TETRAMENTIS / ZHOR: Los Sueños del Vidente Nigromante – Capitulo IV – Por Markus E. Goth

Capitulo IV : Jesitd – El Planeta de las dos Islas Malditas (Vol 02)

Busqué y busqué…

Mis gritos no fueron escuchados, y entonces, la desesperación me embargó… Y con ella la decadencia.

Poema de la ciudad antigua de Ordos

 –

  El brazo extendido del visitante hizo unos movimientos geométricos, recorriendo su mano derecha por su garganta, y en un movimiento brusco hizo como si se cortara la cabeza, y el visitante habló:

  —Este signo representa la lealtad que nos debemos todas las órdenes y que la traición conlleva un precio muy alto, y es cercenar el conocimiento del infiel, somos todo en uno con la sabiduría y la individualidad conlleva a la caída.

  Soy Nemehriuz —continuó el visitante—. Una vez fui un gran sacerdote de una muy antigua orden, que se remitía a los días de la creación de Jesitd; ahora ya esos lugares  no existen. El caos nos abrazó y nos hizo entender lo insignificante que somos y en parte soy causante de esa caída.

   El desconcierto rodeó a Eiemek, y en sus pensamientos reflexionaba acerca del futuro inmediato, pues tenía la seguridad que todos estos designios no serían nada agradables. Su atención estaba reflejada en las  palabras que emitía aquel visitante.

   —Acércate Eimek, nuestro tiempo es corto para los acontecimientos que muy pronto surgirán, hare un sortilegio que te llevará a arcanos tiempos y así podrás ver con tus propios ojos una verdad irrefutable de unos hechos desafortunados.

  Aquel mago levantó sus brazos, y de sus labios, salieron palabras de poder convertidas ahora en una esfera de luz parda, conteniendo en su exterior dos aros dorados que giraban opuestos en forma rotatoria.

  —Esta esfera de la visión se mezclará contigo y podrás ver nuestro principio y decadencia, tú serás un espectador de los hechos, donde tu poder nada podrá interferir con ese ciclo del tiempo y espacio –exclamó el mago.

  La esfera se elevó lentamente de las manos de Nemehriuz, subiendo a una distancia de varios  metros, su luz se tornaba  más brillante mientras ascendía hacia los cielos y de ella salieron dos rayos que impactaron en medio de la frente de ambos monjes.

  Eimek ahora se encontraba levitando en un océano turbulento de formas semi-gelatinosas. Cuando éstas chocaban unas con otras se formaban los tiempos, acontecimientos y pensamientos de las personas, y así Eimek pudo ver muchos sucesos del mundo de Jesitd. En una distancia no muy lejana de aquel espacio abstracto, dos inmensas olas en posición contrarias, se abalanzaron donde se encontraba aquel mago, estas chocaron entre sí, absorbiéndolo en un mundo de ensueños, cuando Eimek en su forma abstracta tuvo consciencia, se encontró que estaba con un grupo de prominentes soldados de elegantes armaduras, y entre ellos dos hechiceros de mediana edad, con los símbolos de Ordos. El primero llevaba un habito a la manera de la orden que dejaba distinguir muy pocas partes de su cuerpo; y el segundo llevaba descubierta su larga cabellera azul, contrastando su hermoso rostro blanco con los colores que ofrecía todo aquel exuberante paisaje.

  Eimek muy pronto escucho la voz lejana de Nemehriuz,  una voz que era solamente dada a aquel que se había fusionado con el tiempo y espacio. Y aquel mago nuevamente habló:

  —Nunca nos interesó tener un contacto con otra parte fuera de nuestra nación, a pesar que Novus Ordos no tiene dimensiones extensas, siempre hemos estado orgullosos de nuestra estirpe superior, siendo esto confirmado, con el principio de la separación de nuestros dos pueblos y su fatídico desenlace. Nuestras razas colisionaron por el orgullo en su  búsqueda ambiciosa de un poder superior, el cual en términos prácticos fue dado al que tenía más visión. En el principio tuvimos tierras vastas, grandes montañas y majestuosa ciudades. Nuestras guerras se concentraban en lo seres humanos menos evolucionados, culturas de instintos animales; personas que se alimentaban de ritos y leyendas; fanáticos de la desesperación.

  Los siglos pasaron, y con ellos la evolución de nuestros contrarios, ya no luchaban como simples salvajes, quizás, las tantas batallas que habían perdido a través del tiempo le dieron las herramientas necesarias para hacerse más fuertes y feroces. Pero les  faltaba  un detalle importante que ellos no tenían, y que nunca hubieran tenido si esa parte de aquel conocimiento que tomaron de nosotros, no se hubiera adherido a ellos… y en su momento… eso fue lo que lamentablemente sucedió. En cambio, nosotros nunca le dimos importancia a ninguna evolución de aquellos salvajes, éramos conquistadores, seres no conformistas, visionarios de lo que debía ser este pequeño mundo. Fuimos dominando por derecho toda tierra y lugar en el basto Jesitd, pero había  lugares que nunca nos atrevimos a entrar, pues una energía de magnitudes desconocida descendía de aquellas tierras. Con el pasar del tiempo nuestro pueblo se dedicó al conocimiento, a la búsqueda de la verdad por medio de la magia blanca y las artes oscuras, pero, la naturaleza del hombre es extraña y  la curiosidad, ambición  y poder siempre han sido su mejor aliado.

  Y así aconteció, que en aquellos lugares prohibidos y bendecidos por los dioses fuimos a buscar una respuesta, y en parte la encontramos. Aquellas tierras que reflejaban esa poderosa energía,  no eran más que la entrada al paraíso de un mundo donde los dioses dejaron su semilla y así conocimos la gema del saber, sí, así conocimos la gema de los Ymir.

  En nuestro largo caminar por aquellos parajes de los dioses encontramos un lenguaje desconocido para nuestra cultura, sus símbolos irradiaban una energía mágica del advenimiento de una nueva tierra donde la obra más excelsa será la perfección en uno y en todo, donde la luz y la oscuridad se convertirán en uno solo, y esto será definido por quien tenga más voluntad.                Teníamos ante nosotros el origen de nuestra existencia, marcada por los dioses o quienes estuvieron aquí hace miles de años, eso nos indicaba que nuestro mundo se remitía a civilizaciones muy antiguas. Pues vimos en sus murales que los habitantes tenían múltiples forma y adoraban una divinidad de luz que estaba sentada en un trono y manifestaba formas que eran exactamente igual a él.

  Observa ahora con atención el comienzo de nuestro amargo desenlace y fúndete con todas estas formas de pensamientosexclamó la voz de Nemehriuz.

  Eimek, ahora podía ver claramente aquella procesión de soldados que se dirigían hacia un lugar desconocido, escuchaba sus pisadas en aquel vasto lugar, y sentía el cansancio de todos aquellos hombres que se decidieron emprender aquella expedición. Ya él era parte de ese todo, una forma que en su dimensión sólo podía observar y sentir los acontecimientos, pues, él se había convertido en la naturaleza misma de Jesitd.

  —General mire allá muy a lo lejos, otras enormes rocas con símbolos,  iguales a las que encontramos en la entrada de aquel bosque misterioso —exclamó un soldado admirando aquel  paisaje.

  La procesión de soldados había salido de un bosque muy espeso, su alta vegetación no les permitía distinguir el cielo de la tierra, allí todo estaba velado por una gran oscuridad, siendo su naturaleza un extenso laberinto de árboles y raíces de las más variadas  formas y  tamaños; era un extraño lugar que en su interior tenía formas humanas, a veces se movían con el resplandor  de la luz que desprendían las antorchas de los expedicionarios, siendo aquel misterioso bosque, la puerta de acceso hacía el paraíso natural donde ahora ellos se encontraban.  La llanura se podía ver amplia y hermosa desde la salida de aquel bosque, tornándose su cielo de un azul muy intenso; las enormes rocas se distinguían a lo lejos, variando de tamaño y forma al sentirse más y más alejadas. El aire ahora era de una pureza divina, trayendo consigo muchas veces una fragancia dulce y perfumada. La expedición se encontraba en un paraíso de dimensiones inimaginables… Un Edén que llegaba hasta la misma puerta de los dioses.

  El general ahora se dirigió hacia los dos magos que la orden de monjes de la ciudad de Ordos había encomendado para aquella peligrosa misión:

  Espero que el propósito de nuestra búsqueda se encuentre en este lugarsentenció molesto aquel general.   Debo prevenirles que aunque nuestro rey aprueba esta loca incursión, en lo que hemos estado aquí cuarenta y dos de nuestros soldados han perecido. Espero que estos designios proclamados a nuestro rey sean verdaderos, porque nada me traerá más satisfacción que patear sus cabezas cuando el verdugo las haya cortado.

  El monje blanco de largos cabellos azules llamado Norgos dijo:

  Su precipitación mí querido general no nos aporta nada en estos momentos, debe saber que todos los recursos serán usados para beneficio de nuestro gran imperio, y el conocimiento de nuestros orígenes nos sitúa en la cúspide con nuestros otros antepasados.

  ¡Bah! Supersticiones expresadas por filósofos y eruditos. Mire a su alrededor, hemos recorrido lugares pedregosos, un desierto infernal, y un bosque infestado de podredumbre y mírenos aquí, todo lo que hemos visto son unos murales de origen desconocido y esas malditas rocas cuyos símbolos incluso ustedes no pueden entender rebatió el general.

  —¡Vaya! Veo porque le llaman el hombre de piedra mi general, nada le sorprende, ni siquiera el hecho de la cosas que hemos visto en este suelo sagrado, debo recordarle que nuestra autoridad está por encima de la suya, me doy cuenta que su entusiasmo no es el mismo que el expresado por el rey y nuestra orden. Cuidado general eso puede ser muy fatídico para su persona.

  —Jajajajajajael general soltó una risa que se escuchó por todo aquel paraíso natural, y nuevamente su rostro tomo una actitud muy seria y serena delante de aquellos dos monjes, y dijo:

  —Si quisiera en estos momentos les cortaría sus cabezas y las dejaría empalada en este lugar, todos mis soldados me siguen ciegamente y al menor movimiento de mis manos los harían trizas. No me importa el rango  que le han dado o  si son de la orden, en estos lugares velo por mis soldados y no me gusta cuando pierdo hombres sin un sentido que no sea la guerra.

 Por favor general no se exasperedijo Mizrha el  monje encapuchado—. Nuestro viaje ha sido largo, y un mal entendido no es bueno para nuestra causa. Vinimos a estos parajes sagrados, para descubrir sus secretos y sin usted no hubiéramos podido llegar hasta aquí, todos estamos agotados, pero muy pronto tendremos las respuestas por las cual estamos aquí.

  —Eso espero por el bien de ustedes, eso esperodijo el general alejándose en su caballo.

  —Estamos en el final de nuestra búsqueda lo puedo presentir, debemos proseguir, pero debemos hacerlo con sumo cuidado, este lugar no me agrada, es demasiado silencioso y aquí nuestra magia no es tan poderosa —concluyó Mizrha.

  Mizrha se adelantó hacia las filas de soldados que estaban en posición de atención y orden, el general estaba ahora junto al teniente pasando revista de las bajas y seleccionando los soldados que iban a vigilar el lugar en donde se encontraban, y entonces aquel monje interrumpió al general.

  —General debemos continuar nuestra marcha no nos podemos detener ahora, estamos muy cerca de nuestro objetivo y una demora podría ser fatal, además, este lugar no es seguro para nosotros.

  El general le miro con serenidad y dijo:

  –Entiendo su preocupación hechicero, pero debemos descansar un tiempo prudente. Enviaré a varios soldados para que inspeccionen aquellas llanuras, debo estar seguro del número de bajas que perdimos para saber cómo actuar en caso que sea necesario. Además llevamos varios días sin descansar recorriendo todos estos parajes, sin contar el tiempo que perdimos en aquel maldito bosque.

  Un día había pasado, desde que los tres expedicionarios seleccionados por el general habían traído buenas noticias, todavía la calma y el silencio se sentía en aquellos paramos verdes. Su vegetación brillaba con más esplendor, y el colorido en el transcurrir de las horas se volvía más intenso. El cielo irradiaba una gama dorada confundiéndose con las nubes que se fundían con sus altas pendientes; a pesar de su gran silencio, la naturaleza se presentaba con un aspecto más esplendoroso, convirtiéndose a cada momento en un lugar de ensueño… Un paraíso donde ningún hombre había profanado sus tierras. El general dio la orden de levantar todas las tiendas y proseguir la marchar, pues en una distancia no muy lejana donde aquella exuberante vegetación se confundía  con unos árboles robustos, cuya belleza hacían reflejar una figura femenina bien esbelta y estilizada; cerca de allí, en una meseta ascendente, se podía distinguir desde su cima un espectáculo de gran belleza. En la parte más baja de aquella meseta, muy a lo lejos,  se podía ver un paraíso de rocas en forma circulares, seguido en medio de un altar que llevaba un objeto de gran esplendor. Aquel objeto muchas veces brindaba una luz destellante, pudiendo ser captada por  los dos monjes y todos los soldados que se encontraban en lo alto de aquella meseta. Aquel lugar era un páramo verde de gran amplitud, una tierra de gigantes, donde sus piedras tenían una enorme dimensión y llevaban en sus caras diferentes símbolos.

  Los dos monjes ahora estaban en un total silencio observando cada detalle a su paso, ya habían descendido de la meseta, y se disponían a penetrar a aquel lugar misterioso; una gran parte de los soldados estaban más adelante, y justo en medio de las dos grandes rocas que daban entrada a aquel solitario altar, Norgos  pudo contar treces rocas, seguidas de dos rocas de mayor proporción que servían de entrada. La procesión mantenía su curso de una manera cuidadosa y cuando una  parte de los soldados pisó aquel prado sagrado, su suelo comenzó a degradarse lentamente de verde a gris, y también su cielo. Y lo que fue un pasto verde se transformó  en  cientos de tentáculos venenosos; las rocas que estaban alrededor de aquel altar comenzaron a irradiar unas luces bien tenues de sus signos, desprendiéndose lentamente de su suelo y quedando suspendidas en el aire por una especie de aura que emanaba de aquel objeto que brillaba en el extraño altar. Nuevamente se escuchó otro ruido estremecedor, no muy a lo lejos de aquel lugar, sintiéndose un temblor en su suelo.

   Mizrha en un acto desesperado exclamó:

  Es una trampa salgan del lugar, hay un aura maligna  muy poderosa en estos  prados, salgan fuera de su círculo.

  Varios soldados quedaron atrapados en aquel prado, y fueron sujetados por los tentáculos que ahora formaban parte del paisaje, lentamente los cuerpos de aquellos guerreros se fueron convirtiendo en una forma gris que se quedó petrificada en aquel lugar, los poco que pudieron salir de allí, se encontraron con otra gran sorpresa, una de las rocas donde hace unos instantes habían pasado y serbia de entrada a aquel paraíso del silencio, se estaba desbaratando  dejando salir de sus adentros una enorme bestia canina con dos cabezas, cuyo rostro y cuerpo estaba formado por muchos seres en estado de putrefacción. Estos aullaban al unísono con la bestia, desprendiendo un sonido tan estridente que hacia dudar a los soldados, aquel Ser era una forma blasfema que protegía el lugar de cualquier intruso.

  Mizrha se encontraba atrapado junto con varios soldados, estos rápidamente desenvainaron sus espadas en posición defensiva, pero en un rápido movimientos la gran bestia devoro varios de aquellos soldados. Nuevamente otros soldados se abalanzaron a la bestia, uno de ellos, con una gran hacha, logró asestar un golpe en una de sus patas quedando el hacha atascada en la masa de cuerpos del cual estaba compuesto aquella bestia. Norgos vio como una docena de aquellos cuerpos se abalanzaron sobre el guerrero absorbiéndolo en aquella masa de formas vivas. Ahora los ojos de la gran bestia se posaron en Norgos  y aquella mole de gran putrefacción se abalanzo donde se encontraban él y los otros soldados, devorando y pisando varios como si fueran insectos. La confusión se fusionó con todo aquel ambiente tétrico dejando ver seres despedazados que una vez fueron valientes soldados. Todo pasó en un instante, y allá, no muy a lo lejos, aquella abominación se disponía dar su siguiente movimiento.

  Norgos, gritó desesperado:

  —Mizrha el altar, llega al altar, toma aquella roca resplandeciente, es la única manera de detenerle, yo le distraeré con mi magia.

  En aquel momento Norgos desenvainó una extraña espada que llevaba en su cinto, clavándola en el suelo y comenzó a pronunciar palabras de antiguos tiempos.

  La bestia, al ver aquel resplandor, nuevamente paso de un estado sereno a uno de ataque, emprendiendo la marcha sobre aquel mago.

 –

Continuará…

Markus E. Goth.

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