaban la carne humana, y que más de un desafortunado había sido víctima de sus prácticas.

  Tales reflexiones no contribuían a mi paz mental. También, fui extrañamente turbado por una gran plancha de metal enrejado colocada cerca del fuego, que poseía una siniestra semejanza con una parrilla gigante, que era visible a intervalos entre las figuras danzantes. Observándola más detenidamente, me di cuenta que era una especie de bandeja perforada usada en la deshidratación de varias frutas. Tenía alrededor de ocho pies de largo por cuatro de ancho. De repente escuché el susurro del hombre a mi lado, que habría creído inconsciente.

  Ellos están esperando a que el fuego muera –dijo de manera casi inaudible–. Entonces, ellos nos asaran vivos sobre los carbones y esa parrilla de metal.

  Me estremecí, a pesar de que la información estaba muy lejos de ser novedosa o inesperada.

  ¿Cómo ellos te atraparon? –pregunté, en un tono bajo como el de mi interlocutor.

  Yo soy, o fui, el propietario de estos esclavos –contestó–. Ellos me agarraron por sorpresa esta vez; pero creo, o espero, que mi familia haya escapado. Cometí el error de creer que los esclavos estaban acobardados a causa de los castigos que le infligí no hace mucho tiempo. Me di cuenta de que hubo una revuelta planeada esta tarde, de lo que pude deducir de la charla de los mismos esclavos (cuyo lenguaje comprendo). Ellos no carecen de inteligencia como las personas creen; y tengo la teoría de que el clima terrestre ha servido para estimular su mentalidad.

  Ellos poseen medios secretos para comunicarse entre ellos desde las más increíbles distancias, que no son menos efectivos que la radio. También, he sospechado por largo tiempo, que ellos tienen un entendimiento tácito con los marcianos, quienes los están adoctrinando. El micro-organismo que causó la Podredumbre Negra fue sin dudas traficado desde Venus por los marcianos en sus naves de éter; y no hay forma de decir que clase de plagas ellos liberaran la próxima vez. Existen cosas extrañas y espantosas en esos planetas alienígenas; cosas que son mortales para los terrestres pero inofensivas para los nativos. Me temo que el final de la supremacía humana está cerca.

  Conversamos de esta manera por algún tiempo; y supe que el nombre de mi compañero de cautividad era Jos Talar. A pesar de nuestra horrenda y aparentemente insalvable situación, él no mostró temor alguno; y la manera abstracta y filosófica en la cual él veía y discutía la situación era verdaderamente sorprendente. Pero esto, como había observado, era una característica típica de la humanidad en esa Era.

  Había trascurrido una media hora, mientras yacíamos amarrados e inutilizados. Entonces, vimos que el enorme fuego comenzaba a extinguirse, revelando una extensa cama de carbones ardientes. La luz se volvió más opaca sobre las figuras alrededor de él, y los bestiales rostros de los venusianos se veían más amenazantes que nunca en el disminuido resplandor.

  La danza cesó, como si hubiera obedecido a una señal muda; y varios de los danzantes abandonaron el círculo y se acercaron a nosotros. Podíamos ver el deleite en sus obscenos ojos y la baba corriendo de sus hambrientas bocas, mientras hundían sus sucias garras en nuestra carne y nos arrastraban rudamente hacia el fuego.

  Entre tanto, otros habían colocado la enorme parrilla de metal sobre el lecho de carbones. Todos ellos nos miraban con una avidez de hiena que me provocaba temblores y repulsión.

  No pretenderé que era capaz de considerar con algún nivel de complacencia la perspectiva de convertirme en el futuro en un símbolo de resistencia venusiano. Pero me resigné a lo inevitable, reflexionando que la agonía pronto acabaría. Aún si ellos no nos golpean primero en la cabeza, sería una rápida y terrible muerte sobre el lecho de brasas.

  Nuestros captores ahora nos sostenían por los pies y los hombros, como si ellos estuvieran a punto de lanzarnos sobre el asador improvisado. Hubo un espantoso momento de suspenso; y me preguntaba por qué los venusianos no concluyeron la acción que había comenzado. Entonces, escuché de sus labios un gruñido bajo, con una clara nota de alarma, y vi que todos ellos estaban observando el cielo iluminado. Ellos debían poseer sentidos más agudos que los de los humanos, pues al principio no podía escuchar ni ver nada que justificara su atención. Entonces, muy lejos entre las estrellas, percibí una luz en movimiento como las instaladas en las naves aéreas de Akameria.

  No relacioné inmediatamente la luz con la idea de un posible rescate; y me confundió la inquietud de los esclavos. Luego me di cuenta que la luz volaba muy bajo y descendía directamente hacia el fuego. Se acercó con rapidez meteórica, hasta que Jos Talar, yo mismo y los asustados salvajes estuvimos iluminados por los rayos azulados de los focos de búsqueda. La nave misma, como todas las de su clase, no emitía ningún ruido. Y se deslizó a tierra y aterrizó con una velocidad y destreza sobrenatural, a unos veinte pasos del fuego.

  Varios hombres emergieron de su oscura masa y corrieron hacia nosotros. Los esclavos nos soltaron; y gruñendo ferozmente, se agazaparon como si estuvieran listos a saltar sobre las figuras que avanzaban.

  Todos los hombres estaban armados con objetos tubulares, que supuse eran los usuales proyectores electrónicos. Ellos apuntaron a los venusianos, y delgados rayos de fuego, como esos de las antorchas de acetileno, emanaron de ellos y penetraron a través de las tinieblas. Varios de los salvajes gritaron de agonía y cayeron retorciéndose sobre el suelo.

  Uno de ellos cayó entre las brasas y aulló por unos instantes como un demonio que ha sido introducido en alguna trampa preparada para los condenados. Los demás comenzaron a correr pero fueron alcanzados por largos y finos rayos que los perseguían en su huida, abatiendo a varios más. Pronto, los sobrevivientes desaparecieron en la oscuridad, y los caídos habían cesado de retorcerse.

  Mientras nuestros salvadores se acercaban, y el destello del fuego moribundo iluminó sus rostros, vi que el cabecilla era Kronous Alkon. Algunos de los otros eran científicos que había conocido en Djarma. Kronous Alkon se arrodilló a mi lado y cortó mis ataduras con un afilado cuchillo, mientras que otro hacía lo mismo con Jos Talar.

  –¿Estás herido? –preguntó Kronous.

  No de gravedad –le dije–. Pero tú ciertamente apareciste en un momento crítico proverbial. Un segundo más, y ellos nos hubieran arrojado al fuego. Tu llegada es un milagro; no puedo imaginar como sucedió.

  Eso es fácil de explicar –dijo Kronous mientras me ayudaba a levantar–. Cuando no regresaste esta tarde, me alarmé; y conociendo la dirección acostumbrada de tus paseos, estudié esta parte del sector de Djarma cuidadosamente con cámaras nocturnas, que ofrecen una visibilidad con todo detalle del paisaje más oscuro.

  Pronto localicé a los venusianos y su fuego, y te reconocí como una de las figuras atadas. Luego de eso, requirió sólo de unos pocos minutos para reunir varios compañeros, armarlos, preparar una nave aérea y buscar el lugar indicado por el televisor. Estoy más que agradecido de que hayamos llegado a tiempo.

  Se ha llevado a cabo –él continuó– un levantamiento mundial de los esclavos en la últimas horas. Dos de los continentes, Asia y Australia, se encuentran ya en sus manos; y una lucha desesperada se está librando en toda Akameria. Ya no estamos usando los proyectores electrónicos, pues solamente los aturde. Las armas que estamos usando esta noche son generadores de calor, los cuales matan. Pero ven, debemos retornar a Djarma; luego te daré más información.

  Nuestro vuelo a Djarma no presentó ninguna novedad; y Kronous y yo fuimos depositados por nuestros compañeros en el techo del edificio en el cual nos hospedábamos. Aquí nos despedimos de Jos Talar, quien continuó con los científicos rescatistas en busca de algunos familiares y averiguar la suerte que pudieron correr su familia.

  Kronous y yo bajamos a nuestras habitaciones, donde encontramos a Altus, quien acababa de llegar de la propiedad. Nos dijo que Oron había sido asesinado durante un terrible combate con los esclavos esa misma tarde. Trogh había desaparecido misteriosamente; y él mismo se vio forzado a escapar en una de las naves de Kronous. Un estado de cosas verdaderamente horrible.

  Mi magullada cabeza y mi lacerado cuerpo necesitaban de atención, y Kronous me aplicó el rayo verde, que hizo maravillas en aliviar todo mi dolor. Altus, escapó milagrosamente, herido esta vez en su pelea cuerpo a cuerpo con los esclavos.

  Permanecimos sentados por largas horas mientras Kronous nos relataba los sucesos del día y noticias de último minuto continuaban llegando. La situación mundial era en verdad seria; y aparte del levantamiento universal de los esclavos, muchos peligros nuevos habían aparecido.

  En el conflicto presente los venusianos habían sufrido más que los terrestres, y miles de ellos habían sido asesinados y otros tantos forzados a huir ante la embestida de las armas superiores de la humanidad. Pero para contrarrestar esto, un número de nuevas y asombrosas plagas habían sido liberadas por los salvajes, quienes, era ahora una sospecha universal, estaban siendo asistidos por los marcianos. En la parte oeste de Akameria grandes nubes de unos perjudiciales insectos marcianos habían aparecidos; insectos que se multiplicaban con la rapidez de una maldición.

  En otras secciones se habían liberado gases que eran inofensivos tanto para los venusianos como para los marcianos, pero mortales para los humanos. Vegetales mohosos de Venus, que se alimentaban como malignos parásitos de toda forma de flora terrestre, habían sido también introducidos en cientos de lugares; y nadie podía decir que otra cosa el día de mañana revelaría en cuanto a pestes y peligros extra-planetarios. Recordé la profecía de Jos Talar.

  A este ritmo –dijo Kronous–, el mundo pronto será inhabitable para el hombre. Con nuestros rayos de calor y otras armas podríamos eliminar los revolucionarios a tiempo; pero las plagas que ellos han introducido son un problema diferente.

  El sueño no se demoró mucho en ninguno de nosotros esa noche. Nos levantamos temprano en la madrugada, para enterarnos de la apabullante noticia de que toda Europa se encontraba dominada por los esclavos interplanetarios. Las bacterias de una veintena de espantosas enfermedades marcianas y venusianas, a las cuales los extraterrestres eran más o menos inmunes, estaban diezmando la población mundial, y los que sobrevivían eran incapaces de lidiar con los conquistadores. Enfermedades similares estaban apareciendo en Akameria; y todas las demás plagas se estaban propagando con maligna rapidez.

  Debemos regresar inmediatamente a mi propiedad y recuperar la máquina del tiempo, que dejé sobre el aeródromo –me dijo Kronous–. Así podrás retornar a tu propia Era; no es justo pedirte que permanezcas por más tiempo en un mundo que está cerca de la ruina y el caos definitivo. Nosotros, los últimos remanentes de la humanidad, combatiremos lo mejor que podamos; pero esta no es tu guerra.

  Protesté que no era mi intención abandonarlo; que permanecería hasta el final; y también, que tenía una profunda fe en el poder de la humanidad para vencer un enemigo extraterrestre. Kronous sonrió con algo de tristeza.

  En todo caso –él persistió–, debemos recobrar la máquina del tiempo. De esa manera el medio para tu escape estará seguro, sin importar que suceda. ¿Me acompañarás? Tengo pensado hacer el viaje esta misma mañana.

  Por supuesto, no podía argüir en contra de esto; estaba deseoso de acompañarlo. Aparte de cualquier uso que yo mismo pudiera hacer de ella, la máquina del tiempo era una pieza demasiado rara y valiosa como para ser dejada en manos de los vándalos venusianos, que podrían destruirla en su campaña de sabotaje general de la nación.

  Kronous, Altus y yo, hicimos el viaje en la misma nave aérea en la que vinimos a Djarma. Los fértiles y exóticos parajes campestres, con frondosos bosques y altas mansiones de aéreos chapiteles sobre las cuales habíamos viajado una semana antes, se encontraban ahora sembradas de devastación. Muchas de las casas habían sido devoradas por el fuego; y el asolamiento de los vegetales mohosos de Venus había arruinado muchos sembradíos y plantaciones, cuya hierba y follaje se pudrieron por causa de ellos, convirtiéndose en un limo grisáceo.

  Acercándonos a la propiedad de Kronous, vimos que ya era demasiado tarde. Los venusianos habían quemado la casa, e incluso su propio sector, y columnas de fuego se alzaban de las condenadas edificaciones. Una docena de esclavos se acercaban al aeródromo, con la intención obvia de prenderle fuego, o destruir y dañar las naves parqueadas en su plataforma.

  Las facciones de Kronous estaban mortalmente pálidas por la rabia. No dijo nada mientras dirigió el monoplano atómico directamente hacia los esclavos, quienes nos habían visto y corrían en un fútil esfuerzo por escapar. Varios de ellos arrojaron las antorchas que llevaban. Los barrimos, volando a sólo unos pocos pies por encima del suelo en el espacio abierto que rodeaba el aeródromo.

  Dos de los esclavos fueron atrapados y destrozados por la filosa proa de la nave, y Altus y yo, usando proyectores de rayos de calor, dispusimos de otros cinco al rebasarlos. Sólo tres permanecían; y girando la nave en una curva cerrada, y conduciendo con una mano, el mismo Kronous dio cuenta de ellos con su rayo de calor.

  Aterrizamos cerca de la entrada del aeródromo. Kronous entró, y un minuto más tarde la máquina del tiempo voló suavemente y se detuvo en la plataforma. Kronous abrió la puerta y me llamó.

  Tú y yo retornaremos a Djarma en la máquina del tiempo; y Altus se hará cargo del monoplano.

  No había más venusianos a la vista; a pesar de que observamos buena parte de su obra mientras volábamos sobre la plantación antes de retornar a Djarma. Kronous suspiró ante la ruina que había sido llevada a cabo, pero aparte de esto, no dio más muestras emotivas, y mantuvo un estoico silencio.

  Media hora después estábamos de regreso en nuestros apartamentos en Djarma; y la máquina del tiempo guardada en lugar seguro en un aeródromo de las cercanías. Como tenía toda la apariencia de una pequeña nave interplanetaria, nadie, excepto nosotros, podría incluso soñar sobre su real naturaleza y uso.

  Con cada hora que pasaba nuevas noticias se transmitían sobre el nivel de daño nacional infligido por los alienígenas y sus plagas. Los marcianos habían declarado la guerra abiertamente. Su primer movimiento fue destruir todas las embajadas y estaciones comerciales humanas en Marte, y confiscar una vasta cantidad de naves de éter; pero antes de que estas acciones fueran conocidas de manera general, ellos había iniciado la ofensiva en todas parte de la tierra.

  Ellos poseían un arma espantosa, El Rayo Cero, el cual podía penetrar el tejido animal en instantes con fatales impactos congelantes. Esta arma se había mantenido en secreto; su invención y modo de operación eran desconocidos para los científicos humanos; y no era menos letal y efectiva que el rayo de calor. Una batalla se llevaba acabo en el barrio marciano de Djarma; y los marcianos estaban resistiendo con ferocidad.

  Aeronaves habían intentado arrojar explosivos en el sector; pero se descubrió que esto era más dañino a los humanos que a los marcianos; pues estos últimos estaban usando una clase de rayo que hacía detonar los explosivos en medio del aire, e incluso cuando aún se encontraban a bordo de las naves.

  Me maravillé por la ecuanimidad mostrada por las personas de Akameria ante la realidad de todos estos peligros y problemas. Por todas partes, los científicos se encontraban fríamente dedicados a combatir las nuevas pestes y en busca de desarrollar armas más efectivas en contra de los alienígenas. Nadie exhibía ningún temor o alarma. Probablemente el secreto de esta calma e imperturbable actitud, yacía en la elevada evolución mental y desapego filosófico que había sido universalmente desarrollado por la humanidad en las últimas edades.

  Sabiendo cuán insegura y permutable era la posesión de la existencia entre las fuerzas inanimadas del cosmos, el hombre estaba preparado para enfrentar su destino con resignación y dignidad. También, la raza había envejecido; y muchos, quizás, estaban cansados de la monotonía de la vida y estaban preparados para darle la bienvenida a cualquier cosa que proporcionara un cambio, sin importar cuán peligrosa pueda ser.

  Djarma estaba ahora llena de refugiados de las plantaciones de los suburbios; cada hora llegaban otros más. Pero, observando la calmada y poco apurada muchedumbre, nadie hubiera supuesto la gravedad de la calamidad general. No había evidencia de lucha, peligro o aprensión; e incluso la guerra en el sector marciano era conducida en silencio, pues las armas utilizadas no hacían ruido. Algunos de los edificios marcianos habían sido incinerados por los rayos de calor; y un luctuoso paño de humo negro se alzaba y tendía sobre las rojizas llamas.

  Djarma había sufrido menos, hasta ahora, que los otros centros de Akameria. Todo el país estaba en desorden, y toda la comunicación había sido dañada seriamente. Sin embargo, pocas horas luego del retorno de Kronous, Altus y yo, llegó la advertencia desde el sur de Akameria de la aparición una nueva plaga más letal aún que cualquiera de las otras.

  Un pequeño micro-organismo venusiano, una especie de alga aérea, que se propagaba e incrementaba con una rapidez fenomenal, había sido liberado, haciendo que el aire sea imposible de respirar para los seres humanos en un área considerable del continente. Era inofensivo para los venusianos, pues el aire pesado y vaporoso de las junglas nativas estaba lleno de ellos; y si bien era dañino para los marcianos, éstos se habían preparado de antemano y se encontraban bien equipados con máscaras respiratorias y reguladores atmosféricos.

  Y los hombres se asfixiaban lentamente, agobiados por los más dolorosos síntomas de la neumonía, cuando eran abatidos por la extraña peste. Era visible en el aire, que mostraba un color azafranado cuando era invadido por el organismo. Por esta razón, pronto se la conoció como la Muerte Amarilla.

  Más allá de la fabricación y distribución de máscaras a larga escala, nada más podían hacer los sabios para combatir la plaga. La nube azafrán avanzaba en dirección norte cada hora; una silenciosa e irresistible condena; y la situación era en verdad desesperada. Un cónclave de científicos fue convocado; y pronto se decidió que la humanidad debía evacuar cuanto antes las zonas amenazadas por el mortal castigo aéreo. La única salida para los hombres era refugiarse en el círculo ártico y atrincherarse en lugares donde el organismo no pudiera penetrar. Ya que este prosperaba sólo en el cálido clima tropical.

  Esto –me dijo tristemente Kronous–, es una fase preparatoria para nuestro abandono final de la tierra. Los alienígenas han triunfado, como sabía que lo harían. El círculo de dominación humana se ha cerrado; y el futuro pertenece a los venusianos y marcianos. Sin embargo, me aventuro a predecir, que los marcianos pronto esclavizaran a los venusianos y lo gobernaran con una mano mucho más dura que la humana.

  Luego agregó: «Hugh, la hora de nuestra partida pronto llegará. Tú tendrás que abandonarnos en cualquier momento como bien sabes, pero quizás, tengas deseos de ser testigo del drama hasta el final.»

  Yo estreché su mano pero no pude decir nada. Había un sentido de tragedia en la rápida condena que amenazaba el final de los últimos humanos. Distantes y extraños como eran estas personas en sus costumbres, ideas y sentimientos, ellos aún eran humanos. Y admiré su estoico coraje ante el destino de un desastre irrevocable; y por Kronous mismo, luego de nuestra larga amistad y mutuas vicisitudes, había sentido un verdadero afecto.

  Toda Djarma se encontraba ahora sumida en las preparaciones para el viaje hacia el norte. Cada nave aérea y nave espacial disponible fueron usadas; y otras eran construidas con rapidez milagrosa. Había grandes cargueros aéreos en los cuales las pertenencias personales, las reservas de comida y equipos de laboratorios eran transportados. Una perfecta organización dominó todo el proceso, y no se veían signos de apuro o confusión en ninguna parte.

  Kronous, Altus y yo fuimos de los últimos en partir. Un inmenso banco de humo se extendía sobre el sector marciano, y los extraños e hidrocéfalos habitantes estaban siendo expulsados por las llamas e invadiendo las calles desiertas del sector humano, para el momento en que nos alzamos en vuelo sobre la ciudad en la máquina del tiempo y nos encaminamos rumbo al norte. Lejos, hacia el sur, podíamos ver la nube azafrán cubriendo el horizonte; la plaga micro-orgánica que estaba arrasando toda Akameria.

  Con la guía de Kronous, nuestra nave ascendió a una altura en la cual se podía navegar a una velocidad atmosférica superior a la ordinaria. Volando a setecientas millas por hora, pronto nos acercamos al reino del perpetuo invierno, y vimos las capas de hielos de las regiones polares brillando bajo nosotros.

  Aquí la humanidad se había refugiado; y ciudades enteras ya estaban siendo construidas como por magia entre los eternos desiertos de hielo. Laboratorios y fundiciones fueron levantados, donde la comida sintética, artículos de todo tipo y metal eran producidos en grandes cantidades. Las regiones polares, sin embargo, eran tan inhóspitas, y el clima tan riguroso para una raza amante de la temperatura cálida, como para ser otra cosa que una estación de ruta en el éxodo de la humanidad.

  Se decidió que los grandes asteroides, que desde largo tiempo habían sido colonizados exitosamente por el hombre, serían los refugios cósmicos más convenientes. Una gran flota de naves espaciales estuvieron pronto ensambladas y listas para la partida; la mayoría fueron construidas entre el hielo y la nieve; Y día tras día llegaban naves de éter de su recorrido entre los planetas, los cuales habían sido notificados por radio de la situación en la tierra y se habían unidos para ayudar en esta universal tribulación.

  En esos días, antes del último adiós, llegué a conocer a Kronous mejor que en el periodo anterior. Su altruismo e imperturbable fortaleza se ganaron mi admiración. Por supuesto, él cargaba con su parte en la tragedia de su pueblo y su Era, y un puesto oficial en una de las líneas de éter había sido asignado a él y Altus. Todos los que mostraban un interés en la materia eran informados por Kronous que yo, Huno Paskon, iba a retornar solo en una de las naves de éter a Palas, mi supuesto asteroide de origen. Incluso entre nosotros mismos, raras veces tocábamos el tema de la verdadera naturaleza de mi viaje.

  Kronous me entrenó cuidadosamente en el manejo del mecanismo de la máquina del tiempo, tanto espacial como cronológicamente; pero para evitar cualquier error, él mismo ajustó todos los controles para la preparación de mi viaje de regreso en el tiempo. Todo lo que tenía que hacer era encender los rayos cósmicos, y la máquina me depositaría en 1930. Luego del aterrizaje, un dispositivo automático la regresaría nuevamente a su propia era.

  El día de la partida finalmente llegó, en el cual las naves estaban listas para el traslado inter-cósmico del remanente de la humanidad. Fue un momento asombroso y solemne. Nave tras nave, y flota tras flota, se elevaban desde las plataformas de hielo en las cuales descansaban; las grandes masas de lustroso metal sobrevolaban la Aurora Boreal y desaparecían en los helados y espantosos abismos del espacio exterior. La nave que le fue asignada a Kronous fue una de la últimas en alzar el vuelo; y ambos permanecimos por largo tiempo al lado de la máquina del tiempo y observamos las flotas remontar su vuelo hacia el cielo. Altus ya se había despedido de mí y se encontraba dentro del gran transporte de éter.

  Para mí, la hora estaba llena de una infinita tristeza y una extraña excitación, por la comprensión de que el hombre estaba abandonando su lugar de nacimiento, y a partir de ahora sería un exiliado entre los mundos. Pero el rostro de Kronous era una máscara de mármol; y no podía adivinar sus pensamientos y sentimientos. Por último, él se volvió hacia mí y sonrió con un extraño positivismo:

  Es tiempo de que me marche, y también de que tú lo hagas –dijo–. Adiós, Hugh; no nos volveremos a ver. Recuérdame de vez en cuando, y no olvides el destino final de la humanidad, cuando estés de regreso en tu época.

  Él estrechó mi mano brevemente y luego abordó el transporte espacial; y él y Altus se despidieron de mí a través del grueso cristal de una ventanilla sellada, mientras la enorme nave remontaba los aires para su vuelo a través del vacío interplanetario. Yo me encerré en la máquina del tiempo, y halé la palanca que iniciaría mi propio viaje a través de las edades.

  Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: Esta historia fue publicada por primera vez en: «Wonder Stories V2 #11» [abril 1931]. También, en las siguientes colecciones: «Other Dimensions» [Arkham House, 1970]; «Other Dimensions V1» [Panther, 1970]; y, «The Door to Saturn: The Collected Fantasies of Clark Ashton Smith V2» [Night Shade Books, 2007].

 

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