RUNES SANGUINIS / Abandonado en Andrómeda – Por Clark Ashton Smith

 Wonder Stories - Oct 1930 / Restauración de la portada por Markus E. Goth

  «Compañeros, los desembarcaré en el primer mundo del primer sistema planetario al que arribemos.»

  La fría deliberación en el tono del Capitán Volmar era más terrible de lo que podría haber sido cualquier muestra de furia. Sus ojos eran fríos y penetrantes como la luz del Zafiro sobre la nieve; y había un rigor fanático en sus labios apretados luego de las contundentes palabras.

  Los tres amotinados intercambiaron una mirada hosca entre ellos y con el capitán, pero no dijeron nada. Las automáticas apuntadas de Volmar y los otros tres miembros de la tripulación espacial, hacía que todo argumento pareciera absurdo. Ellos sabían que no podían esperar ningún arrepentimiento de parte de ese enjuto y austero marinero de los abismos interestelares, quién soñó con circunnavegar el espacio y de esa manera convertirse en el Magallanes de las constelaciones.

  Por cinco años él había conducido la nave cada vez más lejos de la tierra y el sistema solar, que desde hace mucho tiempo habían menguado hasta convertirse en puntos de luz telescópicos. Por cinco años él se había lanzado hacia adelante a una velocidad superior a la de los rayos cósmicos, a través de la ilimitada noche sin fondo, entre las cambiantes estrellas y nebulosas. La configuración del cielo había cambiado más allá de todo reconocimiento; los signos ya no eran los conocidos por astrónomos terrestres; estrellas lejanas se habían encarnado en soles abrasantes y nuevamente en estrellas; y habían tenido vistazos de extraños planetas. Y año por año, el frío terror de las ilimitadas profundidades, el vertiginoso horror de la insondable infinitud, se había arrastrado como una lenta parálisis sobre las almas de lo tres hombres; y una nostalgia por la distante tierra los había embargado como una muda enfermedad; hasta que ellos no lo pudieron soportar más, y maquinaron su apresurado y mal planeado intento de tomar control de la nave y enfilarla rumbo a la tierra.

  Hubo una lucha breve y desesperada. Advertido por un instinto sutil, Volmar había sospechado de antemano de ellos y actuó con prontitud; y él y sus hombres leales se habían armado furtivamente para estar preparados, mientras los otros habían atacado con las manos desnudas, de hombre a hombre. Todos los amotinados fueron heridos, si bien no seriamente, antes de que pudieran se sometidos. Y la sangre se derramaba de sus heridas hasta el piso de la nave, mientras permanecían ante Volmar.

  Sus nombres eran  Albert Adams, Chester Deming y James Roverton. Adams y Deming eran jóvenes, y Roverton ya estaba rozando la mediana edad. Su misma presencia entre la tripulación de Volmar era prueba de habilidad intelectual y adecuada condición física, pues todos habían sido sometidos a exámenes de la naturaleza más minuciosa y prolongada. Un elevado conocimiento de las matemáticas, la química, la física, la astronomía y otras ramas de la ciencia había sido exigido, así como un dominio de la mecánica; perfección visual, auditiva, equilibrio, y una constitución sin defectos eran también requeridos. También, huelga decir que ellos pertenecían al tipo de hombres más aventureros y activos: pues ningún hombre ordinario habría sido voluntario para un proyecto tal como el de Volmar. Innumerables viajes ya se habían hecho a la luna y los planetas más cercanos; pero, antes de esto, aparte de un viaje hecho a Alfa Centauro, por la expedición de Allen Farquhar, nadie había desafiado la profundidad exterior y las constelaciones.

  Volmar y los tres que habían permanecido fieles a él estaba hechos de la misma madera: hombres religiosos, con una devoción más que humana a una idea, científicos para quienes nada más importa excepto la ciencia, quienes eran capaces de martirizarse a ellos mismos y a otros si con ello probaban una teoría o hacian un descubrimiento. Y en el mismo Vormal existía un espíritu aventurero demente, y un deseo de pisar donde ningún hombre lo ha hecho antes; la fría llama de una lujuria abrumadora por las inmensidades inexploradas. Los amotinados eran más humanos; y los años de languido confinamiento en la nave espacial, entre los terribles abismo del infinito, separado de todo lo que representa la vida para los seres normales, al final habían quebrantado su moral. Pocos, quizás, habrían soportado hasta el punto en que ellos lo hicieron.

 «Otra cosa», la fría voz de Volmar continuó: «Los desembarcaré desarmados, sin provisiones o tanques de oxígeno. Tendrán que arreglarselas ustedes mismos; y por supuesto, las probabilidades son que la atmósfera, si existe alguna, no sea respirable para los seres humanos. Jasper se encargará de atarlos, de manera que no haya oportunidad de más tonterias.»

  Alton Jasper, un astrónomo bien conocido y primer oficial de la nave, se adelantó, y amarró las manos de los amotinados a sus espaldas con una soga. Luego, fueron encerrados en un pequeño compartimento de la nave, sobre la apertura que servía de entrada y salida. Este espacio estaba aislado del resto; y la apertura podía ser abierta desde las habitaciones más altas de la nave por medio de un mecanismo eléctrico. Dentro, los amotinados permanecieron en absoluta oscuridad, excepto cuando alguien entraba para suministrales una pequeña ración de comida y bebida.

  Los eones parecían haber pasado, y los tres hombres abandonaron todo esfuerzo para mantener el registro del tiempo. Hablaron poco, pues no había nada de que hablar excepto sobre el fracaso y la desesperación, y de la espantosa y desconocida condena que les aguardaba. Algunas veces uno de ellos, en especial Roverton, trataría valientemente de hacer una broma; pero la risa que la contestaba era el último destello de coraje que se intentaba casi más allá de la resistencia humana.

  Un día, ellos escucharon la voz de Volmar hablarles a través del tubo de comunicación. Era distante, alta y aguda, como una voz venida de alguna altitud sideral:

  «Nos estamos aproximando a Delta Andrómeda», anunció la voz. «Tiene un sistema planetario, ya que dos planetas han sido reconocidos. Aterrizaremos, y los desembarcaremos en el más cercano dentro de dos horas.»

  Los amotinados sintieron una sensación de relativo alibio. Cualquier cosa, incluso la muerte repentina por la inhalación de alguna atmósfera irrespirable, resultaría mejor que el largo confinamiento. Estoicamente, como criminales condenados, se prepararon para el lanzamiento fatal dentro de lo desconocido.

  Los negros minutos menguaron, y luego la luz eléctrica se encendió. La puerta se abrió, y Jasper entró. Él retiró los amarres de los tres hombres en silencio; luego se retiró, y la puerta se cerró sobre ellos por última vez.

  Ellos fueron consciente, de alguna manera, de que la nave había reducido su velocidad. Trataron de levantarse con su miembros entumecidos, y les fue difícil mantener el equilibrio, pues se habían acostumbrado a un ritmo de movimiento más allá del de cualquier cuerpo cósmico. Luego se dieron cuenta que la nave se había detenido: hubo una repentina sacudida que los lanzó contra las paredes, y el cese del eterno zumbido de la maquinaria. El silencio era muy extraño, pues las pulsaciones de los grandes motores electromagnéticos habían sido tan familiares para ellos como los latidos de sus propios corazones.

  La compuerta se abrió con un chillido metálico y áspero, y desde fuera penetró un pálido destello de una luz verde-azulada. Le siguió una ráfaga de un aire acre, esparciendo una variedad de olores indescriptibles diferente a todo lo que se conocía en la tierra. Los amotinados escucharon una vez más la voz de Volmar: «¡Fuera!, y sean breves. Pues no tengo más tiempo que perder  en tonterias.»

  Inhalando profundamente, Roverton, se aproximó a la apertura, se arrastró a través de ella y descendió la escalera de acero que se extendia a lo largo de la parte exterior de la nave. Los otros lo siguieron por turnos. Ellos podían ver muy poco, ya que al parecer era de noche en el nuevo mundo en el cual estaban siendo depositados. Parecían estar suspendidos sobre un indefinido abismo sin fondo, pero al llegar al final de la escalera, encontraron tierra sólida bajo sus pies. El aire, si bien penetrante y desagradable para la nariz, era aparentemente respirable. Ellos aventuraron unos pocos pasos cuidadosamente, manteniéndose muy juntos, sobre una superficie demasiado llana y pulida para sus pasos. Mientras trataban de ajustar sus sentidos a los penumbrosos alrededores, vieron la vaga masa de la nave moverse de nuevo, escuchando luego el prodijioso rugido de su ascenso hacia los cielos.

  «¡Abandonados!», dijo Roverton, con una risa entrecortada. «Bueno, hay una apuesta segura; somos los primeros amotinados quienes han sido alguna vez desterrados en Andrómeda. Propongo que aprovechemos al máximo la experiencia. El aire aún no nos ha matado, evidentemente contiene una cantidad de hidrógeno y oxígeno no muy diferente al grado contenido por la atmósfera terrestre. Y con un aire semejante, existe una gran posibilidad de encontrar vida vegetal, o incluso animal, de una clase que podría proporcionar un material comestible.»

  Los tres hombres examinaron los alrededores, forzando sus ojos en un intento por penetrar la oscuridad verde-azulada. Ninguno de ellos carecía de imaginación; y sintieron el espanto de una fatasmagoría más allá de toda comparación, una sobrecogedora extrañeza que depredaba sus nervios con un millón de amenazas de cosas informes y ocultas nunca antes concebidas por el hombre.  Su situación era impensablemente desoladora; pero tras la desolación parecía ocultarse la multiforme y multitudinaria muchedumbre de vida extraterrestre. Sin embargo, ellos no podía ver nada tangible, excepto algunas masas vagas y estáticas que semejaban grandes rocas. El aire era escalofriante, y su característica picante se hizo más acentuada, junto con la extraña oscuridad.

  El cielo era languido y vaporoso, con unas pocas estrellas brillando opacamente en sus profundidades. Algunas de ellas se ocultaban y luego se revelaban nuevamente por momentos, como si estuviera llevandose a cabo algún cambio o movimiento en el oclusivo espacio. En todos lados existía la sensación de una distancia abismal e inmesurable; y los amotinados  fueron presa de un extraño y terrible vértigo, como si los espacios horizontales en todas direcciones, los hubieran sepultado dentro de un abismo insondable.

  Roverton se dirigió hacia una de las masas con forma de roca, teniendo muy en cuenta el jalón gravitacional ejercido por el suelo. Él no estaba muy seguro, pero pensó que experimentaba una sensación de peso y de dificultades en el movimiento, un poco más intenso de lo que se siente en la tierra.

  «Me parece que este mundo es un poco más grande y pesado que el nuestro», declaró. Los demás lo siguieron y fueron conscientes de estas sensaciones. Ellos se detuvieron inseguros, preguntándose qué harían a continuación.

  «Supongo que el sol se alzará en cualquier momento», observó Deming. «Delta Andrómeda es un asunto manejable, y al parecer el calor que proporciona es comparable al de nuestro sol. Sin lugar a dudas producirá una iluminación similar. Entre tanto, bien podríamos sentarnos a esperar, y ver si esta es una roca de buena fe.»

  Él se sentó sobre una oscura masa, cuya forma era casi circular y tenía quizás ocho pies de diametro y tres de alto, con un tope delicadamente redondeado. Los otros lo imitaron. El objeto parecía estar cubierto con un musgo espeso, peludo y eslástico.

  «Esto es un lujo», dijo Roverton. «Me gustaría echar una siesta». Pero ni él ni los otros se podían permitir el sueño. Todos estaban incontrolablemente excitados por la novedad de su situación, y eran conscientes de una terrible inquietud, un nerviosismo salvaje debido al impacto de haber sido arrojados dentro de una atmósfera y fuerzas geológicas alienígenas, y a las emanaciones magnéticas de un suelo que no había sido pisado antes por pies humano. De la tierra misma ellos no podían sacar nada en claro, excepto que era húmeda y yerma de hierbas o plantas.

  Ellos esperaron. La oscuridad era como el lento fluir de una eternidad fría y pegajosa. Los amotinados llevaban relojes, que durante su periodo de encarcelamiento se les habia agotado la cuerda. Ellos lo pusieron en marcha nuevamente, y ocasionalmente encendían un fósforo para observar el transcurso del tiempo. Un procedimiento que les resultó absurdo, ya que no había medios de saber si las veinte y cuatro horas del día terrestre corresponderían o no en alguna manera con el periodo diurno de este nuevo mundo.

  Las horas se arrastraron lentamente. Ellos hablaron con una esporádica y encendida locuacidad en un esfuerzo por vencer el nerviosismo del cual todos eran conscientes a su pesar. Aún siendo hombres fuertes y maduros, por momentos se sentían como niños abandonados en la oscuridad, con una horda de monstruosos terrores cercandolos. Cuando el silencio se hacia presente, la ingobernable extrañeza y horror de la lobreguez del ambiente, parecía acercarse más; y ellos no se atrevian a permanecer quietos por mucho tiempo. La quietud del penumbroso cielo y del aún más penumbroso suelo los oprimía con una amenaza inimaginable. En una ocasión, ellos escucharon un sonido lejano, como el zumbido y rechinar de una manivela oxidada. Pronto cesó, y no se repitió; pero a largos intervalos surgían penetrantes y breves estridencias, como la de los insectos, que parecían venir de una distancia más cercana. Ellas eran tan altas y asperas, que los dientes de los tres hombres vibraban a causa de ello.

  De repente, todos percibieron que la oscuridad comenzaba a aclararse. Un frío destello se arrastro sobre el suelo, y las masas parecidas a rocas se definieron más claramente. La luz era muy extraña, porque parecía emanar del suelo, y elevarse temblorosa en ondas visibles como las del calor. Era debilmente irisdicente, como el nimbo de una luna cubierta de nubes; y, fortaleciéndose, pronto se hizo comparable a la luz lunar terrestre en su poder iluminativo. Bajo ella, el suelo desplegaba un color verde-grisaceo y una consistencia parecida al barro a medio secar. Los contornos de las formas rocosas estaban plenamente iluminados, a pesar de que su cima permanecía en sombras. La sustancia parecida al musgo que las cubria era de un matiz púrpura, y era muy larga, gruesa y peluda.

  Los amotinados estaban muy confundidos por la luz. «¿Será alguna clase de radioactividad?», inquirió Roverton. «¿Es fosforescente?, ¿es causada por alguna forma de micro-organismo luminoso, una especie de luciérnaga?»

  Él se inclinó y observó de cerca las irisdicentes ondas temblorosas. Profirió una exclamación. La luz, mientras se alzaba, parecía estar llena de motas infinitesimales, las cuales se cernian a la altura de un pie sobre el suelo en su elevación más alta. Millones de ellas avanzaban incesantemente hasta este nivel.

  «Animálculos de alguna clase desconocida», concluyó Roverton. «Evidentemente sus cuerpos son altamente luminiscente; uno podría casi leer un libro bajo esta luz». Él sacó su reloj y descubrió que las cifras se distinguian claramente.

  Luego de un rato, la extraña luminosidad comenzó a disminuir, y fluyó a ras del suelo como al principio. A pesar de ello,  la reestablecida oscuridad no duró mucho. Muy pronto el paisaje manifestó sus escenas nuevamente; y esta vez la iluminación vino de manera normal, como la luz difusa de un amanecer neblinoso. Una planicie con ondulaciones apenas perceptibles, teniendo  numerosas masas semejantes a rocas esparcidas sobre ella, era ahora visible a cierta distancia, hasta que se perdia entre los tentáculos de vapor retorcido que emanaban de todas partes. Un riachuelo de corriente lenta y color plomizo corria a través de la planicie, a unos doscientos metros de donde Roverton y sus compañeros estaban sentados, y se desvanecía en la neblina. Muy pronto los vapores, al principio sin matices, se tiñeron de profundos colores: rosado, azafran, púrpura y verde oscuro; como si una aurora estuviera levantándose detrás de ellos. Había una brillantez en el centro de este despliegue prismático; y se dieron cuenta que el cuerpo solar, Delta Andrómeda, había ascendido sobre el horizonte. El aire se calentó rápidamente. Mirando el cercano riachuelo, los hombres sintieron una sed intensa. Por supuesto, el agua podría no ser potable; pero decidieron tratar. El líquido era peculiarmente espeso, lechoso y opaco. El sabor un poco salobre; pero aún así calmó su sed; y ellos no sintieron ningún efecto enfermizo inmediato.

  «Ahora el desayuno, si podemos encontrarlo», dijo Roverton. «Tenemos de todo, excepto alimentos, utensilios y combustible.»

  «No creo que podamos hallar nada permaneciendo donde estamos», observó Adams. «¡En nombre de todos los abismos desolados, marchemos!». Una discusión tuvo lugar sobre la dirección que se habría de tomar. Ellos se sentaron de nuevo sobre la masa púrpura musgosa, para decidir lo que se debia hacer. El paisaje era igualmente yermo y espantodo en todas direcciones; pero al final acordaron seguir la dirección del pesado riachuelo, que corría hacia la aurora. Ellos estaban a punto de levantarse cuando, la forma rocosa sobre la cual estaban sentados pareció alzarse repentinamente. Adams se vio a sí mismo rodando por el suelo, pero los otros dos fueron lo suficientemente hábiles para evitar la misma suerte. Asombrados, ello saltaron hacia atrás; y volteándose, vieron que la gran masa se había abierto, como si estuviera hendida a través de su centro, revelando un inmenso horificio con líneas de un material blanquecino que se asemejaba al interior del estómago de un animal. El material temblaba incesantemente, y un líquido espeso manaba desde su interior, como saliva o fluido digestivo.

  «Por todos los cielos», exclamó Roverton. «¿Quién hubiera soñado algo como esto? Es una planta, o un animal, o ambos.»

  Él se aproximó a la masa que no dio muestra de movimiento aparte de los temblores. Aparentemente estaba enraizada o enterrada profundamente en el suelo. Mientras él se acercaba la producción del fluido espeso se hizo más copiosa.

  Una penetrante estridencia, semejante a los ruidos emitidos durante la noche, se escuchaba ahora. Volviéndose, los amotinados vieron una criatura de lo más singular volando hacia ellos. Era grande como una cerceta china, pero presentaba la apariencia general de un insecto más que de un ave. Poseía cuatro alas grandes, puntiagudas y membranosas, un abultado cuerpo segmentado como el de los gusanos, una cabeza delgada con dos largos apendices periscópico alzandose sobre ella, y una decena de intrincadas antenas, y un pico verde-amarillento como el de los loros. El cuerpo y la cabeza eran de un repugnante gris verminoso. La cosa voló por encima de Roverton y se asentó sobre la sustancia que él había estado examinando. Agachada sobre cuatro piernas cortas y rudimentarias, comenzó a sorber el fluido con su pico, rozando sus alas mientras lo hacia. El fluido manaba como en oleajes, y las alas y cuerpo de la criatura pronto relucían con una secreción viscosa. De repente cesó de sorber, y su cabeza se hundió en el fluido, luchó debilmente para liberarse, y luego quedó quieta.

  «¡Ugh!», dijo Deming. «Así que esa es la idea. Una especie de planta adromedeana atrapadora, o trampa para mosca. Si las moscas son todas como esa, necesitaremos raquetas de tenis para aplastarlas.»

  Mientras hablaba, tres más de las criaturas insectos pasaron volando, y comenzaron a repetir las acciones y la condena de su predecesora. No bien estaban ellas seguramente entrampadas, cuando la masa peluda procedió a cerrarse hasta que las filas blancuzcas ya no eran discernible. La hendidura donde se había abierto apenas podía ser detectada; y una vez más la cosa presentaba la apariencia de una roca musgosa. Mirando a su alrededor, los amotinados vieron que otras de las masas púrpuras se habían abierto y estaban esperando por sus víctimas.

  «Esas cosas podrían facilmente devorar a un hombre», meditó Roverton. «Odiaría ser atrapado por una de ellas. Salgamos de aquí en caso de que haya alguna salida posible.»

  El lideró la marcha a lo largo del lento riachuelo. Mientras avanzaban vieron más de los gigantescos insectos, los cuales al parecer no le prestaban ninguna atención. Luego de haber recorrido uno pocos cientos de millas, Roverton casi pisó una criatura negra con la forma de un enorme gusano ciego, el cual estaba arrastrándose fuera del riachuelo. Tenía tres pies de largo. Sus movimientos eran extremadamente torpes y los hombres pasaron a su lado con un estremecimiento de repulsión, pues la cosa era más asquerosa que un gusano o una serpiente.

  «¿Qué es eso?», Roverton se detuvo y estaba escuchando. Los otros hicieron lo mismo. Todos escucharon el sonido sordo de golpes apagados, a una indeterminada distancia en la neblina. El sonido era muy rítmico en su repetición, pero cesaba a intervalos. Cuando paraba, se ecuchaba un piar agudo, penetrante y multitudinario.

  «¿Debemos continuar?», Roverton había bajado su voz cautelosamente. «No tenemos armas; y sólo el infierno puede saber en los que nos meteremos. Podríamos encontrar seres inteligente. Pero no hay medio de saber de antemano si ellos se mostrarán hostiles o no.»

  Antes de que sus compañeros pudieran contestar, la neblina se abrió y reveló un espectáculo singular. A no más que un centenar de yardas junto al riachuelo, una docena de seres como pigmeos, de alrededor de dos pies, se encontraban reunidos alrededor de una de las masas púrpuras. Con instrumentos cuya forma general sugería la de cuchillos y hachas. Ellos estaban cortando la capa musgosa de la masa, y cortando grandes trozos del material semejante a carne blancuzca debajo de ella. Incluso a esa distancia se podía ver que la masa se estremecía convulsionada, como si sintiera los golpes.

  Repentinamente los cortes fueron suspendidos. Una vez más el sonido del piar se alzó. Los pigmeos se volvieron y parecían estar mirando a Roverton y sus compañeros. Entonces, el sonido cambió a una nota chirriante y alta como si fuera un llamado. Como en respuesta, tres monstruosa criaturas aparecieron de detrás de la niebla. Cada una de ellas tenía veinte pies de largo, eran como corpulentos lagartos en su forma general y tenían un número indefinido de piernas cortas, sobre las que se arrastraban o contorsionaban con asombrosa destreza. Cada una de ellas tenía cuatro asombrosas sillas de un tipo fantástico a lo largo de su espalda. Ellas se agacharon como por mandato, y todos lo pigmeos se metieron con increible rapidez dentro de las sillas. Entonces, acompañadas por un estridente bullició, la compañía extraterrestre avanzó sobre los viajeros. La velocidad de las criaturas lagartos era mucho más rapida que la de los corredores más veloces: en unos instantes ya se cernían sobre los tres hombres, rodeándolos y cercándolos con su descomunar largura. Las criaturas eran al mismo tiempo grotescas y terribles, con sus cabezas achatadas como la de los sapos y sus hinchados cuerpos moteados con siniestros diseños de opacos azules, negros oxidados y amarillos arcillosos. Cada una de ellas poseía un único ojo abultado que destellaba con una fosforescencia rojiza en la mitad de su cara. Sus orejas, o lo que parecian serlo, caían sobre sus quijadas en arrugados pliegues, colgando como barbas.

  Sus jinetes, vistos de cerca, eran igualmente bizarros y espantosos. Sus cabezas eran grades y globulares, tenían un ojo de cíclope pero con dos bocas, una a cada lado de un apéndice parecida a la trompa de un elefante, que colgaba casi hasta sus pies. Sus brazos y piernas eran de número normal, pero parecían ser muy flexibles y sin huesos, y quizás tenía una estructura ósea diferente a la de los vertebrados terrestres. Sus manos tenían cuatro dedos y estaban unidos por membranas transparentes. Sus pies también estaban unidos y terminaban en largas y curvadas zarpas. Ellos estaban totalmente desnudos; y al parecer carecían de pelos; su piel mostraba una palidez plomiza. Las armas que portaban estaban hechas de algún metal púrpura, coloreado como el permanganato de potasa. Algunas eran alabardas apertrechadas con cortos mangos; otras eran cuchillos en forma de creciente lunar, tachonados en lo alto de la hoja con pesados botones.

  «¡Dios!», exclamó Roverton. «Si tan solo tuviesemos elefantes como armas y automáticas.»

  Los pigmeos detuvieron sus monturas y cuchicheaban excitadamente mientras obserbavan con sus redondeadas esferas a los seres terrestres. Los sonidos que emitian apenas podían ser duplicados por las cuerdas vocales humanas.

    Mlah! mlah! knurhp! anhkla! hka! lkai! rhpai!

  «Ellos están conversando entre ellos. Supongo que somos una verdadera novedad para ellos como ellos lo son para nosotros», observó Adams.

  Los pigmeos al parecer llegaron a una decisión final. Ellos movieron sus armas y chillaron, y sus corceles lagartos se dieron la vuelta en semi-círculo hasta que estuvieron en la misma posición de la dirección del riachuelo y de los amotinados. Ellos avanzaron, y los pigmeos apuntaron hacia delante con sus pesados cuchillos y alabardas como si le ordenaran a los hombres que los precedieran. No quedaba nada que hacer excepto obedecer, pues la criaturas lagartos abrían sus enormes bocas cuyos colmillos parecían las estalactita y estalagmita de una caverna mientras se acercaban. Roverton y sus compañeros fueron forzados a correr a un ritmo de maratón para poder mantenerse a distancia de ellas.

  «Ellos nos arrean como ganado», gritó Roverton.

  Cuando ellos llegaron al punto de la masa cubierta de púrpura, que los pigmeos habían estado cortando en pedazos, se hizo una parada, y los trozos fueron envasados dentro de grandes cestos que luego fueron adheridos a las espaldas de los monstruos por medio de un curioso aparejo que parecía estar hecho de intestinos de animales. Los hombres fueron arreados hacia el centro de la compañía, mientras este trabajo se llevaba a cabo. No había escape posible; y ellos se resignaron una calma tan científica como podía reunir.

  Luego que la carga fue completada, los pigmeos renovaron su avance a lo largo del riachuelo, conduciendo a sus cautivos delante de ellos. La niebla ya comenzaba a levantarse y a desaparecer, y un orbe solar de penumbroso amarillo, apenas más grande que nuestro sol, se hizo discernible muy bajo en los cielos, sobre el remoto horizonte de picos aserrados. El riachuelo doblaba abruptamente luego de una milla y serpenteaba a través de una planicie desolada hacia un lago u océano que llenaba la lejana distancia con un opaco matiz púrpura. Aquí la compañía abandonó el riachuelo, conduciendo a sus prisioneros hacia las montañas lejanas.

 El paisaje se hizo más yermo y desolado en su apariencia mientras Roverton y sus compañeros tropezaban en su marcha ante las bostezantes fauces de los monstruos. Ya no se veían más de las masas peludas devoradoras de insectos, ni siquiera los insectos mismos, o alguna otra forma de vida. La llanura era como la vasta planicie resecada de un fluido primordial, o el lecho de algún océano desaparecido.

 El hambre y el agotamiento se hicieron presentes. Ellos eran conducidos siempre hacia delante a un paso inmisericorde y sin pausa, hasta que jadearon por aire y sus músculos se hicieron más pesados por la fatiga. Parecía que habían transcurrido horas; pero el sol opaco no se alzó más arriba del horizonte. Se mecía en un arco bajo, como el sol de las tierras sub-polares. Las montañas no parecían acercarse, sino retroceder en el vasto e indistinguible cielo.

  La llanura comenzó a revelar detalles que habían estado ocultos hasta ahora. Las colinas bajas crecieron, y las ondulaciones se profundizaron. Yermos barrancos de una piedra oscura, siniestra y semi-basáltica la interceptaban a intervalos. Aún no había signos de vida; ni plantas, ni árboles, ni ciudades. Los amotinados se preguntaron cansadamente hacia dónde estaban siendo conducidos, y cuándo alcanzarían el destino buscado por sus captores. No podían imaginar como sería.

  Ahora eran conducidos a lo largo de un barranco en el cual corría un rápido riachuelo. El barranco se hizo más profundo; y escarpados peñascos, que se elevaban hasta unos cien pies o más, se alzaban a ambos lados. Doblando una curva cerrada, los hombres vieron ante ellos un amplio espacio de llanura nivelada, y sobre ésta un peñasco agujereado con varias filas de bocas cavernosas, y pequeños peldaños esculpidos en la roca. Docenas de pigmeos, del mismo tipo del de los captores, estaban reunidos en las entradas de las cavernas más bajas. Una conversación animada se alzó entre ellos a la vista de la compañía y sus prisioneros.

  «Trogloditas», exclamó Roverton; sintiendo a pesar de su fatiga el agudo interés de un hombre de ciencia. Él y sus compañeros fueron rodeados inmediatamente por los pigmeos, algunos de los cuales, examinados de cerca, parecían ser de un sexo diferente de aquellos que habían encontrado por primera vez. Había unos cuantos niños, los más pequeños de lo cuales eran un poco más grande que una cobaya.

  Los miembros de la compañía se desmontaron y comenzaron a descargar los cestos con ayuda de los otros. Los trozos de la sustancia carnosa y blancuzca fueron apilados en el suelo al lado de varias piedras de mortero grandes y aplanadas. Cuando la descarga se completó, los pigmeos colocaron algunos de los trozos en los morteros y comenzaron a machacarlos con pesados mazos. Ellos le hicieron señas a los hombres, ordenándoles que hicieran lo mismo.

  «Supongo que la cosa sirve como alimento», concluyó Adams. «Quizás sea la principal dieta de estas criaturas». Él y los otros seleccionaron mazos y comenzaron a machacar uno de los trozos. El material fue reducido fácilmente a una pasta fina y cremosa. Emitía un olor acre que estaba muy lejos de ser desagradable; y a pesar de ciertas memorias altamente repulsivas los tres hombres recordaron también que estaban extremadamente hambrientos.

  Cuando todos los morteros estaban llenos de la pasta, los pigmeos comenzaron a devorarla sin ninguna formalidad, usando no sólo sus manos membranosas sino también su trompa prensil para llevar la comida hasta su boca doble. Le indicaron con movimientos que comieran también.

  La pasta tenía un sabor salobre y se parecía vagamente a una mezcla de pescado con la raíz nutritiva de un vegetal. En términos generales era bastante sabrosa; y sirvió para apaciguar las punzadas del hambre en una manera totalmente satisfactoria. Al final de la comida una especie de bebida fermentada, de color verde-amarillento, fue servida en envases pequeños de factura muy terrestre. El sabor era desagradable y muy ácido; pero toda fatiga desapareció luego de unos pocos sorbos; y los amotinados fueron capaces de analizar su situación con nuevo coraje y esperanza.

  Varias horas fueron dedicadas a machacar el resto de los trozos. La pasta era almacenada en urnas de anchas bocas, y éstas eran trasladadas a las cavernas más bajas. Roverton y sus compañeros fueron elegidos como asistentes en este trabajo. Las cavernas eran demasiado bajas para permitirles permanecer parados, y muy oscuras y ensombrecidas, con muchas ramificaciones y tamaños. El amueblado era bastante primitivo, como era de esperarse; si bien había un grado de limpieza más que bienvenido. Estaban llenas de un humo oloroso, y en una de ellas un pequeño fuego estaba ardiendo. La leña se asemejaba a alguna clase de turba. Había pequeños cojines cubiertos de pieles sin pelos, probablemente de criaturas semejantes a los lagartos.

  El sol bajo se había hundido detrás de los peñascos cuando la última urna fue trasladada a las cavernas. Una neblina fría y verdosa se amontonó a lo largo del riachuelo, espesándose por los tenues vapores que se elevaban desde su lecho. Los lagartos monstruosos fueron conducidos a una caverna más grande que el resto, que se encontraba separada a cierta distancia. Obviamente tenía la función de establo. Luego los pigmeos se retiraron en grupos de dos y tres a sus cavernas, después de indicar la gruta que los hombres habrían de ocupar. Cuatro pigmeos, armados con sus extrañas alabardas y pesados cuchillos, permanecieron haciendo guardia a la entrada.

  La oscuridad fluyó dentro de la gruta como una marea alta de silenciosas ondulaciones. Venciendo a los hombres con su extraño letargo; una reacción natural debida a todo el cansancio, extenuación y penuria que ellos habían soportado; al precio que sus nervios tuvieron que pagar por las impresiones de todo lo nuevo y extraterrestre. Ellos se estiraron sobre el piso de piedra, usando pequeños cojines a lo largo de la pared como almohadas. En pocos minutos estaban dormidos.

 Se despertaron con un sonido de miríadas de charlas y píos, fuera de la caverna en la pálida neblina del amanecer.

  «Suena como una especie de junta secreta», determinó Roverton mientras se arrastraba a la entrada. Mirando hacia fuera, vio que un centenar de pigmeos, la mitad de los cuales debieron llegar de otra comunidad, estaban reunido a orillas del riachuelo y enfrascado en algún caluroso debate. Todos ellos se mantenían mirando con su único ojo hacia la caverna de los amotinados. Sus palabras, expresiones y gestos, estaban tan lejos de cualquier cosa familiar a los humanos, que era imposible adivinar la temática o importancia del debate, o saber si la decisión a la que arribarían podría ser amistosa o adversa.

  «Ellos me provocan hormigueos», dijo Deming. «No tenemos forma de saber si van a comernos o sacrificarnos a sus deidades tribales.»

  Aparentemente por una orden, los guardias se aproximaron a la boca de la caverna y le indicaron a los hombres que se acercaran. Ellos obedecieron. Envases llenos de la pasta blanca y copas con una bebida dulce y negruzca fueron colocados delante de ellos; y mientras ellos comían y bebían, toda la asamblea miraba en silencio. De alguna manera, parecía que hubo un cambio en la actitud de los pigmeos; pero la naturaleza del cambio y lo que éste podría representar, estaba más allá de toda compresión. Todo el proceso era extremadamente misterioso y casi tenía la atmósfera de algún siniestro sacramento. La bebida negra debía ser ligeramente narcótica, pues los hombres comenzaron a sentirse como si estuvieran drogados. Hubo un sutil ofuscamiento de todos sus sentidos, si bien los centros cerebrales permanecieron alertas.

  «No me gusta esto», murmuró Roverton. Él y los otros sintieron una creciente inquietud, a la cual no podían asignarle motivo aparente. Ellos no fueron tranquilizados cuando los tres monstruosos lagartos, seguidos de otros dos del mismo tipo, reaparecieron a orillas del riachuelo. Todos estaban montados por pigmeos armados los cuales, cuando ellos se acercaron, hicieron señas para que los hombres lo precediera en la marcha. Los amotinados caminaron río abajo, con sus guardianes montados y toda la asamblea siguiéndolos.

  Muy pronto la ribera se hizo más estrecha y las paredes más altas. El sendero se estrechó a un camino de no más de una yarda, a lo largo del cual las aguas se precipitaban con una tétrica vehemencia en una serie de rápidos torrenciales, dentados por espumas amarillentas. Pasando una esquina de la pared, los hombres vieron que la ribera finalizaba en una gigantesca boca de caverna. Más allá, los precipicios se alzaban perpendicularmente desde el torrente.

   Los tres vacilaron mientras se acercaban a la caverna. La suerte que le aguardaba no podían conjeturarla; pero su sensación de alarma e intranquilidad creció. Ellos miraron hacia atrás y vieron que los lagartos más próximos estaban muy cerca de ellos, bostezando de una forma más horrible que la negra caverna frente a ellos. Pensaron saltar dentro del riachuelo; pero sus rápidos estaban llenos de afiladas rocas; y un murmullo proveniente de más allá del precipicio indicaba la presencia de una cascada. Las paredes que cercaban el sendero eran imposibles de escalar; de manera que penetraron en la caverna.

  El espacio era bastante habitable en comparación con las cuevas habitadas por los pigmeos, y los hombre no fueron forzados a detenerse en ningún momento. Pero, ciegos con la luz diurna que habían dejado atrás, ellos tropezaban con las rocas y en contra de las curvadas paredes, mientras andaban a tientas en total oscuridad. Una ráfaga de viento frío y ruidoso sopló como el viento subterráneo en el corazón de la caverna; y uno de los monstruos estaba respirando en sus talones. Ni podían ver nada ni estar seguro de nada; pero ellos debían continuar a la fuerza sin saber si con el próximo paso se sumergirían dentro de un abismo o golfo sin fondo. Una sensación de misteriosa amenaza y de un extraño horror inhumano se cernía de vez en cuando sobre ellos.

  «Este lugar es tan oscuro como los sótanos color carbón del Hades», bromeó Roverton. Los otros rieron abiertamente, si bien sus nervios estaban tensos por la siniestra expectación y la inseguridad.

  La corriente de aire húmedo y mefítico se hizo más fuerte. El sonido de aguas estancadas y ajenas al sol, yaciendo a una profundidad insondable, se mezclaba en las narices de los hombres con un hedor como el de las catacumbas pobladas por murciélagos o el de la guarida de algún animal asqueroso.

  «¡Phoovey!», dijo Deming. «Esto es peor que el Gorgonzola y las tripas de zorros al mismo tiempo.»

  El piso de la caverna comenzó a inclinarse. Paso a paso, el descenso se hacia más escarpado como un tobogán infernal, hasta que los amotinados apenas podía mantenerse en pie en la oscuridad.

  Débil y remota, como una pequeña mancha fosforescente, una luz surgió en las profundidades. Las paredes de la caverna se arqueaban y ensanchaban lúgubremente, y ahora eran más distinguibles. La luz se intensificó a medida que los hombres avanzaban; y pronto ya estaba encima de ellos, derramándose en rayos de un pálido azul desde una fuente subterránea indiscernible.

  La inclinación finalizaba abruptamente, y ellos penetraron en un amplio salón rebosante de una intensa radiación, que parecía emanar del techo y las paredes como alguna clase de radioactividad. Ellos se encontraban sobre un amplio saliente rocoso semi-circular; y cruzándolo, descubrieron que terminaba repentinamente y caía en picada por unos cincuenta pies a un gran pozo en el centro de la cámara. Había salientes en el lado opuesto de la caverna al mismo nivel de aquél sobre el que se encontraban; y había cuevas más pequeñas que se ramificaban desde estos salientes. Pero aparentemente ninguna de las cavernas era accesible desde el saliente en el que la inclinación finalizaba. Entre ellos se alzaban paredes perpendiculares que no presentaban ningún punto de apoyo seguro en ningún lado.

  Los tres hombres estaban en el borde del pozo y observaban vacilantes. Ellos podían  escuchar el arrastre de pies del primer lagarto en la inclinación y ver el espantoso destello de su ojo único mientras se acercaba.

  «Esto parece que es la última página del último capítulo». Roverton estaba ahora mirando de soslayo el pozo. Los otros seguían su mirada. Las aguas estaban turbias y quietas, espesas y sin reflejo, bajo la azul luminiscencia de las paredes de la caverna. Ellas se parecían a algo que había estado dormido o muerto por miles de años; y el hedor que emanó de ellas sugería eones de lenta putrefacción.

  «¡Dios mío! ¿Qué es eso?». Roverton había notado un cambio en las aguas, y extraños destellos que venían desde debajo de la superficie como si una luna ahogada se estuviera elevando con ellos. Entonces, la calma de muerte del pozo fue rota con un millón de ondas expansivas, y una enorme cabeza, goteando con espantosa luminiscencia, se asomó desde las aguas. La cosa tenía siete u ocho pies de ancho, era siniestramente redondeada y sin forma, y parecía consistir solamente de bocas bostezantes y ojos brillantes, esparcidos todos juntos en un caos demencial de malignidad y horror. Tenía al menos cinco bocas, cada una de ellas lo suficientemente grande como para tragarse a un hombre de una sola vez. Ellas eran elásticas y sin colmillos. Regados entre ellas, los ojos ardían como carbones satánicos.

  Uno de los lagartos se había adelantado hasta el saliente. Veintenas de pigmeos estaban reunidos a los lados y detrás de él, y alguno de ellos avanzaron hasta que se encontraron a sólo un brazo de ellos. Miraban hacia abajo a la cosa escalofriante en el pozo, e hicieron grotescos gestos y genuflexiones con sus cabezas, manos y trompas, como si lo estuviera invocando o adorando. Sus estridentes voces se elevaron en un cántico rítmico y ondulante.

  Los hombres estaban casi estupefactos por el horror. La criatura en el abismo estaba más allá de cualquier cosa perteneciente a las leyendas o pesadillas terrestre. Y el ritual de obediencia ejecutado por los pigmeos era realmente nauseabundo.

  «La cosa es su dios», gritó Roverton. «Probablemente nos van ofrecer en sacrificio.»

  Los salientes no estaban atestados de pigmeos; y los monstruos lagartos  se habían adelantado tanto que los hombres no tuvieron otro espacio que ocupar que la misma orilla del abismo, en un arco creciente formado por su cuerpo.

  La ceremonia de los pigmeos concluyó, y sus cantos y genuflexiones cesaron, y todos volvieron sus ojos simultáneamente y con una mirada sin pestañear hacia los amotinados. Los cuatro que estaban cabalgando la criatura lagarto, profirieron al unísono un único mandato.

  «¡Ptrahsai!»

  «El monstruo abrió su boca lanzando sobre ellos su quijada achatada. Sus horribles dientes, eran como larvas en movimiento. Su aliento como un viento pestífero. No había tiempo para el terror, y ninguna oportunidad de resistir: los hombres tambalearon y resbalaron sobre el estrecho borde, y se volcaron simultáneamente al espacio vacío. En su caída, Roverton, automáticamente se agarró al pigmeo más cercano, asiéndolo por su tronco, y trayéndolo consigo mientras se precipitaba en el vacío. Él y sus compañeros se zambulleron con un gran chapuzón dentro del pozo y se hundieron bajo la superficie. Con una concertada presencia mental todos ellos emergieron tan cerca de la pared de la caverna como pudieron, y comenzaron a buscar posibles salientes. Roverton no había aflojado su agarre del pigmeo. La criatura aulló ferozmente cuando su cabeza salió fuera del agua, y trató de arañarlo con sus largas garras.

  El precipicio era liso y recto desde las mismas aguas, sin ninguna grieta visible por ningún lado. Los hombres nadaron desesperadamente alrededor de él, en busca de una apertura o un saliente. La cosa de ojos y bocas comenzó a moverse hacia ellos, y se sintieron enfermos de terror y repulsión ante la visión de su deslizamiento lento y fosforescente. Hubo una condenada deliberación, una espantosa lentitud en su movimiento, como si supiera que no existía forma de que sus víctimas escaparan el elástico bostezo de sus cinco bocas. Se acercó hasta que la pared de la caverna al lado de los nadadores se hizo más brillante con la horrenda luminiscencia de su abultada cabeza. Ellos podían ver debajo y detrás de la cabeza, el distorsionado brillo de un cuerpo largo y deforme, sumergido en los negros abismos del pozo.

  Roverton era el que estaba más cerca del monstruo cuando éste se acercó. Sus malignos ojos abultados estaban todos fijos en él y su boca más cercana abierta de extremo a extremo y babeando un limo execrable, se posicionó encima de él, hasta que pudo sentir la insoportable corrupción de su aliento. Él fue empujado en contra de la pared de la caverna; pero ingeniándosela para maniobrar por un momento, lanzó al pigmeo hacia la boca que se aproximaba. El pigmeo gritó y lucho en un frenesí de temor hasta que los espantosos labios babeantes se cerraron sobre él. El monstruo hizo una pausa como si su apetito y curiosidad estuvieran calmados por el momento; y los tres hombres aprovecharon esto para continuar explorando la pared.

  Entonces percibieron una apertura baja en la lisa escarpadura, a través de la cual el agua fluía con un gentil murmullo. La apertura era estrecha y su techo no estaba a más de un pie de la superficie, y bien podría o no proporcionar un escape del pozo; pero ninguna otra salida posible podría ser detectada. Sin ninguna vacilación Adams nadó dentro de ella y los demás lo siguieron.

  El agua aún era profunda debajo de ellos, y no podían tocar fondo en ninguna parte. Las paredes de la pequeña apertura estaban iluminadas al principio; pero la luminosidad pronto cesó dejándolos en absoluta oscuridad. Mientras avanzaban en su nado ya no podían conjeturar el espacio de aire sobre ellos. No obstante, en ningún momento se vieron obligados a sumergirse; y pronto descubrieron que la apertura era ahora lo suficientemente ancha como para permitirles moverse lado a lado. También se dieron cuenta que habían sido atrapados por una corriente cada vez más poderosa que los arrastraba a considerable velocidad. Como no había señal de persecución de parte del monstruo del pozo, los hombres comenzaron a experimentar una débil esperanza. Por supuesto, la corriente los podía llevar hasta el fondo mismo de este terrible mundo trans-estelar, o podía en cualquier momento zambullirse en algún abismo espantoso; o el techo podría estrecharse y aplastarlo dentro de las ruidosas aguas sofocantes. Pero a pesar de ello, todos sentían que podría haber un último chance; y cualquier cosa sería mucho mejor que la proximidad del monstruo luminiscente con su mefítico aliento y sus múltiples bocas y ojos. Probablemente la apertura en la cual estaban ahora nadando era demasiado estrecha como para permitir la entrada de esa asquerosa masa.

  Era imposible para ellos saber por cuanto tiempo estuvieron nadando en la rápida corriente. Hasta donde podían observar no había cambio en su situación; como tampoco podían estimar cuan lejos habían viajado en este mundo subterráneo. La oscuridad era pesada sobre ellos, al parecer tan opaca y pesada como las mismas aguas y las paredes de la caverna. Ellos se resignaron al oscuro avance de la corriente, ahorrando en todo lo posible sus fuerzas para las emergencias futuras que se pudieran presentar.

  Al fin, cuando ellos sentían que se habían perdido irremediablemente en la sólida oscuridad abismal, cuando sus ojos habían olvidado la memoria misma de la vista, la oscuridad fue agujereada por un rayo de luz. La luz incrementó en grados lentos e inciertos, pero por un momento ellos dudaron de su naturaleza, sin poder decir si se estaban aproximando a otra catacumba fosforescente, o la a la verdadera luz del día. Sin embargo, estaban agradecidos por este penumbroso destello. La corriente devino más rápida y agresiva, con rápidos hendidos de rocas que hacia su descenso peligroso e impetuoso. Más de una vez los hombres fueron arrojados contra las oscuras y aserradas masas que se alzaban sobre ellos.

  De repente, la corriente disminuyó y los burbujeantes rápidos murieron en un ancho pozo sobre el cual el arco de la alta bóveda de la caverna era discernible. La luz caía en una corriente de pálida radiación sobre este pozo desde lo que era evidentemente la boca de la caverna; y más allá de la boca, una gran lámina de agua iluminada por el sol se extendía a los lejos y se perdía en la iluminada distancia.

  Todos ellos se hicieron conscientes de su prolongada y apabullante fatiga; una reacción instintiva por todos los peligros y penurias que habían padecido. Pero la perspectiva de salir de este mundo subterráneo de misterioso horror lo estimuló a reunir la poca fuerza que les quedaba, y con miembros pesados nadaron hacia la boca de la caverna y flotaron a través de su negro arco hasta la plateada brillantez de un gran lago. El lago era probablemente el mismo cuerpo de agua que ellos habían visto desde lejos el día anterior. Su aspecto era absolutamente extraño y desolado. Altos peñascos con muchos contrafuertes y chimeneas colgaban desde lo alto de la caverna desde la cual emergieron, y se extendían a ambos lados en líneas que descendían gradualmente hasta que terminaban en largos bancos de arenas pantanosas. No había rastro de vegetación en ningún lado; nada, excepto las peladas piedras de los precipicios, y el lodo gris de los pantanos, y las aguas pálidas y enfermizas. Al principio los hombres pensaron que no existía vida de ningún tipo. Ellos nadaron a lo largo del precipicio en busca de un lugar para salir a tierra. Los pantanos de arena se extendían al parecer por millas; y su avance en el pesado lago era exasperadamente lento y tedioso. Sentían como si las aguas extrañas y sin vida  los había drenado hasta sus huesos; y una inercia mortal los arrastraba hacia abajo y enervaba sus mismos sentidos hasta que todo se hizo borroso en la monótona languidez. Ellos estaban demasiado cansado para hablar o incluso pensar. Desesperadamente, ellos avanzaron hacia la evasiva meta de la lejana orilla. De alguna manera, fueron conscientes de que una sombra había caído sobre ellos, quebrando el brillo difuso del neblinoso sol. Estaban muy cansados para mirar hacia arriba, y aún para especular el origen de la sombra. Entonces, escucharon un grito áspero y vibrante y un batir como el de unas alas tiesas y enormes, y algo se lanzó hacia abajo y se colocó sobre ellos. Volviendo sus cabezas, los hombres vieron una visión increíble. La cosa que los ensombrecía era una criatura descomunal parecida a un ave, con rasgadas alas de piel que tenían al menos cincuenta pies de punta a punta. Sugería a ese prehistórico monstruo volador, el  Pterodáctilo; y también sugería a un pelícano, pues bajo su pico de siete pies colgaba una bolsa prodigiosa. Dándoles apenas crédito a sus ojos los nadadores observaban a la aparición. Esta los miró con ojos malévolos de fuego, tan grandes como bandejas; y entonces, con horrible rapidez, descendió. Adams, que estaba más cerca, sintió el enorme pico cerca de él levantándolo de las aguas; y antes de que pudiera comprender lo que pasó, se encontró en el interior de la bolsa. Deming fue tomado y depositado a su lado un momento más tarde; y Roverton, que se había sumergido instintivamente bajo la superficie, fue capturado y sacado por el pico como si hubiera sido un pez, uniéndose a los otros dos.

  Totalmente asombrados, ellos andaban a tientas en la oscuridad de la bolsa, y fueron arrojados sobre una pila por un movimiento que sugería que la criatura había alzado vuelo nuevamente. Bajo ellos se retorcían cosas como anguilas; y respiraron una mezcla de hedores sofocantes; no podían ver nada, pero la penumbra en la que estaban no era totalmente oscuridad, pues las paredes de la bolsa eran lo suficientemente permeable como para permitir que la luz se filtrara y creara un crepúsculo sanguíneo. Los hombres podían escuchar el ruidoso batir de las alas de piel, podían sentir el rítmico palpitar de su vibración. Y mientras intentaban adaptarse a esta situación única, tenían la sensación de ser trasladados en un vuelo vertiginoso a una gran altitud. Roverton fue el primero en hablar:

 «¡De todos los inefables aprietos! Ni siquiera un autor de ficción se hubiese atrevido a imaginar esto. Supongo que la criatura tiene su nido en algún lugar y nos está llevando allá para proveer comida a su compañera o a sus crías.»

  «O», sugirió Adams, «habiendo conseguido una provisión de carne viva, se dirige a algún lugar para asegurar sus vitaminas.»

  Una risa desmallada contestó la broma.

  «Bien», agregó Deming, «de cualquier manera nos están dando un paseo gratis; por primera vez no estamos caminando, corriendo o nadando.»

  El tiempo pasó de una manera dudosa y confusa. El golpeteo de las alas dio paso al silbido de una corriente continua de aire, parecida a la que produce el vuelo estático de algún gigante carroñero o ave de presa. Aún estaba la sensación de prodigiosa rapidez, de horizonte tras horizonte dejado atrás, de llanuras, aguas y montañas deslizándose hacia la lejanía en rápido retroceso.

  Los hombres se sintieron enfermos y aturdidos por el aire nocivo de su prisión; ellos caían en periodos de semi-consciencia desde el cual despertaban estremeciéndose. En el horror novedoso de su situación, ellos casi perdieron el sentido de la identidad. Era como si fueran parte de algún monstruoso sueño o alucinación.

  Luego de un lapso de tiempo indeterminado, sintieron una disminución del vuelo, y una vez más el tronante batir de esas enormes alas mientras el ave se hundía en picada. Parecía descender desde una altura alpina a tremenda velocidad.

  De repente, el descenso se detuvo con un movimiento abrupto, parecido a la parada de un elevador. Un destello de luz repentino dentro de la bolsa, y Roverton y sus compañeros fueron conscientes que la criatura abrió su pico como para coger algo. Entonces, con un grito estridente y ensordecedor comenzó a agitarse como si estuviera presa de alguna increíble convulsión, y los hombres fueron zarandeados violentamente de lado a lado dentro de la bolsa. Era imposible imaginar qué había pasado; todo el suceso era totalmente misterioso y terrible. Adams y Deming fueron dejados casi sin sentido por las sacudidas que recibieron; y sólo Roverton fue capaz de conservar algo parecido a la cognición: Se dio cuenta que el ave esta enfrascada en alguna clase de combate o pelea. Luego de un breve intervalo sus esfuerzos se hicieron menos poderosos y tumultuosos; y finalmente, con un grito áspero y diabólico, pareció colapsar, y permaneció quieta excepto por los ocasionales estremecimientos que de su cuerpo y su cuello se transmitían a la bolsa. Estos temblores disminuyeron su frecuencia y su fuerza. El ave ahora yacía de lado, y la luz penetraba la bolsa directamente a través de su pico abierto.

  Asegurándose de que sus compañeros habían recobrado sus sentidos, Roverton se arrastró hacia la luz. Los otros le siguieron. Deslizándose fuera de la viscosa boca, desde la cual goteaba un fluido espumoso parecido a la sangre, Roverton se levantó aturdido y miró alrededor.

  La escena a la cual había emergido era más grotesca y descabellada que el delirio. Por un momento pensó que las cosas a su alrededor eran fruto de la alucinación, nacidas de sus agotados nervios y cerebro. El monstruo volador estaba tendido en el suelo y estaba envuelto de pies a cabeza en los anillos de algo que Roverton sólo podía definir como una anaconda vegetal. Los anillos eran de un verde pálido, con manchas irregulares púrpuras y marrones y tenían evidentemente cientos de pies de largo. Terminaban en tres cabezas cubiertas con bocas parecidas a los succionadores de un pulpo. Los anillos se habían cerrado muchas veces alrededor del ave, y poseían un enorme poder constrictor, pues se habían apretado sobre su presa de manera que el cuerpo se hinchaba entre ellos con espantosas protuberancias y nudos. Ellos estaban visiblemente sembrados en un suelo negro y de aspecto viscoso, y eran anchos en su base como el tronco de algún árbol antiguo. Las tres cabezas se habían posicionado sobre la espalda de su postrada víctima y estaban extrayendo sustancia de ella con sus miríadas de succionadores.

  Por todas partes, en los vapores girantes que se levantaban desde el suelo como humo, se divisaban las distantes alturas y los retorcidos troncos, ramas y tentáculos de una forma vegetal mitad ofídica o animal. Ellas variaban en tamaño desde enredaderas que no eran más grandes que una serpiente de coral, hasta masas amorfas con cientos de tentáculos retorcidos, tan grandes como del Kraken mitológico. No eran menos diversas que la flora de cualquier jungla terrestre, y todas ellas estaban siniestramente vivas. Muchas estaban privadas de cualquier cosa que sugiriera hojas; pero otras tenían tentáculos parecidos a dedos, como una especie de follaje que se asemejaba a una red de cuerdas peludas, y que indudablemente servían al mismo propósito que la tela de araña, pues en algunos de estos nidos, extraños insectos y aves habían sido atrapados. Otros de los árboles portaban frutas globulares y ovaladas, y flores carnosas que podían cerrarse sobre su presa en cualquier momento. En lo alto, a través de la neblina de vapor, un sol ardiente e hinchado arrojaba su resplandor hacia abajo desde una posición casi vertical. Roverton se dio cuenta que el ave monstruosa, volando a una velocidad de muchas millas por hora, debió conducirlo a él y sus compañeros a una región sub-tropical del mundo en el cual fueron abandonados.

  Adams y Deming se habían arrastrado fuera y ahora estaban al lado de Roverton. Por un momento ninguno de los tres pudo proferir palabra, en el profundo asombro con el cual observaban lo que le rodeaba. Instintivamente todos buscaron una salida de escape entre las filas de monstruosidades vegetales que los rodeaban por todos lados. Pero en ningún lado se ofrecía una brecha; sólo una infinita maraña de cosas que eran evidentemente venenosas, malignas e inocuas. Y de alguna manera sintieron que estas entidades vegetales eran conscientes de su presencia, los estaban observando cuidadosamente y, en alguna forma no discernible para los sentidos humanos, estaban incluso debatiendo sobre ellos.

  Adams se aventuró a dar un paso adelante. Instantáneamente un largo tentáculo se extendió desde una de las más cercanas formas de Kraken y lo rodeó. Luchando y gritando, fue conducido hacia la gran masa oscura y abultada desde la cual emanó el tentáculo. Una boca bermellón y con forma de copa apareció, de una yarda de ancho, en el centro de esta masa; y antes de que sus compañeros pudieran siquiera moverse, Adams fue arrojado dentro de la boca que al instante se cerró sobre él como la boca de un saco apretado. Roverton y Deming estaban petrificados de horror. Antes de que ellos pudieran pensar o incluso cambiar de posición, otros dos tentáculos se dispararon y los asieron por la cintura. El agarre era firme como una cuerda de hierro; y ambos sintieron una especie de descarga eléctrica a su contacto; descarga que sólo sirvió para entumecerlos más. A punto de desmallarse, fueron sostenidos en forma erecta por los horribles tentáculos.

  Nada más pasó durante un breve intervalo. La incomprensible extrañeza de su posición, las múltiples fatigas y pruebas del día, junto con la descarga de esos tentáculos, habían aturdido a los dos hombres de manera que ellos apenas podían pensar en la suerte de su compañero y en su propia e inminente condena.

  Todo se volvió irreal, neblinoso, como un sueño. Entonces, a través de la confusión que envolvía sus sentidos, vieron que la oscura masa en el centro de los tentáculos comenzó a moverse y estremecerse. Pronto, los estremecimientos devinieron en convulsiones cada vez más violentas. Roverton y Deming cayeron al suelo luego que los tentáculos se aflojaron, y vieron los azotes de una veintena de tentáculos en el aire sobre ellos, agitándose de lado a lado sobre la temblorosa masa central. Entonces, desde esta masa, el cuerpo de Adams fue expelido, cayendo al lado de Roverton y Deming. Evidentemente la carne humana no es digerible por la planta monstruo andromedeana. La masa continuó convulsionándose y palpitando, y sus miríadas de brazos ondeaban agonizantes en el aire.

  Los dos hombres no se atrevieron a mirar el cuerpo de su colega terrícola. Enfermos y totalmente degastados por el cansancio y el horror, permanecieron postrados en el suelo. Luego de un rato sintieron los tentáculos rodeándolos una vez más; pero esta vez no fueron conducidos a la boca central, sino que fueron levantados y trasladados hacia la maraña de formas extraterrestre detrás del Kraken vegetal. Aquí, ellos fueron tomados por los miembros serpentinos de otra planta viviente y lanzados hacia la jungla.

  Ellos estaban confusamente conscientes de una multitud de bocas que bostezaban y hacían muecas a su lado, sentían los zarcillos a manera de antenas que ondeaban y tanteaban, ellos vieron las ramas armadas con espinas como dardos, y las anchas flores rojas de lenguas hendidas desde las cuales una miel venenosa goteaba, y por todos lados escuchaban los gemidos, gritos y silbidos de animales entrampados por la demoniaca vegetación, y vieron las bocas bostezantes devorar el cuerpo de sus víctimas, o sus succionadores que se adherían a ellos como labios vampíricos. Pero entre estos terrores y horrores de una flora trans-estelar los dos hombres pasaron desapercibidos y sin sufrir daño, y fueron pasados de un tentáculo letal a otro, de un nido fatal a otro, a través de un bosque inimaginable. Era como si todos estos carnívoros y cosas letales habían sido advertidos de su naturaleza indigerible y estaban deshaciéndose de ellos.

  Al fin la luz aumentó y los hombres percibieron que estaban aproximándose a los linderos de la jungla. La última de las plantas Kraken los lanzó vehementemente con sus grandes tentáculos, y el suelo humeante de una llanura sin árboles se balanceaba y movía ante ellos mientras se sumergían en la inconsciencia bajo la luz del sol.

  Roverton fue el primero en recobrar los sentidos. Sintiéndose muy débil y aturdido, con sus pensamientos y visiones confundidos. Él trató de sentarse y cayó de espalda nuevamente. Entonces, mientras sus ojos y cerebro comenzaron a despejarse, un poco de energía retornó a él, y un segundo esfuerzo tuvo más éxito. Su primer pensamiento fue dirigido a su compañero, a quien ahora buscaba. Deming aún yacía donde había caído, con una postura desparramada.

  Varias horas debieron haber pasado, ya que el sol colgaba ahora en la orilla de la llanura, y las altas columnas de vapor estaban teñidas como con las llamas de una aurora. El suelo mismo, húmedo y reluciente, se había convertido en un reflector de matices prismáticos. Volviéndose, Roverton vio detrás de él, a poca distancia, la espantosa jungla desde la cual él y Deming habían sido tan decididamente rechazos por los sarcófagos de plantas y árboles. La jungla estaba ahora comparativamente quieta; pero sus ramas y troncos aún se balanceaban ligeramente; y un sonido bajo y sibilante se alzó entre ellos como los silbidos de un ejército de serpientes.

  Roverton se las arregló para pararse. Él se tambaleaba como un paciente con fiebre, y apenas podía mantenerse en pie. Su boca estaba reseca y agonizante por una sed consumidora; y su cabeza palpitaba como un tambor golpeado. Viendo un pozo de agua no muy lejos, se dirigió hacia él, pero fue forzado a terminar su viaje a gatas. Bebió, y se sintió asombrosamente refrescado por el fluido oscuro y amargo. Llenando su botella [la cual él había conservado de alguna manera a través de todas las vicisitudes de los últimos dos días] con el agua. Él regresó donde estaba su compañero, esta vez caminado erecto, y esparció algo del fluido en el rostro de Deming. Este se estremeció y abrió sus ojos. En corto tiempo fue capaz de beber el resto del contenido de la botella, y luego tuvo éxito en levantarse y dar algunos pasos.

  «Bien, ¿cuál es el próximo número en el programa?», él preguntó. Su voz era entrecortada y débil, pero indudablemente noble.

  «Que me condenen si lo sé», dijo Roverton encogiéndose de hombros. «Pero propongo que nos movamos en orden de alejarnos lo más posible de esa fantasmagórica jungla». Ni él ni Deming podían soportar pensar en lo sucedido a Adams, o en las cosas abominables que habían visto, oído y sentido. Toda la experiencia era insoportable para los nervios humanos, y la nausea enfermaba a los dos hombres cuando la memoria de esto se alzaba en el umbral de sus cerebros. Resueltamente ellos volvieron sus espaldas a la jungla carnívora, y se tambalearon hacia el penumbroso y vaporoso horizonte con sus banderas de esplendoroso arcoíris.

  El paisaje a través del cual ellos ahora vagaban era como el fondo de un océano recién resecado. Era una vasta llanura de barro hediondo, de una peculiar consistencia, que cedía un poco como la goma o algún material elástico bajo sus pies, sin quebrarse. La sensación que se tenía pisándolo era extraña e inquietante. A cada paso ellos esperaban hundirse en algún pantano o arenas movedizas. Ellos se dieron cuenta el porqué no sufrieron ninguna contusión o huesos fracturados cuando los árboles vivientes los habían lanzado con tal violencia.

  Habían muchos pozos de agua en la llanura; y en una ocasión, los hombres fueron forzados a desviarse de su ruta por un lago estrecho y curvado. El aspecto de la sustancia elástica era indescriptiblemente monótono y estaba libre de cualquier manifestación de vida vegetal o la presencia de cualquier mineral. Pero de alguna manera no estaba muerta, sino que sugería la existencia de una somnolienta vitalidad, como si poseyera una vida oscura y secreta de su propiedad.

  Los vapores eran atravesados por los oblicuos rayos de sol. No muy lejos, Roverton y Deming percibieron la elevación de una pequeña meseta. Incluso a primera vista sugería una isla; y mientras los hombres se acercaban las características que revelaba indicaban que en verdad lo había sido, y que la llanura a su alrededor había sido el lecho de un océano poco profundo en un tiempo no muy lejano. Había marcas de olas en el suelo; y en contradicción a la total desolación de la llanura, había rocas y árboles en sus largas orillas onduladas; y varias paredes ruinosas y monolitos de una arquitectura alienígena eran visibles en la ancha y nivelada cima.

  «Ahora, un poco de arqueología adromedeana», comentó Roverton señalando las ruinas.

  «Y sin mencionar algo más de botánica», agregó Deming.

  Ambos hombres observaban con considerable precaución y temor a las plantas y árboles más cercanos. Estas eran similares en el aspecto a las monstruosidades de la jungla; pero su número era menor y estaban esparcidas; y de alguna manera había una diferencia. Cuando Deming y Roverton se acercaron a ellas la naturaleza de la diferencia se manifestó. Las ramas ofídicas yacían en el suelo, y estaban extrañamente inmóviles y quietas. Vistas de cerca, ellas estaban secas y momificadas. Era evidente para estos científicos que los árboles llevaban muertos mucho tiempo.

  No sin una mueca de asco, Roverton rompió la punta de uno de los tentáculos colgantes. Se quebró fácilmente; y descubrió que podía convertirlo en fino polvo con sus dedos. Dándose cuenta de que no había nada que temer, él y Deming comenzaron a subir la cuesta rumbo a las fantásticas ruinas.

  El suelo de la colina, una especie de marga gris y púrpura, era firme bajo sus pies. Ellos alcanzaron la cima mientras el sol poniente comenzaba a desaparecer detrás de la lejana línea de riscos que se alzaban como el centro de un continente desde la llanura.

  Cercado con filas de las monstruosas plantas muertas, se alzaban en el centro de la cima las extrañas ruinas que Roverton y Deming habían divisado desde abajo. Ellas brillaban en la luz con una luminosidad opaca, y parecían estar construidas con una extraña piedra fuertemente impregnada de metal. Ellas eran aparentemente los remanentes de varios edificios inmensos, y portaban las marcas de algún espantoso cataclismo que destruyó su súper-estructura y también una gran parte del piso y las fundaciones. Una de las piedras retenía una entrada que era extrañamente alta y estrecha y más ancha en su parte superior que en su parte inferior. También, había algunas ventanas extrañas muy cerca del suelo. Los hombres se preguntaron sobre las características físicas de la raza que construyó tales edificaciones. Desde el punto de vista humano todo sobre las ruinas era arquitectónicamente anormal.

  Roverton se acercó a unos de los monolitos. Su forma era cuadrada, cuarenta pies de alto por siete de diámetro, y evidentemente, fue más alto en tiempos antiguos, pues su tope estaba remachado y aserrado en el lugar donde se había roto abruptamente. Estaba construido del mismo material de las paredes. Una serie de bajo relieve, mezclado con columnas de letras en forma de jeroglífico fue esculpido en la base. El bajo relieve describía seres de una curiosa tipología, con largos y delgados troncos terminando en ambos extremo en una multitud de miembros unidos. Las cabezas de estas criaturas, o lo que parecían serlo, se encontraban en el extremo inferior del tronco, y tenían dos bocas que estaban colocadas sobre una fila doble de ojos. Apéndices parecidos a orejas, colgaban desde el mentón. Los miembros inferiores terminaban en garras parecidas a la de las aves, y las superiores en anchas membranas parecidas a sombrillas cuyo uso estaba más allá de toda conjetura. Roverton exclamó asombrado cuando llamó la atención de Deming hacia las figuras. Ya sea que estos seres representaban una raza extinta, o que sus prototipos aún puedan ser hallados en este mundo exterior, era por supuesto un problema sin solución. Pero los hombres sentían que también este misterio pronto sería resuelto. Lo sería les guste o no.

  Los hombres estaban demasiado consumidos por sus pruebas hercúleas como para dedicarle demasiado tiempo y energía a especulaciones de este orden. Ellos encontraron un lugar de refugio en el ángulo de una de las paredes, y se sentaron. No habían comido nada desde la comida proveída por los pigmeos al amanecer, y al parecer no había posibilidad de encontrar nada. Ellos estaban desesperados y ninguna esperanza parecía iluminar la depresión que se cernía sobre estos hombres condenados.

   El sol se había puesto, dejando atrás un crepúsculo fluorescente que manchaba el suelo, las ruinas y las plantas muertas como con una profunda marea de sangre. Reinaba un silencio sobrenatural; un silencio forjado con el sentido de un misterio alienígena, y el peso de una antigüedad ultra-mundana que se aferraba a esas extrañas ruinas. Los hombres se recostaron y comenzaron a dormitar.

  Ellos se despertaron simultáneamente, sin saber por un momento qué realmente los había espantado. El crepúsculo se había teñido de un intenso violeta, si bien las paredes y los árboles aún se podían distinguir claramente. En algún punto en este crepúsculo, surgió un bullicio, un estridente zumbido que creció momentáneamente.

  De repente el zumbido estaba cerca, en medio del aire. Su volumen aumentó a un clamor ensordecedor. Roverton y Deming vieron que un enjambre de insectos gigantescos, con curvados picos de cinco pulgadas volaban encima de ellos como si no estuvieran seguros de atacar o no. Parecía haber cientos de estas formidables figuras. Uno de ellos, más decidido que los otros, se lanzó contra Deming y lo picó en la parte posterior de su mano izquierda hasta que su pico casi la atravesó hasta la palma. Él gritó por el dolor, y golpeó el insecto con su puño derecho. El golpe lo aplastó y cayó al suelo, emitiendo un hedor nauseabundo.

  Roverton se paró de un salto y rompió una rama de uno de los árboles. Con ella intentó espantar el enjambre, que se retiraba un poco pero sin desaparecer del todo. Se le ocurrió una idea, y lanzó la rama a la mano de Deming, diciendo:

  «Si puedes mantenerlos alejados, trataré de encender un fuego.»

  Mientras Deming atacaba con su ineficiente arma el vacilante ejército, Roverton rompió más de las ramas tentaculares muertas, las apiló y machacó otras hasta convertirlas en una capa de fino polvo con sus pies. Entonces, en el crepúsculo encontró dos pequeños fragmentos de la piedra metálica con la cual estaban construidas las edificaciones, y golpeándolas una a otra consiguió una chispa que al caer sobre la pila de polvo y ramas, la encendió. El material era altamente combustible, pues en menos de un minuto el montón de ramas estaba ardiendo brillantemente. Aterrorizados por las llamas, los insectos se batieron en retirada; y su zumbido pronto disminuyó, hasta desaparecer por completo en la distancia.

  La mano de Deming estaba ahora dolorosamente hinchada y palpitando por causa de la picadura.

  «Esas bestias hubieran acabado con nosotros de haber tenido la determinación de atacar con todas sus fuerzas», él observó.

  Roverton le echó más leña al fuego, en caso de que el enjambre regresara.

  «¡Qué mundo!», él exclamó. «Me gustaría que Volmar estuviera aquí, perturbado.»

  Mientras él hablaba, se escuchó un rumor lejano en el cielo crepuscular. Por un momento, los hombres pensaron que el enjambre de insectos estaba de regreso para atacarlos de nuevo. Entonces, el murmullo se elevó hasta un gran bramido. El sonido era de alguna manera familiar, si bien ninguno podía determinar al principio la memoria que intentaba evocar. Entonces, cuando las estrellas comenzaban a agujerear los cielos borrosos, ellos vieron la inconfundible masa que descendía sobre ellos.

  «¡Mi dios! ¿Es esa la nave espacial», gritó Deming.

  Con un rugido final y el chillido de sus propulsores, la masa descendió a unos cincuenta pies del fuego. La luz parpadeó en sus flancos metálicos, y reveló la bien conocida escalera desde la cual los tres amotinados habían descendido a una oscuridad alienígena.

  Una figura bajo la escalera y se acercó al fuego, era el capitán Volmar. Su rostro lucia lívido y consumido a la luz del fuego, y parecía más viejo de como los dos hombres lo recordaban. Él los saludó fríamente, con un extraño matiz de vergüenza en su manera.

  «Estoy francamente feliz de haberlos localizados», él anunció, sin esperar que Roverton y Deming contestaran el saludo. «He estado volando alrededor de este maldito planeta todo el día, con la esperanza de que hubiera una oportunidad en un trillón de hallarlos de nuevo. Yo no me orienté cuando los dejé en la noche, así que por supuesto no tenía idea de donde buscar. Estaba a punto de abandonar la búsqueda, cuando vi el fuego y decidí investigar.»

  «Si vienen conmigo», él continuó, «dejaremos lo pasado en el pasado. Tengo escases de mano de obra ahora mismo, y abandonaré el viaje para enfilar rumbo al Sistema Solar. Se nos presentaron problemas en la maquinaria no mucho tiempo después de que lo abandonáramos; y dos de los hombres fueron electrocutados por un corto circuito antes de que el problema pudiera ser remediado. Sus cuerpos están flotando en alguna parte a mitad del éter ahora mismo; le di un enterramiento espacial. Entonces, Jasper se enfermó, y yo he estado manejando la nave completamente solo en las últimas veinte y cuatro horas. Siento haber sido tan brusco con ustedes; ciertamente los abandoné en una clase de mundo totalmente imposible. Lo he sobrevolado durante todo el día, y no hay nada en ninguna parte excepto océanos, desiertos, pantanos, llanuras de barro, junglas con una vegetación alucinante, un montón de ruinas igualmente desoladas, y ninguna forma de vida excepto insectos gigantescos, reptiles, y unos pocos pigmeos habitantes de precipicios en las regiones sub-polares. Es una maravilla que al menos dos de ustedes hayan podido sobrevivir. Vamos, pueden decirme su historia cuando estemos a bordo de la nave.»

  Roverton y Deming lo siguieron mientras él se volvió e inició el ascenso por la escalera. La compuerta se cerró detrás de ellos con un estrépito que fue más dulce para ellos que la música. Un minuto más y la máquina estaba remontando los cielos a lo largo de la curva crepuscular del planeta, hasta que se sumergió en la luz de Delta Andrómeda. Entonces, se precipitó a través de los abismos siderales, hasta que el gran sol se volvió una estrella para reasumir su lugar acostumbrado en la cada vez más distante constelación.

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Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: La versión original de esta historia titulada: «Marooned in Andromeda», fue publicada por primera vez en la revista pulp Wonder Stories, en octubre de 1930. También en las siguientes colecciones:
  1. 1.      Other Dimensions, Arkham House [1970].
  2. 2.     Other Dimensions V1, Panther [1977].
  3. 3.     Red World of Polaris, Night Shade Books [2003].
  4. 4.     The End of the Story: The Collected Fantasies of Clark Ashton Smith V1, Night Shade Books [2007].

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