TETRAMENTIS / ZHOR: Los Sueños del Vidente Nigromante – Capitulo IX – Por Markus E. Goth

Capitulo IX : La Larga Noche del Dia del Juicio Final (Vol 02)

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  Los  ojos de ambos oponentes se miraron fijamente, expulsando de su cuerpo una energía incandescente, que se sintió en todo aquel paraíso de belleza rojiza. Las dos espadas comenzaron a brillar en los respectivos colores de Las Piedras de los Ymir; envolviéndolos a ambos y dejándoles ver fragmentos de muchos universos: seres involucionados que veneraban una estrella de forma pentagonal. desde allí, un aura de muchos colores emanaba de cada una de sus caras; un guerrero vagabundo, destinado a reinar un continente  por una extraña roca azulada que encontró en sus viajes fantásticos; unos seres metálicos que dominaban diversas galaxias, fusionados todos en unas rocas de color rojiza, teniendo estas máquinas un pensamiento colectivo en todos sus mundos conquistados; un lugar de seres que llegaron de otras galaxias, sometiendo y alimentándose del sonido de todo aquel ser viviente que habitaba el gigantesco planeta llamado Ulr-Thisaim, esclavizándolos en sus pensamientos. Muchas cosas vieron aquellos dos magos nigromantes, sumergidos en una concentración emanada del aura de las dos piedras. La onda energética se expandió devorando con ello todo a su alrededor; la vegetación exótica poco a poco se fue convirtiendo en una forma cuasi-líquida; su suelo cambiaba a medida que las vibraciones energéticas se expandían; la metamorfosis del ambiente era del color de la sangre… Activada por unas piedras sagradas que demandaban un gran sacrificio.

  Una esfera energética cubría parte de aquel lugar. Los dos magos continuaban en una batalla mental, una pelea que los había transportado a otras dimensiones, dejándoles ver los diferentes sucesos y acontecimientos de otros universos,  convirtiéndose en una batalla astral que  nunca terminaba. Todo se reducía en expandir el control en el plano físico, utilizando para esto sus respectivas divinidades. Un embajador… un discípulo que mantuviera un equilibrio dual. La energía ahora fusionada de las espadas, comenzó a implosionar rápidamente, volviendo a sus respectivas espadas, explotando y expulsando a los dos magos hacia una distancia muy lejana. El estado inconsciente se había apoderado de los dos cuerpos, confundiéndose con el agradable aroma que emanaba de aquel paraíso que había vuelto a su estado original.

  Los soldados continuaban una lucha aguerrida, no cediendo ninguna de las partes, El Emperador Corvinus III, el sabio, montaba su caballo negro, ostentando este hermoso corcel una armadura que le cubría casi por completo. Su espada se desplazaba rápidamente por el campo de batalla, cortando las cabezas de sus enemigos en cada movimiento. Los gritos de batalla y agonía en aquel terreno de combate  eran ensordecedores, el desplazamiento de una armada, inspirada por un fanatismo doctrinario cuyas armas chocaban con fuerza y odio… cuyo sonido metálico enunciaba en cada movimiento un solo grito: «Sangre y Muerte para todos los Infieles». Unas torres mecánicas de grandes dimensiones se movían lentamente en el campo de batalla; sus caras portaban una serie de armas cortantes en cada nivel y en su interior ciento de esclavos movían sus grandes ruedas de madera y metal; desde la cima más alta de este monstruo armado, soldados disparaban flechas a blancos visibles; sus catapultas ahora vomitaban enormes esferas de fuego. Eran verdaderas fortalezas, desafiadas por un oponente tan prominente como aquella ingeniería Ordosiana: Los Guerreros Gigantes Nechrocoank. Seres invocados por la magia nigromántica del Monje Carmesí, para la destrucción de ciudades bien fortificadas. Aquellos gigantes de grandes proporciones no se detenían en su paso, siendo su furia tan salvaje a la hora del combate que no distinguían ningún bando. Estos seres de ultratumba se decían que salían del mismo centro de Jesitd, siendo despertados por invocaciones tan antiguas como el origen de los Ymir. Según la leyenda se dice que fueron los primeros seres de jesitd, los hijos vigilantes de este Oikibik-Tualt, siendo convencidos por las ambiciones de una sociedad que veneraba a los dioses, cuyo orgullo hizo profanasen un cántico que no debía ser escuchado, pues, sólo los Ymir tienen ese permiso otorgado por El Gran Dios. La civilización de usurpadores fue condenada a lugares de origen desconocidos, y sus vigilantes fueron obligados a dormir El Sueño de la Vergüenza Eterna; sufriendo una pesadilla de formas vivientes,  cuya esencia se alimentaba de los dos únicos guerreros que no habían sido totalmente consumidos por su aura. Solo el cántico antiguo de un Ymir les podía despertar. El Monje Carmesí, guiado por la piedra del Ymir Rojo, viajo hacia infinitas dimensiones, para encontrarse con un poder nigromántico dado por una de las esencias de su maestro en una dimensión de total extrañeza, donde millones de seres caóticos explotaban e implosionaban, convirtiéndose en seres aún más repugnantes. El ruido de aquel caos viviente, era el lenguaje de algo prohibido y blasfemo, convirtiéndose aquel sonido en una forma viva que envolvió la forma astral del mago, volviendo a esta dimensión como algo vivo, una presencia aterradora. Ya la palabra del caos estaba consumada, y sería un digno oponente de la pesadilla viviente.

  Varias de las Torres Mecánicas Ordosianas, habían derribado uno de los gigantes sacrificando con ello mucho de sus soldados, la fiereza de la elite imperial de Ordos no tenía dimensiones, eran soldados que no conocían el miedo… Eran la mano derecha guiadas por el gran emperador. Las pocas grandes torres que aún se mantenían en pie, expulsaron unas cuchillas gigantescas, que portaban unos símbolos mágicos que brillaban como fuego en toda su filosa hoja. Forjadas con grandes cadenas, las hojas filosas que surcaban los cielos eran una especie de gancho, fabricadas especialmente para detener aquellos gigantescos oponentes.  Estas cuchillas de grandes dimensiones  fueron bendecidas con la magia de La Piedra del Ymir Azul, precedida por Norgos, formándose en cada una de sus hojas afiladas escrituras resplandecientes como un metal al rojo vivo. Sólo la magia podía combatir la magia. Las tres torres  mecánicas que aún estaban en pie comenzaron a disparar aquellas hojas filosas, dando muchas en su objetivo y otras cayendo en el suelo de la cruenta batalla, despedazando muchos soldados de las diferentes facciones. El gigante estaba atrapado en una maraña de cuchillas que penetraron su cuerpo, hizo un gran movimiento forzado, cortándose varios pedazos de su cuerpo semejante a una roca; los movimientos fueron de una fuerza increíble, desprendiendo de una de las torres varias cadenas que venían de su interior, dejando un gran agujero en su parte principal, para luego desprenderse como un castillo de naipes.

  Aprovechando la debilidad del gigante, las dos últimas torres mecánicas pudieron someterle, convirtiendo cada disparo en una telaraña de cadenas de metal, donde la víctima estaba atada a todas sus cuchillas, un fuego salía de sus heridas teniendo el efecto deseado por la magia de la piedra del Ymir Azul; el Ser gigantesco se convirtió en una mole de fuego, un sacrifico a los dioses en el gran fragor de la batalla. Sus movimientos se tornaron algo rápidos y desesperantes, jalando con intensidad las cadenas que le presionaban. El proceso del mecanismo de las torres de estirar las cadenas para desmembrar al guerrero ya estaba en marcha, siendo una fuerza que trajo como resultado un mayor esfuerzo de parte de su víctima por soltarse de aquella trampa. Y el momento de la crisis llegó: un gran grito desesperado se escuchó en todo aquel valle, deteniéndose por un momento todos los soldados de ambas facciones,  para ver que el esfuerzo de aquel Ser de los abismos, derribaba  las dos torres, muriendo con ello el gigante, aplastado y arropado entre las llamas que le envolvían. El emperador Corvinus III, miró hacia los cielos en aquellos instantes,  para ver como tres gigantescas moles iban en la dirección de todos aquellos guerreros.

  En el páramo de los dioses, unos pasos se escuchaban directo hacia un guerrero de traje blanco, estaba aún inconsciente, cerca de su brazo derecho, una espada maravillosa de extraña empuñadura brillaba todavía en la noche que no terminaba, los pasos se detuvieron a una cuantas pulgadas cerca del cuerpo del personaje que se encontraba inconsciente, unos brazos levantaron una extraña espada, siendo el monje de túnica negra el que se disponía dar un golpe definitivo en la cabeza de Norgos. Su movimiento fue recto, directo en la frente, detenido en el instante por un brazo azul cristalino que tomó entre su mano la hoja de la espada. Norgos había despertado, deteniendo el posible impacto de la espada de su adversario en su signo, la fuerza empleada por ambos fue implacable.

  —Todavía no es mi momento  de morir —dijo Norgos, aplicando aún más fuerza con su brazo.

  —Eso lo veremos —dijo el Monje Carmesí.

  En aquel momento, Norgos pateó una de las piernas de su enemigo, cediendo este, para sostenerse en equilibrio, los segundos fueron de gran importancia, aprovechados por Norgos para tomar su espada y atacar. Su movimiento fue rápido, chocando nuevamente con la espada de su adversario, que ahora no tenía su capucha, dejando ver su rostro al descubierto; mostrando unas facciones desgastadas y un tanto cadavéricas. Su signo sagrado se encontraba profanado, la sorpresa del mago no se hizo esperar,  manteniendo una posición defensiva habló.

  —Tu signo está roto… estás muriendo, sólo uno de los siete grandes maestros pueden destruir con facilidad nuestros signos iniciáticos, y el Gran Maestro Simus era uno de los últimos —dijo Norgos, y prosiguió: Estás débil y a cada minuto tus fuerzas te traicionaran.

  —El Gran Maestro Simus quebró mi signo, su movimiento fue muy sutil,  pero yo fui mucho más rápido, pronto tú también le acompañaras —dijo el Monje Carmesí.

  La empuñadura brilló en las  manos enguantadas de Norgos, preparándose para dar el golpe final.

  —Vete con tu abominable maestro a las más oscuras profundidades de los abismos —gritó Norgos dirigiéndose hacia su oponente para darle el gran golpe mortal.

  Las dos espadas chocaron una y otra vez, en un movimiento tan rápido como la luz, Norgos usó su brazo azul cristalino convertido en una hoja filosa, con la esperanza de que aquel inesperado movimiento cortara en dos el cuerpo de su oponente, pero un movimiento inesperado, algo que Norgos no pudo intuir sucedió: una piedra del Ymir Rojo fue clavada en su signo. Aquellos movimientos fueron tan rápidos, que no había tiempo para dudas, y el Monje Carmesí había ganado.

  —Las piedras son formas maleables, un líquido alquímico de su portador. Separé la piedra en tres formas, dejando uno en el Templo Carmesí y las otras dos llevándolas conmigo. Sabía que un movimiento más allá del pensamiento iba a ser la clave de tu caída, y utilicé esa  ventaja que no esperabas —dijo el Monje Carmesí.

– Tú… tú no tendrás nada, na… aaarghhh —un grito metálico emanó de Norgos, siendo absorbido por la piedra del Ymir Rojo, quedando solamente la parte del brazo creada por la piedra.

  Lo que antes fue una hermosa espada ahora volvió a su verdadera naturaleza, una piedra azul oscuro; tomada en el acto por el Monje Carmesí. Sus pasos le llevaron a lo alto de aquel páramo, donde se encontraba el extraño rectángulo con los dos símbolos dorados. El monje alzo sus brazos y con las dos piedras en ambas manos, pronunció dos palabras sagradas, reaccionando las piedras con la proyección de un rayo que impactó los dos símbolos dorados, haciendo que aquel cubo rectangular abriera una parte de su estructura. Su interior reveló dos tablas alargadas de gran tamaño con cuarenta y dos símbolos dorados.

  —Maestro, el cántico en tu honor será tocado y este universo abrirá sus brazos al Ymir Rojo —exclamó excitado el Monje Carmesí.

  El monje empezó  a pronunciar palabras del principio de los tiempos, el cántico era más alto a medida que pasaban los segundos y en cada lapsus de ese tiempo un símbolo de  luz se representaba allá a lo lejos, en el inmenso portal circular. La vibración de la voz fue aumentando a medida que otros símbolos se agregaban en el espacio que disponía el portal, trayendo con ello cada pieza simbólica una serie de lenguajes de muchos universos: jeroglíficos, signos matemáticos de constelaciones y muchas veces, unas manchas que resplandecían en los cielos de aquel lugar. Más y más lenguajes seguían agregándose en el espacio, formándose al final un solo signo de total semejanza con las inscripciones de las tablas sagradas. La noche se empezó a tornar más oscura dejando salir del portal una ráfaga de viento muy fuerte, el Monje Carmesí continuaba su cantico, no paraba en ningún momento, quedándole sólo unos cuantos símbolos por representarse en el portar. Pero en aquel instante, algo inesperado sucedió, su voz comenzó a disminuir y de su boca salían pequeños chorros de sangre. La confusión hizo presa de su momento especial, dándose cuenta que un gran dolor embargaba su cuerpo, viendo ahora una realidad palpable, su estómago estaba abierto a la mitad. Cayendo de rodillas, sentía que las fuerzas se le iban, hizo un esfuerzo por levantarse y no podía, lo mismo intentó hacer con su voz, pero de su boca sólo salía sangre, ya su signo se apagaba, pues el golpe de Norgos fue tan rápido que cuando la herida dejo de estar cálida comenzó a abrirse. En unos instantes toda su fuerza desapareció y el pasto rojizo tuvo otro sacrificio en esta noche eterna que nunca termina… Una verdadera muerte en el paraíso de los dioses. Los símbolos se mantuvieron suspendidos en su lugar, siendo los únicos testigos del deceso de aquel mago que les hizo aparecer.

  El tiempo había pasado en el paraíso de los dioses, sólo un símbolo quedaba intacto en los cielos del portal circular, su luz se apagaba a cada segundo. Su pasto se movía por una suave briza emanada del portal, un aroma agradable inundaba toda la extraña vegetación del lugar, sus árboles con sus formas orgánicas movían sus hojas y sus frutos se sentían más jugosos. A lo lejos, una sombra se desplazaba lentamente en un caballo que agonizaba de cansancio y sed. En su montura un guerrero de larga túnica cae al pasto rojizo, dejando que el caballo incline su cabeza en el pasto para morir en el acto, la trayectoria del viajero fue larga, muchos días de intenso viaje y aún en su último esfuerzo mantenía sus esperanzas de seguir viviendo. El extranjero caminaba lentamente por aquel páramo ahorrando sus fuerzas y tratando de que su respiración fuera lo menos forzada posible, el hambre y el cansancio eran su peor enemigo y al llegar al paraíso que se extendía a su alrededor tuvo los ánimos y la fuerza para mantenerse de pie. De sus árboles tomó varias frutas, alimentándose y recuperando las fuerzas perdidas. En cada mordida sentía un líquido fluir por todo su cuerpo, dándole una vitalidad y fuerza, que hace unos instantes no tenía. Él se preguntaba qué lugar era este, tan hermoso pero extraño a la vez, había escuchado de lugares mágicos que habitaban todas estas tierras prohibidas, pero nunca se había sentido tan identificado con algo tan solitario, pero a la vez lleno de enigmas para él. A varios metros de donde se encontraba, pudo divisar una luz azulada que brillaba constantemente, se acercó hacia aquel objeto extraño que le había desconcertado, la buena fortuna pensó estará de mi lado, pudiendo sentir en sus manos una roca de total hermosura y extrañeza: era la piedra del Ymir Azul que le aceptaba. Aquel fragmento, que antes era el brazo cristalino de Norgos, se materializó en su forma primigenia, voces empezaron a hablarles en su cabeza en un lenguaje desconocido, entendido en estos momentos por aquel solitario guerrero.  Le guiaron, y así subió hacia la parte más alta de aquella colina, donde se encontraría con un cubo rectangular de color negro, portando  dos símbolos dorados de características diferentes.

  El visitante distinguió un cadáver de túnica negra, muy cerca de donde se encontraba, el rostro de quien fuera algún mago poderoso se había convertido en un esqueleto de color rojizo. En aquel momento, viendo el gran rectángulo cubico, y sin saber por qué, pronunció unas palabras de total extrañeza salidas de su propio Ser. En respuesta, una de las caras del extraño rectángulo se abrió. Lo que vio el extranjero lo sorprendió, uno de los símbolos pertenecientes a su orden… La Orden del Caballero de La Luz del Ymir Azul. El soldado entró en aquel gran altar rectangular, viendo dos tablas de piedra con una cantidad  de símbolos suspendidas en su espacio. Entre toda esta escritura un símbolo se distinguía con total claridad, era el símbolo emitido por la piedra y que era el estandarte de la orden a la cual pertenecía. Inmediatamente, un rayo surgió del símbolo de la piedra, impactando en medio de su frente, un susurro, una voz que se iba aclarando y que le advertía que debía salir del lugar, pues las divinidades ya no tienen un discípulo y sólo le espera la aniquilación de todo Jesitd. El temor embargó al soldado, saliendo rápidamente del altar, para ver muy a lo lejos de su hermoso cielo azulado, como el último signo se desvanecía, produciéndose un estruendo en todo el lugar. Ahora se veía salir en todo el portal, una especie de forma espumosa, una forma caótica venida de algún lejano cosmos, que empezó una  lucha desenfrenada por salir del espacio circular de aquel portal, y penetrar en esta dimensión.

  Eiemek despertó de aquel viaje mágico, contrariado y muy agotado, la piedra que le permitió fusionarse en el tiempo con la naturaleza, había desaparecido en las manos del anciano mago llamado Nemehriuz.

  —Los acontecimientos que viste fueron el inicio de la destrucción de los dos imperios y la condena de Jesitd por las ambiciones de un poder que sólo le estaba permitido a los dioses, y que fue representado en este plano por cada uno de sus acólitos  —dijo Nemehriuz—. El último vestigio de una piedra de los  Ymir, lo que antes fue el brazo cristalino de Norgos, volvió a su forma original, siendo ésta transportada hasta Ordos, que muy pronto cambiaría por sus sobrevivientes y magos a Novus Ordos, aquel último vestigio de poder encontrado por el soldado–monje, se convirtió en la salvación de la única tierra que quedó en todo el vasto imperio del norte, la piedra brillo manteniendo un aura en todo el lugar que protegió lo que ahora se convirtió en una Chiaga. Lo mismo sucedió en este imperio, el aura del último vestigio de la piedra del Ymir rojo, que cuidadosamente el Monje Carmesí dividió en varios pedazos, se siente en este lugar. El último fragmento que quedó de la piedra, es la protectora de la  Torre Carmesí y de la Chiaga de Xiskeilla, que hace siglos construyó tu extraño maestro.

  —¿Y qué pasó con las otras rocas? Aquel cántico del Monje Carmesí no me permitió contemplar su deceso, ¿dónde se fueron? —pregunto Eiemek.

  —El poder de la piedra es la palabra divina condesada en símbolos que nos permiten ver todos los sucesos universales y ser uno con ellos mismos, las piedras se convirtieron en lo que son, la voz de la eternidad… La voz de dios  —dijo Nemehriuz haciendo una pausa para luego continuar—: Sólo quedaron vestigios menos poderosos, efectivos para este mundo del cual yo fui un beneficiado… Un bendecidos por el Ymir Azul.

  —Tú… tú eras el monje-guerrero, el soldado que salió de aquella ciudad prohibida —dijo Eiemek sorprendido.

  —Sí, fui el único que sobrevivió en aquel lugar, guiado por la piedra pude salir de aquellas abismales ruinas, viendo desde la cima más alta como lentamente aquellas formas malsanas consumían todo el lugar, derritiendo y alimentándose de todo aquello que tenía vida, cuando llegué a la ciudad con el conocimiento que me daba la piedra pude restablecer el orden, todos aquellos que llegaron a la ciudad, huían desesperados de la bruma que se extendió en todo nuestro continente… En todo Jesith. En Novus Ordos las monarquías fueron sustituidas por una sociedad de monasterios, donde cada año se elegían las castas más puras y fuertes, manteniendo así nuestra estirpe con vida, así pasaron los años, y un día en mis meditaciones dimensionales con la piedra, mi cuerpo entró en un sopor astral que lo mantuvo intacto en su estado físico. En mi plano astral fui a muchas dimensiones, unas veces tomaba parte de la acción de los acontecimientos y otras veces era simplemente un observador de dimensiones, donde mi capacidad no me permitía fusionarme con esos mundos. Pasado largas eras, mi cuerpo volvió reencarnado en un niño de la orden, según el decir de muchos, fui invocado por los más sabios sacerdotes para nuevamente ocupar el sitiar como gran maestre y dejar una descendencia sucesora para crear una nueva dinastía. Los años pasaron y con ello mi edad, pero en mi Ser todavía no era yo… no era el monje-guerrero que fue aceptado por la piedra sagrada. Era un Ser arrogante, que por una conexión astral era aceptado por la piedra del Ymir Azul que se encontraba en la gran torre monasterial de Novus Ordos y que mantenía un equilibrio en aquella Chiaga. Con los años, mis poderes aumentaron a una capacidad inimaginable, creyéndome el sucesor del primer discípulo del Ymir, un grave error, pues la causa de mi egoísmo y orgullo es lo que ha dado el origen de esta visita y la condena de este mundo, mis visiones y viajes astrales me mostraron un pasado antiguo donde podía llamar a la otra piedra, fusionándolas en una total dualidad, era la única forma de volver al restituir el error del pasado y volver a la gloria del gran y antiguo imperio Ordosiano. Lo que nunca entendí por mi orgullo, es que los dioses nos habían abandonados, ya no éramos nada para ellos, estábamos malditos… Eso era lo que me negaba a aceptar —concluyó de una manera nostálgica, Nemehriuz.

  Con el  rostro pensativo, Nemehriuz veía, muy a lo lejos en el horizonte, unas formas blancuzca que chocaban de una manera salvaje, formas que a veces dejaban ver rostros de seres hambrientos, devorándose entre ellos mismo, un caos revestido de una blancura espantosa. Muchas veces, estruendos como el de una tormenta eléctrica se producían formándose grandes explosiones muy a lo lejos de donde la torre se encontraba, intentando muchas veces llegar a sus costas para luego retroceder por el aura de la piedra, ahora Nemehriuz miró fijamente a Eiemek, para nuevamente continuar su exposición.

  —Una noche convoqué en lo alto de la Torre Ordosiana una gran cantidad de sabios y sacerdotes, para lo que sería llamado el «acto sagrado», donde se pretendía hacer el cántico antiguo de los Ymir, para destruir esta esencia maligna. A pesar de que la piedra del Ymir Rojo no estaba, la intención era que aquel cántico llamara a la otra piedra, para que se fusionará en su estado primigenio y juntas erradicaran toda esencia maligna del planeta, pudiendo así sellar el portal por el que penetra todo este caos estelar. Al principio todo fue perfecto, nuestra canción hizo que aquel fragmento de la piedra expulsara una aura que hizo que las espumas de formas ácidas se fueran desintegrando, cada canto ameritaba una energía vital y concentración inimaginable, y nuestra letanía  continuó subiendo hasta que sentimos las presencia de la otra piedra, el tiempo y el espacio no existían en el gran salón, nos habíamos convertido en uno de los cuarenta y dos símbolos que lograron comenzar a manifestarse en el enorme portal, deteniendo poco a poco la bruma a manera que cada símbolo se representaba en el portal. Y fue cuando sucedió, pues nuestra voz y aquella canción poderosa, que ahora éramos todo en aquella sagrada letanía, se fue apagando, y cada símbolo borrándose… dejando salir del portal una bruma aún más terrible. El último símbolo me pertenecía, era mí Ser, y no pudo ser completado, cuando volví del trance astral, la sorpresa me embargó. Mis cuarenta y uno sacerdotes eran cadáveres calcinados, sólo con sus símbolos vigentes en sus frentes, que muy pronto se apagaron y se convirtieron en los símbolos de las sagradas tablas del altar. Así entendí que esa canción nos convertía en el símbolo de los Ymir, y que tal sacrificio nos quitaba toda nuestra fuerza vital, llevándonos a la muerte. Quienes se convertían en el símbolo debían morir, pues no éramos dioses, y yo me negué a tal sacrificio. Ahora entenderás porque soy culpable de los acontecimientos que pronto sucederán —confesó finalmente Nemehriuz.

  El templo carmesí comenzó a tambalearse, algunos instrumentos cartográficos que estaban a unos metros de Eiemek, comenzaron a caer en el piso de aquel gran barcón circular. El telescopio de huesos se comenzó a mover produciendo un ruido estridente, Mizuit, el gato de Eiemek, rápidamente se desplazó debajo de la túnica de su amo, tomándolo el mago en sus manos para su mayor seguridad. Muy próximo de donde se encontraba el mago, la figura del Nemehriuz seguía parada inmutable, observando como todo se venía abajo.

  —¿Qué sucede? —preguntó en voz alta Eiemek.

  —Ya se acerca el final, no lo entiendes… Ya nada existe, sólo dos figuras en este mundo, y están atrapados en dimensiones diferentes; atrapadas en sus respectivas torres. La bruma, aquel caos viviente es más poderoso, Xisqueilla no existe en estos momentos, no existe nada en este Oikibik-Tualt, sólo las piedras, los dos fragmentos que mantenían un equilibrio. Nuestra tierra ha muerto y con ella Jesith.

  Eiemek, sin dar crédito a las palabras de su visitante se acercó al barcón para mirar un caos de formas que habían devorado todo, y que luchaban entre sí por devorar la torre donde se encontraban los dos magos.

  —Todo… todo se ha ido… ya nada existe, la ciudad debajo de la torre ha desaparecido —dijo asombrado Eiemek.

  —Eiemek, escucha, muy pronto las piedras se fusionarán en una sola dualidad, despareciendo de este lugar dominado por el caos —dijo preocupado Nemehriuz.

  Inmediatamente pronunció estas palabras, un ruido estremecedor se escuchó en el suelo de la gran Torre Carmesí. La piedra del Ymir Rojo que estaba en su interior, ascendió  para abandonar aquella fortaleza.

  —Nuestra magia no es nada comparada con el poder de la piedra, déjate consumir por su esencia, se uno con ella, es lo único honorable que podemos hacer, el caos ha dominado todo Jesith y en poco tiempo todo morirá —dijo Nemehriuz.

  —¡Mentira!, tú has provocado la destrucción… La muerte de todos. Con tu ambición —grito Eiemek molesto, abalanzándose sobre aquel anciano para sólo sentir un reflejo… Una esencia, procedente de otro espacio-tiempo.

  —Entiéndelo, ya estábamos muertos, los dos imperios murieron hace mucho tiempo, perdidos en esta bruma maldita, que en cada instante aumenta, nunca tuvimos contacto, pues, nuestras dimensiones y tiempos son diferentes. Sólo la esencia de las de las piedras sagradas y sus vibraciones, es lo que nos ha mantenido vivos, siempre me pregunté, cuál era el precio para este infierno, estar sumergido en una prisión que nos consume y destruye. Ya no hay nada aquí porque luchar… Sólo el anhelo de lo que fueron nuestros grandes imperios, perdidos en un juego de divinidades, de las cuales fuimos sus marionetas —dijo Nemehriuz.

 Eiemek se levantó y se pudo sostener en pie. La torre mantenía unos movimientos que hacían vibrar el gran salón circular. Él miro hacia los cielos… pero sólo vio los puntos luminosos de los Oikibik-Rout, sosteniendo firmemente entre sus manos a sus únicos amigos.

  —Mira Mizuit… En aquellos puntos luminosos tal vez alguien algún día escriba la gloriosa historia de los hombres de Jesitd —dijo nostálgico Eiemek.

  El sonido estruendoso que ascendía de la torre terminó destruyendo parte del hermoso decorado que tenía el piso circular de la gran Torre Carmesí, y en aquel momento una piedra rojiza surgió destilando un brillo enceguecedor. El visitante, próximo a Eiemek, puso sus manos en su rostro, mientras se desintegraba su esencia rápidamente; para volver a la dimensión a donde pertenecía. El mago se quedó justamente parado delante de la piedra sin cerrar los ojos, y sosteniendo firmemente a su gato… Su único amigo.

  —No tengas miedo, Mizuit, la hora de renacer está por comenzar —dijo Eiemek mientras era absorbido por la piedra. Luego, ésta salió a gran velocidad, perdiéndose en los cielos.

  El Templo Carmesí, aquella imponente fortaleza, cedía en todos sus cimientos, siendo absorbida por aquella espuma de formas, completando un ciclo caótico. Un mar repugnante de formas que se devoraban entre sí… con un hambre que no se podía saciar. En los cielos, la piedra rojiza ascendía rápidamente dejando ver muchos signos en su interior que a veces tomaban formas humanas, y en aquel instante, otra piedra se apareció en la lejanía de los cielos: un color azul brillante brotaba de su interior; colisionando con la otra piedra para fusionarse, dejando ver en sus adentros, seres prominentes de muchas épocas que abrazaron su saber y que ahora son uno con la dualidad. En su forma líquida, se dejó ver una figura conocida, un anciano, un mago  milenario, que tocó la piedra tratando de salir de su interior. Sus ojos se abrieron en señal de desesperación y dentro de sus ojos una negrura… Todo se convirtió en  oscuridad… Todo volvió al origen, un origen envolvente que se convertía en una figura inmóvil. Una estatua oscura que en cada momento se distinguía cada vez más clara. Un grito desesperado y de dolor invadió todo el lugar, estando un monje sentado en estado de meditación con un símbolo en su frente. Emitiendo una luz resplandeciente, y una sangre azul, ahora esparcida por su suelo y con ella partículas  de unos órganos que al parecer eran sus ojos. Ahora en su cielo rojizo, unos círculos de luz que enunciaban el ciclo cósmico de un lugar que está más allá de los futuros dimensionales, se acercaban lentamente, para comenzar a envolver aquella figura ciega y adolorida. Todos los círculos se fusionaron, deviniendo en un solo, que contenía 32 figuras monásticas. Monjes revestidos de una fortaleza demoniaca, que lentamente destaparon sus capuchas para revelar que no tenían ojos: sólo un símbolo que brillaba constantemente. Y allí se había cerrado un ciclo. En aquel desierto de las formas cambiantes, había nacido un gran maestre… Había nacido un nuevo iniciado.

 –

FIN.

Markus E. Goth.

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