RUNES SANGUINIS / Fénix – Por Clark Ashton Smith

Time to Come - Science Fiction of Tomorrow - Edited by August Derleth

  Rodis e Hilar habían ascendido desde sus cavernas natales hasta el último piso de la alta torre del observatorio. Con sus cuerpos muy juntos, tanto por el calor así como por el amor, ellos permanecían ante la ventana oriental  observando las colinas y los valles teñidos con una luz estelar perpetua. Ellos habían subido para contemplar el levantamiento del sol: ese sol que ellos nunca habían visto excepto como un orbe de negrura, desplazando las estrellas del zodiaco en su curso de horizonte a horizonte.

  Así lo habían visto sus ancestros durante milenios. Por algún capricho de las leyes cósmicas, imprevisto e inexplicable para los astrónomos y físicos, el congelamiento del sol había sido literalmente repentino, y la tierra no había sufrido la larga deshidratación hasta la completa disecación de planetas como Marte y Mercurio. Ríos, lagos, océanos, se habían solidificado en hielo; y el aire mismo se había congelado, todo en un lapso de años históricos más que geológicos. Millones de los habitantes de la tierra habían perecido, atrapados por el hielo glacial, y el frío centígrado. El resto, armados con todos los recursos de la ciencia, habían tenido tiempo de atrincherarse en contra de la noche cósmica dentro de un mundo de cavernas ramificadas, abiertas por excavadoras atómicas muy lejos de la superficie.

  Aquí, con la luz de orbes artificiales, y el calor extraído de las profundidades aún fundidas del planeta, la vida continuó casi en la misma medida como lo había hecho en el mundo exterior. Árboles, frutas, hierbas, granos, vegetales, crecieron en un suelo estimulado con isótopos o en jardines hidropónicos, proporcionando alimentos y una renovada atmósfera respirable. Se mantuvieron animales domésticos y las aves volaron; y los insectos se arrastraron o revolotearon. Los rayos considerados necesarios para la vida y la salud fueron proveídos por lámparas brillantes como el sol, encendidas a perpetuidad en toda la caverna.

  Muy poco se perdió de la vieja ciencia; pero, por otro lado, hubo muy poco avance. La existencia se había reducido en la conservación de un fuego amenazado por una noche inexorable. Generación tras generación una misteriosa esterilidad había reducido el número de la raza de millones a sólo unos cuantos miles. Y mientras el tiempo avanzaba, una esterilidad similar comenzó a afectar los animales; e incluso las plantas ya no florecían con la abundancia del principio. Ningún biólogo podía determinar la causa con certeza.

  Quizás el hombre, así como otras formas de vida terrestre, ya había rebasado su punto de esplendor, y ahora había comenzado a padecer colectivamente la inevitable senilidad que se cierne sobre el individuo. O quizás, habiendo sido habitante de la superficie durante la mayor parte de su evolución, era inadaptable a una vida prisionera y enjaulada, a la luz y el aire de las cavernas; y moría lentamente por la privación de cosas que él había casi olvidado.

  En verdad, el mundo que había florecido bajo un sol vivo, no era ahora más que una leyenda, una tradición preservada por el arte, la literatura y la historia. Sus ciudades babélicas, sus fecundas colinas y llanuras, estaban sepultadas por la nieve y el hielo impenetrable, solidificados por el aire. Ningún hombre viviente los había contemplado de cerca, excepto desde las torres confinadas en la noche que se mantenían como observatorios.

  Sin embargo, aún los sueños de los hombres eran a menudo iluminados por memorias ancestrales, en las cuales el sol brilla sobre aguas ondulantes y sobre árboles y hierbas que se mecen de un lado a otro. Y su despertar era muchas veces tocado por una nostalgia imperecedera por el mundo perdido.

  Alarmados por la posibilidad de extinción racial, los sabios más brillantes y capaces concibieron un proyecto que aparentemente no era menos desesperado que fantástico. El plan, si era ejecutado, podría tener como resultado el fracaso e incluso la destrucción del planeta. Pero ya habían sido tomados todos los pasos necesarios para su lanzamiento.

  Era sobre este plan que Rodis e Hilar hablaban, parados y abrazados, mientras esperaban el levantamiento del sol muerto.

  «¿Y tú debes ir?», dijo Rodis desviando la mirada y con un estremecimiento en la voz.

  «Por supuesto, es un deber y un honor. Soy considerado el más destacado de los jóvenes atomistas. Así que la colocación y el cronometraje de las bombas recaerá totalmente sobre mí.»

  «Pero, ¿estás seguro del éxito? Existen tantos riesgos, Hilar». La muchacha tembló, abrazando a su amante con una fuerza convulsiva.

  «No estamos seguro de nada», admitió Hilar. «Pero dando por sentado que nuestros cálculos son correctos, las múltiples cargas de material fisionable, incluyendo más de la mitad de los elementos solares, debe iniciar una reacción en cadena que devolverá al sol a su antigua incandescencia. Por supuesto, la explosión podría ser demasiado repentina y violenta, involucrando los planetas más cercanos en la formación de una Nova. Pero no creemos que esto pueda suceder; pues una explosión de tal magnitud requeriría una ruptura instantánea de todos los elementos del sol. Tal ruptura no podría ocurrir sin un catalizador para cada una de las estructuras atómicas por separado. Y la ciencia nunca ha sido capaz de descomponer todos los elementos conocidos. Si hubiese sido así, la tierra misma habría sufrido sin dudas la destrucción durante las antiguas guerras atómicas.»

  Hilar hizo una pausa, y sus ojos se dilataron, encendidos con un fuego visionario.

  «¡Que glorioso!», él continuó, «usar con el propósito de renovación cósmica los mortales proyectiles diseñados por nuestros ancestros únicamente para destruir y explotar objetivos. Guardados en cavernas selladas, ellos no han sido usados desde que el hombre abandonó la superficie terrestre hace miles de años. Tampoco las antiguas naves espaciales han sido usadas. El viaje interestelar nunca fue perfecto; y nuestros viajes estuvieron siempre limitados a los otros mundos de nuestro propio sistema, ninguno de los cuales estaba habitado, o era habitable. Desde el congelamiento y oscurecimiento del sol, no ha habido ningún motivo para visitarlos. Así que las naves también fueron almacenadas. Y las más nuevas y veloces, dotadas con magnetos anti-gravitacionales, ya están lista para nuestro viaje al sol.»

  Rodis escuchaba en silencio, con un asombro que parecía haber vencido sus inquietudes, mientras Hilar continuó hablando del tremendo proyecto en el cual él, junto a otros seis técnicos elegidos, estaba a punto de embarcarse. Mientras tanto el sol negro se levantó lentamente en los cielos, matizado por los destellos fríos e irónicos de innumerables estrellas, entre las cuales no brillaba ningún planeta. Surgió como una mancha desde el aguijón del Escorpión, posicionado a esas horas sobre las colinas orientales. Era más pequeño, si bien más cercano que el orbe ígneo de la historia y la leyenda. En su centro, cual ojo ciclópeo, ardía un único punto de un penumbroso fuego rojo, que se creía marcaba la erupción de algún volcán en medio del inmenso paisaje de negrura cenicienta.

  Para alguien parado en el valle cubierto de hielo bajo el observatorio, le habría parecido que la pequeña ventana de la torre era un ojo amarillo que observaba desde la tierra muerta a ese ojo carmesí del sol muerto.

  «Pronto», dijo Hilar, «tú subirás hasta esta cámara, para ver la mañana que nadie ha visto desde hace siglos. El espeso hielo se derretirá desde esos picos y valles, y avanzará en una corriente hasta los océanos y lagos derretidos nuevamente. El aire licuado se alzará en nubes y vapores, teñidos por el esplendoroso tinte del espectro de la luz. Nuevamente, sobre la tierra, soplarán los vientos desde los cuatro cuartos; y las hierbas y las flores crecerán, y los árboles emergerán desde pequeños vástagos. Y el hombre, el habitante de las estrechas cavernas y abismos, retornará  a la herencia que le pertenece.

  «¡Cuán hermoso suena todo esto!», murmuró Rodis. «Pero… ¿regresarás a mí?»

  «Regresaré junto a ti… con la luz del sol», dijo Hilar. La nave espacial Phosphor yacía en una enorme caverna bajo esa región que una vez fue conocida como las Montañas de Atlas. El techo de una milla de espesor de la caverna había sido parcialmente destruido por desintegración atómica. Un gran pozo circular se inclinaba hacia arriba hasta la superficie, formando una apertura en la montaña a través de la cual las estrellas del zodiaco eran visibles. La proa de la Phosphor apuntaba hacia las estrellas.

  Ya todo estaba listo para su lanzamiento. Una veintena de dignatarios y sabios, que lucían como monstruos extraños y torpes dentro de sus trajes y cascos usados para protegerse del frío espacial que había invadido la caverna, estaban presentes para la ocasión. Hilar y sus seis compañeros ya habían abordado la Phosphor y habían cerrado sus compuertas de aire.

  Inescrutables y silenciosos detrás de sus cascos metaloides, los observadores esperaban. No hubo ceremonia, ni discurso o saludos de despedidas; nada que indicara que el destino del mundo dependía de la misión de la nave.

  Como bocas de dragones que eructan fuego los cohetes de la popa destellaron, y la Phosphor, como un ave sin alas, se remontó hacia arriba a través del gran pozo y se desvaneció. Hilar, observando desde la parte trasera del puerto, vio por un instante la ventana alumbrada por la luz de la lámpara en la torre donde él había estado parado recientemente con Rodis. La ventana era una chispa dorada que giraba hacia abajo en los devoradores abismos de la noche, hasta que se extinguió. Él sabía que detrás de ella su amada permanecía viendo la partida de la Phosphor. Era un símbolo, él murmuró… Un símbolo de la vida, la memoria… de los soles mismos… de todas las cosas que destellaban brevemente y luego caían en el olvido.

  Pero él sentía que semejantes pensamientos deberían ser desechados. Ellos eran indignos de alguien a quien sus semejantes lo habían señalado como un portador de luz, un Prometeo que debía encender nuevamente el sol muerto e iluminar otra vez la tierra. No existían los días, sólo las horas de la eterna luz estelar, para medir el tiempo en el cual ellos avanzaban a través del vacío. Los cohetes usados para la propulsión inicial, ya no ardían en la popa; y la nave flotaba en oscuridad, excepto por los flameantes ojos de Argos de sus ventanas; atraída por el poderoso campo gravitacional del sol enceguecido. Los viajes de prueba habían sido considerados innecesarios para la Phosphor. Toda su maquinaria estaba en perfecta condición; y los mecanismos involucrados eran simples y fáciles de dominar. Ninguno de los tripulantes había estado anteriormente en el espacio extraterrestre; pero todos estaban bien entrenados en astronomía, matemáticas y las demás técnicas necesarias para un viaje entre los mundos. Habían dos navegadores; un técnico de cohetes; y dos ingenieros que se encargarían de operar los poderosos generadores cargados con un magnetismo negativo, opuesto al de la gravedad, con el cual ellos tenían la esperanza de alcanzar, explorar y eventualmente abandonar a salvo un orbe enormemente más pesado que los nueve planeta del sistema fundidos en uno solo. Hilar y su asistente, Han Joas, completaban el personal. Su única tarea era cronometrar, colocar y distribuir las bombas.

  Todos eran descendiente de una raza mezclada, fruto de ancestros latinos, semíticos, camíticos, y negros: una raza que había habitado, antes del congelamiento del sol, en países al sur del mediterráneo, donde los antiguos desiertos habían sido hecho fértiles gracias a un vasto sistema de irrigación de lagos y canales.

  Esta mezcla, luego de muchos siglos de vida cavernosa, había producido una tipología característicamente delgada y bien formada, de una estatura pequeña o mediana y una pálida complexión olivácea. Sus facciones eran a menudo las de un fino negroide, y su su físico estaba marcado de manera general por una delicada decadencia.

  Estas personas habían conservado, hasta un punto sorpresivo, en vista de las vastas edades interminables, muchas tradiciones pre-atómicas e incluso algo de las antiguas culturas clásicas mediterráneas. Su lenguaje manifestaba rasgos del Latín, el Griego, el Español y el Árabe.

  Remanentes de otros pueblos, esos del Asia y América sub-ecuatorial, habían sobrevivido la glaciación universal descendiendo al sub-suelo. La comunicación radial había sido mantenida con estas personas hasta tiempos muy recientes, y luego habían cesado. Se creía que ellos se habían extinguido o habían degenerado al salvajismo, perdiendo la civilización que alguna vez habían poseído.

  Horas tras horas, interrumpidas sólo por el sueño y la alimentación, la Phosphor avanzaba a través del vasto y monótono vacío. A Hilar le parecía que por momentos ellos volaban a través de cavernas más grandes y oscuras cuyas distantes paredes estaban tachonadas por las estrellas como si fueran lámparas radiantes. Él había pensado sentir el abrumador vértigo del espacio sin fondo e ilimitado. En vez de eso, sentía la extraña sensación de limitación por la atmósfera nocturna y el vacío, junto a una sensación de repetición cíclica, como si todo lo que estaba sucediendo había pasado muchas veces en el pasado y debía recurrir a menudo a través de las interminables kalpas del futuro.

  ¿Él y sus compañeros habían marchado en antiguos ciclos para re-alumbrar antiguos soles muertos? ¿Marcharían ellos nuevamente para encender soles que arderán y morirán en algún universo posterior? ¿Había existido siempre, y siempre existirá, una Rodis esperando su retorno? Estos pensamientos él sólo los confiaba a Han Joas, que compartía algo de su misticismo innato y su tendencia hacia las especulaciones cósmicas. Pero mayormente los dos hablaban sobre el misterio del átomo y su poder tifónico, y discutían el problema al cual ellos muy pronto se enfrentarían.

  La nave transportaba varios cientos de bombas expansivas, muchas de una potencia aún sin probarse: la inusual herencia de antiguas guerras que habían dejado sus cicatrices abismales y sus letales áreas radioactivas, algunas de miles de millas o más de extensión, para que sean cubiertas por la glaciación planetaria. Había bombas de hierro, calcio, sodio, helio, hidrógeno, sulfuro, potasio, magnesio, cobre, cromo, estroncio, bario, zinc: elementos que antiguamente habían sido revelados por el espectro solar. Incluso en el pináculo de la locura, las naciones en guerra sabiamente habían refrenado por propia voluntad el uso de no más que unas cuantas bombas al mismo tiempo. Las reacciones en cadenas habían sido iniciadas algunas veces; pero, afortunadamente, se habían desvanecido. Hilar y Han Joas esperaban hacer una distribución de las bombas a intervalos estratégicos sobre toda la circunferencia del sol; preferiblemente en grandes depósitos de los mismos elementos de los cuales las bombas estaban compuestas. La nave estaba equipada con aparatos de radales gracias a los cuales todos los elementos podían ser localizados e identificados. Las bombas serían cronometradas para que exploten con la mayor sincronía posible. Si todo marchaba bien, la Phosphor habría llevado a cabo su misión y viajado la mayor parte del trayecto de regreso a la tierra mucho antes de que ocurra la explosión.

  Se había especulado que el interior del sol estaba compuesto por un magma aún derretido, cubierto por una corteza relativamente delgada: un fluido burbujeante de materia que se manifestaba a través de actividades volcánicas. Sólo uno de los volcanes era visible desde la tierra por el ojo desnudo; pero muchos otros habían sido revelados por las observaciones con telescopio. Ahora, mientras la Phosphor se acercaba a su destino, los demás brillaban sobre el enorme orbe de lenta rotación que había oscurecido un cuarto de la elíptica y había ocultado totalmente de la vista a Libra, Escorpión y Sagitario.

  Por largo tiempo había parecido colgar sobre los navegantes. Ahora, repentinamente, como si fuera a través de una prodigiosa prestidigitación, el sol yacía debajo de ellos: un monstruoso y siempre creciente disco de ébano, punteado de fieros cráteres, manchado y cubierto con una red de radioactividad pálida y desconocida. Era como el escudo de algún gigante macrocósmico de la noche, que se había atrincherado en el abismo que se extiende entre los mundos. La Phosphor se zambulló dentro de él como una astilla de acero atraída por alguna poderosa piedra de imán.

  Cada miembro de la tripulación había sido entrenado de antemano para ejecutar el papel que le correspondía; y cada detalle había sido calculado con la máxima precisión. Sybal y Samac, los ingenieros de los magnetos anti-gravitacionales, comenzaron a manipular los interruptores que generarían la resistencia a la atracción del sol. Los generadores, cuya masa era de la altura de tres hombres, con un alambrado de inducción que lo hacia parecerse a algún Laoconte colosal, podían extraer del espacio cósmico una fuerza negativa capaz de contrarrestar varias veces la fuerza gravitacional de la tierra. En edades antiguas había desafiado fácilmente la atracción de Júpiter. Y la nave se había acercado lo suficiente al sol como sus sistemas de refrigeración y aislamiento se lo permitieron. Por consiguiente, parecía razonable esperar que los viajeros pudieran lograr su propósito de acercarse a globo ennegrecido, circunnavegarlo, y abandonarlo una vez las cargas expansivas fueran colocadas.

 Una sorda vibración sub-sónica, sentida más que escuchada, comenzó a emanar de los magnetos. Estremeció a la nave y provocó dolor en los tejidos de los viajeros. Atentos, con una ansiedad no traicionada por sus facciones impasibles, ellos observaron el aumento lento y gradual del poder mostrado por los indicadores del dial en los cuales agujas gigantes se arrastraban como manos horológicas, registrando paso a paso la reversibilidad de la gravedad, hasta que una atracción equivalente a la de quince planetas tierra fuera neutralizada. El agarre de la gravitación solar, atrayéndolos con la velocidad de un proyectil, aplastándolos en sus asientos por el incesante aumento de peso, disminuyó. Las agujas se movían más lentas ahora… a dieciséis… a diecisiete… y se detuvo. La caída de la Phosphor había sido retardada pero no detenida. Y los switches se ubicaron en su última ranura.

  Sybal habló respondiendo las preguntas no proferidas de sus compañeros: «Algo anda mal. Quizás se haya desarrollado algún deterioro imperceptible en el alambrado, en cuya composición fueron usadas extrañas y complejas aleaciones. Algunos de los elementos pueden haber sido inestables, o han desarrollado inestabilidad a través de las edades. O quizás exista alguna fuerza interfiriendo, producto de la decadencia del sol. En cualquier caso, es imposible aumentar más el poder hasta una anti-gravedad de nivel veintisiete necesaria cerca de la superficie del sol.»

  Samac agregó: «Los reactores de desaceleración incrementarán nuestra resistencia hasta un nivel de anti-gravedad de diecinueve. Y aún está muy lejos de ser suficiente, incluso a nuestra distancia presente.»

  «¿Cuánto tiempo tenemos?», inquirió Hilar, volviéndose hacia los navegadores, Calaf y Caramod.

  Los dos conferenciaron y calcularon.

  «Con el uso de los reactores de desaceleración transcurrirán dos horas antes de que alcancemos el sol», anunció finalmente Calaf.

  Como si su información hubiese sido una orden, Eibano, el ingeniero de reacción, diestramente manipuló las palancas que encendieron en su máximo poder los cohetes reversibles ubicados en los lados y la nariz de la Phosphor. Se notó un ligero aumento de la desaceleración de su descenso, un ligero aligeramiento del insufrible peso que los oprimía. Pero la Phosphor aún caía irreversiblemente hacia el sol.

  Hilar y Joas intercambiaron una mirada de compresión y acuerdo. Ellos se levantaron entumecidos de sus asientos, y avanzaron pesadamente hacia el almacén, que ocupaba toda la mitad del interior de la nave, y en el cual las cientos de bombas expansivas fueron colgadas. Era innecesario anunciar su propósito; y nadie se pronunció a favor o en contra.

  Hilar abrió la puerta del almacén; y él y Han Joas se detuvieron en el umbral, y mirando atrás, vieron por última vez los rostros de sus compañeros de viaje, sin expresar ninguna emoción excepto la resignación, petrificados por así decirlo, en el borde de la destrucción. Entonces, penetraron en el almacén, cerrando las puertas tras ellos.

  Ellos se pusieron metódicamente manos a la obra, moviéndose espalda contra espalda a través de un estrecho pasillo entre los ganchos de los cuales colgaban en estricto orden las inmensas bombas ovoides, en acuerdo a sus respectivos elementos. Gracias a la sincronización de varios indicadores e interruptores era cuestión de minutos preparar una sola bomba para que haga explosión. Mientras tanto, Hilar y Joas, con el tiempo que disponían, no podían hacer más que poner en marcha el cronometraje y detonar el mecanismo de una bomba de cada elemento. Un gran reloj, haciendo tic-tac en la pared más lejana del almacén, les permitía cumplir con su tarea con precisión. De esa manera, las bombas fueron programadas para que exploten simultáneamente, detonando las restantes a través de la reacción en cadena, en el momento en que la Phosphor toque la superficie del sol.

  La atracción solar, fortalecida mientras la Phosphor caía hacia su condena, les hacía sus movimientos lentos y dificultosos. Podría, ellos temían, inmovilizarlos antes de que terminaran de preparar la segunda serie de bombas para la detonación. Laboriosamente, bajo la carga de un peso ya triplicado, ellos se abrieron paso hasta los asientos colocados frente a un espejo en el cual se reflejaba la imagen del cosmos exterior.

  La imagen que ellos observaban era asombrosa y estupenda. El globo del sol se había ensanchado grandemente, llenando los cielos inferiores. Medio oculto, un penumbroso paisaje sin horizonte, convenientemente iluminado por los destellos carmesí de las llamas que ardían en lejanos volcanes y por las zonas azuladas de extraños minerales radioactivos, se hundía bajo ellos revelando abismalmente montañas que harían parecer el Himalaya como una colina, y descubriendo abismos que se tragarían planetas y asteroides enteros.

  En el centro de este paisaje ciclópeo ardía el gran volcán que había sido llamado Hefestos por los astrónomos. Era el mismo volcán que Hilar y Rodis contemplaron desde la ventana del observatorio. Lenguas de fuego de cientos de millas de largo se alzaban y lamian los cielos desde un cráter que parecía la boca de algún infierno ultra-mundano.

  Hilar y Joas ya no escuchaban el portentoso tic-tac del reloj, y no tenían ojos para mirar sus ominosas manecillas. Tal vigilancia era ahora innecesaria: ya no había nada que hacer, y nada ante ellos excepto la eternidad. Ellos medían su descenso por el ensanchamiento de la sombría llanura solar, la elevación de ciertas montañas, y la profundización de nuevos abismos y golfos en un globo que ya había perdido cualquier semejanza con una esfera.

  Ya era bastante claro que la Phosphor iba a caer directamente dentro del ardiente y bostezante cráter del Hefestos. La nave descendía cada vez más rápido, y las cadenas de la gravedad  se hicieron tan pesadas que ningún gigante las hubiese podido levantar.

  Por último, el espejo en el cual Hilar y Joas estaban observando, se llenó totalmente por las lenguas de fuego del volcán que envolvieron la Phosphor. Entonces, sin ojos que lo vieran u oídos que lo escucharan, ellos fueron parte de la pira desde la cual el sol, cual Fénix, renació.

  Rodis, ascendiendo a la torre, luego de un periodo de sueño reparador y sueños perturbadores, vio desde su ventana el ascenso del sol re-iluminado. Quedó asombrada, si bien su gloria estaba medio empañada por la neblina color arcoíris que emanaba desde el tope de las montañas de hielo. Era una visión llena de maravilla y portento. Delgados riachuelos de agua en marcha descendente ya habían comenzado a agitar la armadura glacial sobre pendientes y escarpaduras; para luego devenir en cataratas, exhumando la tierra y las piedras sepultadas. Vapores, que parecían fluir y fluctuar como vientos renacidos, se remontaban hacia el sol desde lagos de aire congelado en el fondo del valle. Era una resurrección visible de la vida elemental y la actividad por tanto tiempo suspendida en la noche hibernal. Incluso a través de las paredes aislantes de la torre, Rodis sentía el calor solar que más tarde despertaría las semillas y esporas de las plantas que habían permanecido dormidas por siglos.

  Su corazón se estremeció maravillado por el espectáculo. Pero bajo la maravilla se escondía una gran tristeza y entumecimiento como un hielo inderretible. Hilar, ella lo sabía, nunca retornaría a ella excepto como un rayo de luz, como chispa del calor vital que él había ayudado a encender nuevamente. Pues en verdad, fue más irónico que reconfortante el recuerdo de su promesa: «Regresaré junto a ti… con la luz del sol.»

Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: Esta historia fue publicada por primera vez en la antología titulada: «Time to Come» [Farrar, Straus & Young, 1954], editada por August Derleth. Se reeditó nuevamente en 1965 [Tower Publications]. También en las siguientes colecciones:
  1. 1.      Beyond Belief, Scholastic Books Services, 1966 [antología].
  2. 2.     Other Dimensions, Arkham House, 1970.
  3. 3.     Other Dimensions V2, Panther 1977.
  4. 4.     Star Changes: The Science Fiction of Clark Ashton Smith, 2005.

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