RUNES SANGUINIS / Los Visitantes de Mlok – Por Clark Ashton Smith

Wonderstories May -1933 / Restauración de la portada - Markus E. Goth

  Fue en las Montañas Españolas, hacia donde él había escalado desde Donner para escapar de la compañía de sus colegas campistas, que Lemuel Sarkis encontró por primera vez los habitantes del planeta Mlok.

  Como estaba muy lejos de ser un experto alpinista, a él no le interesó conquistar los picos que coronan el largo y sombrío cerro, sino que se había conformado con su extremo oriental más bajo y accesible. Desde este, él podía mirar hacia abajo sobre las aguas del Lago Frog, que yacían oscuras y quietas al fondo del desolado declive.

  Entre las rocas de aspecto volcánico, fuera del trayecto del viento que barría las elevaciones del cerro, él se sentó en absorta contemplación mientras las sombras de la montaña se alargaban, estremeciéndose como alas perezosas, y una pálida luz se arrastraba hacia el este sobre las opalescentes aguas negras de abajo. La vastedad de la soledad, su siniestra y escarpada grandeza, comenzaron a ejercer un efecto sedante sobre Sarkis; y las trivialidades y banalidades humanas que lo habían motivado a escapar, adquirieron su natural insignificancia ante las poderosas perspectivas que contemplaba.

Wonderstories Interior Frank Paul - may 1932-3

Él no había visto a nadie, ni siquiera un pastor de ovejas o un pescador, en su ascenso a través de los boscosos barrancos hacia las altas laderas cubiertas de girasoles. Se espantó e incomodó al mismo tiempo cuando un guijarro se desprendió como si alguna silenciosa pisada hubiese caído a su lado enviándolo hacia el precipicio. Alguna otra persona había escalado la montaña; y su aversión misantrópica se despertó con amargo resentimiento mientras se daba la vuelta para contemplar al intruso.

  En vez de los turistas o alpinistas que había esperado, él vio dos seres que no poseían ni la más remota apariencia de humanidad, y, más aún, evidentemente no estaban relacionados con ninguna especie de la vida terrestre. No sólo desde ese primer e impactante momento, sino durante todo el episodio que lo siguió, Sarkis se preguntó si no se había dormido y había sido visitado por algún sueño absurdo.

  Cada uno de los seres tenía una altura de alrededor cuatro pies, con alguna extraña y dudosa división de cabeza y cuerpo, su constitución era increíblemente achatada y bidimensional; y ellos parecían flotar más que permanecer parado, como si se balancearan en el aire. La división superior, la cual para el que está acostumbrado a la estructura física terrestre, habría tomado por ser la cabeza, era mucho más grande que la inferior y más redondeada. Se asemejaba al disco sin características de un pes globo y estaba adornado con innumerables zarcillos o tentáculos entrelazados como un arabesco floral.

  La división inferior evocaba un cometa chino. Estaba marcada por desconocidas características extrañas, muchas de las cuales podrían ser ojos, de una clase peculiarmente alargada y oblicua. Finalizaba en tres miembros anchos y parecidos a banderolas, subdivididos en salientes palmeados, que se arrastraban sobre el suelo pero que parecían totalmente inadecuados  para las funciones de las piernas.

  El color de estos seres confundía a Sarkis. Él recibió impresiones alternativas de una negrura opalina, de un gris elusivo y de un brillante violeta sanguinolento.

  Imposible, más allá de toda creencia, ellos estaban suspendidos delante de él entre las rocas, meciéndose hacia adelante con una lentitud soñolienta, como si estuvieran adheridos al suelo por sus anchos miembros membranosos. Sus flequillos de tentáculos entretejidos parecían flotar hacia él, vibrantes de una vida inquieta, y algunos de sus órganos parecidos a ojos se iluminaron gradualmente y atrajeron su mirada con los destellos hipnóticos del cristal.

  La sensación de estar alejándose de la realidad se incrementó en él; pues ahora le parecía escuchar un zumbido bajo e insistente, al cual no le podría distinguir una fuente determinada. Correspondía vagamente con la lenta vibración de los tentáculos en su ritmo y cadencia. Lo escuchó por todos lados en el aire, como una red de sonido; y, no obstante, de alguna manera también estaba dentro de su cerebro, como si las células inactivas hubiesen sido estremecidas con un murmullo telepático proveniente de mundos desconocidos para el hombre.

  El zumbido se hizo más alto, ganando una relativa coherencia y articulación, como si ciertos sonidos fueran repetidos una y otra vez dentro de una larga secuencia. Y continuó haciéndose más articulado, aparentemente formando un prolongado vocablo. Asombrosamente comprendió que el vocablo estaba articulado para significar la frase en inglés, «ven con nosotros», y se dio cuenta que los seres trataban insistentemente de extenderle una invitación por medio de unos órganos vocales extraterrestres.

  Como alguien que ha sido mesmerizado, sin temor o asombro, él cedió a las impresiones que sitiaban sus sentidos. Muy gradualmente, en los discos planos y vacíos, borrosas e intrincadas líneas y masas se dibujaron, haciéndose más brillantes y distintivas hasta que comenzaron a sugerir una verdadera imagen.

  Sarkis comprendía muy poco de lo que veía; pero le era sugerida una idea de una inmensa distancia y una perspectiva alienígena y distorsionada. En una explosión de luz exótica, una marea oceánica de intenso color, maquinarias de extraños ángulos se materializaron, y estructuras que bien podrían haber sido edificios o altos vegetales, retrocedían sobre un suelo de pasmosa dimensión y dudosa inclinación. A través de esta escena barroca, flotaban formas que guardaban una ligera e incoherente semejanza con los seres que tenía enfrente: una semejanza como la que insinúan las formas naturales deformadas en las expresiones más perversas del cubismo. Junto con estas formas, como si estuviera escoltadas por ellas, se movía otra figura guardando igualmente una remota y confusa semejanza con el ser humano.

  De alguna manera, Sarkis comprendió que esta última figura lo representaba a él mismo. La escena era una imagen de una dimensión o mundo alienígena al cual estos seres fantásticos lo invitaban a visitar. De la misma manera, en todos sus detalles, la escena estaba duplicada en los discos.

  Él estudió la invitación con una curiosa lucidez y frialdad. ¿Debía aceptarla? Y si la aceptaba, ¿qué pasaría? Por supuesto, todo no era más que un sueño; y los sueños eran cosas truculentas, con una costumbre de desvanecerse si uno trataba conscientemente de penetrar en sus elusivas visiones. Pero, ¿suponiendo que no fuera un sueño? Entonces, ¿de qué mundo han emergido estos seres, y por qué medio de transporte han sido capaces de visitar la tierra? Seguramente ellos no han podido venir de ninguno de los planetas del sistema solar: su absoluta rareza sugería que ellos eran niños de otra galaxia, o al menos, de un sol diferente al nuestro.

  Los seres al parecer percibieron su vacilación. Las imágenes en su cuerpo se difuminaron, y lentamente fueron reemplazadas por otras, como si ellos quisieran impresionarlo con una variedad de escenarios de su mundo nativo. Al mismo tiempo, el zumbido comenzó de nuevo a escucharse; y luego de un rato, la tediosa monotonía comenzó a sugerir palabras familiares, a pesar de que la mayoría de ellas aún eludían a Sarkis. Él parecía decodificar una extraña prolongación de «oferta» y «escape», como si estas vocales fueran proferidas por algún insecto enorme y zumbador.

  Entonces, a través del extraño e hipnótico sonido, él escuchó la sonrisa entrecortada de una muchacha y la alegre conversación de voces humanas. Evidentemente varias personas habían escalado la montaña y ahora se acercaban hacia él por la pendiente, si bien no las podía ver todavía.

  El hechizo soñoliento fue roto, y él sintió un ataque de miedo así como de profundo asombro cuando vio que los dos desconocidos visitantes aún se encontraban frente a él. Esas voces humanas intrusas lo convencieron de que el suceso no fue un sueño. Sintió la involuntaria animadversión de la mente humana por las cosas monstruosas e inexplicables.

  Las voces se acercaron detrás de las rocas, y pensó que reconocía el tono de uno o más de sus colegas campistas. Entonces, mientras él continuaba contemplando la aparición, distinguió sobre las grotescas formas flotantes el repentino destello de metales cobrizos que sin ninguna fuente aparente barrieron el aire, colgando desde las alturas como si de algún espejismo mecánico se tratara. Un laberinto de oblicuas varillas y curvadas retículas parecían cernerse y descender sobre los dos seres. Un instante más tarde, habían desaparecido, junto con los visitantes.

  Sarkis apenas vio la llegada de una mujer y dos hombres, y todos los miembros del grupo que había deseado evitar. Al asombro semejante al de un durmiente rudamente despertado, fue agregada la sobrecogedora consternación del que piensa que ha sido testigo de lo sobrenatural.

  Una semana después, Sarkis había retornado a sus apartamentos en San Francisco y retomado el tedioso arte comercial que constituía su fuente segura de ganarse la vida. Este trabajo ajeno a su vocación involucraba la despiadada limitación de ambiciones más elevadas. Él había querido pintar escenas imaginarias, había soñado con plasmar en opulentos colores una fantasía como la que Beardsley había captado en líneas ornamentadas. Pero tales pinturas, al parecer, eran muy poco requeridas.

  La experiencia en las Montañas Españolas había impactado profundamente su imaginación, si bien aún permanecía la duda de su veracidad. Esto le dio abundante materia para la especulación, y a menudo maldijo la inesperada interrupción que provocó el desvanecimiento de los visitantes.

  Le parecía que los seres [si ellos no eran meras alucinaciones] se habían mostrado en respuesta a sus propios anhelos vagos e indirectos por lo supermundano. Como enviados de universos forasteros, ellos lo habían buscado, y lo habían favorecido con su visita. Su intento de una comunicación verbal evidenciaba un conocimiento del inglés; y estaba claro que ellos podían ir y venir a voluntad, sin duda por medio de algún mecanismo oculto.

  ¿Qué querían ellos de él? Se preguntaba. ¿Cuál hubiera sido su suerte si él los hubiese acompañado?

  Su inclinación pictórica por lo fantástico fue estimulada profundamente; y más de una vez, luego de que su tarea diaria de arte publicitario estaba terminada, él intentaba pintar los visitantes de memoria. Esto lo encontró particularmente difícil: las imágenes con las cuales lidiaba no tenían analogía; y sus mismos matices y proporciones asombraban su recuerdo. Era como si un espectro alienígena, una geometría trans-euclidiana, había estado de alguna manera involucrada.

  Una tarde, él se encontraba ardiendo de insatisfacción ante su caballete. La pintura, él pensó, era una estúpida mancha de colores aplicados en excesos, la cual fracasaba totalmente en mostrar la verdadera sobrenaturalidad del tema.

  No hubo ningún sonido o advertencia, nada que pudiera conscientemente atraer su atención. Pero, dándose la vuelta abruptamente, vio detrás de él los dos seres que había conocido en las Montañas Españolas. Ellos se balanceaban lentamente bajo la luz de la lámpara entre la atestada mesa y el degastado diván, arrastrando sus miembros membranosos sobre una vieja alfombra cuyos borrosos diseños florales  estaban salpicados de pintura fresca.

  Con la brocha húmeda entre sus dedos, Sarkis sólo podía permanecer quieto y observar, cautivado por el mismo trance hipnótico que lo había arrastrado más allá del temor o la maravilla en la montaña. Una vez más contempló la gradual y somnolienta ondulación del arabesco de tentáculos; nuevamente escuchó el soñoliento y monótono zumbido que se expresaba a través de alargados vocablos, invitándolo a acompañar a los visitantes. De nuevo, en los discos se describieron escenas que habrían sido la desesperación de un futurista.

  Prácticamente sin emociones o pensamientos de ningún tipo, Sarkis emitió un consentimiento audible. Apenas sabía que había dicho.

  Lentamente, como había comenzado, el movimiento ondulatorio de los tentáculos cesó. El canturreo de consonantes murió, las imágenes desaparecieron. Entonces, como antes, vino el destello cobrizo de la maquinaria de suspensión aérea. Anchas y oblicuas varillas y redes cóncavas se cernieron entre el techo y el piso, descendiendo sobre las entidades alienígenas; y sobre el mismo Sarkis. Oscuramente, entre las barras ardientes, él percibió el familiar amueblado de su habitación.

  Un momento más tarde, la habitación desapareció como una sombra borrada por la luz. No había ninguna sensación de movimiento o tránsito; pero pareció que un cielo extraño se abrió en lo alto, arrojando hacia abajo un diluvio carmesí. Una rojiza corriente fluía sobre él, llenando sus ojos con furia, como si fuera sangre hirviendo; derramándose sobre él en tétricas y llameantes cataratas.

  Gradualmente, comenzó a distinguir contornos y volúmenes. Las varillas y redes aún estaban alrededor de él, y sus extraños compañeros a su lado. Ellos estaban ahora extrañamente transformados, y nadaban en el diluvio carmesí como grotescos peces de un océano infernal. Involuntariamente, Sarkis se apartó de ellos: ellos eran terribles, monstruosos.

  Se dio cuenta de que estaba parado sobre un piso curiosamente teselado que se curvaba hacia arriba por todos lados como el fondo de un enorme platillo. Muy alto, se alzaban imponentes paredes que galopaban hacia el espacio formando una torre, sin ventanas y sin techo. El mecanismo que lo rodeaba tampoco tenía techo, y él percibía que estaba cambiando. Muy lentamente, como llamas moribundas, las varillas y redes se hundían y desaparecían dentro de un círculo de pequeños orificios que se abrían en el piso.

  Un cielo de un intenso color bermejo era el domo de la torre,  desde el cual se derramaba la pesada y espesa luz. El material con el cual el edificio estaba fabricado, ya sea éste piedra, metal o algún elemento desconocido, destellaba con un brillo de rubí líquido y cinabrio disuelto.

  Sarkis comprendió que el aire que respiraba, a pesar de estar bien proveído de oxígeno, era incómodamente espeso y parecía atorar sus pulmones. También, cuando él trató de moverse, halló  su peso increíblemente aumentado, como por la gravitación de un planeta gigante.

  Dónde se encontraba o cómo llegó ahí, él no podía siquiera imaginarlo. Él había desarrollado un anhelo artístico por lo sobrenatural, lo que era de otro mundo; pero él nunca soñó con esta absoluta y delirante alienación de todas las cosas conocidas. Más aún, él no previó el impacto para los nervios humanos que provocaría un traslado real a otra esfera. Sus sensaciones de incomodidad física pronto fueron sustituidas por una especie de tortura óptica: la luz lo molestaba, estimulaba sus sentidos cruelmente, y aún así ella lo asfixiaba y oprimía al mismo tiempo.

  Una multitud de seres semejantes a sus compañeros comenzaron a entrar en la torre sin techo, flotando gradualmente desde el cielo o nadando a través de pequeñas puertas. Ellos se agruparon alrededor de él, y se encontró moviéndose hacia una de las salidas, con sus tentáculos y membranas tirando gentilmente de sus miembros. Él sintió un terror irracional ante su contacto, como un niño atrapado por las sombras de una pesadilla. Su ruidoso zumbido despertó en su cerebro el pensamiento de una horda hostil de abominables insectos zumbadores.

  Pasando a través de la puerta, él penetró dentro de un océano de luz en el cual era incapaz de discernir claramente las características del paisaje. Casi verticalmente sobre su cabeza, él vio la mancha enceguecedora de un sol gigantesco. La muchedumbre de extraños personajes incrementaba por momentos, llevándolo hacia abajo por una desolada pendiente sin hierba cuyo fondo estaba perdido en la inundación carmesí.

  Más y más él sentía un malestar indefinido, una mezcla espantosa de confusión, irritación y depresión a la que todos sus sentidos contribuían. Trató de recordar las circunstancias de su partida de la tierra, e intentó tranquilizarse con la idea de que tenía que existir alguna explicación natural para todo lo que pasó. Los seres cuya invitación aceptó eran, se dijo a sí mismo, amigables y bien intencionados, y no sufriría ningún daño. Pero tales pensamientos eran inútiles para calmar sus agitados nervios ahora, mientras era sometido al asalto de innumerables fuerzas vibratorias, las cuales el sistema humano no fue diseñado para soportar.

  La tortura se profundizó. Su viaje de descenso en la pendiente se hacia doblemente lento por el pesado tirón gravitacional y la lenta deriva de su fantástico cortejo, quienes parecían obedecer otro ritmo de tiempo menos acelerado que el del hombre, convirtiendo la marcha literalmente un descenso al infierno. Cada impresión era una fuente de dolor y terror y percibió una amenaza de maldad en acecho en todo lo que le rodeaba.

  Al fondo de la pendiente, una segunda torre sin techo y en forma de tazón descollaba desde la oscuridad, en la orilla de un océano estancado. Para él, en ese momento, era como un altar de nigromancia alienígena, odioso y amenazante; y él quiso gritar a todo pulmón con un horror innombrable cuando las extrañas criaturas lo llevaron hacia ella y lo introdujeron a través de sus portales.

  El interior de esta torre que bostezaba al cielo abierto, estaba adornada con incontables esculturas alienígenas desde el piso hasta su cima. En el centro del piso se divisaba un curioso diván, fabricado con una pila de espesos colchones.

  Observando el diván con dudoso nerviosismo, Sarkis se dio cuenta que la muchedumbre se había esfumado, como si su curiosidad hubiese sido satisfecha. Apenas media docena de los seres permanecían; y como todos eran igualmente monstruosos, él no podía estar seguro de que sus compañeros originales estaban entre ellos.

  Ellos se reunieron a su alrededor con su aborrecible zumbido, empujándolo hacia el diván. Él se resistió, pero los tentáculos eran increíblemente fuertes, y ellos lo apretaron, con una viscosidad repulsiva como los tentáculos de un pulpo. El diván en sí mismo no transmitía ningún peligro, y sin dudas las criaturas simplemente le estaban ofreciendo su hospitalidad, la cual, a su propia manera, ellos habían tratado de adaptar a las necesidades humanas. Pero Sarkis sentía el terror de un paciente con fiebre, cuyos doctores tuvieran el aspecto de torturadores infernales.

  Su última reserva de control se desvaneció, y él gritó y luchó salvajemente. Su propia voz asumió un volumen espectral en el pesado aire, retornando a él ensordecedoramente, rodeándolo de clamores ventrílocuos; y le parecía levantar el peso de una montaña mientras se debatía.

  Gentilmente pero con firmeza, las criaturas lo colocaron sobre el diván. Temiendo lo que no podía definir, él aún trataba de resistirse. Dos de los seres procedieron a unir sus tentáculos sobre su cuerpo, entrelazando como dedos los extremos divididos; y dos más colocaron sus miembros de la misma manera sobre sus piernas. Flotando justo por encima del suelo, ellos lo mantenían asegurado al diván, como doctores que hubieran amarrado un paciente delirante.

  Yaciendo indefenso, él observó los dos restante nadar hacia el cielo y desvanecerse más allá del borde de la torre. Luego de un rato él desistió de su lucha sin sentido; pero sus vigilantes aún lo mantenían atado con sus tentáculos planos y viscosos.

  Sarkis vivió un tormento doloroso, cuya duración no podía ser medida por el tiempo terrestre. El cielo rojizo parecía descender sobre él, más cerca y pesado; y los enigmáticos detalles de las esculturas en las paredes de la torre lo inquietaban con sutiles sugerencias de temor y vileza alienígena. Él vio rostros satánicos que le miraban lujuriosamente o le fruncían el ceño, y  gárgolas sin rostros que parecían palpitar con una maligna vida en el océano carmesí.

  El cielo adoptó una luminiscencia intensa y espantosa. Con una lentitud intolerable, el gigantesco sol, posicionándose en su meridiano, llenó con su esfera la copa formada por el borde de la torre. Las complicadas esculturas parecían cobrar vida con el aumento de luz, y las gárgolas y monstruos estelares proyectaban un venenoso rubí que enloquecía los contemplativos ojos de Sarkis, hasta que cerró sus párpados, y aún vio en su ardiente cerebro el color corrosivo e inexorablemente irritante. Finalmente, una negrura total cayó sobre él: un lento y pesado Leteo a través del cual se hundió interminablemente, mientras aún era perseguido por las manchas flotantes de acre carmesí.

  Se despertó con una especie de estupefacción, enervado y exhausto, como si sus nervios hubiesen sido quemados por la crueldad de la corrupción rojiza. Con un esfuerzo de pesadilla, él abrió sus ojos a un cielo de un fúnebre violeta. El sol rojo había sido sustituido por un púrpura binario de igual magnitud, cuyos orbes estaban ahora intersectando la torre sin techo con un lúgubre resplandor en creciente.

  Sarkis no podía agrupar sus dispersos pensamientos; pero un temor sin forma, una consciencia de algo irremediablemente maligno y ceñudo, se manifestó en su mente. Él aún estaba sostenido por los tentáculos de sus vigilantes; y moviendo su cabeza, él vio que varios otros estaban flotando pacientemente al lado del diván. Con sus diestros miembros, más flexibles y capaces que las manos, ellos sostenían una multitud de extraños artículos.

  Viendo que él había despertado, ellos se mecieron en su dirección, ofertándole ciertos objetos suaves, alargados y parecidos a frutas. Uno de ellos le colocó en sus labios un cuenco allanado lleno de un líquido semiviscoso, el cual obviamente esperaban que tomara.

  Totalmente fuera de sí y desatado, Sarkis se apartó con un renovado esfuerzo de estos seres. Bañado por la lúgubre luz violeta, su forma exterior era cadavérica como cosas muertas de otras estrellas. Una infinita melancolía emanaba del sol púrpura, cayendo en cascada por las pendientes de las paredes, y chorreando desde las monstruosas esculturas. El zumbido de sus vigilantes, quienes indudablemente buscaron calmarlo, se asemejaba más bien a un canto fúnebre. Rechazando la oferta de comida y bebida, él cerró sus ojos y se mantuvo inerte bajo la sombría locura que le sobrevino.

  Todo lo que siguió era como si formara parte de esta locura, sin que se pueda separar de los fantasmas que lo acosaban. Sarkis fue levantado del diván por sus vigilantes, quienes formaron una especie de cuna con sus tentáculos, en la cual lo transportaron desde la torre a través de un interminable sendero. A intervalos él abría sus ojos a un paisaje de fantasmagóricas plantas que se balanceaban en el aire violeta como cizañas marinas en la corriente de un océano.

  Instintivamente sabía que sus captores estaban descendiendo una pendiente inclinada, como si se dirigieran a algún círculo más profundo de este doloroso infierno. Paredes que podrían haber sido las de una catacumba inclinada, alumbradas con una mortal y azulada fosforescencia, los asfixiaban con su cercanía.

  Al final, se encontró en gran salón, cuyo amueblado asumían el aspecto de instrumentos de tortura para sus angustiados ojos. La alarma de Sarkis se incrementó cuando los seres de cuerpo achatado lo tendieron sobre una losa ligeramente ahuecada de pálido mineral, que por las maquinarias conectadas a él tanto en los lados con en los extremos, evocaba un potro de tormento medieval.

  Un temor pétreo abrumaba sus facultades, sofocando su respiración; y él no lo resistió. Uno de sus torturadores estaba flotando sobre él en el infierno de luz azulada, mientras los otros se mecían formando un anillo alrededor de la losa. La criatura flotante posó las puntas de los flequillos de su tentáculo central sobre su boca y nariz, y él sintió un extraño estremecimiento por el contacto.

  Una frialdad de hielo se esparció sobre su rostro, a través de su frente y cabeza, su cuello, sus brazos y su cuerpo. Pareciera como si una fuerza extraña y paralizadora le hubiese sido inoculada por la criatura; la corriente de frialdad fue seguida por la perdida de toda sensación, y una singular indiferencia por la maldad y el terror que lo habían atormentado. Sin alarma o especulación, él analizó los seres que le rodeaban que ahora estaban despojándolo de sus ropas y aplicando a su cuerpo los siniestro discos pequeños y láminas tachonadas de agujas, que formaban parte del equipo mecánico de la losa.

  Todo carecía de sentido para él; y en alguna manera que ni siquiera intentó comprender, toda la escena adquirió una lobreguez y distanciamiento siempre en aumento, como si él estuviera flotando fuera de ella –y de él mismo– hacia otra dimensión.

  Su regreso a la conciencia fue como un renacimiento. Era extraño, tal como hallaría un niño lo que le rodea; pero el temor y el dolor habían desaparecido totalmente. Él no encontró nada monstruoso, innatural o amenazante en el mundo que le fue ahora revelado a sus sentidos.

  Más tarde, cuando él había aprendido a comunicarse fácilmente con los seres de Mlok, ellos le hablaron de la radical y singular operación que habían considerado necesaria efectuar sobre él: una operación que involucró sus nervios y órganos sensoriales, en orden de aliviar, con el cambio de todas sus impresiones, e incluso algunas funciones subconscientes, el tormento que él había padecido por las imágenes y los rayos vibratorios de un mundo en el cual los sentidos humanos no estaban preparados para funcionar adecuadamente.

  Al principio ellos no comprendieron su sufrimiento, pues ellos mismos, siendo mucho más adaptables que los seres humanos, experimentaron poca incomodidad en el traslado de un mundo a otro. Pero, habiendo diagnosticado su condición, ellos se apresuraron a disminuirlo por medio de recursos de una ciencia súper-humana.

  Lo que realmente se le hizo, Sarkis nunca pudo comprenderlo del todo; pero el resultado de la operación lo admitió a una gama totalmente nueva de percepciones. Sus anfitriones de otro mundo quisieron que él pudiera escuchar, ver, sentir y percibir de la misma manera que ellos.

  Posiblemente el cambio más profundo fue en sus imágenes visuales. Él vio nuevos colores de belleza y sutileza superiores. La luz rojiza del día, que casi lo vuelve loco, era ahora un límpido e innombrable matiz el cual él asociaba de alguna manera con el verde esmeralda. La luz violeta del binario ya no lo deprimía, y su color estaba remotamente vinculado con la palidez del ámbar.

  Su percepción de la forma había padecido una correspondiente alteración. Los cuerpos y miembros de los seres alienígenas, que él había considerado casi bidimensionales, y que lo habían espantado con su deformidad, mostraron muchos planos y curvas sutiles, junto con una profundidad que hablaba de la adición de al menos una nueva dimensión. Todo el efecto era estéticamente agradable, con una simetría fundamental como la que él podía percibir en cuerpos humanos bien formados. La vegetación, el escenario y la arquitectura ya no lo impresionaron como anormalidades o monstruosidades.

  Su sentido del tiempo estaba ahora sincronizado con el ritmo lento del pesado planeta, y el discurso y el movimiento de los seres habían perdido el anterior sentido de excesiva prolongación. El espeso aire y la pesada gravitación también habían dejado de incomodarle.

  Aún más, él había adquirido algunos sentidos nuevos. Uno de esto puede ser descrito más adecuadamente como una combinación de la audición y el tacto: muchos sonidos, especialmente esos de tono alto, eran percibidos por sus nervios táctiles como una sutil variedad de palmaditas. Otro sentido era el del color auditivo: algunos matices siempre eran acompañados por una serie de sonidos, a menudo altamente musicales.

  Su comunicación con los seres de Mlok era llevada a cabo a través de medios no verbales. Luego de la operación, ellos podían transmitir imágenes y palabras telepáticamente a su mente. Sus otras formas de comunicación que implicaban menos gasto de energía para ellos que la misma telepatía, fueron dominadas gradualmente por Sarkis. El reflejo de pensamientos visuales, proyectados sobre sus cuerpos a manera de pantalla, le resultó manejable; y la vibración sónica de su arabesco de tentáculos, que les funcionaban como cuerdas vocales, era ahora totalmente articulada, con sus notas más altas percibidas como una presión táctil.

  Aprendió que sus anfitriones, que se hacen llamar a sí mismos los Mloki por su planeta de origen, pertenecían a una antigua raza altamente evolucionada para quienes las maravillas de la dominación científica había adquirido un rango secundario detrás del disfrute de la pura percepción y reflexión. Mlok, le dijeron, era el tercer planeta de un sistema solar binario ubicado en una galaxia tan lejana, astronómicamente hablando, que su luz nunca ha alcanzado la tierra.

  La manera en la que ellos visitaron la tierra y traído a Sarkis a su propio mundo era en verdad extraña, e involucraba el uso de una fuerza arcana, la cual, proyectándose a sí misma hacia la quinta dimensión podía existir simultáneamente en puntos opuestos del universo. El aparato de barras y redes cobrizas que había descendido sobre Sarkis estaba compuesto de esta fuerza. Cómo era controlada y manipulada, él nunca lo comprendió exactamente, aparte del hecho de que obedecía a cierto poder nervioso en posesión de los Mloki. Ellos había visitado a menudo la tierra, así como otros planetas alienígenas, por pura curiosidad. A pesar de su divergente desarrollo de la percepción, ellos han adquirido un sorprendente conocimiento de las condiciones de la tierra. Dos de ellos, Nlaa y Nluu, habían encontrado a Sarkis en las Montañas Españolas, y percibido telepáticamente su insatisfacción con la vida mundana. Siendo sensibles a su manera, y también curiosos por el resultado de tal experimento, lo invitaron a que los acompañara en su retorno a Mlok.

  Las verdaderas experiencias de la vida de Sarkis entre los Mloki eran dadas por su nueva y maravillosa percepción. Los sucesos exteriores eran muy simples, pues la existencia de estos seres, aparte de sus excursiones a remotos mundos, era totalmente contemplativa.

  Como comida y bebida, ellos lo suplían con muchas frutas y jugosos vegetales. Los mismos Mloki extraían su alimento directamente de la luz y el aire; y sus torres sin techos estaban diseñadas para recolectar y enfocar todos los rayos solares, la absorción de los cuales era para los Mloki un raro y epicúreo placer. Hasta cierto límite, la alteración de los nervios de Sarkis le había concedido una facultad similar; pero él aún dependía de alimentos más groseros.

  Una característica verdaderamente notable en el cambio sensorial de Sarkis era la vaguedad con que le impresionaba su propio cuerpo, él parecía poseer una inmaterialidad onírica, y más que caminar se deslizaba en sus movimientos de un lugar a otro.

  Él pasaba mucho de su tiempo conversando con algunos de los Mloki, especialmente con Nlaa y Nluu, quienes tomaron un interés tutelar en su protegido, y nunca se cansaban de impartirle su conocimiento inmensamente variado y recóndito. Él adquirió concepciones inimaginables con relación al tiempo, el espacio, la vida, la materia y la energía, y también fue instruido en novedosas formas estéticas y artes altamente complicados, que hacían aparecer la pintura como un pasatiempo bárbaro y estúpido.

  Cuanto tiempo él permaneció en Mlok, nunca lo supo. Sus instructores, unos seres de larga vida para quienes siglos no eran más que años, le daban poca importancia a la medida del tiempo. Pero muchos de los días dobles y largos, y de las breves e irregulares noches habían pasado, antes de que la nostalgia por la tierra perdida comenzara a atormentarlo. Entre todas las maravillas y novedades de su existencia, debajo de sus sentidos alterados, la nostalgia se alzó en su cerebro, que aún era, en el fondo, el cerebro de un terrícola.

  El sentimiento lo poseyó gradualmente. Sus memorias del mundo que él había detestado anteriormente y desde el cual había deseado escapar, adquirieron un atractivo intenso e insistente, y estaban matizadas con un encanto como el que se experimenta en la primera infancia. Él evadía la majestuosa oferta sensorial del mundo a su alrededor, y anhelaba las simples escenas y rostros de la esfera humana.

  Los Mloki, dándose perfecta cuenta de este sentimiento, trataron de distraerlo con nuevas impresiones y se lo llevaron en un tour por el planeta. En este tour ellos emplearon una nave que navegaba a través del espeso aire como un submarino en algún mar terrestre. Nlaa y Nluu acompañaron al terrícola, solícitos y deseosos de mostrarles las maravillas de cada latitud.

  No obstante, el efecto sólo sirvió para intensificar la nostalgia  de Sarkis. Observando desde arriba las Babilonias y Karnaks de este mundo ultra-cósmico, él pensó en las ciudades de la tierra con un anhelo, el cual, en vista de la antigua aversión por el trabajo del hombre, él nunca había creído posible. Navegando entre prodigiosas montañas, entre las cuales las cimas terrestres se habrían perdido como guijarros, él recordó la Sierra con una desesperación  que casi sacó lágrimas de sus ojos.

  Después de recorrer el ecuador de Mlok, y visitar los polos sin hielo, la expedición retornó a su punto de partida, que se ubicaba en los reinos tropicales. Sarkis, ahora desesperadamente enfermo y lánguido, le suplicó a Nlaa y Nluu que lo envíen de regreso a su mundo de origen por medio de la oculta fuerza proyectora. Ellos trataron de disuadirlo, explicándole que su nostalgia era simplemente una ilusión forjada por su cerebro, y que desaparecería con el tiempo.

  En orden de curarlo rápida y permanentemente de su sufrimiento, ellos le propusieron cierto tratamiento para las células de su cerebro. Con la inyección de un raro suero vegetal, ellos podían alterar sus memorias y reacciones mentales. Éstas, al igual que las impresiones de su pensamiento, se igualarían a las de los Mloki.

  Sarkis, a pesar de que rehuyó en cierta manera el tratamiento mental ofertado, el cual lo habría colocado completamente y para siempre más allá de la humanidad, podría muy bien haber aceptado. Pero cierto suceso inesperado, totalmente imprevisto, proporcionó una solución diferente a esta.

  El sistema planetario al cual Mlok pertenecía se encontraba en el extremo mismo de su universo nativo. En las cortas noches intersolares, este universo podía ser visto como el cúmulo nebuloso de una estrella, llenando la mitad de los cielos; pero la otra mitad era oscura y sin rayos como el Coul Sack conocido de los astrónomos terrestres. Parecía que no había estrellas vivas en el inmenso golfo, al menos a una distancia que no le permitía a los rayos alcanzar los observatorios de Mlok.

  No obstante, desde este vacío vino la primera invasión que alguna vez haya amenazado la seguridad del planeta de dos soles. La primera advertencia de esta amenaza fue una nube oscura, una cosa hasta ahora desconocida en Mlok, cuyo elemento húmedo estaba constantemente en el espeso océano y el pesado aire, sin evaporación o precipitación. La nube, que tenía la forma de un trapecio, descendió y se ensanchó rápidamente sobre las zonas del sureste, tiñendo el cielo de un intenso ébano. Y desató sobre las tierras bajo ella una lluvia negra, de glóbulos líquidos, que actuaban como un químico mordaz. La carne, las rocas, el suelo, la vegetación, cualquier cosa que fuera tocado por la lluvia, se disolvía instantáneamente, formando espesos charcos y riachuelos que pronto se fundían en un océano en constante aumento.

  La noticia de esta catástrofe se conoció inmediatamente en todo el planeta. El océano corrosivo era observado desde naves aéreas, y todo esfuerzo fue hecho para refrenar sus posibles rutas. Diques de energía atómica fueron construidos para contenerlo; y cinturones de fuego elemental fueron encendidos alrededor de la polución para quemarla. Pero todas esas medidas fueron en vano: el océano, como un cáncer líquido, devoraba continuamente el enorme planeta.

  Muestras del fluido negro fueron obtenidas por Mlokis que sacrificaron sus vidas para que sean sometidas al análisis. Aún cuando el elemento comenzaba la destrucción de sus propios cuerpos, ellos anunciaron sus descubrimientos acerca de su naturaleza. Los glóbulos que habían caído desde el espacio, ellos creían, eran organismos protoplasmáticos de una especie desconocida, que tenía el poder de disolver todas las demás formas de materia en lo que parecía ser un proceso ilimitado de asimilación. Este proceso había formado el océano corrosivo.

  Otra lluvia de glóbulos pronto fue reportada, esta vez en el hemisferio norte. Una tercera precipitación, la siguió rápidamente, haciendo segura la condena de Mlok. Los seres sólo podían huir de los disueltos litorales de los tres océanos, que se extendían en círculos voraces y tarde o temprano se unirían y rodearían el planeta. También fue conocido, que los otros planetas del sistema, los cuales no estaban poblados por seres inteligentes, habían sido atacados por los letales organismos.

  Los Mloki, una raza filosófica, dada desde largo tiempo a la calmada meditación sobre los cambios y la muerte cósmica, estaban resignados a la aniquilación que se había fraguado. A pesar de que ellos podían haber huido a mundos alienígenas por medio de sus proyectores espaciales, eligieron perecer con su planeta.

  Nlaa y Nluu, sin embargo, así como sus compañeros en general, estaban ansiosos por el retorno de Lemuel Sarkis a su propia esfera. No era justo o apropiado, argumentaban, que él deba compartir la condena de un pueblo ultra-terrestre. Ellos abandonaron al punto la idea de someterlo a más tratamientos médicos y sólo podían acelerar su partida inmediata.

  En un estado de extrañas y asombrosas emociones, él fue llevado por Nlaa y Nluu a la torre a través de la cual había penetrado en Mlok. Desde la colina sobre la cual se alzaba esta torre, él podía discernir el arco negro del invasor  océano disolvente en el lejano horizonte.

  Junto a sus protectores, él tomó su lugar dentro del círculo de agujeros sobre el piso que formaban los generadores del mecanismo de transporte. Con mucha pena y tristeza se despidió de Nlaa y Nluu, luego de intentar en vano convencerlos de que lo acompañaran.

  Ya que ellos podían, según le dijeron, determinar por medio de sus imágenes mentales el lugar preciso en el cual iba a aterrizar, él había expresado su deseo de retornar a la tierra a través del estudio en San Francisco. Sin embargo, como el viaje en el tiempo no es menos factible que el tránsito espacial, su reaparición mundana ocurriría en la mañana siguiente a su partida.

  Lentamente, y teniendo ahora un matiz y forma diferentes para sus alterados ojos, las varillas y redes brotaron del piso de la torre y rodearon a Sarkis, repentinamente el aire se oscureció de manera extraña. Él se volvió nuevamente hacia Nlaa y Nluu para una última mirada de despedida, y descubrió que ellos, al igual que la torre, se habían desvanecido. La transición ya se había llevado a cabo.

  Las varillas y redes pseudo-metálicas comenzaron a disolverse alrededor de él, y se encontró con los familiares contornos y muebles de su estudio. Un acertijo lo asaltó, seguido de una espantosa y creciente duda. Seguramente Nlaa y Nluu habían cometido un error, o quizás el poder proyector había fracasado en retornarlo al destino elegido. Al parecer él había aterrizado en una dimensión o esfera totalmente desconocida.

  Alrededor de él, en una luz sombría, vio la aparición de oscuras y caóticas masas, cuyas mismas siluetas estaban dotadas de una pesadilla amenazante. Con seguridad este lugar no era la habitación de su estudio; estas pendientes demencialmente anguladas no eran paredes, sino los lados de algún abismo infernal. El domo en lo alto, con sus planos dolorosamente distorsionados, derramando un resplandor infernal, no era el techo de celeste iluminación que él recordaba. Los bultos horrorosos que se alzaron ante él en el fondo del abismo, con obscenas formas y pervertidos matices, en verdad no eran sus sillas, su mesa y su caballete.

  Él dio un paso, y se alarmó por la horrible ligereza que sintió. Como por algún error de cálculo sobre la distancia, el movimiento lo llevó hasta uno de los objetos que esparcidos a su alrededor, y él lo recorrió con sus manos, descubriendo que la cosa, lo que sea que fuera, era viscosamente repulsivo al tacto así como repugnante a la vista. Algo en él, sin embargo, observado detenidamente, era remotamente familiar. La cosa era una especie de parodia del brazo de una silla, geométrico e híper-abultado.

  Sarkis sintió una perturbación nerviosa, un vago y abrumador terror comparable al que le inspiró su primera impresión de Mlok. Comprendió que Nlaa y Nluu cumplieron con su promesa, y lo retornaron a su estudio; pero la comprensión sólo aumentó su espanto. Porque al parecer el profundo cambió sensorial al cual él había sido sometido en Mlok alteró su percepción de la forma, la luz, el color y la perspectiva, y ésta ya no era más la de un terrícola. Por consiguiente, la habitación perfectamente recordada y su amueblado, resultaban totalmente monstruosos para él. De alguna manera, por su nostalgia, y el apuro y agitación de su partida, él olvidó prever el efecto que este cambió ejercería sobre todas las cosas terrestres.

  Un vértigo terrible se apoderó de él con la total comprensión de su situación. Él estaba, virtualmente, en la posición de un demente que sabe muy bien la causa de su locura, pero sin poder alguno para controlarla. Ya sea que este nuevo modo de cognición estuviera o no, más cerca de la última realidad que la antigua forma humana, era algo que no podía saberlo. Importaba poco, con la completa sensación de enajenación, desde la cual él buscó desesperadamente recobrar el mínimo vestigio del mundo que había conocido.

  Con el dudoso tanteo del que busca una salida del algún formidable laberinto, Sarkis buscó la puerta que había dejado abierta en la tarde que aceptó la invitación de Nlaa y Nluu. Su mismo sentido de dirección, se dio cuenta, se había invertido; la relativa cercanía y proporciones de los objetos lo desconcertaban. Pero finalmente, luego de muchos tropiezos y colisiones con el anormal amueblado, él encontró una proyección demencialmente facetada entre los pervertidos planos de las paredes. Ésta, determinó de alguna manera, era la perilla de la puerta.

  Luego de un esfuerzo repetido abrió la puerta, la cual parecía ser de una espesura innatural, con distorsiones convexas. Más allá, él vio una bostezante caverna con lúgubres  arcos, que era, como muy bien sabía, el pasillo del apartamento en el cual vivía.

  Su progreso a lo largo del pasillo y por los dos bloques de escaleras hasta el primer nivel, resultó una peregrinación dentro de una pesadilla cada vez más profunda. El tiempo era casi de mañana, y no encontró a nadie. Pero aparte de la demencial distorsión visual de todo a su alrededor, él fue asaltado, mientras avanzaba, por una multitud de otras impresiones sensoriales que confirmaban e incrementaban su tortura neuronal.

  Él escuchó el ruido de una ciudad despertándose, sintonizado en un ritmo alienígena de velocidad y furia: el dolor de un cruel retintín, cuyas notas más altas lo golpeaban como martillazos, una lluvia de piedras. El incesante pandemónium lo aturdía cada vez más; parecía como si la multitud de golpes impactaran en su mismo cerebro.

  Él emergió a duras penas a lo que sabía era la calle de la ciudad: una ancha avenida que corría hasta el edificio del ferry. Él tráfico matinal comenzó, y para Sarkis, los carros y peatones que pasaban parecían remolinear con la velocidad del rayo, como las almas de los condenados en algún  abismo inferior de un infierno demencial. Para él, la luz mañanera era una lobreguez que fluía en rayos bifurcados desde un ojo demoniaco que cubría las alturas del abismo.

  Los edificios, de matices y contornos pestilentes, estaban imbuidos con el terror del delirio, y la abominación de sueños enfermizos. Las personas eran criaturas fantasmagóricas, cuyos precipitados movimientos apenas le permitían formarse una clara impresión de sus ojos abultados, y de sus rostros y cuerpos hinchados. Ellos lo espantaban, en la misma manera que los seres de Mlok bajo el enloquecedor sol bermellón.

  El aire le resultaba ligero y sin peso alguno, y padeció una incomodidad peculiar a causa de la disminución de la presión y la gravedad, que se agregaban a su sentimiento de desesperanza y alienación. Él parecía moverse como un fantasma desquiciado a través del espantoso Hades en el cual había sido confinado.

  Él escuchaba las voces de los monstruos que pasaban volando a su lado: voces que participaban de la misma aceleración vertiginosa de sus movimientos, de manera que las palabras eran indistinguibles. Era como el sonido de alguna grabación vocal, tocada a toda velocidad en un fonógrafo.

  Sarkis se abrió camino a tientas a lo largo de la acera en busca de algún punto de referencia familiar en la masa de edificios de ángulos alienígenas. Algunas veces pensó que estaba a punto de descubrir un hotel o tienda conocidos; y entonces, un momento más tarde, la similitud era quebrada, perdiéndose en la bizarra confusión.

  Él arribó a un espacio abierto, que sabía era un pequeño parque, con árboles y arbustos bien cuidados entre la verdosa grama. Él había sido aficionado a este lugar, y su memoria a menudo lo asedió durante el padecimiento de la nostalgia cósmica. Ahora, tropezándose con él en esa delirante ciudad, buscó en vano recuperar el antiguo encanto y cariño por tanto tiempo atesorado. Los árboles y arbustos eran como hongos que se alzaban como torres, espantosos y mugrientos; la hierba, una viscosidad gris-rojiza que le hacia voltear la cabeza con repulsión.

  Perdido en ese laberinto de temor, y virtualmente fuera de sí, él huyó al azar, y trató de cruzar una arteria a través de la cual los automóviles avanzaban con la velocidad aparente de proyectiles. Aquí, sin ninguna advertencia que sus ojos u oídos pudieran percibir, algo lo golpeó con la rapidez de un rayo, y él se deslizo dentro de un misericordioso olvido.

  Despertó una hora más tarde en el hospital al cual había sido trasladado. Los daños que había padecido a causa del choque, por un carro conducido a baja velocidad hacia el cual se había arrojado como si estuviera sordo y ciego, no eran serios, pero su condición general desconcertaba a los doctores.

  Cuando, al recobrar la conciencia, él comenzó a gritar horriblemente, y a rehuir los que le atendían como si sintiera un terror mortal hacia ellos, los doctores se vieron forzados a diagnosticar un caso de delirium tremens. Sus nervios estaban obviamente en malas condiciones; si bien, de manera curiosa, los doctores no pudieron detectar la presencia alcohol o cualquier droga conocida para validar su diagnostico.

  Sarkis no respondió a los poderosos sedantes que le administraron. Sus sufrimientos, que parecían tomar la forma de horribles alucinaciones, aumentaron progresivamente. Uno de los internos notó una curiosa deformación en sus globos oculares; y hubo mucha especulación en relación a la singular largueza y lentitud de sus gritos y contorsiones. No obstante, a pesar de estar intrigados, su caso pronto fue desechado totalmente por los doctores cuando, una semana más tarde, él murió. Fue simplemente uno más de esos enigmas sin resolver que en ocasiones tienen lugar aun  en las profesiones mejor reguladas.

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  Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: Esta historia, también conocida como «A Star-Change», [Un Cambio de Estrella]; y también como «The Escape from Mlok», [El Escape de Mlok]; fue publicada por primera vez en el número de mayo de 1933 de la revista pulp, Wonder Stories. También en las siguientes colecciones:

 

  1. 1.      Genius Loci, Arkham House [1948].
  2. 2.    Genius Loci, Neville Spearman [1972].
  3. 3.     Genius Loci, Panther [1974].
  4. 4.     Le Dieu Carnivore 1, Néo [1987].
  5. 5.     Star Changes: The Science Fiction of Clark Ashton Smith, Darkside Press [2005].

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