TETRAMENTIS / El Sueño de Caronte – Por Odilius Vlak

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Caronte despertó por primera vez fuera de los muros que encierran el símbolo de su existencia, pues nunca se había quedado dormido en los lechos de tinieblas de su horrible mito. Despertó, sólo para encontrarse en el horrible abismo que disimuló con un esmalte siniestro el demonio que encarnó en su sueño.

  Al otro lado del balneario de sombras, una voz cavernosa le gritaba una y otra vez: «Caronte, ahora sólo faltas tú por cruzar». Sin comprender, Caronte se dedicaba a esperar paciente y eternamente que las leyes que rigen a los vivos continúen esclavas de la muerte. Y así, ya sea por el florecimiento de una guerra, o el banquete de una peste, o por la ofrenda tarde y escasa de la miserable vejez, las sombras continúen llegando; emanadas del aliento acre de la muerte.

  Cuando por fin sintió que el tiempo ya no lo tomaba en cuenta en su infinito devenir, Caronte, colmado de terroríficos presentimientos, cruzó al otro lado de las aguas inmaculadas de toda vida, al encuentro de la lúgubre voz que durante todos los eones pasados no cesaba de gritar: «Caronte, ahora sólo faltas tú por cruzar».

  Los oscuros remos se ahogaban una y otra vez en las invisibles aguas abismales, cuyo fondo era una tétrica constelación con astros que no eran más que las sombras de los antiguos vivos, que habían descendido para refulgir con la marchitada luz del recuerdo de sus vidas, hasta esa bóveda celestial del abismo infernal de Hades. Por primera vez en su existencia, el una vez monótono trayecto le estaba resultando agotador al cada vez más angustiado Caronte, hasta que por fin se dio cuenta de la verdad que el destino le tejía a su alrededor. La revelación se manifestó extraña en su Ser; con un estremecimiento que no sentía desde que vio por primera vez una sombra descender a su mortal reino; cuando vio por primera vez el vástago de algo llamado muerte: el estremecimiento del asombro.

  Poco a poco, un gigantesco espejo, cuyas medidas al parecer sólo respetaban las leyes del tiempo se hizo realidad. Emergiendo desde el fondo astral de las quietas aguas, alzándose desafiante. Ignorando las medidas espaciales de esa dimensión espiritual, se estableció como un horizonte cuyas líneas eran dibujadas por los mismos destellos luminosos de la superficie del espejo. Destellos que no tenían su fuente en el oscuro universo de muerte, silencio y vacío de Caronte, sino en un reino externo, ajeno al suyo. Esto hizo que Caronte experimentara su segundo estremecimiento, éste totalmente nuevo para él: el estremecimiento del miedo. Porque comprendió que el otro lado del espejo era lo opuesto a la lobreguez mortal que él tanto amaba; al otro lado se extendía el reino de la vida.

  Cuando al fin la barca de Caronte se acercó a la superficie del espejo, un paisaje totalmente nuevo se dibujo ante él. Nuevo en su expresión física, pero de alguna manera intuitiva, conocido en su estado espiritual. Todo era lo opuesto de su propio mundo: la luz inquieta a la oscuridad reflexiva; la intensidad de los colores a la palidez letárgica de todas las cosas en su mundo; opuesta también era la barca que yacía justo frente a la suya, reflejo que quiso contemplar con ojos siniestro pero que al final terminó observándolo con una nueva experiencia: la curiosidad.

  La barca era la réplica exacta de la suya propia, excepto que estaba construida con un marfil tan luminoso que se podía decir era la exteriorización de toda la luz encerrada en la negritud que teñía cada uno de los huesos sin tiempo que formaban la barca de Caronte. También, la figura sobre la barca era diferente: un bebe de una belleza tan pura y viva que simbolizaba, no el surgir de una nueva vida, sino el nacimiento de un alma; así como la esplendorosa decrepitud de Caronte simbolizaba su muerte. Para Caronte, el momento de contemplación pareció infinito, casi como si hubiese presenciado toda la etapa de la existencia cósmica de esa alma, desde el inicio de su tiempo en el bebe hasta su fin en él mismo. Y su absorción hubiese durado eones si el cavernoso estruendo de la voz no hubiese resonado de nuevo dentro de él.

   «Sí Caronte, ahora sólo faltas tú por cruzar, y regocíjate, ¡oh fiel expresión de la verdadera oscuridad!, del misterio que repta dentro de ti. Eres algo más que la fantasía de un mito, en verdad eres el símbolo mítico de una fantástica realidad: la realidad del lado oscuro del alma. Desde que arribaste a la luz de la imaginación del hombre, proveniente desde el fondo de la oscuridad de su alma, has embellecido su muerte, la has dignificado, le has ayudado a comprenderla; imaginarse a sí mismo dentro de ella y a deleitarse en el deseo que arde en el fondo del miedo hacia ella. Tú, la expresión fantástica de una realidad superior, eres el mito que evoluciona la realidad de la muerte en los planos físicos de esa gran  realidad. Lo has hecho así desde la noche de los tiempos hasta que cada uno de ellos ha cerrado su círculo, concluyendo así de manera colectiva otro ciclo en la rueda del cosmos. Su fin no se asomó a tu Ser porque estabas adsorbido en la belleza de tu propio destino, continuabas otorgándole realidad a tu mito sin comprender que era ya sólo parte de tu sueño. Tu mito era sólo el fantasma de un cadáver: el cadáver de la propia muerte.

  »Al concluir el ciclo cósmico, también finalizó la realidad de la muerte. Pero la rueda ha comenzado a girar otra vez, y el primero de los tiempos a trazar su círculo. Una nueva oscuridad ha tomado expresión en el alma humana; una que pronto exhalará una nueva luz a su imaginación y sobre tu barca una nueva muerte viajará. Es hora de que dejes de soñar la muerte, es el momento de despertarla a una nueva realidad. Para ello, tendrás que despertar del sueño de tu propia muerte —ya vieja y debilitada— a la realidad de una nueva vida, poderosa y llena de energía. Vida que será dada en sacrificio a sí misma, porque su muerte, que será la tuya, dará inicio a un nuevo ciclo de muerte en el destino humano. Sí Caronte, ahora sólo faltas tú por cruzar, avanza tu barca y sumérgela en la superficie del espejo. Cruza, y experimenta por primera y única vez  la vida; cruza, y padece por primera y única vez la muerte; cruza, y se al mismo tiempo el mago y la ofrenda en sacrificio, en el oscuro ritual de una magia mortal.»

  Caronte, que para entonces no era más que una expresión energética inconsciente, se estremeció al escuchar las últimas palabras. Fue como si el mismísimo Zeus hubiese osado desafiar las tinieblas de su alma, iluminándola con uno de sus rayos. El efecto del impacto no se hizo esperar. Como un autómata, Caronte movió los remos de su barca dejando que ésta penetrara la dimensión del espejo, fundiéndose con su opuesto reflejado en éste. Él, que estaba en la punta de la popa de su barca, veía como poco a poco la negritud de ésta era absorbida por la blancura del marfil en su reflejo. Pero era una mutua absorción, porque de alguna manera, la barca del reflejo avanzaba hacia la suya. Ya sólo quedaba la parte posterior de la barca, el espacio ocupado por él; y al otro lado, el espacio ocupado por su reflejo que era el bebe. Cuando ya sólo restaba él mismo por sumergirse en la superficie del espejo; en el mismo instante en que los dos polos opuestos de su alma se fundían: el fuego de su muerte con la chispa de su vida; la tormenta de su oscuridad con el soplo de su luz… Caronte experimentó el último de sus estremecimientos, perteneciente a este ciclo de su mito: el estremecimiento de un agudo escalofrío… Y eso fue todo.

  De este lado del espejo se extendía un paisaje que no era más que la expresión de la vida en potencia, pues ésta estaba presente, pero en un estado de inconsciente letargo. Petrificada en cada uno de los elementos manifestados en este mundo; con cada color frisado en su estado crepuscular, distante y ajeno del ardiente mediodía que Caronte vio reflejado en ellos. Pero tampoco era el reflejo exacto del reino de tinieblas, muerte y eterno silencio en el cual Caronte reinó. Aquí sólo yacía un infinito desierto cuyas arenas estaban formadas por tétricas osamentas de fetos humanos, ennegrecidos por los vapores helados del único astro que colgaba lánguido de la oscuridad del espacio exterior: una luna de espantosa belleza, exudando como un veneno, una luz púrpura que caía sobre todo, lenta y pesada; como un sudario sobre la energía de la vida que yacía inútil y sin propósito debajo de ella. En algún punto de este desierto infinito, que al igual que cualquier otro podría ser su centro, se levantaba un altar, o más bien una esfera para sacrificios que contrastaba con el resto del paisaje por su luminosidad plateada.

  El metal del cual estaba hecha era frío pero estaba vivo. Porque sobre el espacio cóncavo en la parte superior yacía el principio de la vida misma: el recién nacido Caronte. No era nada, sino el símbolo general de la vida para cada una de las almas apagadas dentro de las osamentas de los fetos. El símbolo de su sangre coagulada y de su carne podrida. El bebe Caronte permanecía inmutable como si la experiencia de la vida no perturbara eones al servicio de a muerte. De pronto, algo parecido a un viento se desprendió desde la bóveda de oscuridad, o quizás, una porción de esa misma oscuridad fue arrastrada por el viento. Porque la aparición no era más que un vapor de oscuridad condensada, que descendió directo sobre el bebe Caronte. Despacio, como si lo estuviera contemplando,  trazó varios círculos a su alrededor, filtrando al mismo tiempo dentro de sí la luminosidad plateada de la esfera y la palidez púrpura de la luz de la luna, hasta que al fin fue tomando la forma de una figura; deviniendo por último en la tenebrosa presencia de un Ser encapuchado, pero manteniendo de alguna manera en los movimientos de su túnica, la ligereza de su naturaleza vaporosa. Entonces, los dedos oscuros e informes de una garra decrepita  dibujaron unos extraños símbolos de insondables arcanos sobre la frente del niño.

  Es difícil saber qué clase de estremecimiento sintió el bebe Caronte al contacto con los dedos helados del Ser; qué clase de magia terrible desató en su alma los tétricos símbolos. Lo cierto es que experimentó algo totalmente desconocido para él en este nuevo ciclo de su mito: la experiencia del llanto. Porque apenas el Ser retiró sus dedos de la frente del bebe se liberó, como un rayo nacido de una infernal tormenta de fuego dentro de sus pulmones, un grito terrible. Tan agudo era su dolor y tan intenso su sonido que todo en ese universo se estremeció. El grito sólo se escuchó una vez, pero su duración portaba el sello para toda una eternidad. Se fue apagando poco a poco, dejando tras de sí nuevamente el reinado del silencio y la quietud; hasta que por fin se fragmentó en un escalofriante estertor de muerte. Al extinguirse, el bebe Caronte estaba muerto. Su grito fue el aliento de vida para las almas sepultadas en las osamentas de los fetos; la energía de su Ser, la oscura ofrenda en un deslumbrante sacrificio.

  Con una meticulosa solemnidad, la oscura figura vaporosa tomó el pequeño cadáver, alzándolo desde el centro de la esfera plateada y proyectándolo hacia el centro de la luna púrpura. Y en lo que pareció ser una inclinación de reverencia ante el tierno cadáver en sus garras, sopló sobre él. En un instante, éste quedó reducido a un montoncito de polvo de cenizas rojas, de un rojo intenso como la sangre fresca. Luego, en un solo y fantasmagórico movimiento se giró —y mientras lo hacia recuperó por completo su naturaleza vaporosa—, y esparció al igual que un sembrador las semillas sobre su campo, las rojas cenizas sobre el desierto infinito. Al completar su giro, era de nuevo un viento oscuro llevando en todas direcciones las cenizas del cadáver, tan infinitas como el desierto mismo. Así, cada una de las osamentas de fetos humanos que eran teñidas con las cenizas, se tornaban en un solo acto mágico de negra a roja; y en una sola y relampagueante secuencia en bebe recién nacido que al gritar devenía en una chispa de luz que ascendía fulgurante hacia la bóveda oscura, adhiriéndose a ella, ya como un astro arquetípico que alumbrará futuras evoluciones humanas.

  Así, el viento oscuro iba esparciendo las cenizas, avanzando como un amanecer sobre la negritud del desierto de osamentas, dejando a su paso una sinfonía de gritos de vida; el bello paisaje de la carne recién nacida sobre la tierra; y una constelación de astros luminosos sobre la bóveda celeste, que despacio, pero con firmeza, iba transformando el púrpura de la luna en la luminosidad plateada y llena de vida de la esfera del sacrificio. Así lo hizo el viento oscuro hasta que su horizonte circular se amplió y se perdió en la inmensidad del desierto infinito.

  Caronte sólo estaba allí, en la parte posterior de su barca, parado en una solemne pose estática. Una poderosa sombra esculpida por los hados que no se rigen por la fatalidad del cielo, la tierra o el infierno, sino que viajan sobre el aliento helado y silencioso del espacio exterior. Su mirada se perdía en el oscuro vacío dentro de sí mismo, quizás fascinada por el serpentino misterio que repta al fondo de él. Pues le parecía que había despertado hace poco de un extraño sueño, sin embargo no recordaba haber dormido nunca en toda su existencia, que para él seguía continuando, fluyendo sin ninguna interrupción a través de su mito. Un atroz silencio, incluso para la muerte, reinaba dentro de todo a su alrededor. Caronte, saliendo de su absorción observó con un interés inusual el paisaje que se adhería como un fuego frío y pálido a la oscuridad de su reino. Y un extraño estremecimiento lo golpeó por primera vez: el estremecimiento de la admiración.

  Pues veía que una nueva belleza ensombrecía las estancias de su muerte. No podía explicarse qué sucedía, ya que para él hacía sólo un instante que sus ojos se habían posado sobre las mismas cosas y todo le pareció igual, tanto a sus sentidos como a su memoria. Un dulce gemido interrumpió su reflexión y Caronte, que ya se había olvidado de su mítico destino, posó su mirada en la otra orilla del inquietante lago de pesadas aguas, cuyo fondo es la constelación de astros muertos. Era la sombra de una vida que se había extinguido, la energía espiritual de una carne que se descomponía en paz en el quieto vientre de una tumba. Como un rayo se lanzó a su encuentro, y mientras lo hacia, no se preguntó acerca del hecho extraño, de que el astro de ningún cadáver colgaba lánguido del fondo celeste de su lago; no se preguntó el motivo de que ninguna muerte excepto la de él mismo, habitaba hasta ese momento en el cavernoso infierno de fuegos púrpuras del Hades. No, no se lo preguntó. Porque la atención de todo su Ser estaba concentrada en la  sensación de una nueva experiencia cuyo motivo tampoco se molestó en sondear: la experiencia de la felicidad… De una oscura y siniestra felicidad. Perpetuada desde ya como un cadáver en eterna descomposición dentro del sepulcro que en sí era él mismo Caronte.

  Al fondo del lago, la pálida llama púrpura de la primera muerte de este ciclo del mito de Caronte comenzó a destellar… Un lúgubre cirio que sólo arrojará sombras sobre el alma que lo sostenga.

 

FIN.

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