TETRAMENTIS / ZHOR: Los Sueños del Vidente Nigromante – Capitulo VII – Por Markus E. Goth

Capitulo VII : La Sagrada Daga Dorada

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Siento una fina línea de luz que se acerca en medio de toda esta oscuridad, la sangre está brotando de los cuellos cortados de mis súbditos… Salpicados en sus suelos son absorbidos por una tierra de rústica textura; tan rústica, pálida e insensible como los hombres que muy pronto se dejaran caer de rodillas, llevándose consigo el orgullo y la gloria de un imperio que en algún momento dejará de existir. No hubo palabras… Sólo sonidos secos; mezclados con las espadas que se encontraban aún en su cinto.  Tan rápido fue su  movimiento… tan hermoso, que mis súbditos no tuvieron la mínima oportunidad de emitir un grito de agonía.  Sabía que este momento podría llegar…  Sabía que un metal de extraña empuñadura podría ser el verdugo… de mis ambiciones. Cuan cercana es la distancia que tiene la punta de ese metal ahora; todavía no siento su frialdad, pero está muy cerca de mí… a unos milímetros de mi frente… de mi signo. No puedo distinguir su rostro en estos momentos; sólo veo su movimiento en el aire; algo tan automático, como el impacto de miles de flechas en un campo de batalla. Mi enemigo sabe que puede ganar y que sólo un movimiento tan rápido como el suyo evitaría el impacto… El final del momento anhelado…

   —Norgos, hemos sabido de tu victoria en la ciudad de Eshmelt-Ká, esos chacales han tratado de mancillar la honra de nuestro gran Imperio bajo la dirección del llamado Monje Carmesí —se escuchó una voz que hablaba en aquel gran salón—. Tu victoria nos deja todavía en una posición  ventajosa, las  fronteras del norte no pueden ser tomadas por nuestros enemigos, eso sería bastante catastrófico; el Imperio debe mantener su hegemonía por el bien de la Orden y de sus ciudadanos, tu ayuda nos ha sido de gran importancia, ¿cuál es la razón de haber convocado al supremo consejo? —concluyó el Gran Orador de los 22 sacerdotes que en aquel momento representaban al supremo gran consejo de la orden monástica de Ordos.

  —Saben porque he venido aquí —exclamó molesto Norgos. Cinco de mis grandes sacerdotes han sido asesinados, borrándoles sus signos, y solamente quedan dos personas de los siete grandes que pueden lograr tal hazaña: nuestro venerable gran maestro Ilixian y el maestro Simus.

  — ¡SACRÍLEGO! Como osas insinuar tal blasfemia en este santo lugar acerca de tu venerable —fulminó  un sacerdote que se encontraba en aquel gran salón.

  —Desde tu llegada  de aquella fatídica expedición hace nueve años tu poder, arrogancia y ambición fue en aumento, todavía no estamos convencidos de los acontecimientos explicados por ti de la desaparición de todos los que te acompañaron en aquella sagrada misión; no obstante, hiciste que la orden tuviera una crisis llevándote contigo una serie de maestros que te creen un elegido —continuó el Gran Orador; y luego de hacer una pausa, prosiguió—. Si estás aquí en estos momentos, es por el servicio que le ofreces a nuestro Gran Emperador Corvinus III, El Sabio. Pero recuerda que la suerte no es duradera y que en vez de seguir al corriente con nuestras enseñanzas, haz abrazado ideales profanos y haz querido desvirtuar la religión profesada por todos nosotros, asumiendo que nuestra existencia está condicionada a divinidades de las cuales no existen registros en nuestra historia. Todos los intentos que después hicimos por encontrar lugares  sagrados fueron un fracaso, siendo tú el único sobreviviente de una expedición de la cual nadie quiere hablar, pues representa una vergüenza palpable, siendo tú  una prueba tangible; admitimos que tu transformación física es algo inexplicable y que los símbolos que están grabados en tu cuerpo son desconocidos incluso por los sabios más antiguos de nuestra orden, pero de eso a decir que nuestra religión y en lo que se basa nuestro poder es el camino equivocado es una actitud que en un maestro de nuestra orden  no puede ser tolerada. Por ello no puedes, ni debes pertenecer a este gran supremo consejo, que es el honor más grande que puede ostentar un maestro de tu nivel; por ese motivo, aunque cuentes con el apoyo del emperador en estos momentos difíciles, nos resulta imposible aceptarte como un hermano más, pues sentimos que estamos en frente de un extraño, que aunque se distingue por el signo único del iniciado, ya no tiene la esencia de aquel que alguna vez valoramos como un hermano —así habló el Gran Orador, Themersis, en el salón del Gran Consejo.

  —Supremo Gran Consejo, nuestro enemigo se encuentra fuera, en las lejanas tierras del sur, esperando cualquier duda para contrariarnos a todos y llevarnos a la caída, a pesar de que ya no puedo pertenecer al sagrado Gran Consejo, no se me está vetado entrar a las puertas de nuestro gran templo. Entiendan que la situación es delicada, y debe ser tratada como tal. Al parecer, una de las siete dagas doradas fue usada en cada asesinato y no dudo que pueda ser usada  en algunos de nosotros  si aquel que la ostenta es un enemigo del Imperio — expresó preocupado Norgos.

  —En qué te basas para sustentar tal teoría —inquirió el Gran Orador, Themersis.

  —Los signos de los maestros pertenecientes a mi casa fueron borrados, los cortes fueron directos llegando a la parte más profunda del cerebro; el corte psíquico de unas manos experimentadas no fue usada, recordándoles que sólo dos personas pueden ostentar tal poder de borrar nuestro signo sin la necesidad de una de las sagradas dagas doradas, y estos son, nuestro gran venerable maestro Ilixian y el gran maestro Simus.  Pero el corte específico de la daga si fue usado, con una sola variedad; sus movimientos fueron milimétricamente más inclinados, quedando grabado en su interior el símbolo Ilixian —respondió Norgos con autoridad.

  El gran salón estaba conmocionado por las palabras de Norgos, allí reinaba una gran confusión; los maestros se miraban unos a otros con gestos de total preocupación, no daban crédito a las palabras emitidas por Norgos en aquel momento. El simple hecho de que una de las siete dagas sagradas, consagradas a los siete grandes magos más poderosos fuera usada con tales fines, ponía en una situación de confusión y alerta a cada uno de los maestros de la orden; pues su poder sólo era usado para eliminar a todo mago que se desvirtuaba  de su camino.

  —La crisis originada por este acontecimiento ya ha pasado a un plano social, pues los ciudadanos que apoyan mis ideales han tenido cruentos enfrentamientos con los ortodoxos religiosos, sin contar la desaparición hace dos días de un maestro de esta benemérita  Orden. Espero miren estos fatales designios, pues no vengo como parte del problema sino de la solución. Ya el Gran Emperador Corvinus III, El Sabio, prepara una audiencia esta noche, concertando a todas las partes afectadas; sería una locura que en estos momentos de guerra, tengamos un conflicto social en Ordos, razón suficiente para la victoria del Monje Carmesí —concluyó Norgos enfáticamente.

  …Quien diría que tan solo un microsegundo sería la diferencia entre la vida y la muerte… Quien diría que una sombra cuyas manos se extiende como una harpía en esta noche tan brumosa me arrancaría la gloria y el poder. Sólo puedo ver un reflejo frisado entre él y yo, preguntándome ¿porque sucedió tal descuido? ¿Qué me llevo a bajar la guardia y no extirpar un problema que por demás tenía una solución rápida pero sangrienta? Todavía no tengo el poder suficiente para pelear en tantos frentes: el Monje Carmesí, la antigua Orden Monástica de magos de Ordo y hasta el Gran Emperador Corvinus-III, El Sabio. Sé que uno de todos estos adversarios  es el causante de la situación en la que me encuentro en estos momentos; la amplia vestimenta de mi adversario se mueve lentamente, dejando que el aire entre en todo el interior de su cuerpo. Es la muerte empuñando el único objeto que puede quitarme fácilmente la vida… Que puede trasladarme al sueño eterno…

  La noche brillaba más resplandeciente en Jesitd, las dos estrellas que giraban en su alrededor emitían una luz tenue… Una luz perdida por una bruma blanca que se esparcía por toda la ciudad. La neblina se había convertido en el compañero inseparable de las noches de sus ciudadanos; fusionándose con toda vida de la ciudad e imprimiendo en sus calles un aura de misterio. Un aura vigilada por soldados y fieras amaestradas que patrullaban todos sus recintos. A pesar de su gran libertad, la ciudad mantenía un orden militar que les recordaba a sus ciudadanos que siempre estaban en  guerra y que un mínimo descuido sería fatal para todo el Imperio. La ciudad de Ordos estaba bien fortificada, siendo sus construcciones verdaderas piezas de arte e ingeniería, por las cuales su Gran Emperador Corvinus III, El Sabio, había puesto un empeño estratégico y mágico, amparado por la antigua Orden Monástica de magos , que era el máximo regulador religioso de todo el vasto imperio. Peligrando esta antigua Orden por la nueva doctrina del Ymir Azul que profesaba Norgos, a quien llamaban el elegido por las grandes hazañas y victorias que había logrado desde su llegada al gran imperio. Un castillo ancestral de La Casa Imperial de Los Corvinus fue el lugar donde se efectuó la reunión para resolver el conflicto de las partes afectadas. Las luces de su gran salón se distinguían muy a lo lejos en la ciudad,  el acontecimiento fue seguido por todos los creyentes de la ciudad tanto los que estaban a favor de una nueva luz religiosa, como aquellos que seguían la ortodoxia religiosa de los antiguos magos.  La prudencia debía reinar toda la noche, estando el  gran salón del castillo  ocupado por una gran variedad de sacerdotes de las diferentes facciones. El tema era muy delicado, tomando solamente la palabra dos representantes  de las diferentes órdenes. Corvinus III, se encontraba en una posición neutral, pues aunque profesaba la Religión Mágica Ordosiana, no podía menospreciar el fruto de las grandes victorias que había conseguido Norgos, y el respeto que se había ganado entre casi todos sus generales. Las palabras pronunciadas por los dos representantes de los diferentes bandos se comenzaron a caldear. La religión del Ymir Azul  acusaba a su contrario de orquestar un plan para la desintegración de la nueva doctrina vigente por su gran maestro Norgos; la Orden contraria profesaba un discurso que mantenía una posición del no arraigo a las costumbres religiosas, llegando al punto de sugerir la disolución completa y el exilio de todos sus miembros.

  —El principio por el cual estamos aquí presentes se ha convertido en un caos, ruego su real eminencia que perdone cualquier exabrupto de mi consejero, las pasiones se han mezclado removiendo heridas y encontrando nuevos puntos quebradizos que sería más beneficioso canalizar en nuestros enemigos —dijo Norgos tomando la palabra en medio de todo el público presente—. A pesar que nuestro gran venerable maestro Ilizxian no se encuentra presente entre nosotros, puedo afirmar que sus intenciones son las mejores para las partes  en este dilema que enfrenta un enemigo interno muy poderoso; como he expresado anteriormente debemos erradicar ese problema lo más rápido posible, pues intuyo que las sucias manos del llamado Monje Carmesí se encuentran metidas en estos desafortunados acontecimientos —concluyó Norgos.

  —Creo que lo que dices es lo más prudente —le respondió el emperador alzándose al mismo tiempo de su trono con actitud determinada—. Debemos eliminar este problema sin que los ciudadanos tengan una participación activa que nos pueda llevar a una guerra entre partes; hoy se hará un pacto de no agresión entre la antigua orden de magos a quien le debemos nuestro respeto y a la nueva doctrina emergente. Les advierto que no seré tolerante con ninguna de las partes que rompa el tratado e insulte mi nombre en esta noche. Yo, el gran emperador Corvinus III, El sabio, dueño del Gran Imperio de Ordos,  he hablado.

  Y así habló el gran emperador de todo el vasto imperio de Ordos, dejando grabado el sello imperial en unas tablillas preparadas para la ocasión; para luego despedirse con una gran escolta de sus súbditos.

  Luego que los sacerdotes fueron desocupando el gran salón, Norgos se disponía a marchar a su abadía, con un sequito de súbditos y varios representantes del emperador para coordinar lo que sería la próxima campaña y las ciudades a  rescatar ocupadas por los soldados del Monje Carmesí. Norgos se dirigió por un amplio y extenso pasillo que conducía a una de las tantas salidas secretas pertenecientes a  aquel gran castillo antiguo. Cada lugar estaba fuertemente custodiado por la élite de los soldados del emperador. De repente, lejos de donde se encontraba Norgos y su sequito, una negrura fue oscureciendo el lugar y sólo una línea dorada, muy delgada, se pudo divisar en el interior de esa enorme sombra; siendo advertidos por los allí presentes unos movimientos de gran rapidez, dejando desangrar en el acto, los cuellos de los soldados y algunos súbditos que se encontraban cerca del mago. La negrura lo cubrió, no pudiendo los demás sobrevivientes hacer nada por ayudarle.

…Sí, un sueño eterno, oscuro  y  vacío… que no estoy dispuesto a  afrontar todavía. Pues mi hora no ha llegado y tengo un destino por cumplir.

  Norgos con un movimiento tan rápido como el de su adversario pudo tomar con su mano izquierda la daga dorada que estaba unos milímetros de su signo, la vibración fue tan fuerte que el espacio tiempo donde se encontraba se movió como si fuera una forma líquida. El brazo izquierdo que una vez no existió, y que tomó forma después que se convirtiera en un Ser más  evolucionado,  emitió una luz que lleno toda aquella oscuridad desintegrando toda la magia que lo había envuelto en ese espacio temporal. La vuelta al plano físico hizo que una energía cinética los impulsara a varios metros de distancia, quedando la daga dorada en medio de la distancia que separaba a estos dos adversarios. Norgos pudo ver a su enemigo y distinguió un símbolo que brillaba en su frente; el movimiento fue rápido en ambos, desapareciendo para llegar a la empuñadura de la extraña daga dorada. El monje encapuchado logró tomar la daga, pero Norgos traspasó primero su cuerpo con el brazo azul transparente que la piedra le había creado en su renacer. El grito fue agónico, dejándose ver el rostro del adversario.

  — ¡Themersis!… El Gran Orador del Supremo Consejo, ¿Por qué? —exclamó Norgos sorprendido.

  —Estoy sorprendido… Cuf, Cuf… Me pudiste herir gravemente… sin usar una sagrada daga dorada… La misión está completada… Cuf, Cuf… El ciclo de lo que debe ser será… Y nadie podrá detener los acontecimientos que se aproximan… —. La boca del monje dejó vomitar una cantidad de sangre salpicando parte la ropa de Norgos para luego ver que el signo de la orden empezaba a borrarse dejando salir un vapor de su frente que  luego se fue convirtiendo en una mancha negruzca; dejando ver de Themersis sólo sus ojos,  que se cerraban para nunca jamás volver abrirse.

  Cerca de aquel lugar varios soldados del emperador llegaron a su rescate acercándose y observando los cadáveres que estaban no muy a lo lejos de Norgos. La sorpresa no se hizo esperar por los soldados, contando entre las víctimas al consejero del emperador y varios sacerdotes de la orden del Ymir Azul.

  —Es… es… es el consejero de su magnificencia, nuestro emperador Corvinus III, El sabio, esto traerá consecuencias catastróficas para aquellos que han mancillado la palabra de nuestro emperador. El pueblo tampoco perdonará ese acto sacrílego; nunca nadie había osado tocar a un consejero del emperador,  so pena de muerte —dijo asombrado uno de los soldados.

  La noticia corrió como pólvora por toda la ciudad trayendo consecuencias nada halagadoras para las partes. La antigua Orden de monjes se encontraba en una de las crisis más terribles que pudieron haberle pasado, y Norgos, supo aprovechar muy bien el momento, mostrándoles a los ciudadanos la daga sagrada que representaba al venerable Gran Maestro Ilixian. De lo que se trataba ahora era de elegir qué camino recorrer; y en el caso de los maestros muchos decidieron abrazar el Ymir Azul, que fue mostrado por primera vez por Norgos al gran emperador para la gran magnificencia que le esperaba al imperio.

  Las puertas del salón estaban abiertas, el templo de la antigua orden contemplaba diferentes lugares de gran extensión y uno de ellos era la biblioteca histórica y esotérica que se extendía en varios pisos de altura. Una verdadera joya histórica que tenía todo tipo de  libros, solamente comparada con la biblioteca de la casa de los Corvinus. Una figura estaba parada  observando una especie de miniatura del ciclo cósmico del universo de Jesitd; tenía en sus manos un libro, el cual no se podía distinguir su título en la portada, pues estaba muy gastado. Y aquel personaje empezó a rebuscar al azar una página del libro y recitó:

Porque Grandes señales se verán en el principio del fin…

… Apartando de sus garras malignas a todo hijo que esté despierto…

…Llevándolos muy lejos de la corrupción y el pecado…

…Pues el camino del iniciado… es un camino de espinas… y cada gota perpetua de su sangre…

Es el renacer de una nueva tierra que será cosechada por hombres de bien.

  —Inspirador no crees —dijo aquel personaje misterioso hojeando nuevamente otras páginas del libro—. Los poemas y pensamientos  de Esfinosteles tienen esa sutileza directa que nos hacen pensar en el recorrido de nuestro camino por los diferentes senderos del destino… las diferentes dimensiones —concluyó ausente aquel personaje.

  —Venerable gran maestro Ilixian, imaginé que le iba a encontrar en estos aposentos llenos del frescor de la sabiduría —dijo Norgos.

  —Entonces puedo decir sin equivocarme que la cordura aún se mantiene en ti —dijo Ilixian en un tono alegre.

  Las mano de Norgos dejaron  caer muy cerca de donde se encontraba Ilixian un objeto envuelto en un paño de tela oscura; procediendo aquel anciano a recoger el objeto y suavemente desenvolverlo

  —Allí está el objeto de tu caída, Gran Maestre, una doctrina nueva viene para suplantar viejas costumbres —dijo Norgos en un tono irónico.

   —Lástima que esta pieza no tenga el verdadero poder que fluye de su original —dijo Ilixian lanzándole la daga a Norgos directamente en su frente donde ostentaba el signo de la desaparecida Orden, siendo el movimiento de la mano izquierda del mago tan rápido como el objeto que estuvo a punto de matarlo.

   —Llevaste a tus propios hermanos a la muerte por la ambición del poder, calculándolo todo desde el principio, desde que llegaste de la tierra de los dioses —dijo Ilixian con una mirada seria.

  El anciano que se encontraba cerca de Norgos tenía una larga cabellera blanca y su hábito era de un color blanco hueso llevando un gran símbolo rojo en la parte delante de su osamenta, sus ojos tenían una mirada profunda, distinguiéndose dos colores el rojo en la derecha y el azul en la izquierda, su actitud era serena y calculada, dejando ver un signo que emana vibraciones de su frente; con una característica peculiar y que se distinguía con una tenue luz azul:  un punto de enfoque en toda aquella piel extremadamente blanca.

  —En efecto, nadie nunca supo que tu gran orador, Themersis, era uno de mis fieles maestros que había abrazado el Ymir Azul, entenderás que dentro de la orden y fuera de ésta, tenía que estar un paso adelante si quería concretizar mis objetivos —dijo Norgos.

  —Me doy cuenta que tu engaño y persistencia se han mantenido inquebrantable, porque sabes bien que el mago llamado Norgos ya no existe, pues todo aquel que es elegido por la piedra evoluciona en otro Ser, en un arquetipo que viene de otras dimensiones para reencarnar el cuerpo que le servirá de canal, no eres el único, ni Mizrha tampoco —dijo Ilixian remangándose su hábito y dejando ver su piel cuya blancura ostentaba unos símbolos parecidos a los de Norgos.

    —No puede ser, tú eres un igual —exclamó Norgos sorprendido.

   — ¿Crees que no sabía que tú y Mizrha, el llamado ahora Monje Carmesí, eran otros seres reencarnados como arquetipos más evolucionados? Yo les esperaba desde hace muchos siglos, yo sabía perfectamente que algunos de ustedes vendrían; llegarían a este plano para cumplir una misión que por derecho se le confiere a los discípulos de los  Ymir Azules  y a los seguidores del Ser impronunciable. Cada elegido en su plano físico debe luchar por obtener un equilibrio y dominar ese lugar que le fue asignado; cada Ymir es una secuencia en cadena de planos dimensiones que mientras más dominas más la arquitectura de los universo se va poniendo a tu favor. Mi misión termina con el último vestigio de lo que son ustedes en esta dimensión, pues yo pertenezco a una raza muy antigua que se ganó el favor de los dioses pero que profanó conocimientos que aún no entendía. Lo mismo que pasará a ti. Somos juguetes de las divinidades, por más poder que creamos tener sólo somos una partícula diminuta en la arquitectura que quieren los grandes creadores. Soy un Ser nacido como puro de las entrañas de los dioses mismo, uno que puede ver todos los futuros, si bien me está velado ver el día de mi muerte —dijo Ilixian.

  — ¿Y qué vez en mí, Ilixian? —preguntó Norgos.

  —Veo mucha sangre en tus manos, y veo que tú no serás el elegido; nunca deberás extenderte más allá de este planeta —dijo Ilixian.

  — ¡No anciano, en eso te equivocas! —dijo Norgos acercándose a Ilixian—. Vi mi futuro y se encuentra más allá de los volcanes de Emur, donde se guardan las cuarenta y dos palabras sagradas, y en el momento en que mate al Monje Carmesí, y tenga su piedra en mis manos, podré descifrar el conocimiento de todas las dimensiones… El conocimiento de los dioses. Y tú mi querido Gran Maestro, no estarás allí para ver toda mi gloria.

  Inmediatamente pronunció estas palabras, el brazo izquierdo, fabricado por la piedra del Ymir Azul, hizo un movimiento con una rapidez inigualable  penetrando su mano azul en el signo de Ilixian, dejándose caer en el suelo junto a  una cantidad de libros. La piel extremadamente blanca de aquel maestro moribundo comenzó a dejar ver claramente una serie de símbolos azules y rojos que se fusionaron con los colores de sus ojos. El símbolo en su frente desapareció… Y con él su vida.

  —Jajajajaja… no podía quitarme la vida aunque lo quisiera… fue la maldición impuesta por los dioses por mi osadía y la de mi pueblo… pero tenía una oportunidad…  esa oportunidad era alguien que debía ser aceptado por la piedra en este plano… por eso la insistencia de descubrir los santos lugares. Soy el último vestigio de mi civilización… pudriéndose miles de año luz en esta cárcel. Aquella civilización de luz… que viste en aquel paramo de los dioses… la civilización que nunca fue conocida. Ya hace mucho tiempo, con pequeños fragmentos de la piedra de los Ymir  cree las siete dagas doradas… con el fin de que en algún momento… alguno de los que debían venir  se convirtiera en   mi verdugo. Sabía que ese alguien especial podría cumplir inconscientemente con tal objetivo…  solo era cuestión de esperar… y tenía toda la eternidad para ello. Me haz liberado de esta cárcel, de esta maldición, soy libre… li… –aquella fueron las últimas palabras que pronunció el gran Ilixian.

  Norgos miró fijamente a quien fuera el gran venerable maestro de una antigua orden que ya estaba dejando de existir. Pensó en las palabras de aquel anciano y sin inmutarse salió de aquel templo que ahora ardía en llamas dejando sepultado aquel vestigio de una vieja generación… Para dar paso ahora a una nueva doctrina.

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Fin

Markus E. Goth.

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