TETRAMENTIS / ZHOR: Los Sueños del Vidente Nigromante – Capitulo VIII – Por Markus E. Goth

Capitulo VIII : La Larga Noche del Dia del Juicio Final (Vol 01)

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  Un sonido agónico se ha mezclado con el metal en esta noche que nunca termina; miles de lanzas han chocado con poderosas armaduras traspasando su metal y penetrando muy adentro de la carne de aquellos portadores de escudos y espadas afiladas.  Muchas cabezas son arrancadas de sus cuerpos, empaladas en sus lanzas por la caballería armada de ambos imperios; la respiración agitada, el éxtasis mezclado con temor, la sangre que alimenta la tierra pidiendo más sacrificios,  el orgullo y fanatismo demoledor que rompe las cabezas de sus enemigos; todo esto sea convertido ahora en una imagen viva de los embajadores del destino… De los embajadores de la muerte.  A lo lejos, allá en el oscuro horizonte, se ve brillar desde lo más alto una tenue luz rojiza moviéndose lentamente en su cielo: un extraño Ser Alado invocado por una magia desconocida se dispone descender y atacar sus enemigos. Aquel extraño Ser cuya piel puntiaguda lleva una enorme armadura de extraño material, desciende ahora  de una manera amenazante… Cual pájaro carroñero en busca de su presa; confundiéndose con una extensa amalgama de cuerpos que luchan en una guerra sin cuartel. El Ser devora con sus fauces  algunos soldados y ataca con sus garras despiadadamente. Un aleteo rápido por parte de la extraña bestia hace retroceder una cantidad de soldados, desprendiendo el portador que está en su montura un aura rojiza que envuelve a una parte de sus enemigos, convirtiéndolos en una salsa ardiente dentro de sus armaduras. La misteriosa figura de túnica y capucha negra ríe de una manera siniestra, volviendo a ascender nuevamente hacia los cielos.

  Desde las partes más altas de aquellas extensas ruinas, pasando por los desconocidos terrenos de las montañas Emur, el mago Norgos, ahora conocido como El Caballero de la Luz Azul, contempla una batalla interminable de soldados que se extiende en todo su horizonte. Su mirada fría observa muchos acontecimientos que se desarrollan al mismo tiempo a su alrededor, deteniéndose  unos instante a ver fijamente hacia los cielos un punto rojizo que ascendía  a gran altura.  En sus pensamientos,  solo habitaba una obsesión,  una necesidad de poseer  el objeto que le hizo llegar hasta esta tierra lejana… La piedra de los Ymir. Él sabe que ya se acerca la hora final y que sólo uno de los dos discípulos de los Ymir podrá definir el final de los acontecimientos.  Sus pensamientos ahora recorren momentos más lejanos, donde la gloria se mezcló con la sangre, viendo morir a su Gran Maestre Ilixian por la mano que le forjó la piedra del Ymir Azul. No sabía cuánto tiempo había pasado después que su doctrina se estableció en el Imperio de Ordos, convirtiéndose en el único camino para el renacimiento de un nuevo imperio que perdía la fe de sus monarcas. Corvinus III vio en el surgir de este  nuevo acontecimiento un poder que deslumbró a todos los presentes de su corte. Algo que estaba más allá de los conocimientos del imperio; un poder de una magnitudes tan extensas que les permitiría volver a dominar los terrenos perdidos, y recuperar el orgullo y la gloria arrebatada por el imperio emergente de Xiskeylla.

   Después de atravesar inhóspitos lugares, las grandes embarcaciones del Imperio de Ordos llegaron hacia una tierra prohibida dotadas de muchas montañas que eructaban un fuego anaranjado de sus entrañas. Los soldados del emperador marcharon muy a lo lejos, allá donde se distinguían siluetas de grandes edificaciones. El cielo se tornaba más oscuro a medida que se acercaban a las profundidades de aquellas tierras, viéndose en lo alto rayos que se extendían de horizonte a horizonte, contrastando con el colorido naranja que expulsaban muchas veces sus montañas. El clima era totalmente cálido e infernal, su suelo tenía la pesadez  y la negrura de una tierra que nunca iba a florecer… Una tierra maldita. Las pruebas estaban a la orden del momento, teniendo que combatir con seres que emergieron del magma de sus montañas. El combate fue apabullante, logrando detener el avance de los seres gracias a la piedra del Ymir Azul que portaba Norgos. Detrás de aquellas montañas un paraíso en ruinas sería la tumba para sus usurpadores, a través de las cuales se veía una enorme pendiente que se extendía en grandes dimensiones, permitiéndoles observar desde lo alto de aquel lugar a sus enemigos que esperaban para el momento final.

  Norgos escuchó  muy próximo de donde se encontraba un estruendo que sacudió aquel lugar, uno de los gigantes del imperio había caído, derribado por una de las tantas torres mecánicas que luchaban contra la magia de los sacerdotes del Imperio de Xiskeylla, del cual el Monje Carmesí era su amo y señor.  Muchas ciudades y tribus se abanderaron a seguir a cada imperio, desde las lejanas tierras del sur de los hombres oscuros de Hzaithim–An-Rauf, hasta las zonas más frías del Imperio de Ordos, donde habitaban los guerreros pálidos de las montañas de hielo de la gran Xhimuzria. El mago seguía con cuidado la trayectoria de su enemigo; aquel dueño del Ser Alado que ahora se adhería a uno de los dos rostros de unas enormes estatuas de piedra que recorrían toda aquella planicie. El Ser Alado descendió del rostro de una de las dos gigantescas estatuas que separaban aquella extensa chapada descendente. Estos dos enormes soldados de piedra, salían de los rocosos muros que se extendían kilométricamente hasta terminar en un extenso disco gigantesco que se perdía muy a lo lejos a una gran distancia. Los brazos extendidos de los dos soldados titánicos, chocaban con sus puños. Sosteniendo ambos unas enormes espadas que se apreciaba en toda aquella abismal ciudad, aquellos brazos se extendían como puentes para llegar a su otro extremo, siendo este simbolismo de las estatuas una señal reverencial de los dioses que alguna vez habitaron aquel lugar prohibido. En sus muros, en la parte más rocosa, se podían distinguir muchas esculturas de tamaños menos ostentosos que describían un paraíso de divinidades de total extrañeza; muchas escultura observaban sus ciudades y templos, sus expresiones enunciaban a seres vigilantes de lo que alguna vez fue una gran civilización. Ahora todo era ruinas y polvo, ilustrada por una vegetación de extraños colores. Rocas gigantesca en su suelo fueron separadas de muros  y  templos; el tiempo en aquel lugar se había frisado dando paso a la quietud y al eco de las rocas que se dejaban caer de sus pendientes, desbaratando poco a poco una ciudad que en algún momento fue símbolo de virtudes y devociones; y que ahora es el escenario de la contienda final de dos imperios por conquistar un continente, y quedarse con la gloria del vencido.

  En cada extremo de los dos ciclópeos muros, se distinguían enormes santuarios que se extendían en todo su esplendor por todo aquel lugar, puertas enormes de misteriosos materiales que invitaban a lo desconocido. Algunas a veces abiertas, y otras, a veces cerradas. Eran los espectadores de los acontecimientos que ocurrían en sus alrededores, en su extensa planicie. Los soldados estaban rodeados de columnas gigantescas cuyo origen desconocido enunciaba alguna estructura que alguna vez pudo existir en este lugar y que fue borrada con el pasar de los siglos. Muchas de estas columnas eran de piedras calizas, mármol blanco, negro y uno que otro desconocido material que al parecer brillaba en la oscuridad y que dejaba ver símbolos de cuidadoso tallado. ¿Serían símbolos protectores para despistar a todo desconocido que osara profanar sus tierras? Una pregunta que nunca tendrá respuesta.

  La extensa meseta comprendería un tamaño tan increíble y a la vez tan profundo, que podía abarcar los millones de soldados, bestias, gigantes invocados de lejanas tierras, torres mecánicas y otras formas que se agregaron en la gran guerra de los dos imperios. Otras estatuas  de  grandes dimensiones que luego se pudieron distinguir más a lo lejos de aquellos dos soldados que daban una reverencia de respeto a los dioses, fueron dos portentosos soldados revestidos completamente por sus ásperas armaduras. Estos eran más grandes y de mayor fuerza física, teniendo una posición parecida a los dos primeros con la diferencia que ahora no llevaban dos espadas, sino, dos pesadas y decoradas hachas corroídas por el pasar de los siglos. En una distancia aún más lejana pasando por un recinto silencioso, lleno de obeliscos y estatuas con formas de bestias, finalizando entre miles de soldados de piedra de elegancia majestuosa; cerca de  este lugar se distinguía en su cielo las últimas estatuas ciclópeas. Las miles de estatuas guerreras estaban en una posición donde daban paso hacia una entrada majestuosa, que daría lugar hacia un lugar de sumo respeto, las dos inmensas estatuas tenían un aspecto de monjes, decorados en sus capuchas y túnicas con un simbolismo de tribus lejanas; una textura perfectamente esculpida que dejaba ver en la parte superior de cada capucha una gema, decorada con una especie de serpiente que mordía su cola dentro de una forma geométrica con diversas puntas entrelazadas. La posición que tenían estos dos personajes, era de un hieratismo simbólico, donde sus piernas derechas estaban en una posición delantera; sosteniendo cada monje de piedra en su mano derecha un báculo alargado y bien detallado; que en su parte más superior llevaba una piedra azul en la estatua de la derecha, y una roja en el de la izquierda. Y mucho más allá el lugar de los dioses… El éxtasis de todo aquel portador del conocimiento de las 42 palabras sagradas, encerradas en una forma geométrica rectangular, que en la parte delantera llevaba dos símbolos… Dos letras doradas: que eran la puerta hacia el conocimiento divino.

  Aquel lugar era un páramo extenso que aún conservaba el esplendor y la belleza de tiempos lejanos. Estaba rodeado de árboles de extrañas y misteriosa formas, una vegetación calmada y silenciosa y una tierra rojiza como la sangre, que hacía crecer un pasto del mismo color. Figuras escultóricas de diferentes guerreros le rodeaban, siendo aquel lugar una forma viva en todas sus formas.  Muy en lo alto de aquel lugar algo esplendoroso, se divisaba un portal en forma circular de dimensiones gigantescas; llegando a tener un tamaño un tanto más grande que aquellas estatuas ciclópeas que daban una entrada majestuosa a aquel lugar maravilloso.

  El Ser alado sobrevoló en dirección hacia el único ser humano que le importaba, un hombre solitario cuya montura era un hermoso caballo blanco, su vestimenta le confería un aire distinguido y misterioso; llevando en su haber una túnica y capucha que le cubrían por completo; en su frente un  símbolo azul representaba una palabra prohibida dada en sus visiones por divinidades desconocidas, y que se manifestaba muchas veces en la roca que llevaba en su mano izquierda. El brazo izquierdo del Caballero de la Luz Azul se alzó para emitir un destello de luz que se divisó más allá de aquel lugar abismal. La gran velocidad del Ser Alado fue interrumpida por una serie de rocas expulsadas por varias torres mecánicas del Imperio Ordosiano. Una de aquellas rocas encendidas en llamas pasó cerca del jinete del Ser que sobrevolaba la extensa meseta, chocando muy a lo lejos con una de las manos de los dos soldados de piedras que se distinguían en su cielo, dejando caer de aquella gran altura enormes fragmentos de rocas, aplastando muchos de los hombres que luchaban en su suelo. Nuevamente otra enorme roca se aproximaba hacia el Ser Alado que todavía se encontraba a una muy buena distancia de Norgos, el impacto hubiera sido certero, si de las manos del misterioso ocupante no hubiera salido un rayo demoledor que destruyo la enorme roca en miles de pedazos,  y penetró en la gran torre mecánica cortándola en dos, que se desplomó aplastando todo lo que estuviera en su alrededor. El estruendo que emitió aquella máquina mecánica fue aterradora, y en ese solo instante de distracción, el Ser Alado capturó al monje con todo y su caballo, dejando caer desde lo alto pedazos de la bestia partidas por la mitad.

  El Ser Alado siguió su vuelo de una manera rápida, pasando por las gigantescas espadas de los soldados de piedra, para luego adentrarse más en lo profundo de aquel serpenteante abismo, llegando hacia los dos guerreros de las hachas, para luego seguir su vuelo hacia los titánicos monjes hieráticos y finalizar en aquel lugar sagrado… El paraíso de la puerta de los dioses. Norgos, en un intento desesperado invocó una magia que desprendió un aura azulada de las garras que sostenían al mago, dejando abrir parte de sus garras,  saliendo de sus orificios unos potentes rayos, impactando uno de éstos su ojo derecho, destruyendo parte de su cabeza, para descender de una manera atroz al enorme portal circular. Las manos semi-abiertas de Ser Alado soltaron a Norgos, que todavía estaba revestido de un aura azulada que poco a poco se desvanecía perdiendo intensidad. El mago rápidamente escaló la abominación para buscar a su oponente, sin tener buenos resultados.

  —Mizrha, sé que estás aquí déjate ver —grito Norgos.

  Miró a su alrededor y ahora estaba comprendiendo sus visiones pues, este era el último lugar que revelaban sus sueños, desde hace mucho tiempo, en aquel momento se detuvo a observar el enorme portal y el extraño rectángulo oscuro que tenía dos símbolos en cada lado.

  —El altar de las cuarenta y dos palabras sagradas —dijo Norgos asombrado

  En aquel momento tal distracción puede ser fatal… Esos segundos de descuido pueden traer consecuencias fatales; y esto fue comprobado por un rayo que inundó todo el cuerpo de Norgos, expulsándolo varios metros de la gran bestia; de cuya cabeza ahora manaba una verduzca excrecencia pestilente.

  —Crees que serás el elegido, el discípulo de los dioses débiles que no han abrazado la soledad… Que no han cantado el sonido de la nada de los oscuros abismos.  Lo he visto, se me ha mostrado una visión del universo que empezará muy pronto en manos del Ymir Rojo —y el Monje Carmesí prosiguió—:   todo cambiará muy pronto, y este universo será abrazado por mi maestro.

  —Jajajaja… Nunca sucederá eso porque en mis visiones tu canción no será terminada y tu cuerpo será separado de su esencia primordial… Sólo serás polvo que muy pronto se perderá en los cielos… Tu fracasado maestro no tendrá jamás lo que busca —respondió Norgos.

  —¡INSOLENTE! —exclamó el Monje Carmesí enojado, desapareciendo para luego aparecer justo en frente de su enemigo.

  La piedra roja se disponía verter un aura oscura, que fue detenida por la piedra de su oponente, el cual desapareció con una velocidad increíble. El báculo del Monje Carmesí comenzó a convertirse en materia liquida, siendo absorbida por la piedra del Ymir Rojo, para luego convertirse en una extraña espada, que en su empuñadura llevaba la piedra. En una distancia no lejana, Norgos dejó que su piedra se fusionara con el brazo que la roca le había construido, creando una gran espada de total belleza y extrañeza. El movimiento fue rápido y certero por parte de los dos magos; desapareciendo ambos para luego estar frente a frente chocando sus espadas.

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CONTINUARÁ

Markus E. Goth.

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