RUNES SANGUINIS / Klarkash-Ton Tal Como lo Recuerdo – Por E. Hoffman Price

Clark Ashton Smith - E. Hoffman Price

El monótono camino de carretón empeoró mientras me abrí paso alrededor de una curva y disminuí para tomar la mejor vía entre las rocas que ascendían desde el lecho pedregoso. Los árboles a ambos lados formaban un túnel que aparentaba acercarse a su final. Me preguntaba si, malinterpretando las palabras y gestos indios, había pasado por alto alguna bifurcación que debí haber tomado. Poco chance para cualquier vuelta en U, incluso tratándose de un Modelo-A.

  En verdad era un placentero tramo boscoso, a pesar de ser muy silencioso. Las sombras tienen su mérito en una tarde de mayo, pero había algo exagerado en todo esto. Todas las cosas parecían estar dormidas en este extraño lugar. Si Smith no vivía aquí, debería. Era demasiado parecido a una escena lovecraftiana. Entonces yo vi el letrero, marcado con pintura negra hace mucho tiempo, con una brocha degastada y mano temblorosa: Timeus Smith.

  Emergiendo desde un túnel crepuscular penetré al claro de suelo duro y hierba chamuscada de una oscura colina californiana. Una cabaña de un gris degastado, agazapada en el punto más cercano de la propiedad de 39 acres de Timeus Smith. Desde hace mucho tiempo no había tenido ningún pozo casero, ninguna fuente, ningún riachuelo, ninguna cisterna. Pero el indio al menos me había señalado el camino a las tierras de un hombre llamado Smith.

  A mi llegada a las costas del pacífico, a mediados de abril de 1934, Clark Ashton Smith me había escrito para asegurarme que le podía encontrar en casa en cualquier momento; que podía hacer el viaje de 165 millas de conduciendo de Oakland a Auburn. Había dos Auburns, la ciudad nueva y la vieja. La última era el asentamiento original de la fiebre del oro, desde la cual, a una milla más o menos, y sólo un poco más allá de los rieles del ferrocarril, se encontraba el camino hacia la casa de Smith.

  El sonido del Ford y el cierre repentino de su puerta llamó la atención de Smith desde la cabaña colina abajo. Alto, delgado y frágil, él al mismo tiempo se asemejaba y no se asemejaba a la persona retratada por la instantánea que me había enviado antes de que yo partiera de New Orleans. Yo escuché y vi, por así decirlo, dos Smith al mismo tiempo.

  Existía un Smith viejo, muy viejo, cansado y no muy firme, y un poco encorvado; con una expresión grave y antigua; muy equilibrado, sensitivo, con una ligera torcedura en las esquinas de su boca. También, frente a este, o detrás, o mirando a través de él, ¡no podía decir cuál!, se encontraba un Smith infantil y sonriente, con un parpadeo en sus ojos, y un destello como si él hubiese pasado mucho de su tiempo saboreando la absoluta estupidez e insignificancia de totas las cosas, vistas a través de la superficie y la sustancia, y riendo de todo lo que vio. Todo esto existió durante un momento que me dejó en una parálisis emocional, simplemente porque no podía moverme e dos o tres direcciones al mismo tiempo. Entonces, la Presencia de Smith, las cartas de Smith, la Dualidad de Smith, todo se fundió en un firme apretón de mano, en una bienvenida cordial. Me sentía totalmente en casa, y feliz de haber encontrado el camino.

  Clark vivía con sus padres. Ambos tenían más de ochenta, y a primera vista, parecían de una vejez más allá de todo cálculo. El iris de los ojos del Sr. Smith se había vuelto incoloro, exagerando la apariencia de ancianidad. Para nada antipático, él era no obstante reservado, a mitad de camino entre evasivo y  accesible.

  La señora Smith, de cabello blanco y rostro delicado y fino, se movió con diligencia, hablando con entusiasmo y animación, balanceando inmediatamente la situación. Y no pasó mucho tiempo antes de que me diera un tour por la cabina.

  A mi derecha, se encontraba una cocina confortable y acogedora de la clase que recuerdo de los viejos tiempos, con estufa de madera, sus mesas de comedor y mesa de trabajo. A mi izquierda, tuve un vistazo de la penumbra del estudio de Clark, el cual parecía espacioso, a pesar de que no era más que uno de los cuatro cuartos de la casa, los dos restantes eran los aposentos.

  Entrando en el taller de su hijo, la señora Smith señaló las figuras esculpidas con talco. «Clark consigue el material en la mina de mi hermano. Cuando la escultura está completa…». Ella tomó un monstruo en miniatura, uno de los miembros de la familia Cthulhu, desde el tope de un estante de libros que cubría toda la pared. «Él la calienta en el horno de la estufa».

  Muchas eran androides: sub-humanas, casi-humanas, súper-humanas; confortablemente gruesas; agudamente demoniacas; estúpidamente confortables; siniestras, maliciosas, figuras completas, bustos, simples cabezas. Volviéndome hacia Clark, percibí el gozo que le causaba mi asombro.

  «¿Dónde está el modelo de Pickman? Nunca escuché hablar sobre tus esculturas».

  «¿Los modelos? Los mantengo guardados en el pozo de una mina abandonada».

  Entonces, la señora Smith volvió a la carga: «Debo mostrarte algunos de los dibujos de Clark…».

  A lápiz, crayón, acuarelas; muchos dibujos con lapicero, con tintas de diversos colores, siendo hechos con una laboriosa minuciosidad de detalles. Algunos eran los equivalentes bidimensionales de sus esculturas. Otros eran ornamentadas y complejamente estilizadas representaciones de vida vegetal que parecía estar fundida con el reino animal.

  «¿La Última Sirena», comenté; y, «¿podría ser La Sartunina?».

  A él le gustó la referencia a las dos composiciones que Weird Tales había publicado, que me habían conducido a escribirle por primera vez.

  «Algunas veces una historia sugiere una escultura o dibujo. Y a veces es en vía contraria».

  Con el tour completado, la señora Smith se volvió a los asuntos prácticos inmediatos. «Clark, antes de que tú te concentres en la visita, quiero que me consigas una cubeta de agua y me traigas algunas cosas del refrigerador».

  Siguiéndolo colina arriba, a unos veinte pasos de la cabaña, vi lo que había pasado desapercibido la primera vez: un parapeto de tierra bajo con techo de tablas.

  «Un pozo de mina», él comentó. «Vamos abajo». Una escalera se inclinaba hacia abajo hasta un saliente en la cara más lejana. Desde este empinado peldaño, una segunda escalera descendía hasta el fondo.

  «En primavera, llenamos el pozo hasta el nivel de cuarenta pies».

  El goteo de agua desde la roca era recolectado en un estanque desde el cual él extrajo un balde lleno. Cerca, en el escalofriante crepúsculo, había huevos y mantequilla, vegetales y leche.

  «Estas colinas están punteadas de pozos y túneles», Clark continuó. «La mayoría de ellos abiertos y sin vigilancia».

  Nosotros ascendimos las escaleras y entregamos los artículos, y entonces nos dirigimos a la orilla boscosa de la propiedad de Timeus Smith. Allí, cerca de un roble tumbado por el viento que mantenía un frondoso follaje, había catres, una mesa y sillas de campamento.

  «Yo hago todo mi trabajo aquí afuera hasta que el invierno me empuja al interior. Se puede dormir aquí también. A menos que prefieras mi habitación y un techo sobre tu cabeza. ¡Esto es demasiado bueno como para dejarlo pasar! Si alguna vez recibo mi paga de Weird Tales, me gustaría abandonar Oakland y encontrar algún lugar en las colinas».

  Bien entrada la segundad mitad de la tarde, cuando necesitábamos aliviarnos de mi anhelo de visitar a Lovecraft en Providence, a Robert E. Howard en Cross Plains, Texas, y a muchos otros del grupo de Weird Tales, Clark propuso una caminata a Auburn, para conversar con Jackson Gregory, el novelista.

  Muy pronto aprendí que este aparentemente débil y frágil recluso, podía poner en marcha una caminata a paso largo sobre la colina y mantenerla sin esfuerzo. Él tenía el aliento suficiente para hablar sobre las ocupaciones que eran necesarias para completar el ingreso de las ventas de ficción, y la venta de esculturas.

  Él cavó pozos. Él trabajó en los huertos que se esparcían por las pendientes bajas de Auburn. Él aserró y dividió madera. Volviendo sus manos a lo que sea que él encontrara para hacer, era capaz de escribir lo que le satisfacía, como quería, y mandar al infierno a los editores que no estaban complacidos. Clark ni envidiaba a los escritores de ficción de tiempo completo de la línea de producción ni menospreciaba el beneficio de un ingreso constante y sustancial. Estando suficientemente satisfecho consigo mismo, al no tener el sentimiento de que lo estoy «sacrificando» todo a expensa de la «integridad artística».

  Que Jackson Gregory era un operador a gran escala resultó evidente desde el mismo momento en que nos dio la bienvenida a su enorme estudio con vista al Río Americano. Clark y yo pasamos una estupenda media hora en un espacio como el que yo espero poseer algún día, uno que ninguno de los dos hemos conseguido. Mirando atrás, creo que Clark no tenía el más mínimo deseo por tal esplendor. Al pasar los años, nunca lo escuché expresar, ni siquiera a manera de capricho, el deseo por cualquier cosa más allá de lo que ya tenía.

  Esa noche, sentados alrededor de la mesa de la cocina, nuestro apetito fue estimulado por el aroma a panecillos horneados en el horno de fuego de leña, por el sabor de las chuletas en la parrilla y por la salsa asumiendo un apetitoso color marrón. Y Timeus Smith, ahora menos reservado, me habló de sus viajes, relacionando mi referencia a las Filipinas con su desembarco en Macao; la mención del vino de Madeira evocó unas cuantas palabras sobre Funchal; y las cosas portuguesas finalmente lo llevaron al momento en que él conoció a Don Pedro, Emperador de Brasil

  Secas, incoloras, de comprensión lacónica y mal recordadas, sus memorias hacían impresionante al anciano.

  Durante esta comida no hubo conversación sobre el oficio de escribir. Tales trivialidades fueron reservadas para después de la cena, cuando Clark y yo nos sentamos bajo la luz de una lámpara cerca del roble caído. Y finalmente fue algo muy bueno dormir bajo las estrellas y el frío de la montaña.

  Habiendo explorado las tierras de las afueras, la próxima vez llevé a mi esposa algunos meses más tarde, y de esa manera, de segunda mano, supe más sobre el pasado de Smith, con los retazos que mi esposa captaba durante las secciones de lavado de platos con la señora Smith.

  Sensitivo como un caballo de carreras o una pistola presta a batirse en duelo, el joven Clark no podía soportar la confusión y el bullicio de las escuelas. Luego de ver y compartir sus primeros cuatro o cinco años de tormento, los Smiths sacaron a su hijo fuera de la escuela de gramática y se dedicaron a darle una educación casera. Aparte de su abrumador dominio del inglés, él logró un conocimiento suficiente del francés como para traducir a Baudelaire, y del español como para componer versos en ese idioma.

  Ese otoño, la señora Smith fue nuestra invitada a cenar mientras visitaba unos familiares en Oakland. Anticipando nuestro encuentro, esa asombrosa dama escudriñó a lo largo y ancho de las colinas para recoger lirios mariposas para mi esposa, la cual en su visita a Auburn había dicho que nunca había escuchado hablar de esas flores. La recogida de flores silvestres había sido prohibida desde hace mucho tiempo por las leyes de California, pero los estatutos en relación a esto jamás han inhibido a la señora Smith más que las leyes que conciernen la educación obligatoria para niños. En sus extraños momentos, ella había maquinado la impresión, a expensa de la familia, de una colección de los poemas de Clark, y había incluso alcanzado al menos el punto de promocional la venta del libro.

  Hasta este día, no puedo decir si Clark sustentaba a su familia, o si ellos poseían un ingreso por inversiones, suficiente para mantenerlos. Sólo se que había una intensa solidaridad y atención entre los tres.

  La señora Smith murió, tanto como puedo recordar, en 1935 o 1936. En 1937, conduje a Henry Kuttner y su madre a Auburn. Llevamos regalos embotellados. Y mientras Clark le daba a los recién llegados el tour que su madre en tiempos pasados había dado, yo me senté en la mesa con Timeus Smith. Su gusto por el jerez español me conmovió.

  «Señor Smith, su vaso está vacío»

  Puedo aún ver su mano, nudosa, arrugada y temblorosa adelantar el vaso, con un destello aprobativo iluminando sus empañados ojos.

  «Yo acostumbraba a tomar una onza de ginebra holandesa por día», él comentó. «Para mis riñones».

  «Mmm… ¿Quieres decir esas botellas verdes con forma de féretro en el taller de de Smith?».

  Él asintió. «Vacías. Ginebra A. V. K. Tuve que dejarlo».

  «¿Ordenes del doctor?».

  Mi interés lo divirtió. «No del todo. Simplemente ya no había más A. V. K, ni más ginebra holandesa en todo el país».

  «Sucios negocios señor Smith. Por cierto, su vaso está vacío». Entonces, dividiendo lo poco que quedaba del jerez, «la próxima vez que venga, le traeré un botella de ginebra».

  Hablamos nuevamente de probabilidad histórica, no la actual. Él tenía una caja de especímenes para ejemplificar sus opiniones. Un trozo de mineral del tamaño y forma de una pequeña pastilla de jabón ovalada, su forma y textura sugería su origen, el lecho de un río, estaba moteada con oro del color del trigo.

  «Mis felicitaciones», dijo el señor Smith. «Consérvalo como un recuerdo».

  Esto fue en septiembre.

  Cada vez que disfruto del recuerdo de esa visita, mi promesa viene a la mente y una voz irritante y sibilina me dice, «envíale al anciano una botella de ginebra Bols, es tan buena como la A. V. K., tan difícil de encontrar».

  Mi respuesta: «Yo dije que la llevaría la próxima vez que vaya».

  Los negocios habían tomado uno de esos periodos de declive, y una Pierce Arrow tan larga como un suelo chino requeriría 35 galones de combustible para el viaje. Pero por sentimiento conservé la muestra de mineral. El dialogo sin palabras se repitió en octubre. Rechacé la irritante voz varias veces en noviembre. La cosa se volvió algo patológica cuando diciembre llegó. «Enviar una botella por expreso es bastante legal dentro del estado», le contrarié con una firmeza de hierro: «Yo prometí que la llevaría en el próximo viaje».

  Timeus Smith murió el día después de noche buena. Fue a mitad de 1939 cuando pude viajar a Auburn. Clark y yo no entramos a la casa inmediatamente, como anteriormente habíamos hecho. Saqué botellas fuera del baúl, lo seguí al roble caído y coloqué el trío sobre la mesa.

  «Yo esperé demasiado tiempo. No debí retrasarme. Ahora es demasiado tarde». Él fue en busca de vasos, y yo me puse manos a la obra con el saca corchos de mi llavero. Bols, ginebra destilada desde 1575 D. C., no corría las tapas o doblaba los tapones. El líquido era aceitoso como la glicerina. Los vapores del enebro se alzaron en oleadas mientras vacié tres dedos en cada vaso.

  Nos levantamos. «Le dedico este vaso a Timeus Smith». Fondos hacia arriba, suaves pero sucios. «Que bien que tu padre no vivió para probar esta porquería».

  Clark hizo un gesto de asentimiento. «Más bien vil, pero disfruto tu sentimiento». Yo tomé la quinta de brandi. «Esto cortará el mal sabor. ¿O prefieres el ron Demerara?».

  Una rociada de brandi eliminó el aceite de enebro… Abrimos el ron y bebimos nuevamente en nombre de Timeus Smith… Curioso, pero no le dedicamos un vaso a la madre de Clark. Siempre me he preguntado por qué.

  Antes del que el sentimiento y el licor dominaran totalmente, Clark dijo: «Tú nunca has conocido mi tío Ed. Te gustaría conducir hasta su casa en Kilaga Springs; será interesante».

  «¿Es donde tú consigues el talco para tus esculturas?».

  «Ese es el lugar».

  «¿Qué tal si le llevamos algo de beber?».

  «Seguro él tendrá algo a mano».

  Nos pusimos en marcha, pasando el viejo Golconda y las otras minas que puntean la colina. El único obstáculo fue un viejo puente sostenido por sujetadores y oraciones.

  Ed Gaylord —tío Ed—, sólido, rudo y de cabello blanco estaba feliz de ver el sobrino Clark. Él estaba igualmente feliz porque no había clientes que interfirieran con una buena visita. Él era el propietario de una mina de cobre abandonada, así como de la fuente mineral Kilaga, cuyas aguas curativas alimentaban una docena o más de tubos de agua en la casa, así como el pozo de lodo ubicado en un ala de la casa.

  El vertedero de la mina era un vasto montón de fragmento que iban desde  el amarillo al marrón. Yo llamé a la sustancia «talco» por ignorancia, y por la suavidad que permitía un tallado con un cuchillo jack. Un vistazo hacia el pozo de la mina dejó claro de que no iba a ver tour. La mina estaba inundada. Prestamente nos dirigimos a la acogedora casa del señor Gaylord entre los altos árboles.

  «Y yo embotello el agua de la fuente Kilaga», él dijo sacando una muestra de ocho onza. «Los indios han venido por siglos ha estas fuentes para curarse de toda clase de enfermedades». Él era elocuente, expansivo  radiante. «Excelente para la quemadura y la caspa del cuero cabelludo; incluso los peludos indios la encuentran de lo más útil».

  Clark lo interrumpió. «Tío Ed, ¿no tendrá usted algo de beber en la casa?».

  El tío Ed no perdió tiempo en servir Bourbon. Con su mano libre el destapó una botella de Kilaga. Fondos arriba. «A manera de aderezo…», él llenó mi vaso con Kilaga. «Es diferente».

  Lo era. Sentí nausea. Me atraganté. Refunfuñé. La cosa era astringente, amarga, tan paralizante que no tragué nada.

  «¡No te hará daño! El Kilaga es bueno para la indigestión. Aquí, toma esta botella grande, llévatela a casa. Es buena para los eccemas y la caspa».

  El viejo demonio disfrutó tanto mi escupidera y mis muecas que yo empecé también a disfrutar de la broma. Fue una velada divertida, y estaba feliz de haber hecho este viaje secundario. Mientras no arriesgábamos por segunda vez en el puente Clark dijo, ¿puedes adivinar qué tan viejo es mi tío?

  «Debe tener al meno sesenta».

  «Tiene ochenta».

  En la mañana, mientras no levantábamos de nuestros catres yo dije, «un trago de ron cortará el frío de la montaña». Clark estuvo de acuerdo. Entonces, el sentimiento y el remordimiento volvieron a la carga. «Espera, esta reunión es principalmente por respeto a tu padre muerto. Será ginebra holandesa».  Clark no se inmutó. Yo serví la sustancia aceitosa. Nos miramos uno al otro. «No es peor que el agua de Kilaga», él dijo siniestramente, y nos bebimos el trago mañanero.

  No contemplamos asombrados. «¡Maldito sea Dios! No tan espantoso como esperaba». Clark dijo, «No tal vil como anoche». «Sólo hay que acostumbrarse».

  Clark extendió su vaso. «Por respeto a mi padre muerto». Luego del desayuno finalizamos la botija.

  El licor no parecía tener efecto en Clark más allá de la evocación del gozo y la viveza. La única vez que él fue un invitado en mi casa, abrí una botella de 151 de ron Demerara. Los demás lo cortaron con agua o lo mezclaron con café, o cuidadosamente tomaron un trago de un vaso de licor de la sustancia suave y poderosa. Clark permitió que le vaciara tres dedos en su vaso. Él lo saboreó, y se lo bebió como si hubiese sido un vaso de jerez español. Él se tomó un segundo vaso, y un tercero. Nada pasó. Nada, excepto que la profunda línea de melancolía de su rostro viejo se iluminó, y un nuevo parpadeo se apreció en sus ojos.

  En 1940, yo emprendí el último safari al espacio de Smith: Edmond Hamilton, Jack Williamson, y Diego del Monte, quien escribía para las revistas pulp bajo el nombre de  Felix Flammonde, eran las escoltas. Ninguno de ellos conocía a Smith. Él aún vivía solo en la cabaña que antaño había compartido con sus padres. Él aún estaba allá, sin cambiar ni desviarse. Él había estado cavando pozos. Uno de lo invitados era un turco cavador de pozos. Bebimos ron diluido con agua del pozo de la mina. Y esta fue mi visita final al área encantada que yo pude ver, pero no vi tan a menudo como me hubiese gustado desde mi última visita. Primeramente, había restricción de gasolina por tiempos de guerra, y más adelante, fue la desintegración de mi negocio de ficción que me cohibió continuar con los viajes. Intercambiamos cartas de habladurías casuales, y él me envió una copia de cada una de sus varias publicaciones de Arkham House. Él estada profundamente interesado en el horóscopo que le leí. Pero estoy seguro de que el análisis astrológico y lo pronóstico en ninguna manera influenciaron sus decisiones.

  El Smith inmutable e incambiable…

  Hasta que a fines de 1954, llegó la noticia junto con unas pocas palabras escritas al margen: Clark Ashton Smith y Mrs. Carol Dorman se habían casado en Monterey, y estaban viviendo cerca de Pacific Grove. A principios de 1955, yo fui a verlo a él y a su esposa.

  Clark tenía entonces 62, pero parecía más viejo. Su producción había disminuido, y sus enunciaciones ya no eran tan agudas como lo habían sido alguna vez. Él estaba encorvado, frágil y tembloroso. En contraste con la vibrante y vital Carol, él parecía ensimismado y débil. Esos primeros momentos en la confortable y atestada librería de la sala me dejaron triste, perturbado y desconcertado. Entonces, vino un destello de algo desde  debajo de la superficie. La sombra de Smith se volvió el mismo Clark Ashton Smith, y yo estaba de regreso con él en 1934, con esta única diferencia, había más de él.

  Este viejo Smith era feliz en una forma como nunca lo había sido en los viejos días. Los más viejos recién casados que haya conocido jamás, eran en su expresión madura, los más jóvenes y radiantes. Las miradas que ellos intercambiaron durante las pausas en nuestros esfuerzos por mezclar viejos recuerdo con el presente mostraron como él y ella habían encontrado algo nuevo, esplendido y sustancioso.

  Ellos tenían todo esto, a pesar de un terreno potencialmente desastroso: los tres hijos adolecentes de la señora Dormant de un matrimonio anterior estaban erizado de hostilidad. Un antagonismo silencioso alanceaba y aguijoneaba hasta que me pareció que Clark debió obtener un equilibrio sólo a través de un largo estudio con un maestro Zen. Él estaba demasiado ocupado en saborear la presencia de Carol como para dedicarle atención a cualquier animosidad. Por otro lado los jóvenes tenían que resignare al señor mayor con el que su madre se había casado, ellos no podían acuchillarlo por desquite o defensa propia.

  Clark y Carol posaron en los peldaños frontales para sus fotografías. Él lucía garboso, usaba una boina y tenía la cabeza ladeada con un destello en los ojos, y ella ya no parecía mucho más joven que él. Cuando autografió «El Oscuro Chalet»: «Para Edgar, en recuerdo de los muchos encuentros felices, de Clark, 13 de febrero de 1955», lo hizo con una escritura desparramada que corría incesantemente sobre la página como lo hicieron unas líneas que él había escrito en un trozo de hoja improvisada en 1942.

  Clark y Carol se casaron cuando él tenía 61 años. Esto, su primer matrimonio tan tarde en la vida evoca la siguiente pregunta: «¿Qué de la predecesoras, de los romances que nunca culminaron en matrimonio?». Una respuesta yace en las historias de Averoigne y en algunos de sus versos. Compárense estos con todo el cuerpo de composición de algunos contemporáneos de Clark quienes, pese a cualquier experiencia que ellos hayan extraído de la vida, tuvieron en efecto, si no absolutamente, la desviación de las mujeres.

  También hubo inevitables referencias, si bien Clark y yo nunca tuvimos ninguna curiosidad relacionada con nuestras respectivas vidas personales. Existían citas y sin lugar a dudas algunas equivocadas de aquellos que conocieron, pudieron haber conocido, o pudieron haber imaginado. A pesar de que estos vagos e infrecuentes retazos eran compatibles y coherentes con las circunstancias que, tomadas como un todo, no tenían fuerza. Pero la suma de todas estas piezas da como resultado de que con al menos dos mujeres la vida de Clark no había sido solitaria, y que hubo al menos una relación de larga duración y de gran importancia.

  Y hubo otra, un colega escritor, una mujer que conocí a través de una carta de presentación de Clark. Sólo sé que se habían conocido en Auburn. Siempre que nos encontrábamos, había un tono decaído y un apremiante deseo por saber noticias de Clark, y un tono semejante al momento de mis respuestas. Seguro que una vez hubo algo más entre ellos de lo que había cuando nos conocimos. ¿Qué otra cosa pudo haber cortado la comunicación entre amigo? Nunca le pregunté. Ella murió poco ante que él.

  Muchas amistades viejas se han ido a pique cuando uno de los compañeros se casa. Mi segunda visita, a mitad de 1955, confirmó mi sentimiento de que Carol estaba expandiendo la vida de Clark, no limitándola. Con todo y lo vivaz, intensa y segura de sí misma que era, ella no lo abrumó. Ella lo exteriorizó, lo reconstruyó de manera que él era más expresivo que viejo. Y mientras me marchaba, me repetí a mí mimo lo que le había dicho a Clark y a Carol: «Esto está muy bien, somos vecinos nuevamente, y brindaremos con muchas jarras y disfrutaremos viejos tiempo hechos nuevos otra vez, y mejores».

  Pocos meses después, me llegó una tarjeta escrita por Carol. Vándalos habían incendiado la cabaña de Clark. «Te necesitamos, el teléfono está cortado. Salimos hacia Lima, Perú…». Un menaje confuso, casi en su totalidad. Escribí pidiendo una aclaración, diciendo que mientras el fin de semana entrante estaba comprometido, yo los vería donde quiera que estuviesen antes de que ellos viajaran a Lima.

  No hubo respuesta. La carta nunca retornó como no reclamada. Me pregunté que tanto mi fracaso de viajar inmediatamente a Pacific Grove pudo haber ofendido a Clark; me preguntaba si Carol se había sentido ofendida y había vuelto a Clark en mi contra.

  Cada una de las varias ocasiones en la que planifiqué ver a los Smiths, durante mi tour de visita a la península de Monterey, fueron frustradas por inconvenientes de último minuto. Mi propia vida se había vuelto aún más complicada y saturada, y por lo tanto no fui tan persistente en mis esfuerzos como debí serlo. Luego vino la rehabilitación de mi casa, arruinada luego de 13 años de vida de soltero, y poco después mi tercer matrimonio.

  En agosto de 1961, supe por Glenn Lord en Texas, que Clark había muerto a la edad de 68 años. Yo pasé los dos meses siguientes tratando de convencerme a mí mismo de que no le había fallado a Clark o a nuestra amistad. Me recordé que a través de los años yo siempre fui a verlo mientras que él sólo fue mi invitado por una ocasión. Yo gané cada un de los debates pero aún así permanecía perturbado. Mi esposa —Loriena— y yo nos pusimos en marcha hacia Pacific Grove. La bienvenida de Carol me hizo sentir mejor. Comprendí de inmediato el críptico menaje.

  Ella dijo, «Él nunca sintió que tú lo habías abandonado. Cuando él recibió tu carta sólo sonrió y dijo, ″interrupción de la comunicación″. Una y otra vez él habló de ti tan cariñosamente como siempre.»

  Su intención me consoló pero no me convenció.

  Había mucho que decir acerca de los 39 acres de colina, deseado por un especulador de bienes raíces para una subdivisión. Ella estaba convencida que la quema de la cabaña fue la culminación de una serie de actos vandálicos para obligarlo a vender la tierra.

  Carol nos habló de sus vacaciones en el país del Gran Sur, a unas cincuenta millas hacia el sur, y de los literatos, incluyendo el fenecido Robinson Jeffers, quien se recluyó en los boques de la costa. Me dijo cómo, durante una de sus enfermedades críticas, Clark la trasladó a Gilroy Hot Springs, un resort japonés donde él y los solícitos asiáticos la mimaron hasta hacerla recuperar su salud. A pesar de que ella no aclaró si Clark se había convertido al «budismo», él se había adentrado mucho en esa dirección. Nos movimos al pequeño patio para sentarnos al sol del atardecer.

  «Clark las plantó», ella hizo un gesto. «Él revivió este cuadro seco y muerto, cuando no estaba ganando unos pocos dólares atendiendo el jardín de otra persona». A pesar de una sucesión de pequeños ataques de apoplejía, los cuales minaron su cuerpo pero no su mente, él se ganó la vida hasta el final. Carol, con Loriena siguiéndola, entró a la casa para buscar vasos y una jarra de Burgundy. Ella hizo una pausa para decir: «¿Les importaría traer una de las pequeñas mesas del sótano?».

  Tuvo lugar una conversación entre mujeres, ella se tomaron su tiempo hablando de cosas. Yo estaba sentado inerte. Las plantas y flores eran simplemente plantas y flores. El jardín de Clark no hizo nada en absoluto por mí. No estaba ni feliz ni triste. Era una anestesia emocional, algo bastante confortable. Finalmente bajé al atestado sótano y esperé a que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. Vi las mesas de patio de aluminio luego de un momento de pestañeo.

  Alguien me dio la bienvenida en la frialdad crepuscular. No existía ni la vista, ni el oído ni el tacto, tampoco ningún otro sentido que estuviera afectado en cualquier manera, aún así fui repentinamente consciente de una presencia. Clark en esencia; Clark en amistad. Una abstracción más real que la realidad. Los psicólogos y otros han probado, por lógica u otro medio, que uno sólo puede responder a los estímulos de los sentidos. Yo sé lo contrario.

  1934-1955. Primer y último encuentro.

  Yo permanecí allí feliz y renovado. Todo estaba bien entre Clark y yo. Todo siempre había estado bien entre nosotros. Durante esa infinita franja de tiempo, la comunicación había sido total, es decir, sin detalles.

  Yo llevé la mesa al patio y me senté allí, con los pies extendidos y los brazos cómodamente cruzados. Ya la realidad del sótano se había vuelto un recuerdo que evocaba encuentros felices, hace mucho tiempo. Muy pronto las mujeres aparecieron con los vasos y la jarra.

  «Carol, cuando yo fui a buscar la mesa…».

  Ella asintió. «Clark aún está alrededor de la casa, él te dijo…».

  Más tarde me senté en el segundo piso y observé el mar, y leí una de sus publicaciones de revista hasta que me quedé dormido, esperando por la llamada a cenar…

Traducido por Odilius Vlak

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  • Nota: Tomado de: «Emperor of Dreams: A Clark Ashton Smith Bibliography», Donald Sidney-Fryer. Donald M. Grant, 1978.
  • Nota: La versión original de este texto, titulado: «Klarkash-Ton as Remembered», se encuentra aquí: http://www.eldritchdark.com/

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