TETRAMENTIS / ZHOR: Los Sueños del Vidente Nigromante – Capitulo VI – Por Markus E. Goth

Capitulo VI : El Monje Carmesi

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   Las dos grandes puertas de aquel salón se abrieron emitiendo un sonido grave que se escuchó en todo su interior, su sala era en forma circular, con una serie de  símbolos e instrumentos mágicos a su alrededor. Allí, varios monjes en posición estática llevaban  en sus manos dagas,  y  uno que otro objeto ritual  para la pronta ceremonia que iba a comenzar. Los pasos de una figura misteriosa que se aproximaba, se escucharon lentamente deteniéndose a la mitad del salón; observando ahora el rehén que se encontraba a su lado.

  —El viejo Simus uno de los monjes-guerreros del gran consejo, mago entre magos, un verdadero honor, lástima que nuestra hospitalidad no sea tan acogedora en estos tiempos tan difíciles —dijo el extraño interlocutor, agarrándole el rostro con su mano enguantada.

  »La lucha en la ciudad de Xiurfos fue un tanto agotadora, y casi logran arrancarnos la victoria…. Lamento que un mago de tu altura se encuentre en esta situación.  Es la sexta ciudad que cae en todo el continente norte, ya falta poco para la destrucción definitiva de mis enemigos —continuó el extraño monje.

  El rostro cansado miró con orgullo y desprecio al monje que se encontraba a su lado. El extraño personaje que estaba  enfrente de él vestía una túnica negra; una capa y capucha de extraño material decorado con una serie de repujados de color oscuro. En la parte de su rostro llevaba una máscara plateada, que en su centro dejaba ver una gema color rojiza; desprendiendo aquella gema una luz tenue, dándole un carácter aún más misterioso a la máscara  del monje. En su mano derecha llevaba un báculo de total extrañeza, cuyas formas decoradas, parecían moverse con la proyección de la luz de las antorchas del gran salón.

  —Siento un aura muy poderosa en ti, ¿eres tú aquel quien llaman el monje carmesí?… Aquel mago que nunca ha sido visto… El blasfemo que intenta destruir el vasto imperio de ordos –dijo el prisionero llamado Simus.

  —Creo que sabes la respuesta hermano Simus, eres sabio y prudente —dijo aquel extraño monje haciendo una pausa… para luego continuar.

  »Sería algo lamentable tu muerte… Un gran desperdicio; en tu condición de igual te haré una propuesta, de todas maneras tus alternativas son pocas, abraza la piedra del Ymir rojo y síguenos… Abraza el poder del único como lo he hecho yo —dijo el extraño monje.

  —Tú sabes mi respuesta —exclamó Simus

  —Tal vez lo que verás a continuación te hará cambiar de opinión —sentenció el extraño monje.

  El monje tomó en sus manos la máscara plateada que le cubría el rostro, dejando ver unos ojos penetrantes de total negrura y una piel rojiza, grabada con una serie de símbolos salientes de total extrañeza. En el medio de su frente llevaba otro símbolo; un símbolo anómalo que se diferenciaba de los demás y que en algún momento representó la casta de alguna antigua orden.

  —¡Ese símbolo le conozco!, no puede ser… Sólo alguien de nuestra orden lo puede llevar… Es un símbolo único dado a todo iniciado de la orden… Tú eres…   Tú eres Mizrha. El monje carmesí eres tú —exclamó sorprendido Simus.

  —En efecto hermano Simus. Pero ya el monje-guerrero llamado Mizrha… no existe… Murió hace mucho tiempo. Desde que los dioses le hablaron en su paraíso terrenal, aquel monje que se inició en la orden de Ordos, y  evolucionó en un ser superior. Ahora sólo existe el monje carmesí; aquel que espera al único, para volver a reencontrarse con su otros yoes… Con su esencia superior —contestó el monje.

  —Pero no es posible, Norgos nos dijo que tú habías muerto en aquel páramo; que te habías desintegrado en aquella explosión. Y nos previno sobre alguien que surgiría para tratar de destruir nuestro gran imperio —dijo Simus.

  —Norgos no les mintió, esa esencia era yo… El que surgió para convertirse en el elegido… Un elegido que va a cambiar toda forma manifestada en este mundo para la honra de su maestro. Deja que mis palabras te sumerjan en la verdad de lo que será y te hablen de lejanos tiempo —dijo el monje.

  La mano izquierda se posó sobre la cabeza de Simus, procediendo su interlocutor a hablar el lenguaje de las piedras antigua… El desconocido lenguaje de los dioses. Aquel prisionero estaba sujetado en una especie de madero en forma de aspa; en su suelo estaban inscritos símbolos, representando la palabra de aquel que no puede ser pronunciado;  y en su centro, una especie de pentagrama que plasmaba el cosmos de aquel universo.

  —Norgos nunca les habló sobre el lenguaje divino, la música cósmica de la creación que nos fue mostrada en diversos estados del Ser, el cántico manifestado en personas elegidas por aquel objeto, que no es más que la esencia misma de Jesitd… La pura esencia de los dioses en la tierra. La parte de la piedra que ahora ostento, fue el color exiliado de aquel que no puede ser pronunciado; que no tiene nombre y que sólo se pronuncia en un susurro, para su deshonra con sus demás hermanos: «Mnaar Hadzeth Itgouliz Shaam». Él me mostró el camino de mis otros yoes, proyectado como secuencia en miles de estados en muchas dimensiones, que se irán reuniendo hasta transformarse en uno. Muchas veces despertamos en algún universo para cumplir nuestra misión, pero siempre intervendrán las piedras de los Ymir; pues es el canal de todas las cosas… Es la esencia misma de dios.

  »El despertar comenzó en el momento que sostuve la piedra entre mis manos, todos los universos se juntaron en uno, todas la formas se me presentaron en diferentes evoluciones. Lo vi todo. Y entendí que mi camino no era el correcto; que estaba equivocado, pues a pesar de mi gran poder, no era nada. Sólo una forma física venerando divinidades menores. El trance mágico duro un tiempo no tan prolongado, pero suficiente para entender mi misión; debía absorber la otra piedra, corromper ese equilibrio de las divinidades. Cuando desperté, otro ser físico, pero diferente, estaba en mi presencia. Sostenía la otra parte de la piedra que rompería el equilibrio de la gran divinidad. El color  que irradiaba era de  un azul oscuro, emitía una luz opaca igual que la otra roca existente. Sabía que no podía convencer a mi contrario, pues nuestra confusión acerca de aquella experiencia fue muy acelerada, en mi visión sabía que no era el momento del enfrentamiento, y supe que nuestras visiones, aunque diferentes, mantenían un elemento que nos ataba a ambos… Que nos confundía. Era aquel páramo donde miles de soldados sostenían una guerra eterna, y muy a lo lejos de allí, una luz emergió de toda aquella sangre, para convertir todo este mundo en muerte. Una verdadera  visión del nuevo renacer. Jesitd deberá ser  uno con la piedra que absorba su contrario… Y yo seré quien tenga todo ese poder para la gracia de mi maestro.

  —Eso será imposible mi despreciado hermano, pues no estarás en ese momento para verlo —dijo Simus abriendo sus ojos.

  Rápidamente Simus desprendió sus dos manos de aquella atadura mágica que lo mantenían sujetado al aspa. Sus movimientos fueron tan rápidos que el monje no se dio cuenta cuando su prisionero sostenía ahora su cabeza cerca de aquel símbolo anómalo que llevaba en su frente.  La mano izquierda del monje procedió también a sujetar fuertemente la cabeza de aquel prisionero, quedando los dos en un estado de trance mental. El poder mental que cada uno proyectaba se fue convirtiendo en una esfera de energía que los envolvió a los dos haciendo que el tiempo fluyera dentro de ella de manera más rápida y diferente.

  —Sólo necesitaba un acercamiento… ¡Un segundo!, en el tiempo y el espacio para matarte… Y tú me lo haz brindado. El símbolo de la orden que llevas en tu frente debe ser borrado para que tu cuerpo descanse en paz.  Ya la orden sabe en estos momentos tu identidad, y ahora, más que nunca, sabe el peligro que representan tú y Norgos. No nos queda otra alternativa que eliminar todo vestigio de la piedra. Pues su existencia podría acarrear consecuencias de una  nueva religión que afectaría todo el orden establecido —dijo Simus apretando con sus dedos el símbolo anómalo del mago.

  —Me tendiste una trampa, dejaste que mis hombres te capturaran en la ciudad de Xiurfos para poder entrar y saber mi identidad, y así poder matarme; a pesar de que sabes que este sacrificio conlleva tu propia vida. No me decepcionas, lamentablemente  tus intenciones no tendrán el éxito deseado —dijo el Monje Carmesí.

  Desde el exterior de la esfera de energía, los movimientos de los dos magos se veían estáticos. Los monjes que estaban fuera y observaban el campo energético,  se encontraban en un  plano del tiempo donde las reglas de la realidad habían cambiado. En aquel fragmento del tiempo, Simus logró cortar parte del símbolo que llevaba su interlocutor. El Monje Carmesí logró extender su brazo derecho, surgiendo una luz del báculo que tenía en su mano; la piedra rojiza brilló, desprendiendo de sus adentros un aura maligna que envolvió al prisionero, absorbiéndolo. Y luego, poco a poco, dejó de brillar. El monje se quedó observando  por un instante el aspa, y lo que fue una forma física sólo había dejado impregnada una mancha negra antes de morir.  El monje salió del salón llegando hacia un barcón circular. Y desde allí, en su gran torre, observó los miles de hombres en constante movimiento; soldados que se extendían por toda aquella planicie y que se disponían a marchar hacia un lugar desconocido.

  —Maestro, todo está preparado como dispuso, el ejército está reunido, listo para partir a donde usted ordene —dijo un subalterno que estaba en presencia del Monje Carmesí.

  —El momento definitivo ha llegado… El tiempo del reencuentro será nuevamente en la casa de los dioses —dijo el Monje Carmesí desde su gran torre; dejando ver una sonrisa maligna bajo aquel hábito que le cubría su rostro.

 –

Fin

Markus E. Goth.

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