INTROVISION / El Planeta Peregrino

A través de un extraño cosmos de un pétreo orden newtoniano, deambula un planeta cuyo destino es relativo incluso para él mismo. Un planeta einsteiniano, si bien la causa de su judaísmo errante  no fue un exceso de energía fruto de la multiplicación de una masa putrefacta con la velocidad de una luz olvidadiza. No, un cálculo deliberadamente malintencionado de una ecuación más oscura se encuentra detrás de su maldición.

  El Planeta Peregrino fue en su tiempo un antiguo súbdito de un sistema solar regido por una benevolente gigante roja, que pese a sus buenas intenciones ya estaba a punto de convertirse en una supernova; preparándose para enceguecer todo el universo a su alrededor con un brillo superior al que pueden acumular sus millones de compañeras sin importar el grado de su delirio de grandeza. Así que los habitantes del planeta iniciaron una odisea mental para ver en cuál de las islas afortunadas de su pensamiento podría encontrarse la solución. Desecharon la idea de un éxodo masivo en sus naves espaciales generacionales, motivados por el apego que sentían por su planeta. En verdad, no querían abandonarlo a la suerte de ser segado por una guadaña de hidrógeno y helio jubilosos al verse liberados por una reacción nuclear inescrupulosa. O aún peor, en caso de sobrevivir a la agonía de la supernova, ser aplastado por el peso de su segunda muerte como estrella de neutrones o ser engullido por la vengativa gravedad de su fase divina como hoyo negro… Algo tenía que hacerse, pues unos cuantos millones de años pasan rápido.

  Se decidió hacer del planeta una nave espacial. Una esfera en la cual se pueda recorrer el universo entero, utilizando para ello el movimiento de rotación de los planetas y de las estrellas a modo de plataforma de lanzamiento, luego de hacer el papel de satélite intruso. En verdad, desde las mismas planificaciones iniciales de esta idea, no se tomó en cuenta un destino determinado. El destino sería el que resulte del lanzamiento que reciba el planeta una vez gire lo suficiente alrededor de otro cuerpo estelar más grande como para obtener el impulso necesario. Ahora sólo faltaba resolver dos cosas: ¿cómo lograr la fuerza inicial para que el planeta se desprenda del agarre gravitacional de su estrella anfitriona; y cómo utilizar su centro magnético para darle cierto sentido de dirección cuando sea necesario.

  Las edades se sucedían mientras los pobladores del planeta trataban de encontrar un método adecuando de desprendimiento sin la utilización de una energía —como la nuclear por ejemplo, la cual se tomó en cuenta— que pueda hacer explotar el planeta mucho antes de que lo hiciera la supernova. También desecharon la idea de construir dos plataformas gigantescas ancladas en los polos y a una altura de unos 30 kilómetros en el espacio, sobre cuya estructura de varios cientos de kilómetros cuadrado, se colocarían cohetes nucleares con el propósito de impulsar el planeta. Incluso no faltó el visionario temerario que propusiera una idea como la de hacer todo eso en algún planeta vecino; sacándolo por la fuerza de su órbita a golpes de explosiones nucleares y dirigiéndolo hacia las vecindades de la órbita de su planeta con las plataformas de cohetes. El fin de un plan tan genial pero al mismo tiempo tan arriesgado, era que ese planeta con su aproximación e irrupción controlada dentro del campo gravitacional del suyo, lo empujara fuera de las fronteras de la estrella anfitriona.

  Luego se pensaría en las soluciones de los efectos que esa acción provocaría sobre la misma geología del planeta y sobre todo los seres vivos que lo poblaban. Al fin y al cabo, decía el científico, de todas maneras tendremos que desarrollar esos métodos cuando tengamos que usar frecuentemente la fuerza de gravedad de otros planetas y estrellas, en ese caso, nosotros como cuerpo celeste que tendrá que acostumbrarse al papel del que entra a la propiedad privada como perro por su casa.

El planeta mismo, mientras tanto, asimilaba la intensa energía de estos pensamientos puestos en marcha durante miles de años ininterrumpidos. El planeta se sobrecargó de esas ilusiones; de esa pasión; de ese amor profesado por sus hijos naturales… De su divina locura. Y de esta energía psíquica se sobrecargó el planeta desde su mismo núcleo, provocándole un trastorno en sus movimientos de rotación y traslación que lo hicieron desviarse de su órbita y alejarse se la zona de su sistema planetario, y con ello, de la atracción gravitacional de su sol. Sus habitantes no podían entender qué había pasado que el planeta ya empezaba su eterno vagar por el universo sin la mediación de ninguno de sus métodos. Pero lamentablemente, la despedida de los cuerpos celestes fue mutua. Pues al mismo tiempo que el planeta inició su partida la supernova explotó. Ya se encontraba a muchos millones de kilómetros cuando esto sucedió, a una distancia suficientemente lejos como para no ser afectado por la explosión; pero suficientemente cerca para que afectara todas las formas de vida biológica de su interior, incluyendo a sus habitantes humanoides. Estos se extinguieron sin saber que la energía que finalmente salvó al planeta fue la de su voluntad y genio imaginativo.

  El planeta por su parte, al verse privado de aquellos seres que le otorgaron una dimensión imaginaria, se hundió en una especie de amnesia que no le permitía recordar un punto fijo al que pudiera llamar destino. Este no estaba en los planes de sus habitantes inteligentes. Y de esa manera inició su destino de planeta errante con la falsa ilusión de que su vagar era en verdad una peregrinación… ¿pero hacia dónde? Hacia donde lo llevaran los vientos cósmicos. Era un planeta maldito. Las estrellas y demás cuerpos celestes permitían que este vagabundo irrumpiera en su campo gravitacional y efectuara una cuantas vueltas a su alrededor con el fin de que se marchara lo más rápido posible. Claro, se daban casos en que el tiempo que se tomaba completar la órbita alrededor de ciertas estrellas era de cientos de años. Pero esto no le importaba al planeta errante, pues tenía la convicción de que su peregrinar tenía un objetivo. ¿Y cuál era éste?… Cual otro sino las ilusiones de aquellos que lo habitaron; que flotan como visiones fantasmas en formas de gases en el espacio que antes ocupaba su atmósfera. ¿Gases de efecto invernadero? No, gases de efecto visionarios, a pesar de que esas visiones no existan en el universo físico en el cual las persigue El Planeta Peregrino.

  ¡Uffff!… Qué le podríamos agregar a eso. Nada, excepto que si el planeta peregrino alguna vez se cansa de su peregrinaje… Zothique The Last Continent, podría ser el destino final perfecto. O quizás aprovechemos su naturaleza errante para salvarnos nosotros de nuestra propia condena abordándolo, eso sí, con todo y nuestro amado continente. Pues sin él… no hay ninguna ilusión o visión digna de ser perseguida. Mientras tanto, veamos que les tenemos en la edición de esta semana de este Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser.

  Peregrinamos directamente a nuestra sección Tetramentis, en la página del jueves. He aquí que la peregrinación del universo fantástico de las «Crónicas de Zhor» está a punto de concluir su primera temporada con una explosión digna de una supernova. Y el título del último capítulo es más que adecuado para reflejar esta afirmación: «La Larga Noche del Día del Juicio Final». Esperemos que Makus E. Goth no esté teniendo pesadillas con la profecía del 2012.

  Bueno, abandonamos nuestra estrella anfitriona por la edición de esta semana, aunque no nuestro amado continente. Y lo hacemos con la despedida litúrgica a nuestro sumo sacerdote, Markus E. Goth, editor y director de este Templo Virtual. Tanto él como el monje negro de la medieval Averoigne están cavilando la idea de comprarse un planeta en vez de una nave espacial para pasearse en las tardes de domingo por el universo. La ruta estelar no será muy luminosa, pues… El horizonte de los murciélagos es más lejano que el de las águilas

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  Odilius Vlak

 Jefe de Redacción

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