TETRAMENTIS / El Cementerio de los Epitafios Mágicos – Por Odilius Vlak

 –

EL LABERINTO DE LÁPIDAS PLATEADAS

  Flotando lento sobre mis pasos por los negros desiertos de este extraño planeta —ahogado entre los fulgores póstumos de un infinito fantasma—, he llegado ante la puerta de una callada ciudad. Vendada con un muro que se extiende sin tregua hasta los horizontes desposados al otro lado de esta esfera. Los muros de esta ciudad dividen este mundo. Las tinieblas que hurtan las imágenes con su aliento, eso simbolizan las cuatros lunas que proyectan su luminosa agonía púrpura sobre las gigantescas galerías plateadas que se insinúan más allá de la puerta. La escena entera es un susurro de macabras visiones a mi imaginación, ciega e idolatra.

  No sé cuánto tiempo ha trascurrido desde que penetré el umbral de esta ciudad; no sé cuántas veces han bostezado los astros en los universos que viven, mientras deambulo por los pasillos de esta espantosa construcción Es un cementerio. Un inmenso cementerio con alucinantes caminos que lo convierten en un laberinto en el que pululan confundidos los estertores de las almas y sus ecos, que reflejan la muerte de millones de vidas. Un cementerio que se erige sobre la superficie oscura y helada del cadáver de un cometa con sus fuegos podridos; navegando en un recorrido sin fin por el sudario que envuelve este universo muerto. Mi sombra hace de médium de los mensajes que los fulgores distantes de las estrellas espectrales me ofrendan: «Un espíritu férreo, para darle vida a los enigmas sellados por los sueños de magia que conjuran siniestras almas».

  El eco de estas palabras fantasmales, evocadas en un estremecedor susurro interno, se sumerge líquido en el interior de las lápidas. Uno por uno, los epitafios por el olvido de los que están vivos en los universos paralelos, refulgen con el esplendor plateado de los cantos que los esculpieron en las primeras dimensiones; cantos que ocultaban en las sombras de su silencio, el perfil mágico de vidas concebidas en células maceradas en el caldero de la bruja… Esa que nutre las fantasías de los vivos con el ectoplasma de este universo fantasma.

  Así, de cada uno de estos inmensos muros, más altos que cualquier vértigo, las imágenes más pavorosas de los eternos difuntos se asoman fuera de sus tumbas, entonando con brumas neblinosas las seductoras melodías que en lo remoto del abismo acompañaron las palabras mágicas de sus epitafios. En vano mis pasos tratan de abolir la inmortalidad de estos senderos. Ante cada nueva esquina que doblo; ante cada nuevo pasillo que inicio, me traga el mismo abismo: interminables galerías sembradas de tumbas que se extienden a lo largo y ancho de ambos muros como una lepra de pústulas plateadas. El mismo cementerio no es más que una gigantesca osamenta de huesos horadados, perteneciente a la encarnación física de un antiguo dios de los muertos, que ahora corona esta carroña errante y la adornan miríadas de lápidas plateadas. Fuera la fase final de un lejano mito cosmogónico, a no ser por mi presencia aquí, que sólo simboliza la continuidad evolutiva de una añeja necrosofía, guardada tras los epitafios por este espectro de un remoto ciclo cósmico.

PALABRAS QUE DESCORREN EL VELO DE LEJANAS HISTORIAS MÁGICAS

  Un canto me atrae, o más bien un aliento seco, flotando sobre un lago estancado en el tercer ojo de un antiguo poeta. Postrado ante su inmensa lápida, veo deslizarse hacia mí las palabras de su extraño epitafio… Lo recito desde lo remoto de mi infierno:

Antes de él una nada; en sus cantos,

Desgarradores mitos de dioses y héroes,

Que desearon descansar eternamente en la tumba

De su imaginación.

Después de él: la aurora de una edad de hierro.

Pueblos que a través de sus cultos celebraban un pasado épico.

Que aún está presente en el polvo de sus huesos.

 

  Apenas termino de lacerar el vacío con las últimas palabras, el sello se desata. La gigantesca lápida se trasmuta en una caverna dimensional. Una procesión de imágenes se precipita hacia su superficie, ahora una ventana iluminada a dónde puedo asomarme desde esta atmósfera sombría.

  ¿En la historia de qué planeta pastaron estas imágenes? En la glándula pineal del hombre que se yergue sobre la piel del hielo, convergen todas las oscuridades. Su voz avanza sonámbula, diseminando su canto preñado de divinidades, monstruos, hombres, batallas épicas, reyes gigantes, fuerzas tenebrosas que poseen la indignación de los profetas, entidades femeninas que esparcen su hálito sobre los híbridos genes que colorean los mitos, magos y hechiceros. Toda una visión del universo que se sustenta en la evolución de toda una civilización, que ahora se pudre junto a las carnes inertes de sus hombres para renacer nuevamente en el grito de sus niños. Este antiguo poeta fue venerado como un dios, él, que tantos dioses evocó para esos seres.

  No puedo penetrar en la línea de marcha del espacio-tiempo que contenía su inspiración, pero es remoto. Lo presiento por el eco difuso de la melancolía que me tiende su mano desde el fondo de los hielos vírgenes, pero sin conmoverme. Ya que su estructura geométrica pertenece a una dimensión muy primitiva, muy alejada de la actual expansión cósmica. Sí, aún pululan en todas las dimensiones divinidades estremecedoras en busca de seres sensibles en los cuales anidar. Estas escenas fugaces de batallas; incomprensibles paisajes moldeados por una naturaleza lunática; ocasos de unas razas y el resplandor de otras; las extrañas vestimentas, la música de su lenguaje. Desatar el sello que enceguecía la cripta es más que contemplar fragmentos de antiguos mitos, es liberar las visiones primordiales del poeta. Y así, desde este universo fantasma violar las fronteras que las separan del universo que palpita. Allí todo es árido, monótono y vacío, tanto para los que contemplan los cielos, como para aquellos que se embelesan en el abismo. Como siempre, al frente marchan los dioses del terror… Para responder las suplicas de los dientes que crujen en las tinieblas.

  La inscripción del epitafio se difuminó en un vapor que empaña las sombras de las últimas visiones. Éstas escapan de la tumba. Se elevan como burbujas de sangre en la desolación del vacío, reflejando las últimas imágenes de las cuatros lunas púrpuras. La luz que se filtra a través de las visiones se desploma como un crepúsculo lunar tras el horizonte de una infinita media noche. A mi espalda, la armadura de plata ciñe el portal dimensional de la lápida. Ahora ya no hay versos mágicos; tampoco está el universo primitivo que sepultó; ni el alma del poeta que lo imaginó.

  Alguien recorre en estos instantes un paraje condenado y decrépito en alguna esfera sujeta de su cordón umbilical. Atraviesa indiferente las diversas conciencias de innumerables criaturas. En la plaza gris de la metrópolis troglodita en la hiel de la montaña; al borde de los tornados de nieves en los desiertos volcánicos; junto a una cascada que se precipita dentro del universo, hasta el pantano primordial al fondo del hoyo negro. El solitario, ¿habrá alineado sus lunas interiores con la cosmogonía que ha partido de este cementerio en un incesante pulular en busca de un alma jadeante? ¡Pero ya se yergue un nuevo canto que conmueve la noche de mis átomos!, ya que aquí me encuentro, bajo el imperio de otra gigantesca lápida. Los signos negros que flotan en la plata son crípticos, sólo para mi mente, no para mi alma… He aquí que recito el terrible epitafio:

¡Ella!, una siniestra infancia,

Tierna sólo para la oscuridad del bosque.

¡Ella!, una niñez más vieja que la vida.

Yace aquí en un sopor ahogado

Por la voluntad de fantasmas de fetos inmortales.

¡Ella!, la niña pastoras de fetos zombis.

 

  ¡Qué pensamiento más profundo es esta tierra! Sólo la magia y el misterio, carroña para el gusano de la imaginación, moran en ella. Mis párpados irrumpen en su armonía lenta y silenciosamente. La bóveda celeste está tan cerca que tengo que abrir mis párpados despacio para no desgarrar los astros. Un dulce canto remonta la colina, dejando el rastro de los grises recuerdos de la sangre sobre su pálido hombro. Tras él, sombras difusas van encarnando los informes cuerpos de un rebaño de fetos prófugos de matrices de hierro. ¡Cascarones vacíos animados por la profunda melodía de su extraña pastora! Cada nota de su canto es un alma turbia que nace y muere eternamente en los sombríos sueños que antaño concibieron su futura vida, pero… ¡Jamás nacieron!

  La niña pastora avanza flotando en canciones que esbozan conjuros mágicos, guiando a su inmortal rebaño de fetos zombis hacia los bosques que se extienden más allá de las llanuras del desierto sin fin. Allí soñarán de nuevo las lúgubres vidas que no lograron sufrir; entre los ancestrales árboles y los espectros que, ocultos tras el viento, llegan para admirar las deformes escenas desde las míticas tierras azul-plateadas, más allá, tras el futuro de la última fantasía.

  La niña pastora funde su piel azabache con la noche, y sus seniles ojos verde-ceniza con la luz de la luna, postrada sobres plumas de cuervos. Es insondablemente bella. Busco mi feto en su confuso rebaño. Siento que al hendir las garras de su mirada infantil en mi memoria, dudo de la realidad que creo ser. Se alejan. Ahogan en las sombras del bosque sus deformes cuerpos de frío metal plateado y sus cabezas: coronadas con un solo cuerno de macho cabrío que, naciendo en su frente se arquea hacia su espalda para caer en un descenso vertiginoso a lo largo de su espina dorsal y, ciñendo sus nalgas separa brutalmente sus pequeñas piernas, para terminar hundiendo su punta en el ombligo. ¡Qué girar tan espantoso simboliza ese inquietante cordón umbilical! Sólo el canto regresa cabalgando sobre puntos luminosos desde el seno del bosque. Mientras más se acerca al umbral de la lápida, más se expande la palidez onírica de su melodía. Ha rebasado los dominios del sello. Me siento atravesado por miríadas de puntos luminosos… Notas musicales que simbolizan vidas, sin que una sola de ellas me haga tiritar con su invierno. Al igual que las visiones del antiguo poeta, estas vidas incubadas por incontables eones en el crepúsculo de un sueño, atravesarán el espacio-tiempo de este universo espectral para parasitar las almas que anidan los fetos en lo universos físicos. Las guiarán, le impondrán los destinos que desde largas eternidades esperan alzarse con el poder del verbo, la imaginación y la magia.

  Tras de mí se cierra la lápida, despojada ya de la corona de su epitafio mágico. Una extraña sensación de melancolía invade mi Ser, al no reconocerme en ninguno de los demoniacos fetos. Y no termino de reconocerme ahora. Nada me revela el estado de mi Ser… Sólo este frío que me es familiar… Que es mi respuesta al llamado de otro sepulcro.

  La energía que se debate en el interior de cada tumba reconoce en mi espíritu la clave para revelar sus mágicos arcanos. Todos los huesos de la gigantesca osamenta que sostiene este laberinto se conmovieron, sólo para que esta lápida que ciega mis pasos, se alzara entre el azar y mi rumbo. Es como si hubiese atravesado innumerables catacumbas superpuestas unas sobre otras en un estado de absoluto hipnotismo… Como una pesadilla arrastrándose sobre el aliento de una espada.

  Es una lápida solemne y hermosa, portadora de una esencia glacial y poderosa. El epitafio está grabado sobre la plata dormida en un extraño fuego azulado, que arde con mayor intensidad a medida que el calor de mi espíritu es sacrificado —en un siniestro holocausto— al frío paralizador que emana de su interior. Toda la vitalidad de mí Ser se ha refugiado en mi voz, ¡la voluntad de su canto es terrible!… El epitafio resplandece:

Un castillo en la cima de la llama.

Un príncipe oscuro sobre la torre más alta.

Vientos de magia negra agitan los estandartes de la peste

Que portan las miradas vacías…

¡Qué ondean sobre cuerpos decadentes!

  La lápida se repliega sobre sí misma como un pergamino, revelando el lúgubre paisaje de un profundo terror. Oculta y temida, su mito no fue cantado por ningún poeta. Soy un vapor que deambula entre un cúmulo informe y sofocante de criaturas en un estado miserable de involución. De sus cuerpos brotan frescas todas las enfermedades conservando aún su fláccida virginidad. Son espantosos. Uno de sus lados está descarnado y famélico cubierto por una lepra en constante reverdecer; el otro, está hinchado, una masa de carne amorfa, colgando como derramada en un liquido viscoso y nauseabundo. Están tumbados sobre una extensa planicie de cenizas que se mecen en un ritmo cadencioso emulando la armonía de un mar en calma, pero siguiendo ciegas una dirección. Las ondulaciones poseen una tranquilidad viciada, relacionada con una realidad más profunda: el crujir de dientes. Un crujir de dientes general y emitido al unisonó por todas las abominaciones. Susurran un extraño conjuro que se deja adivinar sólo por los sinceros estremecimientos de mi espíritu.

  Las siluetas se extienden a lo lejos con una perspectiva irreal nada tranquilizadora. La oscuridad que reina es más que una ausencia de luz astral, cuya frontera se extiende hasta la frontera que marca el crepúsculo de una palidez verdosa, que emana vigoroso de cada una de las criaturas. En lo alto no se intuye la existencia de firmamento alguno, es como si un gigantesco ojo negro se dilatara en una bóveda que cubre todo este mundo. El pálido crepúsculo que lo baña, emana de las cabezas de las criaturas que no son más que pequeñas llamas de fuego verde, formando de vez en cuando las imágenes de rostros terribles. Ellas son los ojos vigilantes de la llama.

  Justo al pie de la terrible escena, exploto en infinitos vértigos que dispersan el aliento de mi carne hasta cada uno de los átomos que esculpen el bajorrelieve de esta nada. El invierno es inevitable en el limbo del olvido. Inmensa babel ardiente concebida por la alquimia desafiante que trazó una ruta hacia una eternidad inexpugnable; desde el ladrillo de barro hasta el fuego de la imaginación poética.

  La llama es de un indefinible verdor. Arde en la cima del reseco ramaje de un árbol colosal, suspendido en el centro de un gran abismo, ubicado en el centro mismo de esta tierra. Se puede arrojar un pensamiento sin que jamás toque el fondo de este foso. Toda la ceniza que cubre la planicie fluye hacia el abismo en una marcha fatal hacia sus tinieblas. Junto con ella, arrastran a las criaturas deformes, que se aproximan hasta sus márgenes con la voluntad fanática de los zombis y susurrando al unisonó su inextinguible crujir de dientes con su insólita armonía. Muerden en un círculo perfecto la orilla del abismo, sin inmutarse por su vacío y sin voltear una sola vez sus cabezas flameantes hacia la llama madre, reinando poderosa en el vértigo de su altura. Sólo murmuran una y otra vez el inquietante conjuro… Absortas en las tinieblas que invocan en sí mismas. Las raíces decrepitas del árbol se extienden con movimientos oníricos hasta los bordes del abismo, parecen estar muy cerca, pero intentar tocarlas desde la orilla es como tratar de bordear el horizonte de una pesadilla. El árbol mismo es una visión fantástica, una torre de babel cuya meta era el infierno. La llama arde majestuosa, avivada por la oscuridad que duerme en la base del castillo. Es cierto… Hay un castillo en la cima de la llama.

  Arriba, semejante a gotas de luz que penden podridas de la noche, las lunas forjan con su aura los míticos anillos de poder alrededor de sí mismas. Su luz momifica con un extraño vendaje la arquitectura de curvas lánguidas del castillo. Sus muros de plata transmutan la luz lunar en una sustancia algodonada que se adhiere como copos de nieve sobre la superficie de la gran plaza frontal. Ésta rodea el castillo, evolucionando en unos confusos diseños geométricos que delimitan inmensos obeliscos de cristal verde: encarnaciones de la luz de la llama. Todo crea una escena alucinante con la luz algodonada de la luna nevando sobre la plaza. ¡Verdaderamente es flotar en la dimensión del pensamiento mágico!

  Se penetra en su interior cortejado por un sequito de extrañas esculturas de hielo. Al llegar al centro de la nave central, las esculturas de hielo se derriten en una gran masa de carne virgen e inmaculada. El castillo no posee una realidad interior, es sólo un inmenso hueco. Su exterior un solemne cascaron. En el centro de esta sombría estancia abovedada se levanta una montaña de osamentas compactas, tanto, que sus contornos se confunden con las grietas naturales de una montaña cualquiera. Se extiende hasta el techo de la bóveda y allí, su cima reposa en la base de una torre central, que es el acceso al techo del castillo. Sobre toda la montaña de osamentas están diseminadas pequeñas legiones de almas grises: las almas de las criaturas. Absortas, tejen sus mitos con la oscura fuerza invocada por el conjuro mágico; susurrado por sus deformes cuerpos físicos condenados en el fondo del abismo. Es una siniestra espiral de fuerzas primordiales. Aquí, el eco del conjuro no es un fantasma sino la vitalidad misma de su esencia. ¡Escucho claramente el insólito destino que evocan!

  El intenso canto de su voluntad explota una energía que es vampirizada por la férrea dominación del terrible príncipe. Largas edades de esta cruel relación han trazado un círculo que que se ciñe como un anillo de hielo al infinito. En él giran las miserias de los súbditos y su mendicidad de fuerzas abismales; la agonía del príncipe, desgarrando desde esta mítica tierra la túnica mágica que ostenta el universo… Y allí arriba esta él, en lo alto de la torre.

  Mirar abajo desde el primer peldaño de la torre es invocar un estado de vigilia dentro de un sueño. La base de la montaña de osamentas se pierde en la lejanía de un vacío, desde el cual se erige como un cuerpo refulgente, hasta la cima de la sombría bóveda. Aún me amenaza la punta de su cima en forma de cráneo… rodeado de huesos extendidos implorando perdón.

  Un trono de fuego verde rodeado de sombras, tal es la extraña escena sobre el techo de la torre. El príncipe está parado inmóvil en la orilla de la torre. Su mirada hiende la oscuridad y cae pesada sobre los extraños mutantes esclavizados. El príncipe mismo no es más que una masa de oscuridad condensada, cubierta por una túnica de fuego verde, extasiado en la eterna contemplación de su insólita obra de servidumbre espiritual. Su universo, aislado por una oscura concepción de las relaciones físicas y espirituales; por el orgullo de haberse erigido en una cruel divinidad protectora de la magia negra. Ni alabanzas, ni oraciones, ni inciensos… Sólo las fuerzas desatadas por la nigromancia le rinden culto a su divinidad.

  Voltea y mira. Pero no es a mí. Es al espacio insondable del universo fantasma que se extiende más allá de la puerta dimensional de su lápida… Yo estoy ante ella. El hechizo de mi contemplación se ha quebrado, permitiendo que mi atención se libere de la cautividad de la tumba mágica. Nuevamente se cierra. Esta vez sin el menor rastro del epitafio en su lápida. Todo lo que simbolizaba la historia que callaba se pierde entre las pulsaciones de los universos vivos. Viajando sobre la intensa mirada del terrible príncipe. Por fin levantará su terrorífico monumento espiritual en un despertar, lejos del sueño de su tumba. Sí, siempre hay seres dispuestos a ofrendar su alma a cambio de un embriagante conjuro mágico. De esta historia tampoco he formado parte. Soy un espectro en busca de la mágica historia que guarda su tumba para saber quién es.

  Aún deambulo por este cementerio esférico, un prado de tumbas alrededor del cometa en un continuo peregrinar. Atrás han quedado las cuatro lunas púrpuras, quizás proyectando sus lánguidos ciclos sobre el mausoleo solitario de un profeta. La carroña errante del cometa es tirada por los corceles de mi destino, mientras intento detenerlos con el llamado de un olvido imaginado. Ellos muerden los vendajes con los cuales los epitafios mágicos han cubierto míticas pesadillas. Atomizado en la dimensión más distante de una gota de sangre que cae en el estanque de mi silencio desorientado; poseído por los demonios de su eco que aguijonean sin tregua mi deambular.

  Una bruma pensativa y luminosa viene a mi encuentro. Abandonando el reino de la visión, surge un féretro en cuyo interior hay un murciélago, sostenido por cuatro palomas blancas. No vuelan, flotan cargando sobre sus alas extendidas la oscura prenda. Un impulso tiránico me empuja a caminar junto a ellas como único cortejo. No me han guiado al pie de ninguna tumba; no me han cegado con los destellos plateados de ninguna lápida; no me han estremecidos con los secretos de ningún epitafio mágico… No, me han traído aquí.

  El lugar es un círculo de espejos rotos alrededor de un sepulcro abierto, que me abre literalmente sus brazos por la intensidad de su atracción. Él me llama. En sus entrañas se sumergen las cuatros palomas blancas, con cuidado, para no inquietar la muerte del murciélago. Me asomo a su garganta. No custodia ninguna historia mágica perteneciente a edades remotas. Sus frías tinieblas arrullan el comienzo de nuevas historias. En el ataúd del murciélago ahora descasa un niño, mecido por las cuatro palomas blancas. Su sonrisa es el arco enigmático, que ha de traspasar triunfante el destino mágico que se revuelve furioso en el fondo oscuro de sus brillantes ojos. Ese destino soy yo. Despiadado, aguardo a las puertas que se abren a las moradas de los vivos. Para vivir una historia sombría, que en algún punto del infinito fluir del cementerio errante, un borroso epitafio ha de liberar del interior de una tumba, sólo para volar en pos de las vidas de otras dimensiones en su eterno girar esclavizado. Pero antes, es necesario sembrar la semilla de ese destino en este fértil sepulcro en el centro de un círculo de espejos rotos. Me desvanezco por completo en los múltiples reflejos mutilados del círculo de espejos, con la maligna sensación de encontrar un destino que está reservado sólo a los que nacen en este sepulcro.

 –

FIN.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s