TETRAMENTIS / Canción de Cuna – Por Morgan Vicconius Zariah

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Soy el que busco refugio en los recuerdos más suaves, la dureza del hoy me ha hecho fugitivo de la realidad. Todavía me mezo en los sueños y me arrullo con palabras, imagino blandos brazos que me envuelven y me mueven de un punto a otro en el negro caos del cosmos, como un misterioso péndulo, y me duermo en lo más profundo de mi alma, esperando despertar andando sobre cualquier nebulosa. ¡Qué dulce la madre que me arrulla! La canción que su melancólica voz pronuncia desencadena en mí más de un estado de conciencia. Cada armónica palabra es un antiguo conjuro, que va abriendo escaleras desde el cordón umbilical hacía la  patria de todos los sueños. ¡Sí!, es lo anterior una visión que todavía recuerdo, ¡esa canción! Y esa madre que me mecía en unos brazos más fríos. Mi cuerpo era muy pequeño y frágil y al dormir, comenzaba esa canción, cuando los cálidos brazos acababan una canción tan material, empezaba la segunda mientras caía al vacío. ¡Otra cuna remplazaba mi llanto! Recuerdo que se mecía; a un extremo vivían los sueños y del otro las pesadillas. Mi Ser entre ambos mares procuraba dormir; el infantil insomnio era provocado por el bramido de las olas que se levantaban de ambos lados, y luego, llegaba el llanto…

  En la familiaridad de un universo raro, sentía las frías manos que secaban mis lágrimas y esa dulce voz que apresuraba una nana, ¡sí! ¡La recuerdo! Esa profunda canción de cuna, toda su letra poseía un oscuro bienestar. Cuando un segundo  sueño poseía mi pequeño cuerpo, podía caminar precozmente y ver y andar. Un sinnúmero de cristalinas escaleras nacían desde mi cordón de plata y se extendían por  la grisácea luz del infinito. La infantil maravilla se ponía de pie y andaba, ¡subía y bajaba escaleras! Pero siempre la canción acompañaba mis pasos, mejor aún, me guiaba. Vi otros niños subir por las escaleras, y atravesar universos, cada cual con su mágica canción, ¡qué nanas tan maravillosas! Hacían de nuestro limitado universo físico un teatro de lo ridículo, otorgándole el don de caminar a lo que no gateaba todavía.

  Recuerdo una vez, un arlequín que jugueteaba saltando sobre todas las escaleras, y yo, riendo y curioso corrí tras él; una invisibilidad  se apoderaba de todo su Ser, apareciendo y despareciendo por instantes, como burlándose de mi curiosidad. Después, apareció tras mi pequeña espalda y me habló al oído. ¡Recuerdo qué familiar me pareció su voz! Subí con él a lo alto de una cristalina escalera y allí nos sentamos a contemplar un profundo vacío, me dijo con un dejo de tristeza en su sarcástica risa: «¡Mira esos niños que allá abajo lloran! No tienen escaleras para venir a jugar donde no existe el tiempo, la dureza de sus cunas más se asemeja a un sepulcro, a sus infantiles oídos no se le ha regalado una nana y como ríos secos, llevarán su llanto hasta el futuro, porque ninguna canción sanó sus lagrimas.» 

  Yo le pregunté: «¿Por qué a mí y a los demás se nos ha otorgado una nana?» 

  «Sabes —respondió— todo el que aquí juega escuchó el llamado de los sueños, son todos ustedes almas opiómanas, que comparten el gusto de soñar. Esa afinidad los ha guiado aquí desde la cuna, con ese eterno deseo de no despertar jamás. Por eso llevan grabadas en su alma ésta melodía, un susurro tan antiguo que ha mecido a más de un  pensador.»

  Fueron esas sus palabras antes de volver a saltar sobre las cristalinas escaleras y desaparecer, ¡recuerdo mi llanto al volver!  La material cuna me invitaba a su prisión para ser acariciada por mis lágrimas, luego llegaba la noche, y con ella la nana material que me trasladaba a la otra cuna; después aparecían los oscuros brazos que me mecían, fríos, como un  misterioso péndulo de un punto a otro del universo y, ¡ahí estaba! Esa apacible nana que me sumía por siempre en una dulce ensoñación. ¡Traté esa vez de mirar! ¡Sorpresa! La madre que me mecía en sus brazos era el extraño sortilegio del arlequín; sus ojos se clavaron siniestramente en mí, pero supe que de él provenía algo generoso, pues sus cuidados me regalaron sueños, y me habló: «¡No temas pequeño! Sé que la profunda generosidad que llevo conmigo me hace parecer sospechoso, ¡pero he querido acunarlos! Su belleza de espíritu ha necesitado una  madre y nadie mejor que yo cantaría una tierna canción de cuna, son muy femeninos mis instrumentos de seducción. ¡Oh hijo! Sé que no te molestará quien soy, cuando crezcas te repetirán mi nombre… ¡Soy Lucifer! La más hermosa de las canciones que ha parido el cielo; todos los sueños y grandes ideales están en mí, y a mí vendrán aquellos que gusten del sueño, esos que buscan refugio en lo recuerdos más suaves, esos que no encuentran verdad en la tiranía del tosco mundo.»

  Estas fueron sus palabras mientras me seguía meciendo, y yo, me dejaba llevar, pedí la canción para dormirme en sus fríos pero acogedores brazos, y profirió los dulces conjuros que guardaban cada armónica palabra, desatando en mí más de un estado de conciencia. ¡Fantaseé!   ¡Volé! ¡Subí y baje escaleras de cristales en ese fluido mundo! Y cuando la material cuna reclamó mi presencia, lloré y me abracé fuerte al pie del arlequín que aparecía para decirme, secando mis lágrimas: «¡No llores! Volverás cuando quieras, el camino está marcado para ti. Cada noche te acunaré con mi dulce nana, espero que cuando crezcas aún me recuerdes. Mi canción de cuna te hará dormir cuando el vulgar trajín te desagrade. ¡No lo olvides! ¡Todo soñador tiene su canción de cuna! ¡Sólo piensa en dormir cuando el pesado cansancio esté en ti! Estaré siempre aquí, meciendo en el sutil hechizo a los soñadores; esos simpáticos hijos que he adoptado, ¡no lo olvides! ¡Conoces el camino!…»

  Recuerdo vivamente esa visión del bebe que fui, y con ella incansablemente he llevado el gusto de dormir, siendo indiferente al  trajín de los mecánicos días. Todavía me mezo y me arrullo con palabras, para escuchar mi canción de cuna, aquella que resuena en los confines del interior, donde espera el arlequín para mecer el alma del soñador.

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FIN.

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