TETRAMENTIS / El Grial de Carne y Hueso – Por Odilius Vlak

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El rostro del Cesar gira atropelladamente entre el desprecio de un círculo de pupilas hambrientas. Silencio y oscuridad se divisan pasmados por un terror mesiánico en ambos extremos de una triste ruta de sangre. Millones de ratas abandonan el abrigo del abismo para devorar el frescor al pie de la cruz. El calor es intenso, pero sólo percibido por las entrañas de los solitarios habitantes que huyen a sus apestosas casas; sombras vestidas de cilicio que arrastran sus almas jadeantes de tanto gritar, «¡crucificadlo, crucificadlo!». En la cima del Gólgota, la cruz se apiada del hombre que ha hecho de ella su reino. Hasta hace poco estaba solo. Cuando de pronto una bandada de doce cuervos descendieron a la cruz. Junto a ellos una ligera lluvia decidió llevar el mensaje al polvo de la venida de una nueva osamenta.

  Las gotas de lluvia, destinadas a brindarle la última manifestación de ternura en la tierra, mojan con delicadeza sus cabellos, lavan sus heridas; esperan pacientes a orillas de sus labios a que la lengua reseca empuñando lo que aún le queda de su dignidad divina, desafíe a la agonía que está decidida a echar los cerrojos de su boca de una vez y para siempre. Pero no, de cuando en cuando su lengua hiende la oscuridad para recibir la calidez de la humedad.

  En ese instante, la luz que se proyecta de gota a gota ilumina a su pesar un rostro pálido, demacrado por el sol, las fatigas, el hambre y la desesperanza. Respira trabajosamente antes de que los vencidos latidos de su corazón diseñen una sonrisa que no ofenda al dolor, ¡aliento de vida para los gusanos! Todo está consumado, no hay dudas. Excepto una sombría apuesta que otros condenados llevan a cabo en ese instante: su sangre es el premio. Su sangre virgen e iluminada. La vestidura perfecta para la inmortalidad de los demonios híperdimensionales. Las gotas de lluvia sacudidas por las alas de los cuervos, se desploman heridas por las espinas de la corona. De nuevo su sonrisa se le escabulle a la muerte. Le satisface saber que aunque esté suspendido entre la espalda de Dios y la de los hombres, la lluvia no le ha abandonado.

  Una hilera de expresiones sombrías hipnotizan la cara oculta de la moneda; el perfil donde se refugia todo el rechinar de dientes del Ser. Ese sobrecogedor ídolo de la divinidad humillada sólo es comprendido por los réprobos del mundo espiritual. Uno de esos renegados avanza lento hasta la moneda. Es una especie de caña animada proveniente de los dominios del dios Pan. Todo él no es más que una gran osamenta sobre la cual se tensa una piel viscosa; resplandeciente incluso en las noches más oscuras por una luz lunar estancada y viciada en su interior. Los huecos negros de sus ojos se alzan como soberanos de un rostro de niño, puro y siniestro; alma tierna, consagrada desde las noches abismales de los tiempos a navegar la oscuridad.

  Al igual que sus compañeros, este demonio tiene el cráneo y el resto de su cuerpo límpido de toda manifestación capilar, como una sabana destinada a ser cabalgada por destellos primordiales y lúgubres intuiciones. Al igual que ellos, es un oficiante de los ritos eternos de las tinieblas; un ente que triunfa de las apetencias materiales de los mortales. Lejos de estas costumbres terrenales pletóricas de deseos efímeros y esperanzas corrompidas, su misión es simbolizar nuevos estados tridimensionales para las almas rebeldes. Aman la sangre, pero aman con mayor devoción el alma que la espesa. Es por eso que apuestan en silencio la sangre de ese gran rival: Jesús el Cristo. Con su sangre de vida y su alma fortalecida por un sufrimiento en nombre de toda la humanidad.

  —¡Qué extraño! La moneda ha caído derretida. Es un buen oráculo, al parecer los Eternos velan por nuestra comunidad; responden desde sus reinos en el exterior del universo a nuestro inusual anhelo de una orgía en la que cada colmillo pierda la noción de su afilada punta por la embriaguez. ¡Hermanos demonios!, el cuerpo, la sangre y el alma son de todos. Vamos, que en esta noche sofocada por las tinieblas, aún falta la verdadera última cena.

  Cinco figuras se disparan como el veneno de una víbora hacia los aires. Formas sobrecogedoras que se desplazan como si cada uno de sus átomos formaran parte de una inmensa garra que va arañando el vacío a la velocidad de la luz. Sus instintos salvajes evaporan mucho antes de llegar, los pequeños posos de sangre al pie de la cruz. La fatalidad que los guía no conoce límites, despreciando en una sola mueca las prerrogativas infinitas del tiempo y el espacio. La helada energía de sus auras envía secretos que descubren pesadillas a los habitantes que en sus casas escuchan la lluvia cesar; dejando en silencio las imágenes de todo lo presenciado aquel día; las reflexiones y las culpas que inmóviles sobre sus asientos prefieren dejar más allá de la ventana.

  En algún lugar de la Ciudad Santa, polvorienta de maldiciones, las miradas de los futuros apóstoles y la de aquellas mujeres que vieron semen en vez de sangre brotar de la herida del costado, se elevan a un techo miserable antes de consolarse frente a frente con la esperanza de partos y futuras fábulas. Silenciosos y fatigados por un perverso delirio de persecución, están suspendidos en un estado intemporal, con sus mentes vagando en las actividades que precedieron el advenimiento del Maestro en sus vidas, y sus ojos fijos en algún momento o lugar en el que la noche anterior, Jesús, impuso su presencia. Poco a poco, los secretos que portan las inquietantes visiones caen sobre ellos como un sudario de tinieblas. Entonces, súbitos clamores entre dientes se esparcen en sus almas. Algunos se precipitan a vomitar la última cena; Pedro, en el frenesí de su demencia, confunde a sus compañeros con gallos y, cuchillo en mano, los va degollando uno a uno; algunas de las mujeres escapan apretándose el vientre. Sólo María continúa susurrando temblorosa una canción de cuna; acariciando un niño en el lugar donde Pedro —perturbado—, ve una cabeza ahogándose en un charco de sangre.

  Algo lo espanta. El estremecimiento lo libera de su hipnosis demoniaca, y atrae su mirada hacia cinco sombras plateadas que atraviesan la noche con ritmo informe; como lunáticas nubes que observan la tierra poco antes de un diluvio. Ante ese espanto innombrable, del cual no hablaron ninguno de los profetas, su corazón, al igual que el de todos en la ciudad, se desplomó. Cautivado por horrores nuevos, arrojados por lo desconocido.

  Despacio, la cruz solitaria se va descubriendo a los ojos hambrientos de los carroñeros de almas. Descienden sin prisa, balanceándose en los gritos cómplices de los cuervos y giran alrededor de su víctima con armoniosas ondulaciones. Él no se da cuenta, se ha refugiado en la comodidad de un sopor momentáneo. Ellos no le interrumpen ese pequeño solaz, flor luctuosa ofrendada por la agonía. Antes de disponer de su presa, quieren cumplir con el ritual de la contemplación, quieren absorberse en la imagen de ese hombre abandonado, que cuelga como un despojo resplandeciente sobre la ciudad imposible. Saben que están hechizados por el aroma de su sangre, el fluir de su energía vital que continúa apiadándose del cuerpo harapiento de tantas heridas. Los hechizan también los latidos meditados de su corazón. No importa, beberán hasta la última gota el néctar que ofrenda a sus miradas ese paisaje de miembros famélicos… ¡Eso es parte del festín!

  Jesús levantó la cabeza bruscamente, saturado de una presencia oscura que sacudió a su alma; como si de pronto un tropel de ecos, surgidos de los gritos de un hato de cerdos endemoniados, hubiera espantado todos sus fantasmas. Ese movimiento intenso, salvaje y maldito, pareció empujar el tiempo hacia una pendiente que envejece en el infierno, desde el borde de un momento que se complacía en la eternidad. El asombro fue mutuo. Las Entidades, suspendidas a la altura de su mirada, esbozaron enigmáticas expresiones. Se diría que fueron arrebatadas de un sueño de infancia. Jesús trasmutó su estertor en un grito que le dio voz a los presentimientos intangibles de toda la ciudad. A los pobladores se le reveló la promesa amarga de la invasión de demoniacas entidades; portadoras de algo más nefasto que pueriles posesiones. El Cristo contemplaba perplejo la presencia de estas entidades; habitantes de astros vedados de la creación. Su mirada asustada sabe que no hay lugar donde se pueda arrojar a estos demonios.

  —¡Salve oh extraño pastor desorientado en un pequeño corral invisible! No te angusties, para guiarte estamos nosotros, ovejas negras y felizmente perdidas. Hemos venido desde un punto muy distante del círculo del tiempo para despojar a tus venas de su tesoro tibio y narcótico y no para ver los cielos abiertos o acceder a la espantosa luz de tu reino más allá de este mundo. Es para sepultar la esencia de tu Ser en las emociones mudas que pululan en nuestro interior. Te traemos paz y oscuridad para que las visiones de los míseros humanos no te perturben. Tú eres el inicio de nuestra misión. Las Eternas Sombras quieren recuperar la sangre de todo Ser superior e iluminado, que en distintos lugares y espacios de la historia del Orbe terrestre han tratado de despertar a esas apestosas criaturas llamadas Seres Humanos. No desean que todo se desperdicie junto con una vida de acciones inútiles y fatigas a causa de unos seres que están en el lugar que le corresponde: esta esfera mugrienta e incrustada en la edad de piedra del universo, que es eso que ellos llaman su planeta. Tu sangre, y con ella tu energía vital, no serán parte de este polvo. Nosotros las tomaremos y salvaguardaremos como los símbolos sagrados que son. El brillo de nuestra mirada reflejará con mayor fidelidad que los futuros evangelios, la pureza de tu espíritu; dondequiera que nos encontremos en el vasto cosmos. Te sacaremos fuera de estas tres dimensiones; de este globo ignorado y de la degeneración de tu persona por la religión, los fanáticos y los débiles de conciencia, para mostrar quien eres al infinito… Y todo ello gracias a las virtudes infernales de los Eternos de negras y tormentosas visiones.

  Mientras era bañado por el discurso como una ablución ritual, Jesús alteró sus expresiones. Espectros de gusanos rosados colorearon sus mejillas ya muertas. Sonrió, coronando una ciega apoteosis hacia al abismo; como si las palabras del ente vampírico inspiraran el ego de su divinidad mucho más que los ambiguos halagos de los antiguos profetas. Pero su asombro dominaba todas sus inquietudes. Esas cincos figuras suspendidas en el aire, forradas con una extraña piel de una palidez plateada, sobre unos cuerpos desnudos y carentes de miembro viril; sus uñas negras y curvadas como garras en manos y pies; todo ello era demasiado para el hijo de un carpintero cuyo delirio mesiánico no lo había preparado para esa diabólica revelación.

  Su mirada se posó en sus pechos lisos y sin tetillas, en sus labios finos, amplios y violetas, en sus colmillos babeantes y finalmente en los oscuros globos de sus ojos: negros espejos que reflejan en un solo instante el proceso completo de la descomposición de un cadáver. Se estremeció al sentir el profundo sentido de su abandono. Quiso gritarlo a su padre pero sólo se escuchó una gran conmoción en los huesos de su pecho, seguido de un prolongado vómito de sangre. Antes de bañar el polvo, uno de los vampiros la recibió en sus manos… Se elevó y…

  —Entiendo… Eso quiere decir, «¡tomad esta es mi sangre!»… ¡Ah, pero qué dulce es! La ambrosía perfecta para los dioses que deambulan por la nada. Sólo he ahogado mi lengua una vez y ya siento la embriaguez retumbar en el espacio vacío donde solía habitar mi alma. Sabes, gracias a ella nos refinaremos más como seres privilegiados que somos. Pertenecemos a la élite que ha prescindido de su alma para penetrar aún más en el misterio… La hemos devorado por ser una herramienta débil que se presta al juego de condena y redención… ¡Ahora, sólo somos un devenir a través de las sombras proscritas del orden cósmico!… Claro que tomaremos tu sangre… ¡Vaciaremos el Grial de tu cuerpo, antes de que se pudra!… Esa es nuestra apuesta.

   Para el Cristo, ese dios con nosotros, su agonía fue su única orientación. Sintió que se elevaba, pero no como pretendía en la pompa de su fantasía. Muy lejos del punto interior donde acampaba su último emblema de lucidez, pareció escuchar los gritos de los cuervos, que prendados de la escena, estaban condenados al espanto que él, gracias a su inconsciencia, estaba librado de presenciar. Su cuerpo fue desprendido de la cruz y trasladado más allá de la atmósfera terrestre.

  A la mañana siguiente, entre el asombro de los habitantes de Jerusalén ante la cruz vacía; los compañeros de Jesús degollados; María, su madre, demente; y centenares de rígidos cadáveres con el terror aún fresco en sus rostros, una madre golpeaba frenéticamente a su hijo, cuyos gritos eran ahogados por el pánico colectivo. Estrujados por la multitud de hombres que luchaban por arrebatarles los cadáveres a las ratas, el niño le repetía la descripción de una extraña visión: «Sí madre, te juro que vi en mis sueños al señor de la cruz, allá lejos, cerca de las estrellas, flotando como la pluma de un ave con su cabeza hacia abajo. Debajo de él veía a un monstruo, también flotando… Parecía hecho de cinco cuerpos de hombres acostados como nosotros lo hacemos en la tierra para mirar a la luna… pero… pero de sus cincos cuellos unidos salía una sola cabeza… Sí, una cabeza cubierta por una boca aterradora llena de dientes que se parecían a los clavos con los que clavaron al señor en la cruz, pero blancos… Y madre… ¡Estaba abierta madre!… Te lo juro, recibiendo la sangre del señor, que salía de sus heridas a través de unas cosas que se  parecían a la tripas de los animales que sacrifican!… Pero aquellas eran como seda transparente… ¡Pues yo veía la sangre correr!».

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FIN.

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