TETRAMENTIS / El Ritual de las Emociones Asfixiadas – Por Odilius Vlak

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  Los adeptos surgen desde las sombras de un salto; como almas expatriadas de las dimensiones donde se proyectaron por vez primera y que al regreso, después de una larga podredumbre en el detritus que imagina y crea la naturaleza de este planeta, fueron al mismo tiempo anatemizadas y expulsadas como forasteras. Ellos saben ya que su domicilio es la noche. Sus posturas tensas trazan la cuadratura del círculo mágico. Están todos, incluyendo sus fantasmas, lastimados por las eternas arremetidas contra la bóveda de hielo que es el cráneo del universo. Intentaron perforarlo sin éxito, por eso su destino está cautivado bajo esta bóveda luctuosa que no permite que ningún Ser se alimente de los secretos que vagan libres más allá de esta catacumba de cuerpos celestes.

  En sus semblantes se nota la ebullición de un enjambre de confusiones aún no comprendidas, que los golpea una y otra vez en un implacable y rígido presente. La furia  provoca que algunos de ellos busquen su futuro en las puntas de sus dedos, pero éstos no están, se quedaron rezagados en las huellas que antaño sostuvieron un delirante conjuro mágico.

  Cada uno de ellos lleva en sus manos una antorcha humedecida con la grasa corporal de aquellos que perecieron con dignidad bajo los fuegos de Sodoma y Gomorra. El aura escalofriante emana incluso de las costuras de tejido fosforescente con las que están unidas las diferentes partes de sus túnicas negras. Tiritan con una solemnidad lúgubre y silenciosa. El hielo sigue aquí, inspirando el itinerario de los fantasmas a través de cada uno de sus temores y de la férrea tiranía de sus emociones. Es evidente que en el estado de esclavitud sagrada en el que se sumieron es inútil una oración o un mantra sagrado… Aunque ellos no están aquí para pedir perdón.

  Los que están en un estado más cercano  a la nada materializan una sonrisa siniestra en sus rostros, saben que no se erigen altares sólo para sacrificarle momentos de dicha al miedo. Allí se encarnan poderes, fuerzas, destinos que lapidan a golpes de cometas al hombre emocional. En el centro del círculo se alza —incrustada en el cráneo de un extraño ídolo de los espacios siderales— un arpa sagrada. Según la leyenda, surgió de la baba del dios Cronos en las edades fabulosas griegas; cuando éste, corrompido por los demonios del plano emocional, devoraba a sus hijos enceguecido por un frenesí que animaba sus fauces babeantes mientras mordía sin rumbo fijo sus tiernos cuerpos. Más tarde fue ungida por las sustancias creadoras del cosmos. A través de los tiempos se la ha conocido como Anvernaz: la que emite emociones que enervan los hielos y los fuegos. El espectro que la tañe es Murviel, entidad consagrada por los Eternos a tocar este sublime instrumento, que contiene entre sus cuerdas las sombras de esas visiones que exaltan la amargura del dios decadente y hambriento de almas volátiles. En cuanto al rito, antiguas razas lo llamaron la pendiente de los ecos malvados. Pero desde el último diluvio, los hombres silenciosos y malditos que han participado en él, enfrentando la implacable melodía de Anvernaz, lo llaman: El Ritual de las Emociones Asfixiadas.

  El sudor frío deja su memoria de escarcha plateada sobre la palidez que sostiene la carne dura y añeja de los adeptos. El fuego que antaño reinó en sus ojos se desliza ahora bajo la superficie helada de sus pupilas. Saben que el terror es el fantasma de su adicción por los maléficos arcanos de la oscuridad. Y es que lo espera detrás de cada frontera circular que traspasan, en busca del insondable misterio. Pese a ello, las almas de acero, forjadas en el fuego del conocimiento vedado de estos nueve adeptos condenados a las sombras desde las épocas mágicas en que sus hechizos osaron violar el abismo, están firmes. Tan intensa es la furia de su desafío, que marchitarían toda esperanza en el más elevado de los reinos celestes.

  Esto la ha notado Murviel, mientras surge como un vapor azulado desde el interior del gigantesco cráneo. Se diría que una madeja de tinieblas está devanando su Ser a través de dos hilos de neblina azulada que brotan desde los dos huecos oscuros del cráneo del ídolo sideral. Van deshilándose tirados por los trazos de una imagen que se impone poco a poco a todos los componentes vitales de la macabra escena: la noche que se asombra; la luna que amenaza con reventar de éxtasis por el fenómeno; las estrellas que suspiran aliviadas por el sudario de oscuras nubes que cubre el cielo, respetando sólo el ojo lunar; la tierra y sus bosques que ya saben del espanto; se acercan las criaturas de las sombras para inclinarse ante el terrible heraldo. Y entre los búhos, los murciélagos y los aullidos de los lobos, los nueve señores son visitados por el temblor, pero sin que éste les impida aferrarse a su admiración y fanática reverencia por esta joya espiritual del lado oscuro.

  Entre los latidos mudos de los corazones sedientos de sangre se desplaza Murviel, lento y solemne, investido con la pétrea indiferencia de los sacerdotes que ofician en la eternidad. Sólo se percibe un semblante gris que asoma su terrible presencia a la luz de la luna, desde las profundidades de una túnica negra que cubre el resto de su Ser, que no es más que el reverso de la túnica en sí. Sentado en su trono luctuoso se dispone a tocar su arpa, sin molestarse siquiera en posar sus ojos sobre los adeptos. Sus ojos… En el centro de ellos llamea una hoguera de almas vencidas por su tenebroso arte, rodeada de un círculo de gotas de sangre que se arrastran a su alrededor. Un antiguo fuego avivado por los recuerdos de adeptos aplastados bajo los pies de legiones de emociones en pos de reinos erigidos en otros planos del Ser… ¡Anhelantes de seres alados! Surge la música… y…

  Al principio, toda la naturaleza parecía tener su espíritu anclado en la misma dimensión. Los nueves adeptos, devorados por las dudas y la expectativa, fijaban sus miradas como una maldición en el extraño intérprete y sus sutiles movimientos sobre las cuerdas del arpa. Regocijados en las cadenas de su asombro lo disfrutaban y extraían de este estado la eternidad que le corresponde. Tras la venda infalible de su orgullo, ellos se fortalecían ante la revelación de este heraldo del abismo. Murviel sólo extiende su sombra en las temibles intuiciones que han penetrado en las esferas más complejas de la apreciación del Mal. Los nueve adeptos saben esto, y por eso se palmean con espinas por el nuevo grado adquirido. La sola presencia de este eterno mago, ya es demasiado para la prueba del ritual, y los vencerá si los adeptos no son capaces de evitar que la energía de su Ser caiga rendida ante los pies de sus emociones. Al menos, estos nueves espectros inmortales se convencieron de que el infinito es más vasto que su inmortalidad y no se arrepentirán de haber abandonado las tres dimensiones terrestre en pos del más allá oscuro… ¡Esta es su negra fortaleza!

  La melodía surge en círculos y se expande hasta la frontera orgullosa que delimitan los adeptos. Es como si el fantasma de un lago envenenado estuviera deambulando dentro de círculo y las notas de Murviel fueran enormes hechizos pétreos arrojados uno tras otros al  centro del lago. Las ondas que producen son invisibles pero empuñan una terrible condena que devorará salvajemente las carnes de los adeptos, sus huesos, sus mentes y sus almas, tal como el dios Cronos lo hizo antaño con sus hijos, y así continuará su banquete a través de cada una de las esferas del Ser que componen el microcosmos de los adeptos. Cada una de las esferas que se encuentran detrás de cada uno de ellos: las esferas de sus abismos, de sus ruinas celestes, de su absoluto, de su vacío, de su plenitud, de su nada, de sus infiernos y sus paraísos. La melodía penetra hambrienta como un gusano la carroña hasta esas dimensiones interiores de los adeptos. Ella, de acuerdo a las emociones que despierte en ellos, descubrirá en cuál esfera existen, en cuál han devenido en creadores, con cuál esfera se han alineado una y otra vez en el devenir de los eones, para forjar con sus arcanos de sabiduría y locura sus arquetipos espirituales. Pero si es la esclavitud lo que se despierta con mayor intensidad en una esfera determinada, allí mismo la melodía se encargara de clavar sus almas, para que disfruten eternamente  la condena de embriagarse con esa emoción particular.

  Los adeptos han sido arrebatados por la melodía hasta los reinos dominados por la inspiración de Murviel. Sobre el círculo están suspendidas nueve formas borrosas, encarnadas en un caos de átomos que intentan redefinirse unos a otros con los genes que pululan en el limbo. Tras ese velo guerrero y épico se ocultan las imágenes físicas de los nueves reyes que exigen sus feudos sobre las tumbas de los dioses. Lejos, en estancias inasequibles por el tiempo y el espacio, sus almas inician una aventura. En ella revivirán cada uno de los momentos en el que la fuerza vital de sus emociones los subyugó, a ellos, que se intitulaban sus soberanos: crueles inmolaciones de niños con miradas de odio, cuya sangre era exigida por la espada que iluminaba la senda de negros rituales; el sacrificio de corazones puros, empalados sobre sus lenguas de fuego; frenéticas danzas alrededor de los escombros del absoluto; globos de colores pálidos, hechos de piel humana, suspendidos sobre extraños infiernos que en antiguas edades le sirvieron de barricadas; blasfemias, temblores y sudor frío nublando pupilas agrietadas por el éxtasis de la traición; sueños fantasmas en los letargos invernales de la nada; convulsiones y jadeos, al otro lado de civilizaciones asoladas por sus hachas de filos desorbitados; dioses y cultos reducidos al vacío de símbolos parásitos, hospedados en la conciencia colectiva de razas errantes sobre paraísos perdidos en el lado oscuro del tiempo.

  De esa manera asisten nuevamente a sus abominaciones ancestrales, en las cuales ellos no eran más que un instrumento inconsciente de las fantasías de sus emociones; demasiadas poderosas ya para que no pudieran intimidar sus espíritus y señalarle el camino  a sus destinos. Anvernaz hierve en una embriaguez de condenas púrpuras y burbujeantes. Fluidos en donde se cuecen todos los demonios del Ser para el festín de míticos nigromantes… Los que han vencido. Murviel es un intenso fluir de filamentos de luz azulada, evocando en su aquelarre de átomos fosforescente, una forma humanoide que tañe a la velocidad del miedo su arpa… ¡Soporífero espanto melódico que se revela a las nueves sombras, coronadas por el cirio de hielo que sostiene en su mecha los fuegos de un infierno atestado por la vastedad de una sola alma!… La de la divinidad oscura, Cronos.

  La materia borrosa de los nueves adeptos se expande por las caóticas visiones que esparcen las emociones al reventar. Han desahogado su asfixia sin que su microcosmos se desintegrara quedando condenados a la esclavitud de una emoción particular, que haría entonces la función del copero del dios devorador, Cronos. Ellos han triunfado, porque se han mantenidos reinando desde la frialdad propia de las grandes almas oscuras, mientras visualizaban el despliegue de sus antiguas emociones. En verdad, no les produjeron más que una leve satisfacción y una mueca de indiferencia. En verdad, saben que ese antiguo furor contribuyó a forjarlos pero que pertenece a un lejano pasado en la infancia de sus almas. Ahora lo que desean es alinear las dimensiones que delimitan las telas de arañas con cada una de las esfera de su Ser.

  La música va recogiéndose despacio, como la niebla ante la aurora que trae el relámpago, hasta la garganta de Anvernaz. En cuanto a Murviel, se  desvanece lentamente, como si un aire frío estuviera borrando su figura. Nuevamente la noche y sus criaturas son reintegradas a su propia oscuridad, cautiva por la melodía durante el ritual. Las almas de los adeptos regresan radiantes atrayendo sobre sí todos los átomos de sus vestimentas carnales aún rechinando por el frenesí. Desnudos, jadeantes y estremecidos en todo su Ser por la prueba, contemplan absortos el lago que se formó gracias al sudor que brotó de sus cuerpos. Ahora todo el círculo es un pequeño lago cristalino y calmado, la expresión líquida de su catarsis y purificación, que se nutre del delirio que continúa dominando cada músculo de los nueve cuerpos. El asombro sólo encuentra digna expresión en sus ojos, que ahora llamean con un fuego azulado: el de los heraldos de Cronos. De pronto sus pupilas se dilatan. En la superficie del pequeño lago ven la imagen de Murviel disipándose como un aliento invernal a través de la boca del cráneo del ídolo sideral, que ahora es una especie de isla en medio del lago; habitada sólo por Anvernaz y los fantasmas de antiguos adeptos vencidos por sus emociones.

  La visión no duró lo suficiente como para estampar su belleza mítica en la imaginación de los adeptos ya que de forma repentina una fulgurante convulsión del suelo hizo hundirse en las aguas del lago al cráneo del ídolo sideral y a Anvernaz. Junto con los fantasmas de los condenados, regresarán al abismo a donde pertenecen, a través de las aguas etéreas del lago. La inmersión fue acompañada por una melodía fija y obsesiva, que se elevaba hasta el infinito encerrado en cada una de las esferas que componen el microcosmos de cada uno de los adeptos. Ellos sintieron la melodía lanzarse hacia sus reinos pletórica de dones oscuros. En sus dimensiones infernales reverdecen, en un  nuevo ciclo, sus eternos rituales  de hierro y sangre. A lo lejos, en la última esfera de cada uno de los nueve microcosmos, se veía a un demonio danzando. Más cerca, en la esfera física de éstos… Nueves sonrisas proyectaban su siniestro reflejo sobre el lago.

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FIN.

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